Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



domingo, 18 de enero de 2015

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Rayuela"



 “¿Por qué escribo esto? No tengo ideas claras, ni siquiera tengo ideas. Hay jirones, impulsos, bloques, y todo busca una forma, entonces entra en juego el ritmo y yo escribo dentro de ese ritmo, escribo por él, movido por él y no por eso que llaman el pensamiento y que hace la prosa, literaria u otra. Hay primero una situación confusa, que sólo puede definirse en la palabra; de esa penumbra parto, y si lo que quiero decir (si lo que quiere decirse) tiene suficiente fuerza, inmediatamente se inicia el swing, un balanceo rítmico que me saca a la superficie, lo ilumina todo, conjuga esa materia confusa y el que la padece en una tercera instancia clara y como fatal: la frase, el párrafo, la página, el capítulo, el libro. Ese balanceo, ese swing en el que se va informando la materia confusa, es para mí la única certidumbre de su necesidad, porque apenas cesa comprendo que no tengo ya nada que decir. Y también es la única recompensa de mi trabajo: sentir que lo que he escrito es como un lomo de gato bajo la caricia, con chispas y un arquearse cadencioso. Así por la escritura bajo al volcán, me acerco a las Madres, me conecto con el Centro —sea lo que sea. Escribir es dibujar mi mandala y a la vez recorrerlo, inventar la purificación purificándose; tarea de pobre shamán blanco con calzoncillos de nylon”




Recuerdo y siempre recordaré el otoño de hace ya un cuarto de siglo cuando leí Rayuela. La empecé en Pujerra, concluida la cosecha de unas castañas inagotables, la terminé en la plaza del Socorro de Ronda, la tarde en que quedé a tomar café con una chica que no fue más que una cita y, tal vez, porque me encontraba bastante sugestionado por la historia de Horacio y la Maga de las páginas que acaba de leer para que llegara ella a captar mi abstracción desarraigada, mi exigencia, o al menos mi convencimiento de que había descubierto la literatura de otra manera. “Y mira que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente” Desde entonces me convertí en un cronopio, en otro personaje de los “cuentos” de Cortázar, en otro “dibujo fuera del margen, un poema sin rimas” Decir esto y aseverar que Rayuela cambió no solo mi opinión y necesidad de una Literatura con mayúsculas -me obligó a escribir, a buscar esa “lucidez” o destello mágico que me deslumbró y marcó aquella primera lectura de Rayuela-, sino cambió también mi óptica de la vida, abrió o destapó o descerrajó partes clausuradas en mi inconsciente y cuando estaba en unos momentos en los que mi existencia cambiaba o sucumbía en ella. “La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos” Y ahora he vuelto a leerla, a lo mejor en otro de estos lapsos que exigen un cambio, la reinvención de un mundo agotado. Bien es cierto que durante este tiempo, luengo, he cogido el libro y de aquí y de allá he releído, he extraído párrafos, capítulos, al azar, por necesidad, o buscando algo impreciso. Ahora he vuelto a leer esta obra completa, y he vuelto a disfrutarla, quizás más por ese matiz de madurez, de experiencias atesoradas en el tiempo y acrisoladas por sentimientos y emociones, captando nuevos juegos de las palabras que entonces no logré percibir o intuir, pero siempre la misma ruptura conmigo y con todo. Sigue siendo uno de los mejores libros que he leído, será, tanto porque redoblé la sensación de haber hecho una de las mejores cosas de mi existencia. Rayuela, insisto, para mí es algo más que un libro, me cambió la forma de ver la vida. “Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújulas”

Rayuela es una narración introspectiva, el monólogo interior de Horacio Oliveira, su protagonista, de un modo tal que juega con la subjetividad del lector y tiene múltiples finales. Una novela que no es, sino que es una «antinovela», aunque el mismo Cortázar prefirió denominarla de «contranovela». De estilo variado, en su conjunto es una de las obras cumbre de la novela surrealista argentina. “De alguna manera es la experiencia de toda una vida y la tentativa de llevarla a la escritura”, dijo Cortázar de Rayuela.

Hace 25 años leí la novela según la propuesta de Cortázar, leyendo secuencialmente desde el capítulo 1 hasta el 56 y prescindiendo del resto. Ahora, en una lectura normal, no sacrificando nada, tampoco podía hacerlo, leyendo secuencialmente de principio a fin. Y con seguridad, absoluta, no será la última vez que bucee por sus páginas, bien de una forma arbitraria, es decir, por «el orden que el lector desee», una posibilidad que Cortázar exploró después en su novela “62 modelo para armar”; o por la secuencia establecida por éste en el tablero de dirección (que se encuentra al inicio del libro), que propone una lectura completamente distinta, saltando y alternando capítulos. Ese orden, con varios elementos estilísticos del collage, comprende textos de otros autores y ámbitos.

No voy a referir el argumento de Rayuela porque no lo tiene, o no lo tiene de una manera lineal, y hacerlo, o intentar siquiera esbozarlo, se trataría de un mero, y grotesco, reduccionismo que alejaría del sentido, o de los sentidos, del libro. De hecho, con ello, o con su decidido intento, excluiría mucho o poco del inmenso universo psicológico de sus personajes y de sus complicadas relaciones y de tantos mimbres entretejidos sobre la música, el jazz concretamente, el amor, la muerte, los celos, la búsqueda, la locura… Aun así, no quiero resistirme a ciertas apreciaciones de sus partes y con algún que otro detalle que me ha hecho sentir el alma de las palabras de Cortázar:

Primera parte: «Del lado de allá»:

Paris (Francia) Horacio Oliveira, el protagonista, vaga por los puentes de la ciudad en busca de su amante, una uruguaya de nombre Lucía (la Maga), el amor asimétrico. “Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero. Claro que te curarás, porque vivís en la salud, después de mí será cualquier otro, eso se cambia como los corpiños. Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto porque todo eso duerme un poco en vos, no habría más que sumergirte en un vaso de agua como una flor japonesa y poco a poco empezarían a brotar los pétalos coloreados, se hincharían las formas combadas, crecería la hermosura. Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdoname. Me estás alcanzando una manzana y yo he dejado los dientes en la mesa de luz. Stop, ya está bien así. También puedo ser grosero, fájate. Pero fijate bien, porque no es gratuito. ¿Por qué stop? Por miedo de empezar las fabricaciones, son tan fáciles. Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo. Así viven muchos amigos míos, sin hablar de un tío y dos primos, convencidos del amor-que-sienten-por-sus-esposas. De la palabra a los actos, che; en general sin verba no hay res. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al verse. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto. Pero estoy solo en mi pieza, caigo en artilugios de escriba, las perras negras se vengan cómo pueden, me mordisquean desde abajo de la mesa” El Club de la Serpiente, “Los del Club, con dos excepciones, sostenían que era más fácil entender a Morelli por sus citas que por sus meandros personales”. Una de las escenas que, en esta relectura, más me ha sorprendido: tras una discusión con la Maga, Horacio Oliveira se despide de ella y sale a la calle. En el afán de refugiarse del mal tiempo, se parapeta en la entrada de un teatro y decide entrar a ver el concierto de piano anunciado en el lugar, de una tal madame Berthe Trepat, otra de esas declinaciones absurdas a lo El Capricho de los Dioses. Semblanza de una decadencia  triste y hermosa. Destacar también el término de esta primera parte del libro, la intuición de Oliveira de que el cielo es algo que no está encima de la tierra, sino en la superficie de esta, pero a alguna distancia, al cual uno se acerca de manera similar a como los niños juegan la rayuela.

 

Segunda parte: «Del lado de acá»:

Buenos Aires (Argentina). La relación con Manolo Traveler, un amigo de infancia de Horacio, y su esposa Talita. Quiero destacar la escena correspondiente a una tarde calurosa que Oliveira pasa tratando de enderezar unos clavos, aunque aún no sabe para qué los va a usar. Muy pronto esta acción dispara un episodio de locura cuando Horacio convence a Traveler y Talita de ayudarlo a construir un puente entre las ventanas de los edificios para que ella pueda atravesarlo. Una vez concluido, Horacio le pide a Talita que cruce el puente y que le lleve clavos y yerba mate. Traveler se muestra dispuesto a acceder a las excentricidades de su amigo, pero Talita está asustada y pide no participar. Cree que es una especie de prueba. Finalmente le arroja la yerba y los clavos, pero no cruza el puente. Acopia todos los tremendos y todos los posibles de la obra.

 

Tercera parte: «De otros lados»:

Compuesta por lo que Cortázar llama los capítulos prescindibles, parte conformada por materiales adicionales, como recortes de periódico, citas de libros, y otros que ayudan a comprender distintos pasajes de la novela. No es necesaria para entender el argumento, pero sí para solucionar ciertos enigmas que surgen a lo largo de las dos primeras partes. Fascinantes. Asimismo, por medio de los escritos de Morelli se aprecian algunos de los motivos detrás de la construcción de la novela (como el deseo de escribir una obra en la cual el lector sea un coconspirador). Aquí también se describen la personalidad y las motivaciones interiores de Oliveira de una manera más profunda y se revela que este es el escritor atropellado en la primera parte de la novela. 

Por su carácter innovador, de ruptura con los cánones tradicionales de la novela, Rayuela tiene muchos detractores y opiniones negativas: que si una novela tediosa, ininteligible, complicada, vacía de contenido… de experiencia dolorosa. Sea como fuere, Rayuela es un libro arriesgado, Cortázar es muy valiente por tratar de innovar y crear nuevos cauces de comunicación a través de la novela, entre autor y lector. Y  no es una lectura agradable, por supuesto, pero deja huella, no se sabe por qué, pero es así. Y ni mucho menos es un  libro que maltrata al lector, pero sí que lo vapulea, lo zarandea, lo puede poner de revés…Ni mucho menos es un desafío, o una lucha, o algo que hay que afrontar para finalizar pronto, sino que hay que dejarse llevar de la lectura, participar de ella, adentrarse en la historia y ser protagonista inefable de su resolución o de sus múltiples finales. Un amigo mío definió su lectura de la siguiente manera y creo que acertada: “La primera vez que leí Rayuela no entendí nada, pero tenía "algo", también ese algo me impidió, por lo que supe después, adentrarme en la esencia del mismo, en el mundo Morelli-Cortázar”… Y expongo esto aquí para aconsejar a los lectores con opinión llamémosle desfavorable de Rayuela, retomen la lectura, dadle una segunda oportunidad, ya que esta novela espera a su momento idóneo para abrir la mente.  

Rayuela o el experimento puro, instintivo, primario, díscolo, irreverente, generoso y maldito. Alguien la definió como un  reloj loco que da la hora que le da la gana y asombra al incauto que se acerca a la literatura con la solemnidad sacral de la verdad con mayúsculas. Sublime. De aquellos libros que te abren la conciencia… aunque sea a hachazos. Y este es uno de ellos, en palabras de Morelli, o el alter-ego del propio Cortázar: el “resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos”. “porque ya no hay diálogo o encuentro con el lector, hay solamente esperanza de un cierto diálogo con un cierto y remoto lector” “La música pierde melodía, la pintura pierde anécdota, la novela pierde descripción

Cortázar es como Picasso. Y creo oportuno dejar a Morelli, ese personaje de Rayuela donde se esconde el autor, para que defina la intención de esta revolución en la literatura y sin que importe la extensión de la misma, ¿no?: “Parecería que la novela usual malogra la búsqueda al limitar al lector a su ámbito, más definido cuanto mejor sea el novelista. Detención forzosa en los diversos grados de lo dramático, psicológico, trágico, satírico o político. Intentar en cambio un texto que no agarre al lector pero que lo vuelva obligadamente cómplice al murmurarle, por debajo del desarrollo convencional, otros rumbos más esotéricos. Escritura demótica para el lector-hembra (que por lo demás no pasará de las primeras páginas, rudamente perdido y escandalizado, maldiciendo lo que le costó el libro), con un vago reverso de escritura hierática. 

»Provocar, asumir un texto desaliñado, desanudado, incongruente, minuciosamente antinovelístico (aunque no antinovelesco). Sin vedarse los grandes efectos del género cuando la situación lo requiera, pero recordando el consejo gidiano, ne jamais profiter de l’élan acquis. Como todas las criaturas de elección del Occidente, la novela se contenta con un orden cerrado. Resueltamente en contra, buscar también aquí la apertura y para eso cortar de raíz toda construcción sistemática de caracteres y situaciones. Método: la ironía, la autocrítica incesante, la incongruencia, la imaginación al servicio de nadie. 

»Una tentativa de este orden parte de una repulsa de la literatura; repulsa parcial puesto que se apoya en la palabra, pero que debe velar en cada operación que emprendan autor y lector. Así, usar la novela como se usa un revólver para defender la paz, cambiando su signo. Tomar de la literatura eso que es puente vivo de hombre a hombre, y que el tratado o el ensayo sólo permite entre especialistas. Una narrativa que no sea pretexto para la transmisión de un ‘mensaje’ (no hay mensaje, hay mensajeros y eso es el mensaje, así como el amor es el que ama); una narrativa que actúe como coagulante de vivencias, como catalizadora de nociones confusas y mal entendidas, y que incida en primer término en el que la escribe, para lo cual hay que escribirla como antinovela porque todo orden cerrado dejará sistemáticamente afuera esos anuncios que pueden volvernos mensajeros, acercarnos a nuestros propios límites de los que tan lejos estamos cara a cara. 

»Extraña autocreación del autor por su obra. Si de ese magma que es el día, la sumersión en la existencia, queremos potenciar valores que anuncien por fin la antropofanía, ¿qué hacer ya con el puro entendimiento, con la altiva razón razonante? Desde los eleatas hasta la fecha el pensamiento dialéctico ha tenido tiempo de sobra para darnos sus frutos. Los estamos comiendo, son deliciosos, hierven de radiactividad. Y al final del banquete, ¿por qué estamos tan tristes, hermanos de mil novecientos cincuenta y pico?

» Otra nota aparentemente complementaria: «Situación del lector. En general todo novelista espera de su lector que lo comprenda, participando de su propia experiencia, o que recoja un determinado mensaje y lo encarne. El novelista romántico quiere ser comprendido por sí mismo o a través de sus héroes; el novelista clásico quiere enseñar, dejar una huella en el camino de la historia.

»Posibilidad tercera: la de hacer del lector un cómplice, un camarada de camino. Simultaneizarlo, puesto que la lectura abolirá el tiempo del lector y lo trasladará al del autor. Así el lector podría llegar a ser copartícipe y copadeciente de la experiencia por la que pasa el novelista, en el mismo momento y en la misma forma. Todo ardid estético es inútil para lograrlo: sólo vale la materia en gestación, la inmediatez vivencias (trasmitida por la palabra, es cierto, pero una palabra lo menos estética posible; de ahí la novela ‘cómica’, los anticlímax, la ironía, otras tantas flechas indicadoras que apuntan hacia lo otro). 

»Para ese lector, mon semblable, mon frère, la novela cómica (¿y qué es Ulysses?) deberá trascurrir como esos sueños en los que al margen de un acaecer trivial presentimos una carga más grave que no siempre alcanzamos a desentrañar. En ese sentido la novela cómica debe ser de un pudor ejemplar; no engaña al lector, no lo monta a caballo sobre cualquier emoción o cualquier intención, sino que le da algo así como una arcilla significativa, un comienzo de modelado, con huellas de algo que quizá sea colectivo, humano y no individual. Mejor, le da como una fachada, con puertas y ventanas detrás de las cuales se está operando un misterio que el lector cómplice deberá buscar (de ahí la complicidad) y quizá no encontrará (de ahí el copadecimiento). Lo que el autor de esa novela haya logrado para sí mismo, se repetirá (agigantándose, quizá, y eso sería maravilloso) en el lector cómplice. En cuanto al lector-hembra, se quedará con la fachada y ya se sabe que las hay muy bonitas, muy trompe l’oeil, y que delante de ellas se pueden seguir representando satisfactoriamente las comedias y las tragedias del honnête homme. Con lo cual todo el mundo sale contento, y a los que protesten que los agarre el beriberi.

» Podía crear productos convencionales perfectos pero prefería experimentar, divertirse ejercitando su parte lúdica, que es lo mismo que dejar ver el forro de la chaqueta (metaliteratura) las “morellianas” (que no son “capítulos de reflexión filosófica o literaria”) si no la teoría de Rayuela y hasta de la vida desde la perspectiva de Morelli, no son tan prescindibles, tienen un valor, ¿por qué no esforzarse un poco para entenderlo? “Morelli es un artista que tiene una idea especial del arte, consistente más que nada en echar abajo las formas usuales, cosa corriente en todo buen artista. Por ejemplo, le revienta la novela rollo chino. El libro que se lee del principio al final como un niño bueno. Ya te habrás fijado que cada vez le preocupa menos la ligazón de las partes, aquello de que una palabra trae la otra... Cuando leo a Morelli tengo la impresión de que busca una interacción menos mecánica, menos causal de los elementos que maneja; se siente que lo ya escrito condiciona apenas lo que está escribiendo, sobre todo que el viejo, después de centenares de páginas, ya ni se acuerda de mucho de lo que ha hecho”.

Sensacional. Mucho le debo a Julio Cortázar por haber creado Rayuela: “A ser eso que verdaderamente se es y que no se quiere y no se sabe y no se puede ser”

“- Y por eso Gregorovius insistía en conocer el pasado de la Maga, para que se muriera un poco menos de esa muerte hacia atrás que es toda ignorancia de las cosas arrastradas por el tiempo, para fijarla en su propio tiempo.”

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