Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



viernes, 20 de marzo de 2015

ENCUENTROS EN EL DESENCUENTRO (IV)

ANOCHE



- Así que me dejas, dijo mirándola en los ojos, con una octava de sarcasmo en la obertura de la sonrisa en sus labios. Ella suspiró con un resol de melodramatismo acusado y bastante aparentado; ya no frente al mar, ni a la luz de la luna, sí era noche, en la Alameda del Barrio, en Ronda, ayer, en una pausa de la tormenta que anunciaba la primavera o lloraba los últimos estertores del invierno.

- Sí, nada puede construirse en nuestro amor, replicó y achicó los ojillos como para desalojar alguna lágrima que se mostró reticente, tal vez seca por la emoción inexistente. Idéntica su “cara de ángel” a una astuta Jean Simmons en Diane Tremayne. Pero él no era Robert Mitchum o Frank Jessup de ojos turbios. Y éste dio voz al deseo callado:

- No puede destruirse aquello que no ha sido creado.

Él le acarició la mejilla, un contacto fugaz, gélido, como la brizna de un recuerdo que solo el tiempo convertiría en anécdota; y se alejó silbando hacia las murallas, mientras la niebla lo envolvía de olvido y lluvia.
F.J. Calvente


NOTA: La fotografía que encabeza mi relato corresponde a la brillante escena final de la película de Otto Preminger “Angel face”, “Cara de ángel” (1952), con Diane Tremayne conduciendo marcha atrás el coche frente al precipicio que rodea la mansión. El último gesto memorable al arquetipo de la mujer fatal que prefiere destruirse a sí misma y a quien ama antes que renunciar a su pérdida.

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