Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 1 de agosto de 2015

ENCUENTROS EN EL DESENCUENTRO (V): "Abismo para mirar"


ABISMO PARA MIRAR

 
O asimismo PUENTE SOBRE EL ABISMO PARA MIRAR EL AMOR, o sin duda EL AMOR EN LOS ESPACIOS DEL ABISMO. Qué importan los títulos cuando, al fin y al cabo, trato de una síntesis sin final para otro ENCUENTROS EN EL DESENCUENTRO; de acuerdo que en éste, el punto de fuga se encuentra influido ya no por impulsos personales, sino por una de las fuerzas del Universo a la que sucumbió, o tal vez reformuló, la historia íntima de un hombre y una mujer mientras la advertían en las profundidades de un precipicio inexorable, único, pavoroso.

El fin. Aunque también podía entenderse de un comienzo. La fugaz, y muy sólida, impresión de que lo viejo se abría para alumbrar algo nuevo, aconteció ayer en el instante en que atravesaba el Puente Nuevo. En un primer momento tuve agrado y muy pronto desazón, al ver la pareja asomada a las intrincadas voluptuosidades de la garganta, el Tajo, o tal vez en su mirada de tímido requiebro, también de esquivo recelo en el sobrio, y abrumador, ingenio de Aldehuela, la prodigiosa arquitectura que vincula, precisamente, lo viejo con lo nuevo, como un colosal apósito, más obstinado que efectivo, tal si intentara detener la hemorragia derramada de la épica fractura al valle abierto del Guadalevín, vibrante, purpúrea, matizada por la opacidad del atardecer que hendía en trazos el horizonte incinerado a la espalda de ellos, de la mía, de mis hijas que me acompañaban, cauterizando la piel blanca, rota, de un cielo incoloro, restallando su vivacidad sonrosada en el freno de las piedras al vacío donde hombre y mujer sostenían en el pretil la fascinación más dolorosa, “miedo, vaticinios, oraciones o versos”, en la venda aséptica de cal de las ingrávidas casas resignadas a los sobrecogedores entalles escarpados, como las palabras que cabalgaban en los ecos apagados de confusión de las negras chovas, grajas vernáculas, creyendo sobrevolar las honduras del firmamento cuando lo hacían en el más latente de los círculos del infierno, observando nosotros en el dorso azabache de las estridentes aves el abandono a toda esperanza, palabras de Pemán en el tenor de las otras cursivas, no de Dante, igual daba: “Se diría que algún cíclope intentó allí hacerle al planeta una operación quirúrgica que luego abandonó, dejando al enfermo sin coser”.

Al ver a la pareja asomada a fondos sin nombre y a decorados renombrados, caí en la insólita solidaridad, adhesión, por asumir el sentimiento o la emoción ajena; es decir, abrí mi voluntad de sentir a través de mi piel la fascinación o el tormento, la curiosidad o atonía, el despertar de los sentidos que en esos mismos instantes poseían o estremecían a los dos ante un escenario imposible de admirar y olvidar. No había sido esta la primera vez que, obedeciendo a una consciencia muy inconsciente, naturalmente alentada por los pulsos de belleza de mi tierra soñada, de un impulso primario, patrio, identificativo, íntimo, deseaba abrigar aquello que tantas veces concebí en mí y en esas ocasiones a través de otros, por la satisfacción y orgullo de las bondades y hermosuras que Ronda reparte sin escatimar, o probablemente con la idea o remusgo de acopiar una nueva perspectiva, un nuevo repunte a este o aquel efecto o emoción, o puntual e inesperado detalle siempre bienvenido en mi receptiva atención y admiración. No había sido esta la primera vez en que detenía mis pasos y postraba mi capricho a cuanto despertara lo mítico en otros, habitualmente circunscrito al primor contemplativo o a vértigos sugerentes pero angustiosos, presto a cualquier temblor en mi cuerpo en reflejo del de ellos, del de otros; como ayer y entretanto mi hija Inés, con mi móvil en sus manos, capturaba la instantánea para estas letras, impedido yo no por algún ramalazo espiritual, sino físico, por llevar uno de mis brazos en cabestrillo por una fractura no igual a aquella demiúrgica que separó la tierra de un tajo, la del hueso húmero derecho. La primera vez, sin embargo, pues no fue análoga a las anteriores. En la borgiana hora de la desolación del poniente y la aurora, anochecía, ellos, la pareja, y yo a través de ellos, supimos que el amor es abismo. Y lo mismo que creaba, o persistía, destruía inefablemente.

En un principio me supuse instalado en el estupor por el término de alguna profecía que me pilló desprevenido, por estar en un espacio y tiempo no indicado para mí y a resultas ineludible, paradojas del mero observador de su consumación; y entendí, por tanto, el aire de unas palabras que no eran mías, de Antonio Porchia, que no tuve reparo en hacer mías, y porque de esta forma comportaban un socorro en mi afán por asumir e intentar comprender cuanto ya se había iniciado y de consecuencias en todo caso dramáticas: “Mis ojos, por haber sido puentes, son abismos”. Y si la pareja entonces miraba el abismo, lo hacían asimismo en su amor, o en la dimensión del vínculo afectivo que hasta ahora los forjó en uno, en su alcance y memoria. Amor y abismo. Y veía…

El leve giro del cuello del hombre, deteniendo su mirada en la mujer y para abocarla de nuevo en el magnetismo del barranco, me llegó junto con el rumor pasional del torrente del Guadalevín que fluía abajo en eternas cárcavas, lo profundo e incierto; por otro lado, la impasibilidad distraída de ella puso nombre a otra efusión que del mismo modo que reunía su amor lo disgregaba en obscuras fallas, las que originan y devastan universos, la pasión del abismo. Y sentía…

Sentí el estremecimiento de temor en el hombre, el miedo por una de tantas sentencias que llegaban desde los escarpes tallados con la brutalidad de lo instintivo, el espejo que reflejaba la fugacidad de su existencia y, principalmente, con tristeza, la permanencia del amor, o a aquellas alturas de su relación con la mujer, el aprecio, el cariño, la monotonía afectiva que los seguía uniendo y cuando la persistente, y exaltada, melancolía de libertad en la que inspiraba y expiraba, latía el abismo, insistía en que todo podía perderse, si no lo estaba haciendo ya; dirimir su nudo para que ambos, y en especial la joven, naciera a otra historia, a otra relación sentimental que la hiciera ser más ella misma a esa edad, en ese suicidio de los tiempos, en la que se comienza a exigir, a interpelar el lugar de todos en el mundo, el mensaje personal que perdurara cuando ya no estemos. Y nuevamente observé…

Vi en él el sesgo de su miedo rogando un consuelo que no llegó, ni cobijo en el aplomo, el gesto neutro de ella que seguía hipnotizada, o encantada, en los cantos de sirena del Tajo. Solo un leve movimiento de cabeza de ésta, como un batir de alas de aquellos pájaros que planeaban el cielo convertido en averno, que arrancó su tenue sonrisa por un recuerdo muy lejano, despertada por un guiño dorado del atardecer en el metal de uno de los candados surgidos por la inapropiada y ñoña moda impuesta por el mediocre Moccia en sus mediocres relatos juveniles, sujetos a los retorcidos fierros alambicados de sueños de un balcón aledaño, rebotado al cristal de una de las casas enfrente colgadas en el vacío. El recuerdo, esbozado con la tirantez de líneas hacia arriba en las esquinas de sus labios, no expresó la bondad de la esperanza y el cabo donde amarrar el acuerdo de su relación con él; no, yo mismo los consideré, a ella y a su sentimiento, como una despedida, un adiós sumiso a su disposición inapelable, en una repetición, tal vez mítica, como con Concha Lagos y tantas parejas que experimentaron allí, de súbito, al mirar el bronco piélago, sus amores contrariados: “Ronda tiene un balcón para desenamorarse… miró al fondo, miró al cielo, a los abismos del aire, y se voló sin sentir el nombre de aquel amante

Luego la mujer regresó a su ensimismamiento imperturbable en las casas voladas por un milagro, en los pétreos volúmenes esculpidos por una bella maldición. Él, con aspaviento desencajado por la inminencia de lo que ya no tenía solución o salvación, miró a la mujer con un último alarde exasperado, suplicando a lo que no tenía nombre y, por supuesto, ni oído para siquiera atender su desesperación. Después bajó sus ojos a la piedra del muro, a sus manos, en el último esfuerzo o aliento de retener su querencia en la alegoría de la erosionada piedra, agarrándola, arañándola, con sufrimiento, negándose a ver la ternura de ella que lo abandonaba para despeñarse en el vacío de su locura y penar, arrastrada por las otras piedras en la hondura de su divinidad. Llantos mudos. Y sentí su dolor. Y quise auxiliarlo. Pero yo era un simple observador, un notario para la impronta de la fuerza del universo, el amor y abismo que entonces se destruía para dejar paso en su inexorabilidad a algo nuevo. Consciente de cómo aquella fractura primordial en la tierra, la herida primigenia, extrapolaba su magnitud en el hombre que me respondía al igual que muchas otras veces lo imaginaron tantos otros microcosmos, Carlos Fuentes entre ellos, con el alma lacerada: “Un tajo, una herida honda como la que yo nunca tuve, mi pueblo como un cuerpo en cicatriz siempre abierta, contemplando su propia herida desde una atalaya perpetua de casas blanqueadas cada año, para no disolverse bajo el sol. Ronda la más bella porque le saca unas alas blancas a la muerte y nos obliga verla como nuestra compañera inesperada en el espejo del abismo. Ronda donde nuestras miradas son siempre más altas que las del águila” Miradas desde el Puente Nuevo al Amor en los espacios del Abismo.

Entonces mi hija Ángela, todavía inmune a las voces de estas tragedias ancestrales y juicios de muerte iniciáticos, cogió mi mano, obligándome a reanudar mis pasos y atravesar el trayecto de cantos rodados del Puente, escoltados por una alborada del color de los ocasos que caía de una hilada de farolas de fragua y arabescos que prendían nuestra marcha, los precavidos pasos. Mi otra hija, Inés, cerraba quizás mi huida a cuanto sucedía  a la pareja, enfrentada a sus miedos o salvación, a lo que les atormentaba o liberaba, intrusos a su control. Al llegar a Plaza de España, no obstante, me zafé de la calidez templada de la manita de mi hija pequeña y, junto al hotel Don Miguel, subido al poyo del muro, alterado registré toda la línea de la balaustrada sin que viera a los jóvenes. Suspiré con cierto alivio al no verlos, deseando que hubiesen abandonado el litigio del abismo contra su amor, confiando que, finalmente, al desertar de aquella mirada de locura en la que morían en su propio querer, recobraran el sentido de lo que este fue y ojalá siguiera siéndolo cuando se sacudieran del estrago absoluto al tomar calle Armiñán. No estaba seguro, jamás lo estaría, más al bajar mi mirada en el imponente Puente Nuevo, ardiendo bajo los focos, la noche iluminada entre las tinieblas venerando la piedra, reteniendo los últimos esfuerzos del crepúsculo, cuando noté la vibración, la voz dormida de la mujer que podía haber sido Marlene Pasini, tañendo las harpas del tiempo, al compás del acorde catedral sobre las montañas del alma, entre manantiales de sol palpitando en las fisuras del abismo. Y a él, al hombre, quién sabe si Pessoa, vencido a unos versos: “No soy nada./ Nunca seré nada./ No puedo querer ser nada./ Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo

-          Vamos, Papi, que Mami nos está esperando…

Dejé allí el recuerdo del alma de un hombre desgarrada por la lejana abstracción de una mujer convertida en eternidad. Dejé allí tantas intenciones, tantos gestos, tantos asombros, tantas lágrimas y también tantas risas que su memoria, la historia intangible, estaba a fuego grabada en la travesía aérea entre piedras, desmayos y desconsuelos, incluso mucho antes de que el Puente existiera o cualquier intento de reconducir aquel hermoso dramatismo.

 

F.J. CALVENTE

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