Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



jueves, 30 de julio de 2015

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "La Templanza" de María Dueñas


“Complejo juego de mentiras y verdades, de pasiones, derrotas, maquinaciones y amores frustrados que ni los años ni los océanos habían logrado tronchar”




Créanme. Tres novelas de María Dueñas y todavía no me siento capaz de soltar el lastre de considerarla, como definen ciertos sofisticados críticos literarios, una “one-hit wonder”, escritora de una sola novela. Incomprensible, tal vez. A ver como explico esto… Leí “El tiempo entre costuras” en plena ebullición del fenómeno mediático-literario que fue, todo el mundo había leído la novela, a todos le había gustado y todos la recomendaban, a esto y ante el próximo estreno de la serie para televisión, la que a algunos satisfizo más que el papel, decidí leerla. Y me gustó. Luego no leí “Misión Olvido” por las mismas aunque adversas circunstancias, a pocos gustó. Con “La Templanza” (Ed. Planeta, 2015) sucedió un tanto de lo mismo: reticente porque no soy de los que abandonan un libro una vez comenzado, ingrato el tiempo si es malo, y en cambio no parecía ser este el caso de su obra anterior, por satisfactorios comentarios de familiares y conocidos que ya lo habían leído, por encontrarme su publicidad hasta en los lugares más insospechados. Así, recuerdo que en Librería Rilke, cogí un ejemplar, sopesé sus 544 páginas, y ojeé su contraportada: “Si no has olvidado El tiempo entre costuras, recordarás para siempre La Templanza, la nueva novela de María Dueñas. Nada hacía suponer a Mauro Larrea que la fortuna que levantó tras años de tesón y arrojo se le derrumbaría con un estrepitoso revés. Ahogado por las deudas y la incertidumbre, apuesta sus últimos recursos e n una temeraria jugada que abre ante él la oportunidad de resurgir. Hasta que la perturbadora Soledad Montalvo, esposa de un marchante de vinos londinense, entra en su vida envuelta en claroscuros para arrastrarle a un porvenir que jamás sospechó. De la joven república mexicana a la espléndida Habana colonial; de las Antillas al Jerez de la segunda mitad del XIX, cuando el comercio de sus vinos con Inglaterra convirtió la ciudad andaluza en un enclave cosmopolita y legendario. Por todos estos escenarios transita La Templanza, una novela que habla de glorias y derrotas, de minas de plata, intrigas de familia, viñas, bodegas y ciudades soberbias cuyo esplendor se desvaneció en el tiempo. Una historia de coraje ante las adversidades y de un destino alterado para siempre por la fuerza de una pasión. Solo las grandes historias despiertan grandes emociones”. Decidí leerla. Y me gustó, quizás porque me recordó a su primer best-seller. De ahí lo de novelista de una novela.


En “La Templanza”, justo es reconocerlo, aun estando en la línea de las peripecias de Sira Quiroga, se nota la madurez narrativa de María Dueñas, sin esos fallos habituales en los escritores noveles. Por otro lado no sabría dónde ubicarla, y no sé si es el gran mérito o confusión de la obra, original sin duda, ya que no es una historia de amor en sí, la primera aparición de Soledad Montalvo (indirecta, mediante una tarjeta de presentación) no llega hasta la página 295; no es una novela histórica al uso, de hecho es la primera vez que leo que el éxito no se busca en la América decimonónica, sino que su protagonista, Mauro Larrea, busca su fortuna en todos los sentidos, material y espiritual, en su regreso a España; ni tampoco un relato de autoayuda recreando una experiencia de lucha ante los reveses de la vida y superación personal.


Sea como fuere es una historia muy bien contada, cuidada en sus detalles, con una perfecta ambientación de México, el México independiente de la década de 1860, el incipiente Estado arruinado por las guerras internas y sobresaliendo de las influencias de las potencias extranjeras, Francia, Inglaterra y España. Mauro Larrea, el español que dejó su aldea en las baldías tierras castellanas para emigrar a México junto a sus dos hijos después del fallecimiento de su mujer en el parto, con su carácter obstinado, pragmático y animoso, se había sobrepuesto a todo tipo de reveses hasta convertirse en un acaudalado minero de la plata. Pero a sus 47 años, Mauro, en una arriesgada operación comercial en la que invirtió toda su riqueza y que se trunca con la Guerra de Secesión americana, se arruina. Hipotecado por un prestamista sin escrúpulos, Mauro no se rinde y se entrega al último recurso que le queda, ingrato, peligroso, que le obligará a “retornar a sendas oscuras pobladas de sombras”. En un casi empezar de cero, con la angustia acuciante de responder al primer plazo del préstamo si no quiere perder su mansión colonial, cuanto le queda, preocupado por sus dos hijos, el inconsciente Nico y su fiel aliada Mariana, emprende su búsqueda en la Habana, desconocemos porqué y sea este el comienzo para la verdadera historia tras dejar sus asuntos en México al cuidado de Andrade, que se convertirá en la voz de su conciencia desde la distancia. Acompañaremos a Mauro por la Cuba colonial, próspera por el negocio del azúcar, en la que sus habitantes temen una sublevación de los esclavos que termine con sus patrocinios y que en él crea un cargo de conciencia importante. Una Habana rica, ostentosa, irreflexiva, “un gran campamento de negociantes frívolos e irresponsables ocupados tan sólo en el presente”. Mauro Larrea, en un golpe de suerte, nunca mejor dicho, le lleva al Jerez de los bodegueros donde observaremos el esplendor de un negocio en boga por las exportaciones y la inversión extranjera. Aquí se inicia la trama compleja de la novela, en la que los secretos del pasado van saliendo a la luz, entrelazándose y condicionando los episodios del presente. Mauro afronta turbios asuntos, extraños duelos de honor, pisará terrenos escabrosos, sufrirá avatares profesionales, familiares y sentimentales, tendrá que sortear nuevamente “mil altibajos, descalabros, triunfos, alegrías y sinsabores que la fortuna irá poniéndole por delante”, la persona que se cruzará en su camino es una mujer casada, segura de sí misma, que siempre va por delante y que ejerce sobre Mauro una absorbente y peligrosa atracción. El protagonista pondrá en riesgo su filosofía innata y que tan buenos resultados le había dado en una tensión magistralmente escenificada.


“Soledad Montalvo lo sabía todo porque, por primera vez en su vida, a aquel minero vivido, bragado, fogueado en mil batallas, se le había cruzado en el camino una mujer que, al socaire de sus propios intereses y sus propias urgencias, iba siempre tres pasos por delante”


Ciudad de México, La Habana y Jerez, finales del siglo XIX, antes que España perdiera Cuba, su última colonia… magníficamente descritos, con sus colores, aromas y sensaciones, con personajes creíbles y definidos, no solo los principales, también ocurre con los secundarios, con Elías Andrade, apoderado de Mauro, que ejerce como su conciencia en la distancia, la astuta hija Mariana, el inquieto Nicolás, la impredecible Carola Gorostiza, el anciano banquero Julián Calafat, el leal indio Huesos Santos, y sobre todo la seductora Soledad Montalvo. Y, por último, la intriga por los oscuros secretos familiares de los Montalvo… hacen un relato que se lee fácil, apacible, ágil, que te atrapa y al que te exiges cualquier momento para retomar su lectura. A pesar que, desapasionadamente, sea una historia anodina por sus tópicos, algún que otro giro inesperado incrementa su cariz adictivo. Una novela de templanza, precisamente, que no termina de sorprender como “El tiempo entre costuras”, y quizás por la sensación repetida aquí y allá en el libro, sobre todo en el periplo cubano de Mauro Larrea, de que su autora no tiene muy claro dónde ir. Además, si encomiable es la labor de documentación de ésta, lo cual se ve y agradece en recrear los distintos ambientes, también adolece en otros aspectos como las relaciones personales, en la caracterización de los personajes superando el problema económico, el estatus o la tensión sensual. Creo que a esta escasa profundidad se le añade que al libro sobran páginas. Insisto, en definitiva, que me he entretenido con su lectura, en su mezcolanza de pasión, intriga y aventuras por Ciudad de México, La Habana colonial y Jerez acompañando a su peculiar protagonista, un Mauro Larrea de perfil profundo, perfectamente dibujado por la autora y entrañable.


“Mauro Larrea tuvo la certeza de que en el alma de aquella luminosa mujer había sombras oscuras. Y con un pellizco en las tripas, le llegó también la intuición de que entre esas sombras acababa de entrar él”

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