Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



lunes, 16 de marzo de 2015

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "El sueño eterno" de Raymond Chandler


“- Hábleme de usted, señor Marlowe. Supongo que tengo derecho a preguntar.

- Por supuesto, pero no hay mucho que contar. Tengo treinta y tres años, fui a la universidad una temporada y todavía sé hablar inglés si alguien me lo pide, cosa que no sucede con mucha frecuencia en mi oficio. Trabajé en una ocasión como investigador para el señor Wilde, el fiscal del distrito. (..) Sigo soltero porque no me gustan las mujeres de los policías.

- Y cultiva una veta de cinismo ¿No le gustó trabajar para Wilde?

- Me despidieron. Por insubordinación. Consigo notas muy altas en materia de insubordinación, mi general.”


Sí, es Philip Marlowe, probablemente el detective por antonomasia de la novela negra (por cierto, término acuñado por el propio Chandler en su ensayo “El simple arte de matar”, 1950). Y, por supuesto, tocaba leer novela policíaca; pero no alguna de entre aquellas suecas o más o menos actuales o tal vez de patrimonio hispano. No, quería y he leído novela negra como mandan los cánones. Y ésta no solo los refrenda, sino que los trasciende para erigirse en un prototipo, en el espejo donde el género se hace literatura. Un clásico. Publicada en 1939, “El sueño eterno” supuso la brillante incursión de Raymond Chandler en el ámbito de esta narrativa del crimen. De acuerdo a que él, como otros, tomó de Dashiell Hammett algunos aspectos que definirían su temática, sobre todo la crítica hacia la sociedad y no meramente el enigma a resolver. Chandler, aquí, trajo a escena al detective Philip Marlowe, con una caracterización magistral, con su inconfundible sentido del humor, arrastrando tras de sí una trama interesante, de nervio y con ingeniosos diálogos. La historia es un caso de chantaje que parece al principio un simple problema familiar, un caso sencillo que no resulta serlo, y en el que se destapan las alcantarillas de una sociedad en apariencia ostentosa, un entramado de negocios ilegales, con varios asesinatos, extorsiones y un enigma que se resuelve de manera concluyente. Un clásico.


Omitiré la sinopsis del libro, obvio, a pesar de lo anterior, porque desde la primera página hasta su punto y final es todo intriga, acción a raudales, mejor leerlo y no saber nada de antemano. Sin embargo, no descubro nada si expongo, si reitero, mi admiración por el personaje, Philip Marlowe, el típico tipo, o el genuino, impasible, duro, cínico, inteligente, caballero… Chandler, como otros autores, creó uno de esos personajes que casi tienen vida propia y más importancia fuera de las letras que el propio autor; modelo para otros autores y otros héroes de ficción, como puede ser nuestro vernáculo brigada -ahora suboficial- Bevilacqua de Lorenzo Silva. Asimismo me ha gustado la descripción, esa atmósfera sombría, lluviosa, casi en su mayor parte de noche, de extraordinarios incentivos para despertar y repartir la imaginación del lector entre ambientes y protagonistas. A esto contribuye, del mismo modo, el hecho de estar narrado en primera persona, es el propio Marlowe quien nos narra sus propios y lineales acontecimientos, consiguiendo atraparnos en una acción trepidante, adictiva, en capítulos cortos y colmados de brillantes diálogos, que se lee de un tirón y deja ganas de más. La trama, pues, es como ese tirar de un ovillo de lana, muy apropiado el símil, tal que si tiras de una punta se va desenrollando hasta la dilucidación del misterio o de los misterios, quedando todo perfecto y en su sitio en las últimas páginas, y cuanto parecía desordenado y confuso, casi imposible de manejar y esclarecer.  


Y si la novela es magnífica, su versión cinematográfica no se queda atrás, y me refiero a la de Howard Hawks (1946), con guión de William Faulkner -ahí es nada- y con un elenco espectacular de actores encabezado por el genial Humphrey Bogart en el papel de Marlowe, y con su mujer de entonces, Lauren Bacall, como Vivien. Los diálogos, respetando la desenvoltura del libro, son sin duda lo mejor de esta película. Sin embargo, para los que no han leído previamente la novela, su argumento puede resultar por momentos confuso, difícil de seguir. 


Mejor el libro. Éste muy recomendable. Un rato de lectura apasionante y agradable.  


 “¿Qué más te daba dónde hubieras ido a dar con tus huesos una vez muerto? ¿Qué más te daba si era un sucio sumidero o en una torre de mármol o en la cima de una montaña? Estabas muerto, dormías el sueño eterno y esas cosas no te molestaban ya. Petróleo y agua te daban lo mismo que viento y aire. Dormías sencillamente el sueño eterno sin que te importara la manera cruel que tuviste de morir ni el que cayeras entre desechos.”




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