Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



lunes, 31 de agosto de 2015

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "La luz que no puedes ver" de Anthony Doerr

“¿No quieres vivir antes de morirte?”


Conmovedor. “La luz que no puedes ver” (Editorial Suma de Letras, 2015) es un libro maravilloso, bello, de los que persisten en la memoria y algunos de sus emotivos detalles quedan impregnados muy adentro del lector. No en vano, aunque no importe, esta obra de Anthony Doerr ha sido número 1 en las listas de best sellers en Estados Unidos, Finalista del National Book Award, Mejor novela de 2014 en iTunes, está entre los mejores diez libros del año para The New York Times, número 1 de ficción histórica de 2014 en Goodreads, Premio 2015 Andrew Carnegie Medal de novela de la American Library Association y cerrando el broche, Premio Pulitzer 2015. Un volumen con una enorme capacidad de emocionar, con el que vivir una experiencia memorable, de aprender, y añorarlo tras pasar su última página.

“Marie-Laure vive con su padre en París, cerca del Museo de Historia Natural, donde él trabaja como responsable de sus mil cerraduras. Cuando, siendo muy niña, Marie-Laure se queda ciega, su padre le construye una perfecta miniatura de su barrio para que pueda memorizarla gracias al tacto y encontrar el camino a casa. A sus doce años, los nazis ocupan París y padre e hija tienen que huir a la ciudad amurallada de Saint-Malo. Con ellos se llevan la que podría ser la más preciada y peligrosa joya del museo.

En una ciudad minera de Alemania, el joven huérfano Werner crece junto a su hermana pequeña, cautivado por una rudimentaria radio que ambos encuentran. Werner se convierte en un experto en construir y reparar estos aparatos cruciales para los nuevos tiempos, un talento que no pasa desapercibido a las Juventudes Hitlerianas.

Siguiendo al ejército alemán, Werner deberá atravesar el corazón en guerra de Europa. Hasta que en la última noche antes de la liberación de Saint-Malo los caminos de Werner y Marie-Laure por fin se crucen. Y sus vidas cambien para siempre”

Novela en la que convergen dos existencias, tan distintas, en un mismo destino. De esta manera sintetizaría esta historia, o una historia que no tiene trama sino que está fundamentada solo en detalles hermosos y desgarradores. De hecho, ya no se trata de una visión particular sobre uno de los escenarios de la Segunda Guerra Mundial, los horrores del Holocausto, en concreto la ocupación nazi de Francia, sino de los pequeños detalles que construyen las vidas de Marie Laure y Werner, en Francia y Alemania respectivamente, la chica ciega, el joven huérfano experto en construir y reparar radios, un oficial nazi, un diamante maldito, la pasión por la ciencia, el amor por Julio Verne... todo ello en un contexto de miseria y devastación. Las vidas de los dos jóvenes se desenvuelven en lados opuestos de la frontera hasta que la casualidad permitirá, en Saint-Malo, el encuentro entre quien nada ve y aquel que todo lo oye. Hermoso y penetrante contrasentido o paradoja o milagro resuelto, en el que ambos se encuentran sin grandes estridencias, dentro de esa casualidad que se oye, que no se ve, en este bello espejo de lucha y trascendencia. Son estos detalles los que permiten al lector formar parte del relato, ser espectadores conscientes de las pasiones, las ilusiones, los sueños, que mueven los personajes en un contexto desolador de guerra y desesperanza, participar de la misma ceguera de Marie Laure o de la oscuridad de Werner a la que se tiene que adaptar y avanzar, dirigidos por las ondas de la radio, como una fluctuación de los sueños, de las aventuras que toman expresión en las mágicas narraciones de Julio Verne y donde logran encontrarse estos dos polos tan alejados y diferentes.

“¿Cómo puede ser que el cerebro, que jamás conoce una chispa de luz, construya en nuestro interior un mundo lleno de luces?”

El ritmo del libro, delicado, sutil, muy sensorial, de una belleza inconcebible, nos trasporta pausadamente por sus páginas, necesario por cierto, para ser plenamente conscientes de estos detalles, para saborearlos, para comprometernos con ellos. Reunión dentro del gran panel simbólico que explica su título. La luz que puedes ver, insisto, no es solo la luz que Marie-Laure, en su ceguera, no puede ver, es la luz de unas ondas de radio que viajan en el espacio y que unen a personas muy distintas y muy distantes entre sí. La luz de unas ondas que un día cambiaron la vida de un pequeño huérfano para animarle a perseguir un sueño, aunque este le llevara por caminos muy diferentes a los que imaginó.

“No se trata de valor, no tengo otra elección. Me levanto cada día y vivo mi vida. ¿No haces tú lo mismo?”

El grato peso de sus más de seiscientas páginas, como una caja de resonancia de emociones: la guerra, la resistencia, el destino, la libertad, el amor entre enemigos, la justicia, los sacrificios que los padres hacen por sus hijos, de los patriotas por sus patrias, el equilibrio. La ceguera física frente a la espiritual, el poder de la ciencia, la radio como arma de resistencia, la posibilidad de hacer magia... leyenda.

“Todo resultado tiene su causa y todo dilema su solución”

Y así, alternando sus dos historias en capítulos intercalados de corta extensión, magistralmente tratados para no hacer rígido el relato, Doerr va cambiando de narrador, saltando del presente al pasado, desmigajando con ternura, con poesía, estas dos vidas durante la Segunda Guerra Mundial y sin que la contienda verdaderamente se erija en el tema central del libro, de acuerdo que sin este escenario bélico las vidas de Marie-Laure y Werner, las de todos, hubieran sido otras. El autor imprime una gran agilidad al relato, contribuyendo en incentivar su intriga y para que leamos, leamos, leamos sin que nada nos detenga o nos aburra.

“Pero Dios es solo un ojo blanco y frío, un cuarto de luna en equilibrio sobre el humo, que pestañea y pestañea, mientras que la ciudad se va convirtiendo en polvo”

Junto a sus dos personajes principales, perfectamente construidos y con los que empatizaremos bastante a lo largo de la lectura, Anthony Doerr esboza unos pocos secundarios de fundamental aportación para la construcción de la historia, con los que continuar y engrandecer su sensacional exploración de la naturaleza humana, en sus matices más extremos, más absolutos. Personajes entrañables. Y sin embargo la creación del escritor no se circunscribe exclusivamente en estos personajes, sino la extiende a sus lugares, como Saint-Malo, la ciudad amurallada de la Bretaña francesa asolada en la Segunda Guerra Mundial por las tropas aliadas para conseguir su liberación, en las descripciones, imágenes de sus calles empedradas por las que sentimos andar, su muralla, playas… Y como no, en este elenco de los retales que conforman la historia, El Mar de Llamas, un diamante único, la trama de su ocultación por unos y su búsqueda por otros, “Un diamante verdadero no es nunca perfecto”. Personajes, elementos, detalles que conforman una novela llena de emoción y sensibilidad.

“(el mar)… Es lo bastante grande como para contener en su interior todas las cosas que un hombre puede sentir a lo largo de toda una vida”

Con un estilo cuidado y elegante, un lenguaje escogido y una prosa cargada de simbología, Doerr edifica un libro inolvidable, de esos que cuando los terminas sientes la necesidad de acariciar, de ser cofres en los que atesorar la admiración, la satisfacción o cualquier emoción deparada en su lectura. Me ha gustado mucho la forma de narrar del autor, la identificación con los personajes y en captar sus impresiones. Tanto que todavía recuento las alcantarillas en las calles empedradas, de advertir los cambios del aire sojuzgado por los edificios, de percibir los aromas a muerte, a mar, a destrucción, o a comida, a esperanzas, leer a Julio Verne pasando los dedos por el braille junto a Marie Laure bajo la mesa de su padre en el Museo, o a través de las ondas hertzianas, a tocar y ver por los contornos de las casas de la maqueta primero del barrio en París y luego de Saint Malo, las piedrecillas, las conchas que Marie-Laure coloca y ordena en el alféizar de la ventana, en los vasares de su alma. O cómo me traslado a esas noches arrebujados del frío en que Werner y su hermana escuchaban aquellas narraciones que les llegaban en francés a través de la radio, de aquella anciana y suave voz que los atrapaba y con las que tanto aprendían; o soy Werner cuando auscultaba los aparatos de radio averiados, en el fárrago de sus cables y componentes, y casi sin tocarlos sabía que había que hacer para repararlos. O los zumbidos de las bombas al caer, al estallar, los cristales rotos, el polvo, los ladrillos hechos polvo...

“Tu problema, Werner –dice Frederick- es que crees en tu propia vida”

Portentosa la forma en que el autor transmite sensaciones, escenas, imágenes, hechos, detalles sin recrearse salvo en lo necesario, sin mayores adjetivos que los valgan, escritura precisa y certera, no sobra pero tampoco falta nada, ni alarde ni concisión literaria, realizando un retrato veraz, una narración que llega a ser poética. Muy recomendable su lectura, para sentir, quizás, esa capacidad de resistencia de nuestros sueños que nos llevan hacia la luz a través de la noche más oscura.

“Abre los ojos y mira lo que puedes hacer con ellos antes de que se cierren para siempre”






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