Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



domingo, 15 de marzo de 2015

PASIÓN





Hoy he regresado una vez más a ti. Nos hemos reunido una vez más aquí, enfrente de tus murallas, sentados en la piedra, dibujando nuestros contornos en la anárquica sucesión de los guijarros del suelo. Te veo y te reconozco y me estremezco porque necesitaba volver a verte, a sentirte, después de haber hecho el amor contigo toda la noche, o haber huido tanto de mí mismo como para encontrarte con los brazos abiertos y una sonrisa tan antigua como tus ojos; arrebujados en sensaciones, estremecidos por caricias, alientos intricados en sorpresas y resignaciones aventureras, enmarañadas extenuaciones y sosiegos placenteros… No me importa que solo fuesen sueños, no nos importa que los recuerdos, inconscientes, surjan de estas oníricas tramoyas en las que acaso se reconfigura la existencia, mi vida, efectos de nuestro amor. Anoche estuve contigo. Y ahora te ofrezco un simple remedo de mendigo. Es mi soledad la que en este momento te habla. No soy yo, es tu propia ausencia, siquiera estando tú ahí conmigo, juntos, sentados e identificándonos con nuestras negras siluetas como dibujos de un hechizo que aleje tu maldición y retenga mi pasión, como la escritura que cierra un contrato y no permita cláusulas nuevas, cuando no hay nada en el universo que te puede encerrar o vencer, suplantar o transgredir. Quiero o siento la necesidad, la urgencia por recuperar un tiempo, enorme, que ni siquiera perdí contigo. Es una sensación extraña, inquieta, atormentada... ¿Sabes? Nunca he tenido dudas de que me hayas querido en exceso, como uno se quiere a sí mismo, o más, con esa sublimación de renuncia por una parte que nace de mí, más de ti, de hijo o un amante que cede voluntariamente su personalidad y albur en la persona amada. En cambio yo, no sé si por inconsciencias de la edad, o esa indefinición ciertamente cómoda a todo cuanto se me daba hecho, en ocasiones sin pedirlo, me dejaba querer por ti, muy seguro, sin embargo sólo eso, sin mayores pretensiones o intercambios más estrechos... Y en nuestros días, éstos que corren por un Marzo meridiano, quién sabe si también por circunstancias de la edad, tras haber conocido el pesar, el sufrimiento por la fugacidad de la existencia, la limitación de todas las cosas, en mayor medida las mías, desesperado por cuantas de éstas no llegaré jamás a hacer o al menos intentar o revelar; te veo, te noto, más impasible hacia conmigo, no insensible, quizás más ausente, como si te fueras o escaparas de mí, si, esa puede ser la impresión; y a lo que contrapongo, con firmeza, mi voluntad a no dejarte ir, a no dejarte escapar cuando siempre estarás aquí conmigo y sin mí, a retenerte, pues me doy cuenta de cuánto te quiero, de quererte más, mucho más de lo que pensaba. Por eso te busco y me siento contigo, en la espera de mi destino.

Eres tú, mi Barrio. 

Mi Barrio es hoy, en esta mañana luminosa, todo aquello. Y aún más. El día y la noche, los crepúsculos o incendios al atardecer, ayer de rosáceos rasgones vulnerando el absoluto azul. Miro y no es tan definido, en estos instantes amables, tan rotundo o denso, el cielo; es celeste, sí, pero de intercambiable cromatismo, o a lo mejor es que ensaya una gradación de matices en su superficie blanca, rota, cercana a la hojalata, de papel reclamando bosquejos, más opaca cuando una de tantas erráticas nubes, que no están infladas, sino recortadas, se interpone en los otros tanteos de un sol espléndido, vivo, arreglando su verticalidad a la primavera que ya asoma tras la esquina. No es la mía una predisposición subjetiva, atmosférica seguro, o acaso esta condiciona a aquella; es decir, en este mi apreciar los preludios del cambio, ¿estacional?, de acuerdo, ¿filosofías del ánimo como esos vahos que empañan el ambiente?, también; en todo caso de una fe que, inconscientemente, necesita de grandes milagros, de exaltaciones de lo pequeño para desde el dolor, el dolor que hurga, que se remueve en el pecho, establecer el espasmo de melancolía por la pertenencia, de una identidad que tiene que ser dolorosa porque de esta forma hiere, hiende la piel, abre el corazón, para dejar lugar a otras emociones, a otros quereres, a otros lugares para la ilusión o para esos sondeos de la muerte en esta expresión más absoluta de vida: el Amor. Está la fuente de San Francisco agotada, sin agua, sin esperanzas. Una sed de Amor que asola las entrañas. 

¿Son mías aquellas calles que ascienden con disculpas o descienden con timidez, ajustándose a la línea y no a la curva, en quebrados alzados de edificios envarados de cal, hierros y tejas árabes? ¿Calles que confluyen en el centro del centro, donde estoy, donde estamos, en la Alameda o tu corazón; para aquí acogerlas, a todas, sin exclusión, acomodando este espacio a sus embocaduras, aunque para ello adopte sus límites a ellas, sin importar los irregulares recovecos, elevados o no en sus poyetes que más que delimitar, insinúan su singular fisionomía, abriéndola, trasvasando unas arterias en otras, ordenando, instaurando un equilibrio? ¿Son mías las calles? ¿Son mías la conjunción de curvaturas y planas fundidas en el tinte pardo de las murallas, o la sobria geometría de la iglesia del Espíritu Santo como una solidificación de ese humillo de incensario que llega hasta nosotros desde la Tienda de Trinidad? ¿Son míos los secos melindres de estos árboles de la alameda, oscuros, albergando una miscelánea de expresiones enclavadas, de historias cotidianas, perennes, en la geografía de sus cortezas y en los susurros o augurios de lo que asoma tras la esquina, la primavera que todo altera? ¿Hasta en los usos materiales, asuetos y negocios, veladores de los bares en el yermo de anteayer, plegadas las sombrillas beis ya que las sombras aún exhalan su aliento gélido, o el deambular de propios y extraños en el solaz barrunto de que pronto sucederá algo, sea o no con ellos, algo cantado por pájaros más animosos, más vehementes, si bien ninguno dilucida si estas conmociones son mías? ¿Si ya no huele a invierno por qué no lo hace a renacimiento? ¿Es mía aquella recreación que se acerca a mi espalda, vuelvo la cabeza, hacia calle San Francisco de Asís, la cuadrilla de costaleros de Cristo Resucitado, cajón al compás de una musiquilla enlatada, una marcha, “Pasan los campanilleros”, pasos cortos, arrastrados, lucidos, andados, galvanizados por las interjecciones de ánimo, de dirección, del capataz, del patero; o es de aquella otra, inseparables ambas, separadas ahora pero amarradas al mismo encuentro, como nosotros, por Ruedo Alameda, costaleras de la Virgen de Loreto, no oigo el ¡guapa, guapa, guapa! o su eco restallando en las lienzos de la muralla, solo esperanzas de domingo, sudor o lágrimas, o uno y otras por los que se deslizan los delirios, el fervor, a lo mejor devoción, ellas, mujeres, siempre ellas, refulge el propio tintinear de las bambalinas? ¿Son mías estas imágenes que me retrotraen a horas atrás, en la noche, en el Teatro de la otra Alameda, la del Tajo, “La Pasión”, espectáculo o voluntariosa puesta en escena de una coreografía semanasantera, de Miguel Lorca, de una estética bella, flexible, en contraluces de emoción, no sé si de genial sutileza, ni atinada, normal los errores del estreno, la desigual fortuna, los nervios; quedan las emociones, algunas mías, “Irremediable consuelo”, un cuadro fascinante; máxime, con independencia de la calidad de su plasticidad, mi admiración por el esfuerzo, el compromiso y cariño, contigo y con una parte de tu substancia que culmina el Viernes Santo, el Domingo de Pascua; el valor, el reto, el desafío, la valentía de hacerlo posible, la fusión del flamenco con la simbología de la Semana Mayor; y de asentar este repunte artístico, innovador, honesto, en la monotonía cerril, consumida, trillada, de gusto adocenado en la idolatría al luto ancestral en su expresión más cristiana y ruidosa? ¿Son mías?

Serán mías, pues concibo me atañen, por haber nacido aquí, he permanecido aquí, y me aflijo con el temor de que alguna vez dejen de pertenecerme. Son mías puesto que en ningún momento he dejado de recorrerlas, de sentirlas, de que mis huellas rueden por ellas como las lágrimas de alegría o de temor por mis mejillas, de haber ido descubriendo una y otra vez todos y cada uno de sus misterios, cada una de sus sustancias, tal vez con esa sensación de padecimiento que se convierte en maldición por entender que jamás llegarán a ser mías y porque lo fueron del mismo modo de otros; eternamente de pretéritos míticos, de desatenciones del presente y que aún persistirán en el futuro cuando yo ya no esté, aunque haya dejado mi esfuerzo, mi sufrimiento y tributo, mi amor, en hacerte más bello. Mi Barrio. Y yo. Parece que va a llover.

 F.J. CALVENTE

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