Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



jueves, 12 de marzo de 2015

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Trópico de Cáncer" de Henry Miller



Ya nadie escucha. Es imposible pensar y escuchar. Es imposible soñar ni siquiera cuando la propia música no es sino un sueño”


Esta novela no te va a dejar indiferente. La odiarás o amarás, no hay término medio. Sin embargo, si prefieres que te advierta antes de leerla, o si pretendes encontrar bajo este título una historia con un argumento clásico, duro o amable no importa, al uso, con ese prejuicio de que debe contar historias que empiecen y acaben, de que su obligación inexcusable es actuar de bálsamo, de oponer a la confusión o desánimo ante la vida un orden engañoso, hermoso y persuasivo, si es así no leas este libro. Trópico de Cáncer es el caos narrativo en estado puro, la agitación implacable, la anarquía en un romanticismo rotundo, estruendoso, donde el lector sale aturdido, convulso y con seguridad deprimido si su percepción de la existencia humana, decía, es algo agradable u optimista. No leas este libro si no te gusta o temes a esto o a entregarte a una literatura suelta, desacomplejada, aventurada, despiadada, de atrevimientos retóricos, con tacos y groserías que igual pueden ser estéticos como de un repudio clamoroso; porque considerarás de antemano la obra como algo escandaloso, deplorable, incluso sin haberla leído o magnificando las alusiones a sus episodios eróticos, o a sus palabrotas, algo vulgar y de alegre nihilismo, de un surrealismo onírico incomprensible y denostado. No leas este libro si, aun no prestando atención a otras consideraciones sobre el sortilegio de la prosa enérgica del autor, o reniegues de contextos que no penetren en estados de madurez y serenidad, sino en la insolencia, en palabras malsonantes, en las obsesiones sexuales y escatológicas con las que Henry Miller, a mi juicio, pretende abrir molleras a hachazos, un dinamitero verbal y un novelista sicalíptico usando sus propios símiles. No leas este libro si esperas lo que esperas de una novela, ya que desde los primeros párrafos, deslavazados, es imposible saber qué ocurre, qué cuenta, quiénes son los personajes, no hay un hilo lógico en sus reflexiones a salto de mata, no hay ninguna secuencia y ni mucho menos podemos inducir una filosofía concreta de sus palabras, porque la profundidad o la locura de Miller abarca mucho más que el significado de éstas, de las palabras o de los pensamientos. Tienes que leer esta novela de otra manera, no esperar entender sus frases o el encuentro de un mensaje, no, sino en porqué se hace y así se escribe. Es una literatura no de palabras, sino de sensaciones e intuiciones.

“En el meridiano del tiempo no hay injusticia: sólo hay la poesía del movimiento que crea la ilusión de la verdad y del drama”

Si por el contrario todavía quieres leer Trópico de Cáncer, o si ya la has leído y sin importarte el encuadre entre los amantes o amargos, permíteme hablar o compartir contigo mis impresiones que igual pueden coincidir o ser las tuyas.

“Algún día escribiré un libro sobre mí mismo, sobre mis ideas. No quiero decir que vaya a ser un simple análisis introspectivo… quiero decir que me tumbaré en el quirófano y pondré al descubierto todas mis entrañas… sin omitir un puñetero detalle”

Bien. Trópico de Cáncer narra las venturas y desventuras de Henry Miller, o su álter ego, en el Paris de los años previos a la segunda guerra mundial. Una tensión fuerte entre las peripecias de la vida bohemia, colmada de sexo, alcohol y hambre, con reflexiones acerca de la situación del ser humano individual en un mundo en crisis. Una novela espontánea, iconoclasta, uno de los espejos más perfectos de ese tiempo de los años 30 del siglo pasado. 

“Sólo quienes pueden admitir la luz en sus entrañas pueden expresar lo que hay en el corazón”

Trópico de Cáncer no es una “historia”, reitero en lo ya dicho, sino una promiscuidad de escenas, cuadros, episodios, recuerdos… acaso todos inconexos y si omitiéramos al narrador, al propio Miller, que los enlaza e incluso, en su interacción con los otros personajes, por su fuerza, no sé si fatua a estas alturas, digamos que abrumadora, los diluye, los conforma a papeles muy secundarios que solo amplifican la imagen de aquel, del narrador y de su filosofía anárquica, arbitraria, de su desprecio al orden establecido, que a lo mejor sea o la entienda como una conducta de libertad, la libertad; pero que no deja de ser solo suya, impregnada de intuiciones, de decisiones francas, de emociones vírgenes que no pondera con la razón o con cualquier apariencia. Miller no pretende convencer a nadie, ni persuadirlo, solo es un comportamiento intimista, la búsqueda personal de su equilibrio que, asimismo, consigue incendiar el corazón, la emoción del lector. De ahí que no sea extraño cómo el inicio de la narración sea entrecortado, trozos colgantes de la vivencia del protagonista y que, poco a poco, entre anécdotas, descripciones y reflexiones imponderables, aporta o concede cierta fluidez al relato y encumbra la imagen de Paris, de la ciudad, sea de su miserabilidad, y a la que, en cambio, se siente identificado, unido, esclavizado. Una consideración de este estilo, la ciudad, el lugar, el espacio concreto que consigue componer las conductas humanas, la encontré en libros de Antonio Muñoz Molina… no es aquí el momento.

“...Cuando has sufrido y soportado cosas aquí, entonces es cuando París se apodera de ti, podríamos decir que te agarra de los cojones, como una puta enamorada que prefiere morir a soltarse”

El lenguaje es directo, sin tapujos, ni concesiones, de una sensualidad descarnada, de anhelos y matices de una crudeza absorbente… quizás tenga que ser así cuando lo que se narra es la propia supervivencia del autor. Empero no es una creación pesimista, derrotada, rota, fatalista, no… sino un grito de libertad que resurge de la propia adversidad, de los estados más infamantes de la sociedad y de la convivencia al límite. 

“Cada quien tiene su tragedia privada. La lleva ya en la sangre: infortunio, hastío, aflicción, suicidio. La atmósfera está saturada de desastre, frustración, futilidad… No obstante, el efecto que me produce es estimulante. En lugar de desanimarme, o deprimirme, disfruto. Pido a gritos cada vez más desastres, calamidades mayores, fracasos más rotundos. Quiero que el mundo entero se descentre...”

No sé si esta novela es ficticia o autobiográfica, o ambas, de cuando Henry Miller malvivía con conciencia en su papel de escritor en Paris, con sus sufrimientos y penurias. Es una creación más que un testimonio, sin duda. Con todo, entiendo que el intimismo se desborda en sus páginas, un intimismo que se expele con fuerza afuera para expresar y manifestar no la sensibilidad corrosiva del propio autor, sino del ser humano en su discurrir por las bajas pasiones. En esto, lo que más me ha gustado del novelista es su estilo para expresarlo, esa forma de decir las cosas sin pelos en la lengua, vale que le costó la censura en su momento, que a mi modo de ver lo eleva, aun en nuestros tiempos, en un creador iconoclasta, provocador a cualquier convencionalismo, como si pretendiera que asumiéramos que detrás de este mundo seguro, ilusionante, optimista, hay un infierno que en cualquier momento pueden provocar su desmoronamiento, la destrucción de todo. El sentido de la catástrofe. Inclusive resulta extraordinario, maravilloso, que esta reflexión de tan enorme calado, de tanta trascendencia, se desarrolle entre unos personajes ofensivos, alcohólicos, obsesivos con el sexo, de instintos primarios, promiscuos y disolutos, fracasados. Genial. Un revés, un desorden. Paris no es la cuna de artistas como podamos suponer, la ciudad a la medida de los triunfadores y fecundos, no, es una sociedad de pseudopintores, pseudoescritores, marginados y parásitos que viven en lo más corrompido de la ciudad, que no participan de la fiesta, sino se nutren de ella, que se pelean por los desechos. No es la geografía parisina artística, de grandilocuencias y abundancias, sino una de burdeles, tabernas, hoteles de mal vivir con chinches, cucarachas y piojos, tugurios sórdidos, restaurantes pequeños y sucios, de parques, plazas y calles pobladas de vagabundos y fantasmas. Y sobrevivir allí no se hace con genio, sino con el todo vale. 

“En pocas palabras, mi idea ha sido presentar una resurrección de las emociones, describir la conducta de un ser humano en la estratosfera de las ideas, es decir, presa del delirio”

Indicaba no saber si esta novela es autobiográfica o no, ni me importa, insisto en que su grandeza reside en su propio narrador y personaje y tal vez genuino autor. Ese protagonista obsceno, sí, narcisista, también, despectivo, de acuerdo, pendiente exclusivamente de su polla y de la reflexión de sus tripas, vale… Y además, he aquí lo sorprendente, un individuo desesperadamente vitalista, que engrandece o sublima o convierte en poesía todo lo vulgar, lo sórdido, lo grosero. Desafiante, pues sí, y necesario. Por supuesto que lo que no va a ser es indiferente, y en su actitud encontramos la coherencia del personaje y de la novela; en su lucha contra las convenciones sociales, y en su pretensión visceral a ser él y no un producto de la sociedad. Me ha entusiasmado esta presentación, este testimonio del personaje, inclasificable, o solo comprendido entre extremos que se acoplan, no se unen; un anarquista romántico, tal vez, un rebelde furioso, seguro. Alguien que está por encima de cualquier servidumbre porque esta condicionaría en lo mucho o en lo poco su libertad. Magistral Henry Miller, y osado. 

“Intento calmarme. Al fin y al cabo, éste es un hogar que he encontrado, y cada día hay una comida esperándome. Y Serge es un buen tipo, de eso no hay duda. Pero no puedo dormir. Es como dormirse en un depósito de cadáveres. El colchón está saturado de líquido de embalsamar. Es un depósito de cadáveres para piojos, chinches, cucarachas, tenias. No puedo soportarlo. ¡No voy a soportarlo! Al fin y al cabo soy un hombre, no un piojo”

Un prisma devastado, pero de un idealismo afectivo que no deja indiferente. Ya lo sabes: Es una literatura no de palabras, sino de sensaciones e intuiciones. Léela.

“En resumen, erigir un mundo sobre la base del omphalos, no sobre una idea abstracta clavada a una cruz… el mundo cesa de girar, el tiempo se detiene, el propio nexo de mis sueños se rompe y se disuelve y mis tripas se derraman en un gran torrente esquizofrénico, evacuación que me deja frente a frente con lo Absoluto… Dos mil años de esta historia nos han insensibilizado con respecto a la imbecilidad que constituye”

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