Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



martes, 15 de septiembre de 2015

DE ALGUNA LÍRICA DEL VINO EN LA TIENDA DE TRINIDAD


Entré en la tienda para pasar un buen rato, en la franja que separaba el día de las dos de la tarde, no más de tres cuartos de hora para la invitación que largué, sin pensar, a mi hermano en la calle y, como se dice en las novelas negras, para echar un trago. Entré en el establecimiento sin buscar nada, desoyendo una conjetura que hablaba de que sucedería algo; y no, precisamente, relacionado con mi visita minutos antes al colegio de mis hijas, Fernando de los Ríos en honor al ilustre paisano socialista y humanista, lugar que fue y será para franciscanos o ceporreros el Convento, siempre, una vez  apodado “de las cabras” por el internado de niñas todas iguales, todas grises, desarraigadas…; centro escolar donde fui con mi pequeña, Ángela, para salir de dudas en lo tocante a si mi otra hija, Inés, la mayor, aprobó las matemáticas o no recuperó un temario o una exigencia propia de tercero de licenciatura. Un aprobado, raspado, suficiente. Alivio. No quemaba tanto el sol, pero en lo pajizo de sus brazadas, en la solidez mayor de las sombras y en la altivez de su tacto, disimulaba su declinación, esforzándose en caldear un ambiente cansado de tanto incendio que rompió registros históricos y de sudores que parecían certificar que si dios existía solo lo hacía para satisfacer a los de su grey, a los ricos y a los que permitía alguna bienaventuranza para mitigar estos rigores y, como Adán y Eva, dejar siquiera más desnudos a los contrapuestos, a los pobres. No resultaba, pues, tan recargado decir que era uno de estos medios días donde se apetecía una cerveza muy fría, sin otra pretensión que no fuera la de saborear ese primer sorbo, el segundo para corroborar la grata sensación y los restantes para encontrar la satisfacción del primero, la efervescencia que crepita en la garganta, recorriendo las entrañas con una euforia agradable.

-¿Quieres una cerveza? –invité a mi hermano cuando salía del coche, gotas de aquel resignado sudor perlaba su barba-.
-Venga –contestó y me pareció que se humedecía los labios con la lengua-.

No fue esta vez la Mahou en Alfonso o Alonso o Alonsito o sus reminiscencias ancestrales de Bar Nuevo; tampoco una Cruzcampo en lo del Postigo, Bar Bellot, ya que a esa hora caía implacable el sol sobre su fachada y la pleamar boquerona, campechana y rumbosa, incidía más con el frescor del atardecer y las melancolías de paraísos que se empeñan en ser recuperados, apuntalados a la traviesa de madera entendida de barra o mostrador y sujeta a la reja de la ventana y a la de la puerta, franca a la extroversión de la calle; ni en la Bodega El Pino, no era por molestar a Rafi que fumaba apaciblemente sentada en el umbral en una pose del pensador de Rodin, quizás porque no era momento para el tinto, ni sobrio ni adulterado con hielo y gaseosa, cara se había puesto La Casera, y todavía el estómago no gruñía rumiando en alguna tapa de las que fueran, mejor frías o de expositor, acaso esos pimientos asados, o la ensaladilla rusa, y por qué no su deliciosa rebujina multicolor del salpicón de delicias, ofensa llamarla de mariscos. Ahora pienso que en esto, en esta arbitrariedad por un hecho tan superficial, hubiera dado igual tomarse una birra, dorada y espumosa, en alguno de estos sitios, decidió alguna incognoscible voluntad del destino; esa sospecha que todavía no me había mostrado sus credenciales y de la que tuve que recelar por su alarde de decisión por lo inédito, con matices inequívocos de un exotismo inimaginable en este contexto y en la encrucijada de la Calle San Francisco de Asís con Gallarda, y me explico: beber no una cerveza habitual, de las acostumbradas, sino algunas de aquellas otras que Miguel Ángel Mena persevera en traer y ofrecer a los parroquianos y que sacudiera, en parte, la consentida cotidianidad, bastante recalcitrante en ocasiones, de este Barrio. Entonces, decía, no pensé ni intuí este ramalazo de algo, algún mensaje de estos imprevistos, decisivos, que la vida, o el mundo, o yo mismo que desconocía imaginarlos, a la vida y al mundo y a mí mismo en un desorden propio del bochorno o una calentura mística de la mollera, y con los que estos acostumbran a sentenciar y a arrojar para oídos que oigan o mentes que no tengan que abrirse a hachazos para alcanzar la épica de su prosopopeya. Y vuelvo a escorarme a lo barroco. Perdón… que luego me tildan despectivamente de émulo de Quevedo, Góngora, Joyce o Musil. ¿Por qué esta agitación, este desasosiego? Bueno… que no era momento de tropezarse con el barrunto por aquello que tenía que ocurrir o desdoblarse en un proverbio fascinante y pedagógico adentro del alma o en el inconsciente, solo de saborear una cerveza helada y original en la Tienda de Trinidad. A mi hermano, incluso a mi hija Ángela que no tenía otra opción que acompañarme, adusta y enfurruñada por retardar su visita al parque infantil, pareció no importarles, lo cual seguía incidiendo en lo extraño, la transgresión en aquel impase previo al almuerzo. No era momento, escribía, posiblemente en el siguiente párrafo…

Y este solo puede empezar y de hecho comienza con nuestra entrada en la Tienda de Trinidad. Pongámonos ya serios. Entramos los tres y nos sumergimos, como siluetas que se desvanecen en una neblina vaporosa, en un silencio pesado, no incómodo, indolente y satisfecho, muy inusual en cualesquiera de sus formas. La voz de un quietismo, tampoco graznaba el ordenador conectado a unos altavoces con la variedad o mezcolanza de estilos musicales con los que Miguel Ángel Mena amenizaba cualquier circunstancia, no disimulaba la sensación de… ¿fragilidad?... a ver… no… ¿fugacidad? Sí, seguro. ¿Cómo explicar esta sensación que se desprende como chorreos de humedad de sus cuatro paredes? Voy a intentarlo, para ello oigo a mi corazón y escribo según sus pulsos: la atmósfera del espacio, agradable naturalmente, tiene un acusado matiz de provisionalidad, de proyectos que comienzan porque tienen que hacerlo pero que no tienen ninguna obligación con el futuro, salvo su recelo, y porque de ello depende más la materialidad, la supervivencia, que el instinto y por mucho que llegue a gustarte la actividad… supongo que así, quizás. Este espacio de compromiso, de vocación con el consumo y el público, tabiques más o menos, accesos allí que sustituyen a los de aquí, modificaciones, rehabilitaciones, hoy es Tienda de Trinidad, antes fue negocio de otra especialización, aséptica y fracasada, y anteriormente bar La Mezquita, añorado, y primeramente lo que es hoy, la Tienda de Trinidad, confirmada en la actualidad con la vieja foto recuperada y enseñada y donde aparecen, tras el parco mostrador que recibía las entradas por calle Gallarda, flanqueadas por ristras de embutidos, vasijas de barro, latas de conservas y otros efectos, el peso en primer plano, una balanza Mobba de los años 60, a la madre de Miguel Ángel, Isabel, luminosa y lozana, y a la abuela que en paz descanse y de quien toma nombre el lugar, Trinidad; era una mujer fibrosa, de carácter tenaz, enlutada, de sonrisa intimidante, “con ageliá”. Y de ahí flotaba la incertidumbre en su realidad actual, en qué será después, qué actividad acogerá, qué abandono, o cuál su destino en esta privilegiado encuentro de calles del Barrio San Francisco. Y sin embargo supone un viso de fugacidad poco definido, a lo mejor contribuye a ello, por su inconsistencia, el punto de fuga o ese color personal que Miguel Ángel imprime en el desarrollo diario de una actividad que en ocasiones hasta adviertes su huella, su ritmo acompasado a la percusión de una caja o de un parche curtido y bregado en mil batallas de ensayos, sones y armonías. Pero al igual que termina este párrafo, en aquella sensación de fugacidad de la que solo el tiempo, solo él, determinará su concreción o reafirmación, no encontré en absoluto el asomo para cuanto, indefectiblemente, tendría que suceder para aguijonear mi intelecto y de seguro conmocionarme, esperaba con que no me afligiera.

Traspasamos los tres el umbral flanqueado por dos barriles tajados y ensamblados por su mitad, cortesía “Chinchilla”, a la encalada fachada. Un toldo bético cobijaba el paso. Sombras proyectadas, nuestras, crecidas en el suelo de losas marrones hasta afrontar la mesa baja colmada de cestos de esparto llenos de legumbres, frutos secos; había también en ella ramajes aromáticos, panecillos, patatas fritas, botellas de oro líquido, picos, algunas mermeladas…; asemejábamos dos caballeros con escudero, o escudera, postrados ante la Tabla Redonda, a la búsqueda de ese Grial transmutado con cebada, agua, lúpulo y levadura; dejándonos envolver por una vaharada a especias, a embutidos, delicias de gourmet o delicatesen, aceites, tés…, ristras de ajos, mimbres añejos o curtidos cueros de evocaciones quijotescas, “fiambreras traigo y esta bota... que es tan devota mía y quiérola tanto que pocos ratos se pasan sin que le di mil besos y mil abrazos”, y máxime con el seco y salobre olor que emanaba del jamón que cortaba Miguel Ángel sobre una bella mesa sacada del tronco de un árbol y del que ignoraba si olivo, encina o castaño, solo la fascinación por su rugosidad barnizada, alambicada, como parte de las retortas donde ayer se destilaban uno de aquellos caldos, uno de esos vinos que en sí mismos confirman la evidencia del elixir de la eterna juventud que afanosamente buscan los alquimistas y que mi hermano y yo, entonces, esos caballeros errantes, ansiábamos beber del sagrado cáliz la mixtura de sus divinos ingredientes, el fresco agridulce de la cerveza. Una de las bebidas rubias o negras que runruneaban en el interior de la disonante nevera con su resplandor apagado, blanco y formal, como si fuera metáfora de la electrocución cuando destapas el tapón del vidrio y su chasquido hirviente tocara un nervio dieléctrico que recorre el gaznate; al lado y al frente la acechante boca abierta de la otra nevera expositora que entre mantecas y chacinas suspira con engullir la escarcha del alcohol de su fraterna, a sus cervezas, aguas y refrescos para facilitar la manduca. Cogí dos botellines de Palax, cien por cien cerveza riojana de creer en su etiqueta, tendí una a mi hermano y nos acomodamos a la izquierda, en un espacio reservado al vino y a penumbras añejas, temeroso como un murciélago del día y del rectángulo luminoso que se tendía en el suelo procedente de un pujante exterior. Mi hermano se sentó en un taburete alto, acodado al pequeño mostrador de madera entre la pared y un pilar de adobes revocados, bajo baldas con botellas de vino, en oferta un estuche de tinto Pago de Carraovejas, Ribera del Duero, un crianza del 2012, tinta fina y pequeños porcentajes de cabernet sauvignon y merlot, una de mis debilidades, imposible su prodigalidad por su precio. Yo de pie, con la mirada en el encaje de los barriles de vino, disponiendo una torre tradicional, nuestra, más consistente y agradecida que esos “Els Castells” (castillos humanos) de la tradición catalana y en el día reciente de su manipulada “Diada”; escamado a cualquier destello que momentáneo esplendía en el cromado metal de unos contenedores que parecían de leche pero que lo eran de vino destinado a venta por volumen, a granel. “Vieja madera para arder, viejo vino para beber, viejos amigos en quien confiar, y viejos autores para leer”. Mudos los cencerros. Miguel Ángel o Miguel a secas, no Francis Bacon, nos ofreció dos vasos de cristal de cuello ancho que rechazamos, la cerveza no sabe igual que tomada del mismo botellín. Una botella negra, del color azabache de algunas noches rociadas de invierno, oscuro el líquido tipo lager en segunda fermentación, turbio, seña de su artesanía, y que me supo a una mezcolanza de cereal, miel, cítricos y algún que otro matiz que identifiqué de flores y aunque jamás mastiqué y zampé alguna, la espuma densa, consistente, agradable su amargor persistente. Quemaba el frío del cristal en mi mano, sensual, voluptuoso al tacto, las curvas de la botella me recordaba el cuerpo de una mujer vestida de negro, una de esas “femme fatal” de las películas en blanco y negro; de hecho me recordó a Laura de Otto Preminger, concretamente la escena cuando el policía MacPherson, papel interpretado por Dana Andrews, ve embelesado el retrato de Laura Hunt, Gene Tierney. En este primer estallido de sabor de la cerveza, no hallé el atisbo o el desencadenamiento de aquello que tenía que suceder.

Me encanta el ambiente de la Tienda de Trinidad, me hechiza ese coqueto rinconcito dispuesto sabiamente, generosamente, en solaz de los muchos productos artesanales que se venden junto con todas sus fábulas y esencias. Y más me fascina no su otra sensación de fugacidad, sino la que verdaderamente marca la idiosincrasia del sitio, su tiempo, o más bien su pérdida. Allí uno puede abandonarse al tiempo sin resistencia, acaso porque este, en vez de deslizarse con esa calma reconfortante análoga al rumor del agua en el pilar, incesante, o de uno de los grifos o de todos ellos al unísono de la fuente de San Francisco en la Alameda, se detiene o de suponer no sale de su vacío en un lugar donde confluyen varios y suyos, el ayer y el presente, quieto ante el recelo por el futuro de su dueño o de todos nosotros que nos aplazamos en este remanso de inconsciencia. Mi hija, aburrida, estirada sobre dos banquitos pequeños junto a la puerta, no quiso nada, solo a que el tiempo dejase de ser esa ilusión y dirimiera de una vez por todas a nuestra presencia en la tienda y su diligencia en el recreo feliz del parque infantil. Mi hermano y yo atendíamos a Miguel en lo tocante a un nuevo vermut casero traído de Teba, o de un vino especial para cocinar, o de sus venturas en las ferias artesanales donde expone, trabaja y vive con otras personas del gremio, o de lo que cuesta ganarse el pan cada día…, deslizando entre nosotros un papel de estraza con milimétricos dados de queso curado de cabra, no sé si dijo El Bosqueño, Payoyo no era. Ninguno nos engañábamos o entreteníamos con banalidades que oíamos y decíamos para estirar un tiempo pusilánime que por entonces dejó de fluir, más ante mi incomodidad por la presunción de lo que tenía que acontecer, azotándome una dolorosa intuición; por otro lado concebía que no era nada malo, ni falso. Pronto dejé de prestar atención a la conversación que mi hermano y Miguel Ángel ya entablaban por otros derroteros igual de utilitarios, con intercalaciones más entusiastas que discursivas de Juan que se sentaba en otro taburete bajo al socaire del barril reconvertido en mesa, con la lata de Fanta de naranja por delante, incongruente, indiferente más que interesado, solo atestiguaba su presencia entre todos. Y es que como el contenido del establecimiento, en lo concerniente a sus productos y circunstancias, en lo tácito o explícito, no concitaba indicio de lo que tarde o temprano, superfluo al no pasar los minutos, los instantes, sucedería, intenté sonsacar información de las propias personas que allí nos habíamos reunidos al medio día, si de algo estaba seguro era que cuanto tuviese que acaecer lo haría a través de alguna de ellas. Una intuición, de acuerdo, pero rotunda, eximiendo de mi indagación a otros clientes esporádicos que, en otros minutos, en otros efímeros instantes, preguntaban por este o aquel artículo, lo compraban o no, y se marchaban. Antes, quizás de inocente sortilegio por urgir o apremiar a lo que fuese, dudé en el refrigerador, que humeaba su frescura, entre las cervezas Trinidad American Pale Ale o Brutus cuya etiqueta incidía en “Homenaje a la gente que hace las cosas con pasión”, La Rondeña me crispaba ya que, entusiasta de beber del propio botellín, no soportaba su espuma inacabable y desbordante; finalmente cogí dos Marlene, pintas de estilo Dortmunder, Pilsen, de color amarillo pálido, mucho más clara que la Palax anterior, sabrosa en el paladar y compensada con un dejillo amargo delicado, a frutos secos ligeramente tostados, de bouquet aromático; confiado, por tanto, en la superstición.

Dejé mi pesquisa volar de mi hermano, por reconocido, archiconocido, y de mi hija por lo mismo y por su disposición entonces cansada, afligidamente resignada, suspiraba con ese color de la curva del tobogán, con esa tristeza pendular del columpio. Miguel Ángel, en cambio, susceptible a mí inquisición, no traslucía al menos una pista de cuanto el destino quería que yo certificase, asumiese o inéditamente conociese en su establecimiento. Nada, y por mucho que me detuve en analizar sus rasgos, sus gestos, sus mecánicas y rítmicas inercias, su vestuario; disimulando mi observación por si éste, inesperada y alarmantemente, viese en mi rigor alguna e incómoda afectación de un homoerotismo incipiente o en esos momentos declarado. ¡Dios! Al fin y al cabo nada, ni juicio ni prejuicio, nada en aquel delantal negro donde cada dos por tres concentraba mi mirada, preservándome de su opinión desafortunada y cuando registraba sus ojillos redondos, la frente despejada por el pensamiento, por la edad, o porque la redondez de su cara, en aquella latitud, recrea la lisura de un océano, algún paranormal mimetismo debido a su “compadre” y tocayo “chispa” o el otro Mark Knopfler de parecido abrumador más que entrañado icono: jamás será un “Sultans of Swing”, ni un acorde de esa “panda de jóvenes que hacen el tonto en la esquina” (Dire Straits); nada en el simpático sarcasmo que esboza la sonrisa de Miguel en su boca, ese singular cinismo con el que incluso puede cagarse en tus muertos y perdonarle con asombroso y afectuoso abrazo. Buena gente, un artista. Si bien, en esos momentos, nada tenía que revelarme o indicarme. Nulo. Luego escoré mi mirada al lado y abajo, ya dije que me encontraba de pie, deteniéndola en Juan, alegre porque había acabado con la obligación, el misterioso preámbulo, de tomarse un refresco de naranja, algo inquietante, para saborear con deleite una cerveza Palax. Observándolo de guisa tan hierática, tan imperturbable a las vicisitudes de la vida, se asemejaba a uno de esos imponentes y viejos indios de madera a la entrada de un saloon-bar del lejano Oeste. A lo mejor por no tener el penacho de plumas, o porque las había olvidado, su ancha cara caía fláccida de unas grises, recias y anárquicas guedejas, y como si con su ajada piel se amasara la amable máscara que nos iluminaba con todas sus arrugas o con todos los pliegues que los recuerdos atormentados tallaban en ella. Tenía un aire abstraído, como si resucitara experiencias de uno de los paraísos de su memoria donde nada ni nadie pueden expulsarlo. Tampoco Juan tenía respuestas para mí; y aun así su presencia trascendía apacible, reconfortante para todos, quizás porque entendíamos que su edad, cualquier longeva edad, solo era importante si fueras alguno de esos quesos o esos vinos que se insinuaban en la tienda.

Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia/ Como si esta ya fuera ceniza en la memoria”, recité involuntariamente a Jorge Luis Borges, o acaso se trató de un alarde profético que mi impaciencia, verdaderamente desesperada, impuso a la complicidad del medio por rezagar la manifestación de lo que concurriese, vale que con secuelas trascendentes y siquiera por lo supuesto de su dimensión. Nerviosismo que intenté aplacar con otro largo sorbo a la cerveza y esperar o narcotizarme con su efecto y olvido. Muy buena la tapa de queso. Sonreí. Para alguien obsesivo u obsesionado con la lectura, no me fue posible frenar, más por lo inconsciente de su manifestación, abrigar a este exiguo contento con unas letras del “Ars Amandi” de Ovidio: “el vino predispone al amor, ahuyenta la tristeza, disipándola con continuas libaciones. Entonces estallan las risas, el pobre se cree rico, las inquietudes desaparecen de la antes arrugada frente, el corazón se ensancha y la sinceridad, hoy día tan rara, resplandece sin artificio alguno”. Esquivo del mismo modo a su augurio, en el algo que más cercano se hallaba, y no en la contestación a esas mismas y literales palabras que parecía articular mi hermano al terminar su segunda cerveza y mientras compartía una ronda de muestras, una particular cata de vinos dulces que Miguel Ángel dispensó con profesionalidad de sumiller avezado: “Voy a indicarte la justa medida que debes observar cuando bebas. Que tu espíritu y tus pies guarden constantemente el equilibrio. Evita las querellas que engendran los alcoholes, en las que los puños y las palabrotas salen a relucir enseguida. La mesa y el vino no deben inspirar más que una dulce alegría”. Literatura. Y me sacudió un escalofrío inesperado y pavoroso.

En la brevedad de esos instantes, irrumpió de repente lo que con tanto ahínco busqué y que distraído no percibí; me perdí su principio, no sé si su causa, o su disposición, posiblemente no reparé a cómo Miguel dejaba a mi hermano, que se enfrascaba en una de sus historias interminables, para atender a un cliente, ella, solicitando unos gramos de jamón al corte; o porque tal era mi ofuscación o tanto mi exonerado por pequeño contento, que en el trasiego de un último y cargado trago, en otro estremecimiento provocado por ese “yo como estaba hecho al vino moría por él” del Lazarillo de Tormes, se me agarró a la garganta al paso del lúpulo amenazando con asfixiarme; o seguramente despreocupado en la plática que junto a mi hermano manteníamos con Pepe el Inglés, éste entró a la tienda poco antes, y con quien quedábamos para ver pinturas de su hermano, el pintor Antonio Jiménez González, con la intención de que una de ellas nos sirviera de cartel para la rayana Real Feria y Fiestas del Barrio San Francisco. Por alguno de estos o todos los pormenores, me pasó desapercibida la entrada a la tienda de la anciana que se sentó en un escabel, ladeada al tonel y mesa, cruzadas las piernas, el relumbro procedente de la calle inflamaba sus cortos cabellos de plata. Supe que en ella estaba la causa para cuanto había estado persiguiendo o auscultando en el ambiente de la Tienda de Trinidad.

Claro que la mujer entró con el mismo paso ligero, con esa levedad que hace entornar los párpados y avanzar una cálida sonrisa, como si una imperceptible cuerda gestual o muscular tensara o destensara alguna que otra emoción, y que en el caso de ella era triste cuando entreabría los ojos y relajaba los labios en su caída, o al bajar los párpados retenía la elíptica optimista de su boca. No la conocía, y sin embargo era cliente habitual de la Tienda. Miguel Ángel puso a su lado, sobre el rebajo del barril, un vaso ancho de cristal, descorchó una botella de vino en la que presentí más historia que geografía, y escanció un hilillo sanguinolento que pareció absorber la luminosidad del día entrando vehemente en la tienda. La mujer frisaba los setenta años, menuda, grácil, extranjera, piel tersa, de corta cabellera como dije, ralos y casi blancos sus pelos en los que se sostenían unas gafas de sol modernas. Vestía una camiseta negra abierta en la espalda y en el cuello donde refulgía un collar de diminutas perlas, pantalón liso de un blanco roto, chanclas de cuero, un reloj marcaba la una y media. Se parecía a la escritora Virginia Woolf de no ser por sus cabellos trasquilados, albos como la espuma de la cerveza, y sus ojos azules de esa gama desvaída como un cielo madrugador de primavera, cuando alzó la mirada para agradecer a Miguel el esmerado servicio. A continuación sacó un libro de un bolso de tela, ponderé cómo el vaso de buen vino al libro abre el camino, y unas gafas de pasta que encaramó al puente de su nariz, dejando el estuche sobre la barrica. No sabía su nombre, ni si este me importaba, con seguridad no se llamaba Virginia Woolf, a lo mejor respondería por María Elvira Lacaci al abrir la novela, destrabar sus piernas, dándose un aire de sentirse una vagabunda de las letras y beber vino de todos. En la visión de las amarillentas páginas del libro entreví, arropado en los incesantes y dolorosos golpes del corazón en mi pecho, el secreto de la escena o el misterio latente que solo entonces tomé conciencia de su aserto.

De pronto entendí que la disposición especial de un espacio, en este caso la Tienda de Trinidad, instituía ciertas perspectivas, la expectación, el despertar una magnitud mayor en su contenido cuando también en este cabe la literatura. Un lugar idóneo para una buena lectura, o para escribir o describir la expansión y recogimiento de una emoción, y trascendiendo al circunspecto anuncio u oferta escritos con tiza blanca en las pequeñas pizarras que se repartían estratégicamente por el establecimiento. Un término factible en el que arraigar el maridaje perfecto entre un buen libro y paladearlo junto o a través del trago demorado de un buen vino, o algo más exteriorizado, más extrovertido, si fuera con cerveza. Libro y vino. Literatura escanciada en una copa donde no importa si esta está medio vacía o medio llena, no, sino en la que debe quedar espacio para más vino o para más historias que se plasman en otro líquido de tintas y en los anhelos por comunicar. La mujer pasó pausadamente la página de la novela, cogió el vaso y, sin abandonar su mirada de las palabras, sorbió delicadamente el vino, chasqueó ligeramente, imperceptiblemente, la lengua, y una mueca de agrado palpitó en su mejilla derecha. Libro y vino, así que era esto aquello recóndito a lo que tenía que atender y aceptar. ¡Estupendo!

Y de ahí que, dada mi cultura literaria, insatisfecha, mi ya divulgada obsesión por la lectura y a la que me es imposible frenar, más por lo inconsciente de su manifestación, insaciable, me llegaron a la mente, con estremecimientos por su valor en momentos determinados y memorables, certificaciones a una desasosegante sensación ahora confirmada: de cómo la literatura se concibe reunida al vino, o una y otro vinculan entre sí sus esencias, o una dilata al otro o aquel inspira los universos de la primera. De hecho, Dumas escenifica la belleza del momento cuando el Conde de Montecristo da a elegir a Cavalcanti, experto enólogo, entre Oporto, Fondillón y Jerez, decantándose por el segundo. Shakespeare no trunca su fidelidad al último. Y me es reciente la adicción al whisky Jameson en el que enjuga su tormento el médico forense Quirke, personaje de Benjamin Black o John Banville. Tugurios, tabernas, bodegas o bares, colmados en los que Hemingway asentaría una sublimación del vino como portentosa causa civilizada del mundo. Preciso Gustav Mahler con poner “Un vaso de vino en el momento oportuno, vale más que todas las riquezas de la tierra”. Incluso al reparar por la ventana del comercio en una jovencita, no era ninguna Lolita de Nabokov, sino Carmen, una amiga de mi hija Inés, que pasaba por calle Gallarda con ese dudoso despiste o de timidez apagada ante un mundo que juzgaba devorarla irremediablemente, tras la búsqueda de ese señor Darcy que la salve, pensé que no era lo mismo leer “Orgullo y Prejuicio” de Jane Austen sin una copa de Oporto, recrear el dulce sabor de la venganza… En definitiva, ejemplos a porrillo y a cual más expresivo, más literario, yo, en la Tienda de Trinidad, porque en esos momentos allí me encontraba y desvelaba otro secreto, al igual que García Lorca, “Me gustaría ser todo de vino y beberme yo mismo”, a lo mejor con unos versos, con el lirismo del vino que siembra poesía en los corazones, apostillando a Dante Alighieri. He aquí mi testimonio.

Y codicié ir más allá, una vez alcanzado, en este concreto y sorprendente lugar, el vínculo entre la literatura y la enología, catadores somos todos, lectores no tantos, desentrañar el último arcano para esta comunión que me brindaba la mujer que leía, y bebía, y entretanto Miguel Ángel cortaba a cuchillo el jamón de su pedido. Y aquel hermetismo solo se atinaba en el mismo libro, en una obra de la que solo conocía escribió Virginia Woolf, encontrar entre sus páginas agostadas por el calor de tantos tiempos y usos, estas palabras que sintetizarían cuanto vengo escribiendo, el lugar y los espíritus, el mensaje y la confianza: “Cada uno tenía su pasado encerrado dentro de sí mismo, como las hojas de un libro aprendido por ellos de memoria; y sus amigos podían sólo leer el título” Y yo quería leer el libro, ese libro, ser cómplice o ser absorbido por la revelación que atesoraba. Cerré los ojos, a oscuras bebí un poco de ese vino dulce de la improvisada cata o muestra servida por el dueño del negocio. Y me pareció oír a la mujer, una voz melosa y autoritaria, posibles a la vez, que desdecía un título, “El Cuarto de Jacobo”, para pronto olvidarse de mí y embeberse en la lectura, en el sabor del vino… “Y de nuevo volvió a sentirse sola ante la presencia de su eterna antagonista: la vida”. El libro era “Al faro”, y no necesité de más evidencias.

-Vámonos –indicó mi hermano-

Apuré un último trago de otro vino más tibio, fino. Sonreí a la mujer, a Juan, a Miguel, a una tienda, la Tienda de Trinidad, donde además de comprar artesanía para comer, para beber, para delirar, ofrecía momentos moderados en los que escribir, leer, imaginar historias o emociones deleitadas con un buen vino, una cerveza, o un gustillo a queso, a jamón, entrambos, o el resabio dulzón de una mermelada o de la miel y sus tornasoles crepusculares. Y espacio, contradiciendo a la mujer que a pesar de su rapado cabello níveo y sus ojos azules se parecía a Virginia Woolf, en el que jamás te sientes solo o a solas, puesto que descubres, en la literatura, en la ciencia del gusto o del sabor, la manera de vivir intensamente la vida.

-¡Uf!... por fin nos vamos al parque –suspiró aliviada mi hija Ángela-.

F.J. CALVENTE

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