Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



miércoles, 17 de junio de 2015

LA MUJER DEL VELO O EL HACER POSIBLE LO IMPOSIBLE

Hoy quiero narraros, día más o día menos después de su suceso, uno de estos detalles que en principio atañen insignificantes y que luego encierran o despliegan el prodigio y la reflexión de un hecho extraordinario. Será porque el sol recupera su hegemonía y, decidido, persevera en hacer verano lo que, días atrás, venía siendo el colofón a un invierno plácido o una primavera contrariada. Será por estas veleidades del sentimiento.
 
La reflexión:

Ya nadie anhela alcanzar lo imposible, ni intentar algo, un mínimo indicio de buscar o ambicionarlo; ni siquiera cuando la necesidad, inconsciente por lo habitual, incomoda el alma en uno de aquellos pliegues que, depositando en la intuición todas sus esperanzas, nos animan por encontrar cualquier forma que establezca nuestra comunión con el universo o con la belleza, tanto da. Si no me creen, respóndanme, justifíquenme, cuéntenme, el porqué de esa imprevista melancolía a lo mejor en una tarde de otoño mientras llueve tras los cristales de la ventana, o esa nostalgia que encoge el pecho, hormiguea en el estómago como uno de los síntomas de un amor verdadero, un tajo al igual que el esplendor rojizo que hiende el cielo añil en el horizonte, al atardecer, o pónganle nombre a cualquier emoción que fluye porque quiere y no por voluntad propia o así la razón establezca su poder sobre ella. No, ciertamente ya no aspiramos a lo imposible; por desdén, por resignación, por olvido, apatía o puesto que ni viéndonos en el espejo nos reconocemos a nosotros mismos. Sin embargo, aun sin conjeturar la posibilidad de hacer posible lo imposible, y disculpen la redundancia, en hinojos ante axiomas universales y presuntamente infalibles, omnipotentes, omniscientes… y otros “omni” que significan “todo” y quizás sus concluyentes “entes” restituyeran nuestra misma mirada en el espejo que, exactamente, declama al ser, o el ser reflejado al que no podemos ver y entender, postrados a la imposibilidad que nos trasciende, que no nos pertenece, y cuando no nos detenemos a pensar, a intuir, que cada vez son más las cosas a las que dejamos ir y ante el criterio, o la cobardía, de no aceptarlas, de no querer entenderlas, y sea porque exigen un poco de atención, de consideración, de afecto, de añorarlas y porque en el recuerdo permanecen.

Por supuesto que es posible hacer posible lo imposible, tanto como mañana, si ya no nosotros, el sol saldrá por el Este y aquí, en Ronda, tras una atalaya de erosionadas montañas con las fustas de un milenarismo azul, o la luna remontando un cielo cercano, no oscuro pero si insondable, engalanando la humilde cal de las paredes, la dureza de las piedras de las calles, con el plateado barniz de un sueño de grandeza, la tilde asombrosa y perpetua arriba donde, reitero, lucirá aunque ya nosotros no estemos mañana para verlo. Por supuesto que es posible hacer posible lo imposible, no son inéditos los sueños que contravienen serlos al concretarse con los sentidos. Por supuesto que es posible hacer posible lo imposible y no por vacuas entendederas, intereses fracasados o fresados de ilusiones, provechos, como que sea imposible que el Madrid de fútbol no haya ganado título alguno o el Barça los haya ganado todos, o la posibilidad de algún pacto político que se frustra porque son imposibles los alcances de quienes lo arreglan, o interpretan, y bastante y tristemente los límites que ponen a buen recaudo los misterios de la imposibilidad. No, no se trata de esto. Por supuesto que es posible hacer posible lo imposible y bien que la música, la poesía, la fotografía, unas letras inspiradas, ciertas pautas religiosas o metafísicas o espirituales o filosóficas, como las piezas de un puzzle cósmico, como un jeroglífico recóndito, como un arcano indescifrable, sugieren la posibilidad y la consciente búsqueda por merecer el hacer posible lo imposible. Solo falta, solo se consigue, con deseo y voluntad, entrega, con consciencia.

En estos momentos por los que corren estas apresuradas líneas, cuando es absurdo que haga este frío con el verano respirando en las fracturas de la primavera, cuando las nubes grises y negras escenifican en el cielo las tristes acuarelas del invierno, cuando todo insiste en el recogimiento y no alienta a salidas o esparcimientos exteriores, hoy, precisamente, como una luz que cae decidida y oblicua de estas ambiguas grisallas, al unísono de un crepúsculo rosáceo, algodonado, de frescor celeste y complicado, me traspasa el asombro primero, la admiración pronto, y la maceración de un sentimiento, de una emoción intensa que testifica en el propio libro de los testimonios del universo, el peso de los tiempos, y de los espacios, trascendiéndolos en la concreción de un prodigio, un milagro, la constatación de que es posible hacer posible lo imposible. En un abrir y cerrar de ojos, fugaz, íntimo, en todo caso inesperado, casual si no supiera de no existir, curiosamente por ser imposible, imposible la casualidad, una imagen viene a testificarme la viabilidad de contrariar la imposibilidad o tajar ese “im” de su poso, la garantía, o la palpable prueba de aquello que la Alquimia conseguía tras transformar cualquier materia en oro, hasta la oscuridad del corazón.

El hecho extraordinario:

Una fotografía, pero que es una escultura. La imagen de una escultura. Una mujer esculpida en mármol. Luego me interesé por saber que es la obra titulada “La modestia” de Antonio Corradini, en la capilla principesca de Santa Maria della Pietà, conocida como Capilla Sansevero o Pietatella, situada en Sangro di Sansevero en Nápoles. El mágico movimiento del quieto cuerpo, capturado en las sinuosidades del velo. La desnudez. La armoniosa proporción que recae más allá del portento modelado en la piedra, que precipita lo mínimo en lo máximo, su singularidad en la diversidad, lo sutil en lo inextricable, lo majestuoso en sencillo; es decir, proyecta en un instante concreto, congelado, la estructura del universo, la fórmula de la Belleza, la divina naturaleza de las cosas, con las que el genio nos brinda la posibilidad acabada de hacer posible lo imposible. Solo tras mi fascinación inicial, la emoción me hace ver, sin duda alguna sentir, cómo tras la derrota del tiempo, retenido en esta figura modelada en un espacio de confines concretos, de acuerdo que bellos, perfectos, a la eternidad, o a uno de sus eternos momentos. Y lega el mensaje, el desafío cumplido, la máxima búsqueda de la expresión tallada por vocación del artista, del maestro, que en el diseño escultural, en la mujer, a partir de un grosero trozo de mármol, hizo posible la imposibilidad o consumar el más sublime sueño de Belleza. La mujer del velo.

 


F.J. CALVENTE

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