Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 28 de marzo de 2015

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Lo que sé de los hombrecillos" de Juan José Millás



“Curiosamente, me había arrojado a los brazos del desorden con la misma violencia con la que durante toda mi vida me había defendido de él. Pero no es tan grave, me decía observándome con procacidad en los espejos, no estoy dimitiendo de nada, sino descansando de todo”


Tengo a Juan José Millás en alta estima, indudablemente no es por su persona, porque no tengo el gusto de conocerlo, sino por su literatura. Hace tiempo y desde que leí “Papel mojado”, luego por algunos libros más y su inexcusable columna de los viernes en El País o en el semanal, siempre de una fina sutileza y singularidad, de innegable compromiso social. Admiro su narrativa sorprendente, honesta, que rezuma pasión y osadía, tanto que cualquier hecho cotidiano es convertido en un suceso fantástico que no deja, al fin y al cabo, de ser una expresión crítica del mundo. Y este “Lo que sé de los hombrecillos” no ha cambiado mi consideración y, aunque me dejó con una sensación un tanto rara, incluso chocante y por tanto novedosa a otras de sus lecturas, no ha descaminado su estilo ciertamente turbador y metafórico, surrealista u onírico, que le caracteriza y con el que me entusiasmo. Millás incide aquí en uno de sus asuntos estrella, el desdoblamiento, la dualidad humana, entendido bajo la mezcla de lo real y lo irreal, o tal vez la fractura entre los planos de la realidad y de quienes somos o podemos serlo en uno u otro plano.

En “Lo que sé de los hombrecillos”, la rutina diaria de un profesor universitario se ve perturbada por la irrupción de perfectas réplicas humanas en miniatura que se mueven con soltura por el mundo de los hombres. Un día, uno de estos hombrecillos, creado a imagen y semejanza del catedrático, establece una conexión especial con él y convierte en realidad sus deseos más inconfesables. En este libro, el académico narra el último de estos encuentros secretos, que resulta también el más intenso y peligroso, pues además de averiguar dónde viven, qué costumbres tienen y cómo se reproducen estos hombrecillos, interviene en su pequeño mundo mientras la vida sin inhibiciones convierte el suyo en una verdadera pesadilla. Piénsalo por un segundo: ¿soportarías ver cumplidos todos tus deseos?   

“Pero ignoraba si hacía todo aquello por mí o por el hombrecillo, pues si bien era evidente que nos habíamos convertido en dos, al mismo tiempo, de forma misteriosa, seguíamos siendo uno”

No me he encontrado con un relato corto en forma de novela, casi doscientas páginas, de Kafka en otra “Metamorfosis”, Berhnard, Beckett, u otro “Polaris” de Lovecraft, de acuerdo que a veces tenía la impresión de estar ante una reedición de “Carta a una señorita en Paris” de Cortázar, (quien mejor que éste para explicar lo inexplicable, ¿verdad?), o a que su ritmo rebuscase las sensaciones cadenciosas de Borges, sino tal vez un compendio de todos en este librito muy imaginativo, de fresca y sencilla exposición; y bastante introspectivo, en efecto, salvo que no estoy muy seguro de que haya alcanzado la solución o liberación tanto de él como del argumento; entretenido, sobre todo, y subrayando el mensaje o parábola de cómo dentro de nosotros hay un Yo más mezquino. Sí, vale que esto ya fue dicho por R.L. Stevenson; pero aquí, con Millás, el desdoblamiento de su protagonista, la crónica de su duplicación y, a mi criterio, sin alcanzar su solución y a lo que en seguida me refiera, digo yo, no se corresponde con la disociación absoluta del doctor Jekyll y mister Hyde. Y con todo me ha gustado, mucho, por su amena lectura y sugestión. 

Una estupenda oportunidad para que, desde la sencillez, reflexionemos en esa dualidad inherente a todos nosotros de guiarnos entre lo correcto o lo incorrecto; es decir, entre el hecho de dar rienda suelta a nuestras pasiones, a nuestros instintos más primarios, o reconvenirnos a los dictados de la sociedad, a su fiscalización o al sacrificio de abandonarlos o no, de reprimirlos. De ahí que, aunque confusa su dilucidación, sea una oportunidad, insisto que inconclusa, para asumir nuestro lado llamémosle más rebelde, conocerlo, expresarnos en aquellas singularidades que no constituyan una catástrofe y no esperar, con tanta contención, a que salte por cualquier resquicio en forma de locura o demencia.

“La unidad de la que nos habían hablado los responsables del desdoblamiento no era, en fin, tan sólida, tan perfecta, como habíamos creído al principio. Había una pequeña fisura en la que evitábamos profundizar, pero que resultaba imposible ignorar”

Y dicho esto, además de ese derroche de masculinidad en primera persona, que puede gustar o no, escatológico para algunos o pornográfico para sensibleros, esta indeterminación al tema del desdoblamiento o dualidad personal, es el único “pero” que pongo a este “Lo que sé de los hombrecillos”; ya que ni en su final, ni en su Epílogo, evidentemente destemplados, de tajante premura, no se resuelve nada del mismo; nada en cada uno de los esfuerzos finales, en cada una de las urgencias, por atar cabos, todos precipitados, para solventar, para aclarar cuanto menos el porqué de la contemplación del catedrático de los hombrecillos y su sentido. 


Por último, amigo/a que en estos momentos me lees, los hombrecillos me exigen a que te convenza de que no existen.

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