Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



miércoles, 9 de septiembre de 2015

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Los monederos falsos" de André Gide

“Este sentimiento es tan inédito para mí, que todavía no he sabido inventar su lenguaje”



“Los monederos falsos” de André Gide es una obra maestra, uno de los clásicos de la literatura que, en algún momento de nuestra vida, hay que leer. La novela cuenta la historia de un joven bachiller, Bernard Profitendieu, que en un acto de desobediencia y resentimiento se va de casa al descubrir por azar unas cartas de amor dirigidas a su madre en las que descubre que él mismo es fruto de un amor prohibido entre ella y un antiguo amante. Siente de pronto un gran desprecio por el hombre que le ha criado como su propio padre y llega a la conclusión de que nunca ha sido amado por él. Su padre adoptivo, Albéric Profitendieu, por el contrario le tiene un cariño especial que sobrepasa al de sus propios hijos biológicos… Este es el comienzo de un relato que se entrecruza con otros relatos para, he ahí el leitmotiv del volumen, reunirse de manera magistral: el diario de Édouard, un escritor maduro y hermanastro de la madre de Olivier, amigo entrañable de Bernard… Édouard que a su vez es amigo de Laura, amante de Vicente, hermano de Olivier... Laura, casada con un hombre mediocre, se encuentra embarazada de… y abandonada por…. Georges…, Armand… En síntesis, “Los monederos falsos” es un relato de relatos, donde los personajes se relacionan unos con otros, se encuentran y se distancian, intercambiándose el papel de un protagonismo que no existe, solo importan sus historias que se entrelazan para construir una novela rica en sucesos; 35 personajes no protagonistas: colegiales, universitarios, escritores, chicas, chicos, entreverados en París para buscar y reivindicar todos lo mismo: huir de un destino tan marcado que parece dinero falso, metáfora de esas monedas falsas que aparecen en sus páginas. Uno de los episodios que más me conmovió es el de Boris, un joven huérfano a quienes sus compañeros llevan al suicidio en un macabro juego. Luego, muy lograda la definición y evolución de los más que amigos Bernard y Olivier, cómo se convierten poco a poco en adultos…. la amistad afectada por los celos…. Édouard convierte a Olivier en su amante y esto afecta a Bernard, antes lo fue del conde de Passavant, un escritor muy de moda, rico, dandy y amante de los jovencitos a la vez que cínico y manipulador… Las relaciones homosexuales (homoeróticas dentro de una perspectiva positiva, aluden algunos) entre los actores a veces es explícita en el libro, como la mencionada, otras, alusiva. Un reflejo del homosexualismo confeso de André Gide (anecdótica la ironía de Aldous Huxley en “Contrapunto” sobre los alegres muchachos que poblaban el París de Gide) “... bueno, es como Proteo: adopta la forma de aquello que ama. Y para comprenderle a él mismo, hay que amarle” Resulta bastante complicado explicar la trama sin caer en la confusión, en el aburrimiento, muy injusto ya que el volumen es todo lo contrario. La narración de narraciones continuaría ad infinitum, como el mundo y en él la complejidad de relaciones entre mujeres y hombres, el transcurso de la humanidad; pero la novela debe concluir y concluye en nada, o en todo, según las apariencias o las exigencias.

“La singular facultad de despersonalización que me permite experimentar como propia la emoción de otro…”

Un clásico. “Los monederos falsos” es un libro complejo e indefinido al que se exige leer. Un drama cotidiano que se desarrolla en cualquier época, en cualquier tiempo, antaño u hogaño, antes y ahora mismo, a través de universales expresiones del amor y el desamor en la familia, en las amistades, en la profesión, en las inquietudes, en las devociones… Y en ellas, la frustración y la resignación, el dolor y la soledad, las mentiras en todos sus términos y en todas sus formas de erosionar los momentos de felicidad, momentos agridulces, como la vida misma y, al igual que sus protagonistas, el único medio para hacerse personas. 

“-Sí; creo que lo más sincero que tengo en mí es el horror, el odio a todo eso que se llama Virtud. No trates de entenderme. Tú no sabes lo que puede hacer de nosotros una primera educación puritana. Le deja a uno en el corazón un resentimiento del que jamás podrá uno ya curarse..., a juzgar por mí mismo”

Pero sus páginas no sólo nos cuentan una historia de historias, del mismo modo supone una sublime innovación, un desafío literario que, a modo de ensayo, investiga y desarrolla otros matices, otras texturas del mismo o de la misma, de la literatura. Un híbrido, y perdón por la rotundidad del término, que se mueve entre la novela y el ensayo. Y sin embargo, lo uno no invalida a lo otro; es decir: es una historia para leer, una buena lectura, para quien no tenga más pretensión que eso; una historia para leer que no declina, tal vez, con la complejidad de sus personajes, para nada engañosos, al igual que la trama montada en las relaciones entre ellos. Aquí la presumible casualidad de los entretejidos mimbres de su argumento no es algo forzado, no es una improvisación a medida que avanza la escritura y después lectura, no, ni mucho menos asistimos y asumimos y perdonamos cierta indulgencia con el escritor. Todo en esta historia de historias está rigurosamente trazado, deliberado, planificado, no hay lugar a la improvisación, es un edificio real, creíble, verosímil. De ahí que el tratamiento de los personajes y su convivencia refuerzan esta credibilidad, esta certeza y contradictoria con el propio título del libro; en un enorme trabajo narrativo del autor, en un triple ámbito donde él se erige en protagonista, juez y parte de las condiciones de la trama, y también en riguroso testigo de la misma como cualquier lector. De hecho, es Édouard quien se asienta como el protagonista, el interlocutor que establece el nexo o el alter ego de Gide, más a través de su diario, donde no solo reflexiona sobre sí mismo, en su doble papel, sino avanzándonos las pinceladas sobre cuál va a ser su próximo libro que no es otro que aquel que estamos leyendo, “Los monederos falsos”. Genial. Y por otro lado el escritor se sirve de ello, de este “mise en abyme”, para edificar un gran ensayo sobre las posibilidades literarias, el relato de lo formal pero con una novedosa narrativa. Tanto es así que Gide se permite la licencia, acertadísima, más o menos en la medianía del libro, de enjuiciar el decurso de los protagonistas, con sus responsabilidades y ofuscaciones, a través de los valores previamente puestos en sus páginas.  

“La "suave y blanda almohada" de Montaigne no se ha hecho para mi cabeza, porque aún no tengo sueño ni quiero descansar. Es largo el camino que lleva de lo que yo creía ser a lo que acaso yo sea. Y a veces tengo miedo de haber madrugado demasiado”

“Los monederos falsos” es un libro polifónico, caleidoscópico, geométrico o poliédrico, con múltiples facetas o quizás un juego interpretado por diversos jugadores y desde diversos formatos u ópticas. Es esto y más, creado minuciosamente, multiplica los personajes como ya se ha mencionado, además de los puntos de vista narrativos y las intrigas secundarias y diversas alrededor de su historia central, el meritorio ensayo de Gide que trasciende la tradición literaria de la novela lineal. Valiente el autor francés por innovar. ¿Es posible definir su método? Quizás sea el metaliterario, o esa expresión de la relación entre la narración y la realidad contada a través de los medios literarios o en la excusa para su contexto, la ficción y la realidad cogidos de la mano. A ver… a lo largo de numerosas páginas creemos que el argumento de esta novela, con todas sus numerosas vertientes, gira en torno a la literatura: Escritores, revistas literarias, aspirantes a poetas, la crítica, estudiantes con alma de narradores… “Mi novela no tiene argumento. Sí; ya sé que parece una estupidez lo que estoy diciendo. Pongamos, si lo prefieren, que no tendrá un argumento determinado…´Un trozo de la vida misma´, decía la escuela naturalista. El gran defecto de esta escuela es que siempre corta su trozo en el mismo sentido: en el del tiempo, longitudinalmente. ¿Por qué no a lo ancho? ¿O a lo hondo? En cuanto a mí, preferiría no cortar de ninguna manera. Entiéndanme: desearía que, en esta novela, entrase todo. Sin tijeretazos que interrumpiesen su curso, su sustancia en tal sitio en vez de en tal otro. Desde hace más de un año que llevo trabajando en ella, no hay nada que me haya ocurrido que no haya volcado o tratado de volcar en ella: todo lo que veo, lo que sé, lo que aprendo de la vida de los demás y de la mía…” Quién si no éste, Édouard, para ilustrar este aserto y en torno a su novela homónima, aquella que será o recogerá los sucesos que él mismo narra; la que no solo le sirve de inspiración, por la que el resto de personajes se interesan, y de la que tenemos una detenida observación desde el formato epistolar o las entradas de aquel en su diario. Y con todo, su único peligro es que con este formato la acción o trama es inconclusa, no terminaría jamás; no obstante, Gide solventa acertadamente esta dificultad, aunque algunas de las sub tramas queden irresueltas. “X sostiene que el buen novelista debe, antes de comenzar un libro, saber cómo terminará. Para mí, que dejo marchar el mío a la ventura, la vida no nos propone jamás nada que, con los mismos motivos que una terminación, no pueda ser considerado un nuevo punto de partida. “Podría continuar…” Tales son las palabras con las que me gustaría rematar mis Monederos falsos” Sea como fuere, un perfecto entendimiento entre la literatura, la ficción, y la propia vida.

“... tiene la sensación de que la saciedad del deseo, acompañando a la alegría y como cubriéndose con ella, puede surgir una especie de desesperación”

“Los monederos falsos”, escrita por André Gide, ese genial rebelde, el inmoral hedonista, a quien el mismísimo Borges entregó el Nobel de Literatura en 1947, es un elegante alegato de sinceridad de una pandilla de adolescentes en una época de cómodas mentiras. Cuarenta y tres años antes del Mayo del 68. “Los monederos falsos” es un himno a la libertad. Libertad en la forma, libertad en el fondo.


“Lo que yo querría hacer... es algo que fuese como el "Arte de la fuga". Y no veo qué razón puede haber para que lo que ha sido posible en la música, no lo sea en la literatura…”

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