Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



martes, 10 de noviembre de 2015

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Besaré tu cadáver" y "Han matado una rubia" de Terenci Moix

“Me agradó jugar con el destino. ¡Formé todos los vuestros y vencí al mío! ¿Has oído hablar alguna vez de algo tan grandioso!”



Parecería imposible reunir novela policiaca y a Terenci Moix, ¿verdad? Pues he ahí que la imposibilidad ha sido posible con mi última lectura, ni decir tiene que un goce. De acuerdo que no ha sido el afán por cierta tarea llamémosle de arqueología literaria sobre mi autor favorito, no, ni ninguna otra que no sea la de disfrutar, y mucho, con sus dos primeras obras, escritas con 21 y 22 años una y otra. Y dicho esto, no sé si seguir esta reseña rogando mi encarecido perdón al escritor y por lo que en el siguiente párrafo referiré. Lo que sí tengo muy claro, sin embargo, es mi agradecimiento a la hermana del autor, Ana María Moix, por recuperar ambas novelas y editarlas ya con el nombre de Terenci Moix y no bajo seudónimo, Ray Sorel, con el que fueron publicadas en 1963 “Besaré tu cadáver” y 1964 “Han matado una rubia”, Colección Angustia de Editorial Mateu y reeditadas en 2010 por Planeta, con magnífico prólogo de la mencionada Ana María Moix y Pere Gimferrer. El sobrenombre, Ray Sorel, proviene de Ray que es Ramón en inglés, (recordemos que el verdadero nombre de Terenci Moix era Ramón Moix Meseguer) y Sorel en homenaje al Julien Sorel de “Rojo y negro” de Stendhal: “Un pícaro desgraciado cuya cabeza acabó en el regazo de la magnífica Matilde de la Mole, aristócrata rebelde, caprichosa, despótica y, sin embargo, sentimental”

Y mi perdón al literato puesto que quién soy yo para ponderar estas obras si éste renegaba de las dos, las consideraba una mácula en su trayectoria literaria, tanto como para ocultarse tras un seudónimo; él mismo lo confiesa en su tercer libro de memorias, “Extraño en el paraíso”: “como si fuese el único pecado de juventud del que pudiera arrepentirme, no sé si con razón” y con el propósito “de librarme cuanto antes del yugo familiar y escapar de nuevo a París, había empezado a escribir un par de novelitas rosa que me ocupaban gran parte de la noche. Pensaba utilizar un seudónimo cuanto más cursi mejor… Después de todo, cuando en el futuro consiguiese ser tan bueno como Camus y tan respetado como Sartre, nadie recordaría que había cometido el desliz de publicar en las colecciones “Pimpinela” y “Madreperla”. No aspiraba a ser Corín Tellado, pero quería largarme de casa a cualquier precio”. Y con todo, su pudor literario recibió un guantazo de humildad a su incipiente vanidad literaria: “El que pagué por la prostitución de mi posible talento fue demasiado alto porque me encontré de nuevo ante el horror del rechazo. Pese a que rebajé el listón de la exigencia hasta ras del suelo, la editorial consideró que mis dos novelitas eran “demasiado complejas” para su público (...) Para aquellos librillos había tomado el esquema de Creemos en el amor, Cómo casarse con un millonario y comedias similares, pero la editorial los encontraba tan difíciles como un buen totxo de Thomas Mann. Lo malo resultaba tan difícil de colocar como lo bueno; así pues, la consecuencia lógica era que es preferible perder con una carta de prestigio en la mano que con una porquería en el cesto de los papeles”. Curioso.

No me cabe duda que Terenci, con independencia de la perentoria necesidad para escribirlas, se divirtió mucho con estas dos novelas. No en vano, y como él reconoce, dejó en sus páginas no pocos elementos autobiográficos y esa especial atmósfera del mal gratuito descrito por André Gide en “Los sótanos del Vaticano”. Tirando de sus memorias, sus modelos fueron Raymond Chandler, Ellery Queen y Dashiell Hammett, con permiso de su “abuelita predilecta”, Agatha Christie, autores que para el joven Terenci “significaron la revelación de un universo completamente nuevo que me fascinó sin dificultad y con motivo. Al fin y al cabo, era una literatura del desencanto, y éste suele abrirse un buen camino en las almas aquejadas de romanticismo (…) Si bien es cierto que tomé de la novela negra americana la idea de itinerario por la putrefacción de distintas capas sociales a partir de un fait divers, no lo es menos que esta idea también provenía del filme de Fellini La dolce vita, o, mejor dicho, de lo que había leído sobre él, ya que era, y siguió siéndolo durante muchos años, la bestia negra de la censura franquista. Completé el aporte de influencias de segunda mano situando la novela en Roma, ciudad que sólo conocía a través de las películas”. Curioso, insisto.

Sea como fuere, estas novelas, dos novelas ocultas y no malditas, señalan el talento y la rebelión de belleza para las letras que reconoceríamos en Terenci Moix, más en “Besaré tu cadáver”, ya que “Han matado una rubia”, para mí la mejor de las dos, es la más ortodoxa, puro género negro y del bueno. Y aunque ambas, claro está, participan de los tópicos o formalismos de la aventura policíaca, y con ello recupero aquel guantazo de humildad, no son obras vulgares, arquetípicas de aquel mal considerado modelo inferior literario y con el que el propio autor se fustigaba como un pecado a su originalidad. No. Son dos ficciones maravillosas, de trepidante acción, de ambiente diferente y decadente; plagadas, más la primera, de referencias culturales, de matices expresionistas que, si bien puedan resultar elementos opuestos al género, no resultan tan insólitos ahora que conocemos la grandeza y el universo emocional del autor. Gimferrer dice en el prólogo: “Las mejores cualidades del narrador, las que en adelante le harían un escritor irrepetible, están ya todas aquí”

En “Besaré tu cadáver”, Jean Paul Boyer y Horst Della Scala son los protagonistas de un viaje nocturno por Roma para dilucidar el crimen de Paula, la esposa del segundo y al que todo apunta como culpable de asesinarla y cortarle las manos y la cabeza. La contraposición de los actores principales está muy conseguida, más en su reunión en pos de esclarecer el asesinato: Jean Paul, un joven refinado, enfermizo, pertenece a una riquísima familia en decadencia por derroches y contrasentidos, (el papel de la madre es magnífico en su continua dramatización de cualquier emoción o acción) manteniendo una dignidad agrietada; Horst es fuerte, guapo y lanzado, pero tiene que dejarse conducir por su primo por mundos de lujuria, de sofisticación, de rebeldías y excesos, mundos depravados y excesivos, de opulencia y miseria, de horror y huidas, donde sobreviven personajes a la búsqueda de sí mismos o perdidos en su propia negación. Un anticipo del mundo moixidiano que luego admiraríamos y amaríamos.

“La muerte le rondaba ahora. Una muerte bien extraña; distinta a todas. Había en ella una suerte de místico sadismo que rayaba en rito”

“Han matado a una rubia” está escrita en primera persona. El protagonista no es un detective, o un policía, no, Charles Durand es pintor, y tiene que resolver el enigma de la muerte de su prima, sobre todo porque el principal sospechoso es él mismo y todo por una herencia de la que ambos son beneficiarios. Es curioso asistir a una historia donde alguien, aunque de posición social alta, que se siente y actúa con el desprendimiento, con la intuición de un bohemio, tiene que matizar, o suplantar su actitud, por la lógica para resolver el crimen. Una novela clásica de género negro, ya lo he dicho, y muy buena, donde no vamos encontrar las perlas sublimes de barroquismos u ornamentaciones características del autor; pero que las sustituye, muy en la línea del género, por el sexo, la acción, cierta aspereza descriptiva y rigurosa, con golpes de efecto contundentes y atractivos.

“Salió de la habitación dejando tras de sí un extraño perfume a flores frustradas, a colores disueltos antes de formarse”

La recreación de los escenarios, Roma y París en uno y otro relato, es espléndida en sus coloristas pinceladas, seña de identidad de Terenci; y tienen su valor, su reconocimiento, más con Roma en “Besaré tu cadáver” y donde todavía no había ido, ni enamorado, el escritor. Escenarios, especial en él, surgidos de la inspiración por una de sus más queridas y vitales aficiones, el cine. Ambientes muy conseguidos, abigarrados, con esa mezcolanza entre clases sociales como metáfora, o icono, de los años sesenta, con un ansia de libertad sustancial, trascendiendo a lo prohibido y ajeno al peligro de la naturaleza que fuese.

“La muerte, rondándolos, parecía dar un sentido a la vida”

El crimen impone su impronta en las dos novelas, como no, y en un protagonista inocente al que se le incrimina el suceso y hace todo lo posible por descubrir al culpable y evitar su condena. Ello alrededor de un guion vertiginoso, que atrapa al lector desde la primera letra a la última, lo sorprende, lo incita, lo hacer recorrer bajos y altos fondos o alturas de la sociedad de la época. De acuerdo que el desarrollo de la aventura difiere en la primera, más psicológica, de la segunda, muy clásica de serie policíaca norteamericana y donde prima la acción, dosificada y sin que jamás decaiga, de giros inesperados… y ambas con una sorpresa final o con desenlace ingenioso y encantador. Pere Gimferrer expresa en el prólogo de esta edición de Planeta: “Lo que apasiona en estos libros es reflejo de la pasión con que fueron escritos; no nos parecerían diferentes, ni esta novela, ni la anterior, si, años más tarde, las hubiera firmado ya Terenci Moix. Su firma está en otra parte, y no en la traducción aproximativa de «Ramón Moix» por «Ray Sorel»: está en cada peripecia, en cada escena o cuadro, en cada ámbito, en cada alusión cultural o vital, en cada rasgo de escritura. Terenci Moix firmó estos textos en filigrana con su estricta concepción y ejecución; serán, en lo sucesivo, tan inseparables del imaginario del lector como lo fueron, al redactarlos, del imaginario de su autor, y pasarán a vivir en el mismo territorio en que desde Mundo macho hasta El arpista ciego habitan, para todos nosotros, las más sorprendentes fabulaciones moixidanas”

Un auténtico placer. La imposibilidad hecha posible de reunir novela policíaca y Terenci Moix. Dos novelas imprescindibles.

“- Lo más bello de todo es que, por encima del bien y del mal, por encima de la villanía y las buenas obras, permanezca siempre este lazo entre nosotros, los humanos. ¡Esto compensa incluso del inmenso miedo de tratarnos!”





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