Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



lunes, 21 de diciembre de 2015

AVENTURAS SUBTERRÁNEAS (II): LA PATA DE OCA.


“Si así fue, así pudo ser;
 si así fuera, así podría ser;
 pero como no es, no es.
Eso es lógica”
Lewis Carroll


He visto muchas cosas interesantes, de acuerdo que no tantas como hubiese querido. Y tengo la seguridad de que veré algunas más, numerosas o escasas dependerá de mi compromiso, es decir, de querer sorprenderme, e incluso de ir a buscarlas, y las que el destino, en nuestro encuentro o desencuentro, disponga en todo caso. Hoy he visto una, una de estas cosas extraordinarias. No ha sido novedosa porque siempre estuvo ahí. Sólo que ahora, y por indicación siquiera más extraña y de alguien más extraño aún, he tomado consciencia de su naturaleza mágica o, más bien, de ser un icono, tal vez un hito aquí y no en otro momento, o un arquetipo que tenía que mostrarme otra consciencia más elevada, o cierta metafísica o trasunto volátil con la propiedad de enajenarte de lo común, de lo cotidiano, para hacerte vibrar de manera inusitada y allá donde me (o nos) lleve no el camino de baldosas amarillas del Mago de Oz y porque no se veía atisbo de la resplandeciente Ciudad Esmeralda, salvo la alegoría en las llamaradas pétreas de las Murallas y a donde no iba ni fui y de todas formas la piedra languidecía en una oscura desidia con cierta sutileza brumosa, sino el camino del cuento de Lewis Carroll, trascender es una buena palabra, e idónea. “… a Alicia le habían pasado tantas cosas extraordinarias aquel día, que había empezado a pensar que casi nada era en realidad imposible”. Quizás yo pecaba de lo mismo que esta mojigata, Alicia, ella que tan acostumbrada estaba a que todo cuanto le sucediera fuera algo maravilloso, que le pareció de los más soso y estúpido que la vida siguiera por el camino normal. A lo cual pensé, si importaba o me (o nos) importaba qué camino tomar cuando sucede lo prodigioso:

“- Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?
- Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar - dijo el Gato.
- No me importa mucho el sitio... -dijo Alicia.
- Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes - dijo el Gato.
- ... siempre que llegue a alguna parte - añadió Alicia como explicación.
- ¡Oh, siempre llegarás a alguna parte - aseguró el Gato -, si caminas lo bastante!”

Algo parecido a este diálogo de “Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas” maulló el gato de mi vecina Rafi, o el de Lewis Carroll, encaramado al frágil balcón sobre el portalón geminado conducente a un bar a la derecha, “El Pino”, y a la izquierda a casa de Rafi, en la que no vivía Carroll, imposible aseverar si el animal sonreía o no en su espantosa mole peluda y excesiva. “- Minino de Cheshire -empezó Alicia tímidamente, pues no estaba del todo segura de si le gustaría este tratamiento: pero el Gato no hizo más que ensanchar su sonrisa, por lo que Alicia decidió que sí le gustaba” Maúllo sobrecogedor al salir de mi casa con una bolsa negra inflada de basura y de la que sobresalía una botella de plástico de agua, sin ninguna etiqueta con “Bébeme”, sin tapón porque los guardábamos para la causa solidaria que fuese. Dos las bolsas que tenía que tirar; pero por el peso de ambas, y que sin problema hubiera llevado una con una y otra con la otra mano y de no ser por la dolorosa limitación de mi brazo, derecho por lo demás, para estas cuestiones domésticas y todas las restantes que supongan su flexión y esfuerzo, entenderán, y respaldarán, que llevase una bolsa y dejara la otra para acción posterior o continua a esta. Con el fardo en la mano izquierda, mortificado por esta discriminatoria tarea que siempre me toca ejecutarla, salí a la calle, no sin antes acordarme de todos los felinos muertos por el susto anterior en la casa de enfrente, agotadas cada una de las siete vidas de aquel obeso minino y camada de tenerla, y en su adalid o súper héroe máximo: el socarrón, nihilista y cabronazo gato de Cheshire. Noche.

Pasaban las ocho de la tarde y por aquello de que estaba en el margen horario reglado para tirar la basura; no vaya a acarrearme la narración, por muy extraordinaria que sea, peloteras legales o recriminaciones insidiosas, y como el esperpéntico episodio o lance que tuvo por protagonista a una cerveza fresquita, a una sed latosa y malhadada, una malvada cámara de móvil o malvada era la mano que accionó el disparador y malvado el interés en el contexto regalado, y por mi situación de personaje público señalado y que luego contravine en ser señalado para una inmolación fulminante por lo señalado y en algo de lo que jamás pretendí me señalasen, torpezas de la política o de los que la interpretan, solo diré que el contexto podría ser un desfile religioso o conmemorativo de una función pascual y yo, enchaquetado, con una vara de metal en las manos, que no envarado, inconsciente me dejé llevar por el apremio fisiológico, la sed, o alcohólico, la cerveza, y no por el protocolo, por mucho que intenté y casi creí pasar desapercibido al pie de una de las vallas de tribuna en la insípida plaza del Socorro, retirado del foco de atención, provocando después del reparador trago las histéricas e histriónicas rasgaduras de túnicas o eran vestiduras y circunstancialmente las cerriles e inquisidoras composturas. ¡Guías ciegos que coláis el mosquito y os tragáis el camello! Digamos que me ofrecieron una cerveza en pleno desfile procesional y alguien, ni orate ni bromista ni con bonhomía y muy dechado de…, quiso inmortalizar toda su “gracia” con la foto de marras y no su redención por esta y otras piedras al paso del Cristo consecuente; luego el guasap hizo el resto y la excusa para otros hueros resentimientos. Pecado mortal. Mil perdones, ni caso me hicieron. Paso. Y me pregunto que se preguntarán ustedes, a qué viene esta digresión si no desquiciada, incoherente; vale, no sé por qué me he dejado llevar, a lo mejor tenga algún sentido en estas páginas que se presumen extensas, o se circunscriba a un penoso extravío mental o una venganza prosaica de la que no sabrá nadie, o tal vez por una frase del cuento de Carroll, “… ¿de qué serviría un desfile, si todo el mundo tuviera que echarse de bruces, de modo que no pudiera ver nada?”; perdonen en todo caso, olviden estas anecdóticas líneas y acompáñenme, si quieren, en lo que intentaba e intentaré luego a este punto y aparte contarles.

Salí a la calle, a la noche, con la bolsa de basura, sin muletillas con las que llenar el tiempo y como podrían ser la de encender un cigarrillo si fumara o hablar por el móvil si tuviera a alguien o un motivo para establecer este impasse y del que no me importa en absoluto, en estas situaciones, algún desasosiego del que tuve en años más impacientes o por los de tantas frivolidades, más abundantes, en mi período de cuanto estaba señalado por ser personaje público o al servicio público o de político encarrilado a su final y por entonces vanagloriado o así me suponían y porque yo pasaba los días y contentaba a la comodidad y otras necesidades familiares y caprichos personales con este sacrificio eso sí remunerado, solícito por supuesto, y engreído según los casos. Ni mi pensamiento, por otro lado, o por cuanto cabría de justificar o excusar, quería plantear alguno de sus intereses. Encefalograma plano, en definitiva, insensible a todo, despistado o sumergido en un laxo lapso blanco tan blanco como el conejo blanco de Carroll que, por el contrario, y ateniéndome a una de sus particularidades, siempre tiene prisa, “¡Válganme mis orejas y bigotes, qué tarde se me está haciendo”; no era el caso presente, metamorfoseado en empresa de un tiempo vertiginoso y desatinado que nos condena a nuestro discurrir existencial. ¿Era esta ausencia, esta despreocupación por los minutos, algo que velaba, o matizaba, el doblez para la insulsa realidad de tirar una bolsa de basura?

Para ausencias, las del bar al otro lado de mi casa, en la otra orilla de esta calle San Francisco de Asís, con sus monólogos a pesar de todos los reclamos fluorescentes habidos y por haber, señales de posición de dos cegadores farolillos como las de un aeropuerto desolado, y doblez la que parecía tener el arrendatario que consumía en la acera, zancadas arriba y abajo, cigarrillo tras cigarrillo; de rostro angular, delgado, de hombros cargados, giboso, que se sacudía con vehemente y nerviosa obsesión el ridículo delantal negro que hacía juego con la ridiculez del uniforme de pantalones negros y ceñida camisa azul oscura, ofensiva combinación, y para, quizás, velar la ansiedad a cuanto tenía que hacer frente. Me llegó el hálito de una hipocresía desesperada. No estaba la rubia que había crecido demasiado pronto. No estaba el reclamo de su belleza, cada vez más traslúcida, como si se desvaneciera en la impoluta sordidez, sí, o en la impúdica luminosidad halógena del dispendio de bombillas de bajo consumo, bastante agudas. Sonreí al hermano del arrendador y camarero, más tranquilo en la puerta, más ido, con chándal y mocasines negros, camisa de cuadros y calcetines blancos, compadecí su tez cada vez más cetrina y el regreso a uno de los infiernos familiares, también fumaba, exasperadamente, y para velar otra ansiedad rubia como la joven rubia que se deshacía como polen al viento o como la espuma en aquella atmósfera estanca y opresiva. De improviso, por ensalmo, vi aparecer en la cabeza del patrón dos orejas de conejo blancas y estiradas, de dibujos animados, en un ¡Plof! y luego otro ¡Plof!; el delantal pasó a ser un coqueto chaleco, y aun estando aquel de perfil destelló en su boca el esmalte de los impropios y formidables dientes delanteros, el cristal de la esfera de un reloj de bolsillo que suplantó al smartphone, sonrosados los ojos, y su conversación telefónica que del “Me mandas una de cada y te lo pago el lunes o mejor el martes…” (el bar cierra los martes) por: “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!” Solté la basura para restregarme los ojos. Incrédulo. Miré arriba: El gato de Rafi, o de Cheshire, ya no estaba en el balcón. Miré abajo, no quise hacerlo en el camarero, por miedo. El pavimento de la calle, respiré con alivio, en serio, las lajas grises y azuladas, no las baldosas amarillas de Oz, conducía a las encrucijadas de otras calles o a la confluencia de todas ellas en la Alameda de San Francisco con sus dimensiones inabarcables. Allí me dirigía, y lo sabía muy bien, en el intermedio hacia los contenedores donde dejaría la bolsa de basura, en el intermedio para tomar consciencia del hito o señal o arquetipo o imagen extraordinaria, y de la mano de alguien tan raro como, pensándolo ahora y mientras escribo, inquietante.

Inquietantes son las sombras del otoño, no son aún las estáticas del invierno, más negras, más vivas, más con ese alarde de arbitrariedad y ajenas en su sedición al foco emisor, o más apropiado en el sujeto de rebote, en este concreto a mí mismo y en mi pausado deambular por el acerado. Las blancas fachadas, encaladas en la pátina macilenta de los faroles, acogían como en un escenario de polichinelas, de sombras chinescas, las otras y geométricas que oblicuas caían de las aristas de las casas, de los coches estacionados, o de la mía propia que me acompañaba con movimiento amenazador y de la que juraría no se circunscribía milimétricamente a mi propio paso renqueante por el peso del saco de basura que también se miraba como en un espejo en las fachadas. De todas formas, en mi propio daguerrotipo emulsionado en las paredes, me hice cargo de que tenía que perder peso, de que tenía que cortarme el pelo, de que somos tan desconocidos a nuestra propia percepción, como cuando oímos nuestra voz grabada, que somos otros o no somos aquellos con que nos presentamos a los demás. Mi sombra como la cola de un ratón, el roedor de la fábula en el incomprensible reino de las Maravillas:

“  - ¡Arrastro tras de mí una realidad muy larga y muy triste! –exclamó el ratón,           dirigiéndose a Alicia y dejando escapar un suspiro.
-          Desde luego, arrastras una cola larguísima –dijo Alicia, mientras echaba una mirada admirativa a la cola del ratón-…”

En la esquina, curioso, junto a la sucursal de Mapfre y vivienda donde naciera el legendario torero Pedro Romero, el creador del toreo a pie, pensé que con éste la aseguradora se haría de oro, numerosos lances sin recibir cornada alguna, ¡oiga! Y en esto, decidí mañana mismo preguntar a Curro, comercial de la firma del Golden Gate y no del Puente Nuevo, a cuánto cotizaba mi sombra para asegurarla a todo riesgo o, al menos, “contra terceros”. Atravesé la primera encrucijada, Ruedo Alameda. El cuadrilátero irregular de la Alameda de San Francisco me recordó a un cuadro de Monet, o de Cézanne, de algún postimpresionista seguro; no, era de Monet, pero no recuerdo el nombre del lienzo, tampoco importa y porque, de hecho, sirviendo el ejemplo, era noche y no el diáfano día de la pintura. Una promiscuidad decadente de ocres, verdes de gama diversa y amarillos luminiscentes de las hojas en oscuros árboles y callada a la luz ambarina de las farolas. Espejeaban en resplandores de la voluntariosa luz los cuadrantes de mármol, líneas de aterrizaje para no pocas emociones, para muchas expectaciones, barnizados los guijarros, como pintados por el húmedo relente que ya caía y se extendía como ceniza aventada. Los horizontes proverbiales estaban apagados, envueltos en las ignominiosas tinieblas del olvido, del abandono, Murallas y puertas de Almocábar y Carlos V, aquí, a un centenar de metros, pero tan alejadas y retraídas que se hacían exiguos cotos más que infranqueables barreras para velar la épica del espacio. Y todos, árboles, casas, monumentos, y mis quietas atenciones, recortadas por un cielo de terciopelo, de un cárdeno sólido, tan cercano que sentía su peso en mi conciencia. Otoño.

Subí los espaciosos escalones que llevan al amparo generoso de la plaza, en una increíble dispersión y reunión de los sentidos. Primero un hormigueo en el pecho, uno de esos presentimientos acertados por la inminencia de un suceso o hecho destacado, no era el dolor por el peso de la bolsa de basura que constreñía con sus asas de plástico mis dedos; luego el empuje de aquel mecanismo tal vez instintivo, tal vez mágico, de mirar a un lado, a la derecha, al primer árbol de cascarilla leprosa, de cortezas desprendidas, más demacradas al tener la vigilancia cercana de una farola. Alertado por la runa de su tronco, de sus ramas, la figura de un tridente hincado a la tierra por su base, firme, como un báculo bifurcado que al golpear separara las aguas de un océano gris y hondo, quedando al descubierto este lecho de cenicientas piedras y huérfanas de abismos y de secretos. Y la imagen, y con la imagen el símbolo, y con el símbolo un conocimiento intuitivo y ancestral, me golpeó allá donde la razón no llegaba y se servía del calor del alma para, al menos, no ser disuelta en su esencia absoluta. Preliminares del hecho interesante. Y en este prólogo, mi memoria trajo lecturas, estudios, curiosidades y reflexiones, de acuerdo que autodidactas, heréticas, acerca de la necesidad de ahondar y explicar lo insólito de ciertas emociones a las que resbalan cualquier otro síntoma o efecto, casuística o contenido racional, desde la profundización en los símbolos, aparejos que sintetizan su significado, vale que subjetivo, o la manera de entenderlos, un poco o todo, subliminal o adiestrado, y en todo caso iconos que atesoran y descubren, solo para los que sepan ver, divisas sagradas a las que de la misma manera pertenecía este árbol que esquematizaba un tridente, una pata de oca. El símbolo preparaba el terreno, lo dotaba de trascendencia y significado, abría la puerta por la que tenía que entrar y observar y sorprenderme, miraba tras el espejo, abría los ojos bajo el agua, o despejaba una ventana al universo.

No hay nada nuevo bajo el sol, rumió hace una eternidad el rey Salomón, o en este caso bajo una inofensiva luna en cuarto creciente. Desde tiempos inmemorables, vadeando en los entresijos de todas las culturas y amparados por grupos herméticos, iniciáticos es concederles demasiada solvencia, cofradías y hermandades más o menos confiables y más o menos herederas del conocimiento ancestral, salvaguardaban y recreaban símbolos sagrados como mandalas con los que el iniciado trascendía la cotidianidad para reintegrarse o redescubrir otras dimensiones del ser, o de la realidad, vetadas de común. –Y en esto comencé a reflexionar, o a rememorar, entretanto atravesaba la plaza para depositar las bolsas de basura en los contenedores soterrados de calle San Sebastián, en un lateral del atrio del antiguo colegio del Barrio-  Uno de estos símbolos sagrados es la marca del tridente de Poseidón, el dios Neptuno latino posterior, determinativo de la cuna común de estas tradiciones-iniciaciones y/o abstrusas sapiencias, la de la extinta Atlántida; tridente al que luego sustituiría o asimilaría o complementaría la impronta de una oca o ganso, ánsar, la Pata de Oca. Antiguos símbolos (estrella, viera, pata de oca, cuervo, perro…) atesoradas por culturas herederas de la mítica Atlántida, como el jeroglífico de Geb en el viejo Egipto, heredero del trono de Horus, oca y pierna, o el alma de los faraones identificados con el dios Sol-Ra que representaban en forma de oca, la oca o el sol que nace del huevo primordial. Remedos herméticos que recogerían los celtas, indoarios… hasta llegar al cristianismo que, como es ecuménico dogma, las incorporó solo para sí, casi siempre con unas precarias pero toscas variaciones, y quitando legitimidad a esas otras culturas a las que consideró proscritas, paganas y necesariamente a vigilar y si no destruir, fagocitar. Un ejemplo: Si superponemos dos patas de la Oca, una hacia arriba y otra hacia abajo, obtenemos la X y la barra que la corta verticalmente, obteniendo la X y con la P (Ji y Ro: iníciales del nombre de Cristo) en el conocido Crismón cristiano. El Camino de Santiago es uno de los más grandes crisoles de este conocimiento ancestral.

Y en esto que llegué a la batería de contenedores soterrados, metálicos icebergs que reflejaban las viviendas al otro lado de la calle, y abrí la oronda boca de uno de ellos, del primero, fauces negras de fétida halitosis, y en su lengua de hojalata deposité la bolsa de basura, cerré la boca y oí el golpe seco en su deglución. Alcé la mirada, tras el rectángulo franco del patio exterior del colegio, de las casas de calle Sauco con sus grisáceos tejados, por encima, más allá o más acá resultaba una ambigüedad dolorosa, la sobria e imponente iglesia del Espíritu Santo, igual de apagada, inhibida como las Murallas, y no pude reprimir el recuerdo de sus días gloriosos en que la iluminación, como una cascada ígnea que incendiaba la noche, era de una belleza conmovedora. Vergonzosa la ineptitud de los gobernantes que indefectiblemente nos toca en suerte, que arrojan impúdicos velos, encajan estúpidos burkas en nuestro patrimonio, y empañan de mugre la ventana con la que Ronda siempre se ha presentado de ciudad soñada; y hoy en día, con estos recortes o estas faltas de previsión o control, en iluminación, en inversión, en imaginación, la convierten en la bella tapada y dejada en el inventario de sus días de gloria.

Y qué personificación más palpable, y penosa, de esta degradación que la de aquella junto a mí. La antigua ermita, o el solar de maltrecha fachada y muros reventados, de Virgen de Gracia, a la que en los años sesenta del siglo pasado se anexionó el colegio mixto San Francisco, baluarte en la educación de los ceporreros o franciscanos, rendido del mismo modo a la maldición, de ruina y desidia, en la especulación usurera bancaria que cerraba los ojos y abría los oídos al tintineo de las treinta monedas de plata que no llegaban. La indignación comenzó a carcomer lo que me gustaba apelar de verdadera memoria histórica, la afinidad o genética con el medio, y seguro que ocupando parte de la abertura emocional que, entre una y otra cosa, había ido abriéndose en mi adentro y al compás de a cuanto se desplegaba la noche para hacer extraordinario aquello que se manifestaría de inmediato. Me interesé por los elementos arquitectónicos de la iglesia que aún se sostenían en pie y que entretejían su esquema a alguno de esos símbolos del arte sagrado, del saber primordial. La fachada rectangular que una vez coronó un tejado triangular, los dos recios contrafuertes, o el vano de diseño lobulado susurraron sus reminiscencias masónicas; y antes de la Franc-masonería, elementos, como dije, del sacro arte de construir para unir, para establecer la conexión entre lo de arriba con lo de abajo, el cielo y la tierra, el cielo y el infierno, la arquitectura interior de la persona con la exterior o edificación social, uno de los principios de la Tabla Esmeralda de Hermes y símbolo fundamental de la ciencia sagrada y, de ahí el nombre de tan oscuro personaje, hermética. Esbozos en piedra de la belleza, la imitación consciente o inconsciente de las formas naturales, la conjunción del alma del constructor, sus preclaras cualidades exhibidas en los instrumentos empleados para expresar y perpetuar su fe y sus sueños, transformados en iconos para la reflexión consciente, para la emoción sincera, signos sacros. Sea como sea allí estaban, insisto para los pocos que ya puedan verlos y sentirlos: el rectángulo, la pirámide, los contrafuertes en alusión a las míticas columnas Jakin y Boaz del Templo de Salomón… El rectángulo o el cuadro del aprendiz, el rectángulo donde su ancho y lado representan los Puntos Cardinales que figuran al Mundo, al mundo del aprendiz donde debe investigar para aprender a discernir sobre los conocimientos que constituyen su universo. El triángulo, la pirámide, los tres pilares, la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza. Un trabajo en el que sólo se puede ser sabio si se tiene fuerza, porque la Sabiduría exige sacrificios que sólo pueden ser alcanzados con Fuerza; en el que sólo se puede ser sabio si se tiene belleza, porque la Belleza establece el camino para expresar la sensibilidad ante el mundo circundante. El Triángulo, clave de la geometría, base de la ‘sección áurea’ o ‘proporción divina´, sintetiza la trinidad del ser, como efecto de la unidad del cielo y de la tierra, la suma del uno y del dos; es decir, la conjunción de los principios duales: el bien y el mal, el macho y la hembra, el padre y la madre, el gobierno y la religión, la luz y las tinieblas, Osiris y Typhon, Ormuz y Ariman, Satanás y Jesucristo, la forma y el contenido, el fuego y el agua, la inercia y el movimiento, la energía y la materia, la sal y el azufre alquímicos o la esencia y la substancia,… el equilibrio entre dos fuerzas opuestas. Además, la estabilidad y fuerza en el arco trilobulado de la fachada de “Virgen de Gracia” encarnando a la Flor de Lis, y a su vez… ¡Qué estaba sucediendo dentro de mi cabeza, en mi pensamiento! ¡Qué o quién me estada dirigiendo hacia algo latente y de lo que tenía constancia en algún que otro escalofrío que me recorría la médula para provocar explosiones de ese característico hormigueo en mi estómago!

Y la sorpresa por la inefable conexión que estableció mi intelecto ante la sucinta semblanza del símbolo sagrado, allí y en los elementos, arquitectónicos o abstractos, que impasibles se ocultaban o se entremetían en la monótona materialidad del discurrir diario y para, como hoy, abrirse y en ellos ver, para los que verdaderamente sepan y quieran, su esencia integradora. Decía que la sorpresa, mayúscula, quedó diferida por, primero, un rasgueo insólito dentro del alto contenedor para ropa y calzado usados; y luego, el sonido, que era araño, provocado por un gato que asomó su cabeza negra, con dos cintilaciones húmedas y prietas por ojos, del color de las ascuas en los braseros de invierno en aquellos soportales umbríos, que me recordó, y aterrorizó, en una nueva lámina del gato de Cheshire, o solo su cabeza redonda y rotunda, con seguridad sonriente. ¿Era él?  Sin duda alguna no era el minino de Rafi, más atigrado y tan obeso como para dar o intentar dos pasos hasta aquí, entonces tenía que ser el de Cheshire, veía la espantosa sonrisa en sus almendrados ojos hipnóticos en los míos.


“-¿Tendría usted la bondad de decirme por qué sonríe así su gato? —preguntó Alicia con cierta timidez, pues no estaba muy segura de si hablar ella la primera sería de buena educación.
—Es un gato de Cheshire —repuso la Duquesa—, esa es la razón. ¡Cerdo!
(…)
—No sabía que los gatos de Cheshire estuvieran siempre sonrientes; de hecho, no sabía que los gatos pudieran sonreír.
—Todos los gatos pueden sonreír —dijo la Duquesa—, y la mayoría de ellos sonríen.
—Yo no sé de ninguno que lo haga —dijo Alicia con mucha cortesía, muy satisfecha de haber entablado una conversación.
—Hay muchas que desconoces —dijo la Duquesa—, es un hecho”


¿Cuál es ese hecho? ¿Qué hacía allí la bestia? ¿Qué quería? ¿Tenía relación con la curiosa reiteración de simbología esotérica en torno a la Pata de Oca o el tridente de Poseidón encarnado en un árbol de la alameda? De todas formas, por tranquilizarme, estaba en la calle San Sebastián del Barrio San Francisco de Ronda, junto al Ruedo Alameda, no en “Wonderland”; y aquellos eran contenedores de basura que refulgían en la luz de la hoy inexpresiva luna, un reflejo mate, no el campo de croquet de la Reina de Corazones… La cabeza del gato negro asomando por la abertura del contenedor de ropa y calzado usados, no obstante, podía ser la misma a la de la mascota de la Duquesa; y como en el cuento, sentía en mi cabeza, y en el pecho, el tumultuoso incomodo de unas intuiciones sobre lo maravilloso que podía ya estar sucediendo, como la turba de la discusión dentro de mí entre el Rey, la Reina y el verdugo y puesto que yo también, en ese instante, quería decapitar a la criatura, indignado a causa de que no tenía cuerpo, solo cabeza, y no se puede decapitar una cabeza sin cuerpo, ¿verdad? ¡Por qué no quería dilucidar su relación o no, su guía o no, en relación al símbolo de la Pata de Oca y su sentido en esta noche de otoño! ¡Zape!

“Alicia empezó a sentirse incómoda: a decir verdad ella no había tenido todavía ninguna disputa con la Reina, pero sabía que podía suceder en cualquier instante. “Y entonces”, pensaba, “¿qué será de mí? Aquí todo lo arreglan cortando cabezas. Lo extraño es que quede todavía alguien con vida! “Estaba buscando pues alguna forma de escapar, Y preguntándose si podría irse de allí sin que la vieran, cuando advirtió una extraña aparición en el aire. Al principio quedó muy desconcertada, pero, después de observarla unos minutos, descubrió que se trataba de una sonrisa, y se dijo:
Es el Gato de Cheshire. Ahora tendré alguien con quien poder hablar.
—¿Qué tal estás? —le dijo el Gato, en cuanto tuvo hocico suficiente para poder hablar.
Alicia esperó hasta que aparecieron los ojos, y entonces le saludó con un gesto. “De nada servirá que le hable”, pensó, “hasta que tenga orejas, o al menos una de ellas”. Un minuto después había aparecido toda la cabeza, Y entonces Alicia dejó en el suelo su flamenco y empezó a contar lo que, ocurría en el juego, muy contenta de tener a alguien que la escuchara. El Gato creía sin duda que su parte visible era ya suficiente, y no apareció nada más.
—Me parece que no juegan ni un poco limpio—empezó Alicia en tono quejumbroso—, y se pelean de un modo tan terrible que no hay quien se entienda, y no parece que haya reglas ningunas… Y, si las hay, nadie hace caso de ellas… Y no puedes imaginar qué lío es el que las cosas estén vivas. Por ejemplo, allí va el aro que me tocaba jugar ahora, ¡justo al otro lado del campo! ¡Y le hubiera dado ahora mismo al erizo de la Reina, pero se largó cuando vio que se acercaba el mío!

(…)

—¿Con quién estás hablando?—preguntó el Rey, acercándose a Alicia y mirando la cabeza del Gato con gran curiosidad.
—Es un amigo mío… un Gato de Cheshire —dijo Alicia—. Permita que se lo presente.
—No me gusta ni pizca su aspecto—aseguró el Rey—. Sin embargo, puede besar mi mano si así lo desea.
—Prefiero no hacerlo—confesó el Gato.
—No seas impertinente—dijo el Rey—, ¡Y no me mires de esta manera!
Y se refugió detrás de Alicia mientras hablaba.
—Un gato puede mirar cara a cara a un rey —sentenció Alicia—. Lo he leído en un libro, pero no recuerdo cuál.
—Bueno, pues hay que eliminarlo—dijo el Rey con decisión, y llamó a la Reina, que precisamente pasaba por allí—. ¡Querida! ¡Me gustaría que eliminaras a este gato!
Para la Reina sólo existía un modo de resolver los problemas, fueran grandes o pequeños.
—¡Que le corten la cabeza!—ordenó, sin molestarse siquiera en echarles una ojeada.
—Yo mismo iré a buscar al verdugo—dijo el Rey apresuradamente.
Y se alejó corriendo de allí.
Alicia pensó que sería mejor que ella volviese al juego y averiguase cómo iba la partida, pues oyó a lo lejos la voz de la Reina, que aullaba de furor.

(...)

Cuando volvió junto al Gato de Cheshire, quedó sorprendida al ver que un gran grupo de gente se había congregado a su alrededor. El verdugo, el Rey y la Reina discutían acaloradamente, hablando los tres a la vez, mientras los demás guardaban silencio y parecían sentirse muy incómodos.
En cuanto Alicia entró en escena, los tres se dirigieron a ella para que decidiera la cuestión, y le dieron sus argumentos. Pero, como hablaban todos a la vez, se le hizo muy difícil entender exactamente lo que le decían.
La teoría del verdugo era que resultaba imposible cortar una cabeza si no había cuerpo del que cortarla; decía que nunca había tenido que hacer una cosa parecida en el pasado y que no iba a empezar a hacerla a estas alturas de su vida.
La teoría del Rey era que todo lo que tenía una cabeza podía ser decapitado, y que se dejara de decir tonterías.
La teoría de la Reina era que si no solucionaban el problema inmediatamente, haría cortar la cabeza a cuantos la rodeaban. (Era esta última amenaza la que hacía que todos tuvieran un aspecto grave y asustado). A Alicia sólo se le ocurrió decir:
—El Gato es de la Duquesa. Lo mejor será preguntarle a ella lo que debe hacerse con él.
—La Duquesa está en la cárcel —dijo la Reina al verdugo—. Ve a buscarla.
Y el verdugo partió como una flecha.
La cabeza del Gato empezó a desvanecerse a partir del momento en que el verdugo se fue, y, cuando éste volvió con la Duquesa, había desaparecido totalmente. Así pues, el Rey y el verdugo empezaron a corretear de un lado a otro en busca del Gato, mientras el resto del grupo volvía a la partida de croquet”.

Y en esto que el felino no se desvaneció, no desapareció, sino que, como símbolo lunar derivado de la mitología de la diosa Bastet, su orondo hocico que reía en el creciente, no era para menos, para contradecir la identificación con el otro gato decidió manifestarse por entero; es decir, ya no era una sonrisa, o una sonrisa instalada en sus expresivas y tenebrosas pupilas partidas en dos tajos más profundos que el Tajo señero nuestro y salvado por el Puente Nuevo, refutando a la misma protagonista de esa fábula cierta, o tóxica en el tenor de mis circunstancias: “- ¡Vaya! -se dijo Alicia- He visto muchísimas veces un gato sin sonrisa, ¡pero una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más rara que he visto en toda mi vida! La extrañeza de Alicia ante este Gato que no deja de aparecer y desaparecer sonriendo con una mueca es total, ya que ella «no sabía siquiera que los gatos pudieran sonreír». Sucede incluso que en algún momento el Gato “sonrió más y más”. La infernal bestia desplazó su cautivador viso en mí para, en un movimiento pausado de la inevitable testuz, calcular la distancia que había entre él y el pavimento de lajas grises y azuladas, matizadas con el fulgor pálido que vertían los fanales colgados en las paredes enjalbegadas. Salió el resto del atlético cuerpo del animal como un borrón sinuoso de la estirada boca del contenedor, sosteniéndose con las patas delanteras en la palanca de apertura; la fibrosa tensión de sus músculos, de los tendones, resaltaban bajo la bruñida piel idéntica a la de las ciruelas negras, y tras una forzada flexión saltó al vacío para aterrizar indemne en el suelo, en una mullida caída que no puso variedad en la sordina de la noche. La larga cola quedó fláccida entre sus poderosos cuartos traseros, refulgía su pelo en los estremecimientos del dorso, mientras mesaba con fruición una y después otra de sus garras anteriores, tenía unas manchas blancas en los dedos, las uñas replegadas. El gato me miró con alteración, con ese atisbo del que cumple satisfactoriamente una arriesgada misión y, raudo, se perdió tras el propio contenedor, dejándome con la pregunta en la lengua: “¿Qué quieres gato de Cheshire?” Desapareció o se fundió en las tinieblas de la noche, no como la fiera del fantástico relato en el que también me incluía yo o no sé qué o quién disponía; es decir, no “se desvaneció muy paulatinamente, empezando por la punta de la cola y terminando por la sonrisa, que permaneció flotando en el aire un rato después de haber desaparecido todo el resto”. Voló el “marramamiau” dejándome con un pavor cada vez más afilado, más incisivo, pero que no contradijo el barrunto de que este, el gato, hizo mutis por el foro para que yo retomase la sorpresa anterior a su sorprendente aparición, tal si quisiera que tomase muy en cuenta la relevancia del significado para aquel pasmo con el que se escribe el misterio de lo extraordinario, manifestado allí y aquel en unos preliminares bastante “cuentistas”. Giré la cabeza y centré mi mirada en el arco trilobulado de la malograda fachada de la derruida iglesia, el símbolo de la Flor de Lis…

Y es que la Flor de Lis ha sido considerada, por antonomasia, la representación del poder de los reyes, la potestad real, tanto que aseguran que el signo estaba tallado en las míticas columnas del Templo de Salomón, aquellas alegóricas Jakin y Boaz en los contrafuertes de la fachada de la ermita. Habitual su esquematismo en templos, castillos, palacios, heráldicas, banderas, coronas… interpretando el poder temporal sancionado de arriba, por lo divino. Y, además, o principalmente, el símbolo original de esta Flor de Lis fue… ¡el tridente de Poseidón, la Pata de Oca! ¡Sorprendente! Y para corroborarlo, o sancionarlo, resonó, amplificado en el lienzo descascado de la ermita Virgen de Gracia, el sobrecogedor maullido del gato.

Cada vez más impresionado, cada vez más temeroso, ya no por lo que estaba sucediendo sino por lo que aconteciera dentro de poco, dudaba en quedarme allí hasta que algo o alguien me rescatara de mi soledad o de mi desarraigo doloroso, o terminar con todo y volver al oasis confortable de mi casa atravesando este desierto de horror, intercalando muy libre los versos de Baudelaire. Teresa, no el vate, con un vestidito floreado de mangas cortas que me causó dentera por el imperante frío, venía hacia mí… bueno… su interés no residía en mí, ¿si?, o lo estaba en depositar las dos y grises bolsas de basura que portaba en una y otra mano en los contenedores donde yo, como un grotesco pasmarote, permanecía sin importarme el resuello nauseabundo de estos o el gesto entre curioso y chancero que la mujer de animosos y marciales pasos esbozó a unos metros. El móvil colgaba de una funda de punto que bamboleaba de un cordel sujeto a su cuello. “- ¿Qué te parece la Reina? -dijo el Gato en voz baja. - No me gusta nada -dijo Alicia-  Es tan exagerada… -En este momento, Alicia advirtió que la Reina estaba justo detrás de ella, escuchando lo que decía, de modo que siguió-: …tan exageradamente dada a ganar, que no merece la pena terminar la partida. La Reina sonrió y reanudó su camino” Aproveché la lenta marcha de un coche por Ruedo Alameda, la ineludible mujer de Cañestro, Loli, buscando aparcamiento, para cruzar rápido por delante y no tener que responder a la impertinente curiosidad o cotilleo de Teresa y a la que, ya en su sobrio aspaviento regente, “con los brazos cruzados y el ceño tempestuoso”, a su ¡Hola!, respondí con el mismo ademán de levantar la mano izquierda, ojalá pudiera hacer lo mismo con la derecha, con el que contenté a la conductora del destartalado Ford Fiesta rojo y por mi inesperada y suicida maniobra al cruzar la calle. Junto al cubículo o remolque de chapa blanca y entonces de achicado reflejo, que los fines de semana surtía de churros a la vecindad, me detuve unos instantes, desinteresado de Teresa, oí primero uno y después otro abrir y cerrar seco de las fauces del contenedor como un voraz hombre de hojalata, y también del quiosco de churros y porras, expectante por el sobresalto de quienes estaban resguardados en la escalinata de subida a la alameda. Era una pareja, ella y él, los dos jóvenes, los dos vecinos de mi misma calle, solo conocidos, sentados en los anchos escalones, la chica en el tercero y el novio en el cuarto de los ocho que tiene la entrada. Al socaire del grueso muro de los poyetes, plegados en sí mismos para soportar el frío; no se abrazaban, no había actitud sensual entre ellos, hablaban sí, o hablaba ella que tenía y mimaba algo cobijado en su regazo. Un estremecimiento impulsó mis pies para alejarme, expeditivo. ¿Qué acariciaba la hija de Patro? ¿Un perrito blanco, un gatito blanco… o un conejo blanco? Ella rio, una sucinta carcajada, él permanecía sombrío, huraño, tácito, lo habitual en el chico. No dejaba de ser una escena muy extraña, más cuando parecían ausentes a mi presencia, como si yo no estuviera a un par de metros de ellos. A lo mejor era así: yo no estaba o había penetrado en una realidad o dimensión alternativa a la que la pareja no llegaba, ni veía ni mucho menos entendía. Y para complicar aún más la sensación, o para refutar el hecho, temblaba por el pequeño animal que amparaba la muchacha. Un perro, o un gato… o, según barruntaba un absurdo repunte de mi intuición, un conejo, la Liebre de Marzo. Y en esto, subiendo los escalones a la alameda, extraño o invisible a la joven pareja, oí decir a ella algo que me sonó a lechón, o pichón, o lirón; y enseguida ubiqué estas incomprensibles palabras arriba, en uno de los columpios del parque infantil que oscilaba su misterio, o encima de la torre de madera del tobogán, en todo caso palabras lejanas a los novios; aseguraría que procedían del árbol más cercano a nosotros.

“Mientras hacía estas consideraciones, miró hacia arriba, y ¡hete aquí al Gato nuevamente, recostado sobre la rama de un árbol!
— ¿Dijiste "lechón" o "pichón"?, le preguntó el Gato.
— Dije "lechón", aclaró Alicia. ¡Y a ver si dejas de estar apareciendo y desapareciendo tan de golpe, que mareas a cualquiera!
— ¡Vale!, dijo el Gato”

Y puesto que de nuevo era el gato, el de Cheshire y no el de mi vecina Rafi, oculto en la promiscuidad decadente de ocres, verdes de gama diversa y amarillos luminiscentes de las hojas en oscuros árboles y callada a la luz ambarina de las farolas. Otro maullido, espectral y horrible, confirmó la posición y con seguridad la anterior locución de términos tan raros. ¿Qué no estaba siendo raro? Detuve mis pasos al final del graderío de acceso al parque, apoyé mi mano en la baranda de hierro que cerraba el espacio de los juegos infantiles a la calle, frío que quemaba, una apacible soledad se sentaba en un banco de piedra inmediato, un fantasma invisible en el otro, levanté mi mirada al árbol, a la enramada, infructuoso el registro, no se movía nada en las alturas, solo los trémulos reverberos de la amarillenta luz del fanal en los enveses y reveses de las hojas, por la acción de una intermitente y suave brisa, postreras caricias del añorado crepúsculo de otoño. Con el ánimo algo más entero, más temerario, atribuible a mi inconsciente curiosidad que remordía en mis entrañas por determinar, por zanjar, si el animal que arrullaba la hija de Patro era la Liebre de Marzo y si ellos, los jóvenes, eran verdaderamente mis vecinos o súbditos de la Reina de Corazones, pregunté con convicción al árbol, al escondido gato o a la alimaña que fuese: “¿Qué clase de gente vive por aquí?”, y me respondió la memoria de las voces de la fábula de Carroll:

“—¿Qué clase de gente vive por aquí?
—En esta dirección —dijo el Gato, haciendo un gesto con la pata derecha— vive un Sombrerero. Y en esta dirección —e hizo un gesto con la otra pata— vive una Liebre de Marzo…”

Confirmé tras la segunda indicación, indicada redundantemente por un brusco e inusual vaivén en una de las ramas con trasunto de zarpa de felino, de dedos parcheados en el color del cubil de los churros, que la Liebre de Marzo era el animal mimado por la contenta muchacha. Del mismo modo, un susurro del ligero céfiro en mis oídos, y que hizo oscilar la rama indicadora como una original veleta o, andando en juego un acopio fabuloso de símbolos sagrados, una rosa de los vientos, me confió que siendo la Liebre de Marzo imposible ya que participase en la fiesta del té junto con el Sombrerero y el Lirón, al estar cautiva no de la hija de Patro, no, murmuró el viento con dejo murmurador, sino de la Duquesa con su resfriado de pimienta. De acuerdo, pensé yo, que una Duquesa más joven, más baja y rechoncha, con un derroche de exuberancia empalagoso, y bastante mostrenca, con aquella perenne mueca que enervaba mis nervios. Al pasar a su lado, en cambio, observé llevaba unos guantes blancos de cabritilla, mientras el novio aferraba en su mano un abanico, enseres del Conejo Blanco. Pruebas inequívocas. Tampoco concursaría yo en la partida de croquet, prosiguió el amable relente, pues había esquivado con maestría a la Reina de Corazones, o Teresa en esta otra dimensión con su cetro transformado en móvil y colgando siempre de su regio cuello, briosas las sacudidas en su pechera desmedida, sin disimular la perlesía facial o mancha que ocultaba el rastro del naipe, el As de Corazones, tatuado en su ojo. Y no obstante, ¡huye!, me aconsejó el airecillo, ¡corre!. Teresa o la Reina de Corazones viene de vuelta de tirar la basura, y el verdugo o el chico esquivo e ido, míralo, presto está por cumplir su orden. ¿Qué orden?, pregunté azorado, presintiendo la respuesta. “Decapitar tu cabeza” “¿No era la del gato de arriba, en el árbol?”, insistí. “También”, rotundo. Y en un visto y no visto, marché hacia donde el propio vientecillo me indicó con otro sutil balanceo de otra de las ramas, hacia allá, al centro de la alameda, quizás al encuentro del Sombrerero y Lirón o de mi salvación.

“- … Visita al que quieras: los dos están locos”

A unos pasos en mi camino, o en mi huida, oí estas palabras del gato o de la fiera que existiera emboscada en el ramaje, no fue de nuevo el viento de otoño que, olvidado de mí, cumplidor de su propósito conmigo, se entretenía secreteando con las hojas caídas de los árboles, arrancándolas del suelo en ingrávidas volteretas de diversión, depositándolas de nuevo en suaves planeamientos como un ligero descenso de párpados por una alegre nostalgia. El columpio seguía con su fantasmal vaivén. Me paré. Y, a pesar del acuciante peligro del que pendía nada más ni nada menos que mi cabeza del resto del cuerpo, pensé en estas palabras y en su cimero testimonio no a cuanto, real o imaginario, sucediese metros más allá y una vez reiniciada la marcha, sino en mí mismo. La locura.

“- Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca -protestó Alicia.
-          Oh, eso no lo puedes evitar -repuso el Gato- Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
-          ¿Cómo sabes que yo estoy loca? -preguntó Alicia.
-          Tienes que estarlo -afirmó el Gato-, o no habrías venido aquí.
Alicia pensó que esto no demostraba nada. Sin embargo, continuó con sus preguntas:
- ¿Y cómo sabes que tú estás loco?
- Para empezar -repuso el Gato-, los perros no están locos. ¿De acuerdo?
- Supongo que sí -concedió Alicia.
- Muy bien. Pues en tal caso -siguió su razonamiento el Gato-, ya sabes que los perros gruñen cuando están enfadados, y mueven la cola cuando están contentos. Pues bien, yo gruño cuando estoy contento, y muevo la cola cuando estoy enfadado. Por lo tanto, estoy loco.
- A eso yo le llamo ronronear, no gruñir -dijo Alicia.
- Llámalo como quieras -dijo el Gato- ¿Vas a jugar hoy al croquet con la Reina?
- Me gustaría mucho -dijo Alicia-, pero por ahora no me han invitado.
- Allí nos volveremos a ver -aseguró el Gato, y se desvaneció.”

 Y en este intervalo de mis reflexiones locas o sobre la locura, de si verdaderamente tenía que estar loco para que se desplegaran ante mí las surrealistas escenas concernientes a una fábula, a un cuento clásico, incongruentes al mero trámite de tirar una bolsa de basura en los contenedores de mi Barrio en una gélida noche de otoño; en estos instantes, escribía, loco o no, mis pensamientos alcanzaron unas cotas dramáticas y por ello doloridas que, obedeciendo a un inescrutable resorte de mi interior para protegerme de este daño emocional y ofrecerme otros escenarios para obviar a los malos y acomodar los más cómodos, no necesariamente racionales, mitigando el sufrimiento o las fustas de lo imposible, hizo que mi visión, en esos pasos cabizbaja, perdida en el desorden de los pentagramas de las hojas de los árboles en la partitura del piso de eslabonados guijarros, se concentrara, tras elevar mecánicamente la cabeza y ladearla un poco al frente y a la izquierda, en el árbol originario con su curiosa morfología análoga al símbolo ancestral de la Pata de Oca o el Tridente de Poseidón. Confiaba, garabateaba mi reflexión, o a aquellas alturas mi indignación, despreciaba todo y por no despreciarme a mí mismo y debido a que no entendía mis pensamientos, que aquella Pata de Oca me protegiera de estas acechanzas anormales, al igual que las ocas fueron para ciertas y arcaicas tradiciones guardianes de las casas, alertando con su escandaloso ruido, con su graznido, la presencia de intrusos; o en este contexto, en esta confianza mía, a mis cruentos espectros, inclusive de gatos fabulosos y personajes animados variopintos. No fue baladí que retomara mi pensamiento sobre Alicia y cuando ésta encoge como un “telescopio”, porque me sirvió de ejemplo para enunciar, o conjurar, mi brote o historia de locura: “No vaya a consumirme del todo, como una vela, se dijo para sus adentros. ¿Qué sería de mí entonces?” Temor. Mis pisadas tomaron decisión, ya no eran tan cortas ni dudosas. De vez en cuando algo crepitaba bajo mis pies, unas bayas o semillas de unos árboles que no eran los habituales plátanos, álamos y olmos, de pequeñas hojas traslucidas, como hechas de frágiles gasas que acopiaban los entresijos de la noche. Iba hacia la luz, no sabía explicar por qué, hacia la farola de hierro fundido, hacia la farola de cuatro brazos, la farola solitaria, sobria, hospitalaria, como un faro de seguridad en la inmensidad de tinieblas rotas del parque, del Barrio. El mármol, sobre todo, y las piedras de falsos aceros rutilaban en su azafranado influjo. Iba hacia la luz y me detuve en ella, o bajo su orla fulgurante. En aquella perspectiva el árbol, el signo sagrado, denotaba mayor su fuerza, o su influencia en mí, iluminado como un solícito exvoto por un fanal de nacarada luz. Inapropiada luminaria, la odiaba, me resultaba de muy mal gusto que la autoridad municipal, por los jodidos recortes, por discutibles ahorros energéticos, y no quiero pensar que por mor a un porcentaje o comisión de esta y no de aquella empresa, se empecinara en cambiar las sugestivas lámparas de resplandor sepia, que enaltecían la idiosincrasia de la ciudad vieja, por otras blancas, brillantes sí, e inexpresivas, como si al encenderse mantuviera a raya, o desliera, o encarcelara el embrujo del casco antiguo del Barrio, de la Ciudad, de Padre Jesús, de Ronda.

Estilizado, de amable sinuosidad, dirigido hacia arriba, un tridente en la fronda ocre, amarilla y de gama de verdes apagados; incluso imaginaba, o interiorizaba, la mar en otoño, de un oscuro esmeralda, con un ligero rastro de espuma terrosa en su superficie ondulante. Y la comparación no iba desencaminada, ¿verdad?, el tridente es el arma de Poseidón, el dios de la Atlántida, de los atlantes antes y después del cataclismo universal, el dios marino. El agua. Presté, entonces, más atención al rumor del agua a mi espalda, a los chorros disparados en la fuente, asimismo hacia arriba, al pedestal con la estatua oxidada de San Francisco de Asís, santo varón de quien toma nombra la plaza, la calle más franca, el contorno; y cuya figura, en el torticero emplazamiento, da en todo momento su contra al Barrio, la que parece huir o desandar cualquier camino que conduzca a este, tanto que en su mano, no en la que lleva o se ayuda de un báculo-crucifijo, sostiene o encara con cierto desafío o menoscabo la fachada de lo que parece ser la colegiata de Santa María la Mayor, la que está en otra barriada, en otro arrabal mejor, no en este a extramuros, repudiando a la que podía haber sido Puerta de Almocábar, Iglesia del Espíritu Santo, de las Franciscanas, del Convento San Francisco, o del Predicatorio. El agua de la fuente de San Francisco rumoreaba en la noche, el tridente como la vara del franciscano, elementos simbólicos del mar, de las aguas primordiales, otra vía de conocimiento. ¿Qué? La analogía entre Poseidón-Tridente-Árbol-Mar-Agua-Fuente-Conocimiento no podía dejarme indiferente, tampoco con miedo.

La leyenda, la mitología, la intrahistoria, son profusas en abrirnos los ojos a las aguas, torrentes, ríos, mares… fuentes. Aguas mágicas, en todas las tradiciones y culturas, comenzando en la extinta Atlántida, luego en Egipto, Mesoamérica, India… Entre Celtas, orientales, griegos, romanos… en el medioevo…, hasta llegar a la irrealidad de un charco de lágrimas transmutado en mar y donde Alicia se ve forzada a nadar para no ahogarse, o a la realidad de una noche de otoño con su prodigio líquido en la fuente de piedra del Arroyo del Toro o la que fluye en el pilar anexionado a las Murallas, lóbregas en el horizonte. Aguas mágicas como indicio o personificación de puertas, agujeros de gusano, pliegues espacio-temporales, etc., accesos a otras dimensiones superiores, a otros niveles vibracionales o de vibración del ser, o altos umbrales de la consciencia humana. Aguas mágicas como vehículo especular de un conocimiento superior. De ahí, pues, que éstas sean asimiladas, aludidas, a espejos mágicos, otros instrumentos para acceder a los lados ocultos del espacio-tiempo de nuestro universo multidimensional. Cierto cosquilleo en mi estómago, vellos como escarpias en las latitudes de la nuca, en la columna, confirmaban que pisaba terreno firme; o resbaladizo para una mentalidad que no se deja sorprender con aquellos acontecimientos que la superan y que solo pueden ser entendidos mutando su percepción. Con todo, con la vista concentrada en el tridente o Pata de Oca del árbol frente a mí, no quise darme la vuelta y, aunque sentía curiosidad, observar la fuente de San Francisco y los chorros como estelas de plata y su letárgica ocurrencia. Y no quería porque, a pesar de la excepcionalidad del mensaje, del instante, para nada me veía en el papel de Polifemo al inclinarme sobre el océano, el hondo espejo, en la mercurial fuente, en la noche pacífica y para sentirme privilegiado y hermoso; ni mucho menos arriesgándome, apurando hasta lo indecible el término, tal Narciso y enamorarme de mí mismo hasta morir ahogado. Aferrado a un calco resolutivo de Cavafis, me llegó el día y pronuncié un Gran No al Gran Sí. Tuve, no obstante, que volverme, maquinal, al oír detrás de mí unas cortantes palabras que mandaban al garete mi medida o acaso era otro adjetivo al miedo:

-          ¿No vas a meter las manos en el agua de la fuente?
-          Hace frío, y no tengo yo físico ni voluntad para saltar la valla de hierro, esquivar los arbustos, evitar resbalarme en su mojado pretil y humedecer mis manos –atiné a responder, en el mismo giro de mi cuerpo para afrontar a quien fuera-
-          De acuerdo que no vas a ser Polifemo ni, por cuestiones obvias, Narciso… Pero seguro que te agradaría ser Alicia cuando mete sus manos en el espejo y el azogue se deshace como el agua…

¿Cómo lo hizo? ¿Qué estaba sucediendo? ¿Cómo aquel individuo conocía mis pensamientos, mis temores? En lo tocante a Polifemo o Narciso (por cuestiones obvias no me era posible la comparación con este último, había dicho el gilipollas) no tenía importancia, ninguna, a lo mejor inconscientemente no presté atención a que hablaba en voz alta cuando creía hacerlo conmigo mismo; pero sí que tenía su valor, y no podía excusarse ni menos obviarse, su salto atrás con Alicia. ¿Qué relación guardaba él con el cuento de Carroll que me perseguía como una letanía maldita por estos lapsos de la noche? Abrí la boca para responder, no sabía con qué, pero el mentón se descolgó abajo por la sorpresa que pesaba muchísimo más que cualquier intento mío de serenidad. Y el personaje acentuó esta última interrogación:

-          O vas a contradecirme en que no fue osado permitir que Alicia, ¡Dios mío, una niña!, atravesara el espejo… ¿Qué no fue real? De hecho no tiene importancia si lo fue o no, ¿verdad?, no en vano el intrigante Carroll, mi creador, quizás presionado por su conciencia o por la absoluta, al final convirtiera todo en un sueño para alcanzar su redención… ¿Es esto un sueño?
-          No lo sé… -balbuceé, en un enorme esfuerzo por levantar la cabeza y afrontar al desconocido de voz susurrante, como engendrada por uno de los chorros de agua de la fuente a su espalda, y, por otro lado, con un acusado matiz de autoridad al final de sus frases que remataba con una inflexión que crecía como el impulso de los mismos chorros.
-          ¿Y qué importa si es un sueño o no? ¿eh? –prosiguió- ¿Qué importa? Aquí lo sustancial es el símbolo, ¿o no?, y qué mejor metáfora para trascender la cotidianidad, invertir el mundo, que el sueño como un espejo.
-          Y para eso he venido –completó al no haber respuesta por mi parte, solo el ralentizado movimiento de mi cabeza que ascendía con la misma parsimonia que la caída de una de esas hojas a mis pies y en los de aquel. Calzaba unos zapatos negros, acharolados y brillantes a los cantos del suelo, los bajos de un pantalón también negro, acampanado con sinuosidad sobre el calzado, de escrupulosa línea central en el tejido de algodón de un traje caro- He llegado o siempre estaré aquí o dónde sea, no importa el tiempo o mi paciencia, para que tu aceptes esto y cuanto has olvidado en los últimos tiempos, de ahí tu melancolía.
-          ¿Cuánto es para siempre? –dije o leí en las páginas de una alegoría. Y como sabía la respuesta, la que llegó de manera inmediata en él y a la que subrayé calladamente dibujando sus palabras en mis labios.
-          A veces, solo un segundo –y con lo cual no logré sustraerme, ni a lo absurdo, de mi pavorosa sospecha.

Duró más de un segundo de los míos, de mi tiempo, minutos los que transcurrieron cuando mi mirada subió por la pernera de su pantalón negro y caro, alertada por un destello argentino en la hebilla del cinturón, por otros deslucidos reflejos en dos de los tres botones abrochados de una chaqueta del mismo punto, del mismo color, antracita mejor, y negra la camisa tal vez de seda y con los mismos plisados cromáticos de la noche. Un hombre de negro de no ser por el chaquetón de piel, crema, echado sobre sus enjutos hombros e indiferente al frío que exhalaba escarchas invernales, del mismo tono que un sombrero de ala ancha que ensombrecía su rostro, perfectamente rasurado e hidratado, demacrado en las angulosas mejillas despejadas y de pequeña boca de regordetes labios purpúreos por el sereno, una fina línea oscura remataba sus comisuras, en esos momentos neutra, o impasible, a la espera, y porque si fuera cóncava, en su lado, sería de alegría y convexa, en su lado, de irritación. Era un hombre alto, delgado, tranquilo.

-          “Sí yo hiciera mi mundo todo sería un disparate. –dijo, inclinando un poco más la cabeza hacia mí, me superaba en más de veinte centímetros de altura, por lo que todavía el ala del sombrero oscureció más su perfil y, al no poder ver sus ojos, no lograba inferir, ni intuir, qué impresión lo embozaba- Porque todo sería lo que no es. Y entonces al revés, lo que es, no sería y lo que no podría ser si sería. ¿Entiendes?”
-          No, no entiendo… no lo entiendo.

En ese instante, tal vez por lo onírico de la situación, aquel hombre me recordó a un personaje de mi novela no publicada “A la sombra de la Aurora”, Luís Sícifer Bel; oscuro, con aire irreal, de misterio antiguo, sigiloso, en su encuentro conmigo, curiosamente, un día de otoño como el de hoy, un día donde “sobrecogía el crepúsculo”, en la misma Alameda de San Francisco, y con una historia o desarrollo de mi leyenda personal tras la búsqueda o en el camino hacia un objeto sagrado de poder inconmensurable; y que ahora, por el contexto, ya no supe corroborar si este sibilino encuentro de mi novela sucedió o no, si fue real o lo imaginé. No, el hombre que tenía a centímetros frente a mí no era aquel otro que vivía en unas páginas, de momento insólitas: por el gabán caqui en sus hombros, por la edad, por lo recóndito, por su voz… y por el sombrero tan grande. No sabía qué camino me propondría hasta que…

-          “Solo unos pocos encuentran el camino, -hasta que se expresó con estas palabras que llenaban de hermetismo el hueco de mi vacilación anterior- otros no lo reconocen cuando lo encuentran, otros ni si quiera quieren encontrarlo”
-          “¡¡¡Y cuando acabes de hablar, por favor, cállate!!!”

Me salió del alma. No pude ni quise frenarme. La exclamación impetuosa, imperativa, que encerraba cuánto miedo me inhibía tan adentro, con la necesidad de arrojarlo fuera, de descargarme de su peso, de su dolor, con la urgencia del consuelo, de un alivio, del vacío como uno de los paradigmas, para nada vanos, idénticos a la grandeza de lo simple en expresiones como ojos que no ven, corazón que no siente, y otros aforismos, otras buenas intenciones de sostener una emoción, como el suspiro que pone sintonía a la nostalgia, como la risa a lo divertido, el bostezo al tedio, o las lágrimas que hacen posible el prodigio o la imposibilidad de la ubicuidad, capaces de manar al igual por dolor o bienestar, por tristeza o felicidad, las que recorren como en un arco iris todo el espectro emocional, éstas y otras emisiones orgánicas que tras lo dicho quedarían en este momento desagradables. Él, sin embargo, ni se inmutó. Cuando el ambiente, tras mi vehemente arrebato, recuperó su antigua sintonía: el sonido del agua en la fuente, murmullos recónditos, música inenarrable por irreproducible, algún lejano tuteo de lo cotidiano, unas voces aquí, una tos allá, un motor gripado, un ladrido porque sí y un aleteo inesperado, pero todo muy lejos, como los extravagantes ecos de otra dimensión si alguien o algo abre momentáneamente una ventana, o una puerta, o el color de su corazón y es oído por una mente superior sorprendida de su superficialidad, por su anécdota; solo entonces, el hombre de impecable presencia, sonrió. La concavidad que adoptó la línea en la que de manera abrupta se cerraban sus pequeños y abultados labios. Me dio la sensación de que mis palabras no le pillaron desprevenido, como si las esperara, como si fueran aquellas asiduas en él, reiteradas en sus usos o en su vida, como si él se definiera en ellas o ellas sintetizaran una parte de su naturaleza, de su esencia. Y en un movimiento de su sonrisa, o esa fue mi impresión al torcer ligeramente la cabeza, me sorprendió un fugaz destello carmesí en lo que supuse sus ojos velados por la sombra del sombrero. Este escalofriante detalle suspendió la conjetura que comenzaba a sostener acerca de la identificación del hombre. Y éste, que seguía teniendo la situación en sus manos, el control, apretó un poco más la excepcionalidad del encuentro y con esta mi miedo.

-          Venga, retomemos tu inconcluso análisis del símbolo, de ese, -señaló el árbol, o a la Pata de Oca- y no te faltó razón, con la Reina de Corazones amenazando con romper tu cordura –dijo, recuperando la neutralidad en las líneas visibles de su cara-
-          ¿Qué símbolo? –atiné a preguntar con la mente puesta en otro lado, o más bien en la esperanza externa que viniera a mitigar el ansia por mi recelo-
-          Venga, sabes perfectamente que el símbolo es un instrumento idóneo… A ver, ¿Cómo decía Guénon? Sí… “el medio mejor adaptado a la enseñanza de las verdades de orden superior, religiosas y metafísicas, es decir, todo lo que el espíritu desdeña o rechaza” –silencio, mío. Y él continuó con una puntada de decepción:
-          Vamos, mira el árbol, por favor… ¿Por qué las ocas son consideradas un arquetipo de la Sabiduría Sagrada?... Si, si… las ocas, gansos, ánsares, eran considerados guías sagrados, enviados para aconsejar a los humanos. Un bello ejemplar palmípedo, el cisne, es paradigma del esoterismo, metáfora de la espiritualidad tanto en occidente como oriente… “Hamsa” es alusivo a la omnisciencia del dios Brama, el “Hamsa-Vâhana” o “Vehículo del Cisne”… ¡Qué me gusta este juego de las correspondencias simbólicas, como matices de un único conocimiento ancestral!... A ti supongo que también, pero el susto te tiene más que atenazado… ¡Venga, libérate! –yo temblaba- Pues sigo… Este vehículo del cisne no es otro que el camino del iniciado hacia la luz, hacia su evolución trascendente, una vez decidido a liberarse de sus ataduras... Como el Camino de Santiago al cual aludiste anteriormente en tus reflexiones, una senda marcada por estas señales, una ruta que conduce al mar, a Finisterre, el fin de la tierra, el fin de la materialidad, al agua o al azogue de un espejo mágico… una ruta del…
-          Una ruta del conocimiento, para el encuentro interior del iniciado, del buscador consciente, en su unión con el universo –respondí como el alumno del primer pupitre que levanta la mano con una lección muy bien aprendida, muy memorizada. Inconsciente, de acuerdo, pero me encontraba más tranquilo, como si las palabras del enigmático hombre tuviesen una propiedad letárgica y soporífera en mí-
-          ¡Exacto!... ¡Y si lo sabes… por qué no lo practicas!
-          No entiendo, no lo entiendo…
-          Esa runa conformada en el tronco del árbol que tanto ha llamado tu atención, que tanto ha provocado tu desasosiego interior… Esa Flor de Lis, Tridente de Poseidón o Pata de Oca, significa el Conocimiento, el Conocimiento que hace trascender los tres planos… Observa las ramas: una espiritual, la otra mental y la que queda material, para aunarlos en un solo tronco, el Conocimiento primordial, idéntico a cuando trasciendes los contrarios… Y si te insinué a que introdujeras las manos en el agua de la fuente era para activar los códigos de ese Conocimiento, como tantas iniciaciones, tantas tradiciones, solares y lunares, marcaron la mar como lugar del Conocimiento.
-          ¿Por qué?
-          “¡Curiorífico y curiorífico!” … Porque has olvidado tu esencia mágica y es mi obligación recordártela, siempre.
-          No, no… esto no está sucediendo –sacudí de un lado para otro mi cabeza, Cavafis insistía, los ojos atrincherados en la seguridad, cerrados. De repente creí estar en la Fiesta del Té-

“- Hasta ahora no he tomado nada - protestó Alicia en tono ofendido -, de modo que no puedo tomar más.
- Quieres decir que no puedes tomar menos - puntualizó el Sombrerero -. Es mucho más fácil tomar más que nada.
- Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca
- Oh, eso no lo puedes evitar. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
- ¿Cómo sabes que yo estoy loca?
- Tienes que estarlo, o no habrías venido aquí”

¿Acaso me he vuelto loco? Y si me creía en la Fiesta del Té, en Wonderland y no en la Alameda del Barrio San Francisco, además de ido, dentro de mi locura o en las recreaciones del contexto según esta, el individuo oscuro de ancho sombrero era, precisamente, … el Sombrerero, el personaje de Lewis Carroll, o uno de ellos que, junto a mí, escenificábamos otra versión, dramática temía, del cuento de Alicia, o yo tomaba su papel, el de la niña, en un espantoso travestismo literario o imaginativo. No, no podía ser. Loco, de acuerdo. ¿Transitorio? Así que, como hiciera al salir de mi casa cuando observé al camarero del bar de enfrente mutarse en un conejo… ¡En la Liebre de Marzo!, cerré con fuerza, con dolor, los ojos. Sin embargo, al abrirlos, salvo unas manchas movientes que festonearon mi visión, el Sombrerero seguía estando allí, junto a mí, esbozando una sarcástica sonrisa que parecía decir, “¿Tienes alguna idea de porque un cuervo es como un escritorio?”, incrementando la absurda pantomima en la que el destino me había atrapado y en torno a la disposición de las ramas de un árbol que asemejaba el símbolo sagrado de la Pata de Oca. Del mismo modo, mi ansiedad, tan acerba y descomedida, era un reflejo de la sensación de que el tiempo no corría. La intranquilidad se hacía más absoluta con su detención, con la del tiempo, que si de otro modo corriera con vértigo o moderación y ante la causa o circunstancia que fuese. Y el tiempo, en verdad, dejó de fluir. ¿Loco? Tal vez. Si entendía que aquel individuo era el personaje de un relato fantástico, estaba sonado, bastante; aunque a lo mejor él, a tenor de sus palabras, ¡las mismas frases del cuento!, también estaba rematadamente chiflado. Y éste, tocándose con un ademán de donosura el ala del sombrero, confirmó el presentimiento con palabras que no eran suyas o acaso sí lo fueran y efectivamente se tratara del mismísimo sombrerero y no alguien que, por el contrario, intentaba engañarme, enajenarme, o suplantar al ficticio personaje literario para causar, ¿Cuál el motivo?, mi desesperación:

-          “Algunos dicen que para sobrevivirlo se debe estar loco como un sombrerero. Por suerte yo soy” …. El sombrerero loco… o Hatta, aunque con este nombre me conocerás en otra aventura subterránea. Es decir, si tú quieres que yo sea un loco, pues lo seré, no tengo ningún problema. Tengo todo el tiempo el mundo, tanto que este no tiene sentido para mí, siempre son las seis de la tarde, ¿no?… Si al final consigo que entiendas el mensaje, que vuelvas a aceptar tu dimensión mágica, entonces, merecerá la pena ser lo que se te antoje. Un sombrerero loco, de acuerdo…  Mira, ya lo soy.

Conocía que Lewis Carroll, en ningún momento, dio a conocer al personaje de la Fiesta del Té como el Sombrerero Loco, solo por El Sombrerero. Conocía por la época del relato, siglo XIX, la frase “loco como un sombrerero”, y esta que procedía de un hecho real: los sombrereros acababan con desordenes psíquicos provocados por el mercurio que empleaban en el tratamiento de la felpa de los sombreros. La intoxicación del mercurio provocaba locura. Asimismo estaba al tanto, y me aterrorizaba, de la nueva conexión o ligazón esotérica entre el contexto presente, real e imaginario, con el universo simbólico del que tomaba legitimidad, o a modo de un fantástico báculo para iniciar el camino hacia mi yo que vive en las emociones y del que toma de la locura una expresión de su instintiva naturaleza. “¡Oh, locura infinita! -rezaba Bacon- ¿Quién lo preguntó, quién nos obliga a querer hacer la misma cosa con la ayuda de procedimientos raros y fantásticos?”. He aquí:

La locura y el mercurio, bien, pero había mucho más. Mercurio, en efecto, es un planeta, y un elemento de la Alquimia, y el dios griego Hermes. Mercurio representado con un signo de mujer coronado por unos “cuernos” o las alas del dios anterior en su papel de mensajero o una sonrisa cóncava o una media luna como esta en cuarto creciente; o descrito de otra manera, un círculo con un crecente arriba y una cruz abajo. Si el círculo representa el infinito, la totalidad, y la cruz la materia y la vida, y el crecente simboliza el alma, entonces, Mercurio es la unificación del cuerpo y el alma. No es esta una síntesis, un resultado final, margen al desarrollo o la superación de los contrarios, de dos entes separados. Un ejemplo es la conciencia infantil, y el instrumento de incentivarla, de ayudarla, son los cuentos infantiles, las fábulas, fértiles en simbología, en los que se dirime las oposiciones y las relaciones entre sujeto y objeto. La historia de Lewis Carroll, tan maldita o bienaventurada para mí en este insólito contexto de una noche de otoño cuando cumplía con mi deber doméstico de tirar la basura, “Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas”, es sintomático. Sigamos: este trascender a los opuestos está colegido en el símbolo de Mercurio y en su simplificación en el Caduceo, las serpientes enroscadas y sinuosas en torno a la rama del árbol de la vida, o del plano material, para elevarse arriba, al cielo, con las alas, a lo divino. El cetro de Hermes, el heraldo de los dioses, es un caduceo, el que fue intercambiado por la primera lira con el dios Apolo. Un momento… la lira es otro de los atributos de Mercurio, el símbolo de la unión armoniosa de las fuerzas cósmicas, y símbolo más que de los farmacéuticos de los poetas, ¿verdad?, y es que el arte hermético es un arte poético, de “poeio”, “Yo hago”. Más: la lira es, como dijera… ¿quién?, “el altar simbólico que une el cielo y la tierra”, concepto fundamental y al que en seguida retomaré como basa de esta disquisición tan inesperada como necesaria. ¿Y cómo se consigue esta unión cósmica?, pues con la lira hacemos música, la música es Palabra, “Al principio fue el Verbo”. Siete cuerdas tiene la lira como siete eran los planetas, los siete pasos de la Gran Obra alquímica, o la lira de doce cuerdas de Timoteo de Mileto como los doce signos zodiacales o las doce operaciones de la Gran Obra. Recojo otro aspecto: El elemento químico Mercurio, conocido también por azogue, de símbolo (Hg) procede de hidrargirio, del griego hydrargyros, de hydros que es agua y argyros, plata. Mercurio o azogue es agua y plata. Luego el Mercurio es un espejo líquido. No es que el misterioso individuo, aceptémoslo de Sombrerero por congraciarnos con Carroll, sea Hermes o Mercurio, ni escriba de los dioses ni mensajero, no, sino la sugerencia o indicación, (Caduceo procede de Caduceos, del griego Kerykeion, del verbo Kerykeio, que significa anunciar. De ahí que los alquimistas asociaran el caduceo con la estrella de los Reyes Magos. De ahí el gallo evangélico, animal que los galos consagraban a Mercurio) de anunciar que sumergiera mi mano, mi voluntad, en el agua de la fuente, en el agua o en el azogue de un espejo líquido, de un espejo mágico, de acercarme a otra dimensión; y traía un mensaje para mí del Otro Lado a este Lado, entre el Cielo y la Tierra, estableciendo su unión, como lo hacía el árbol con el tridente de Poseidón, con la Pata de Oca al igual que el Caduceo, al igual que la vara de Hermes, la vara de Moisés, el bordón del peregrino en el Camino de Santiago, al igual que el báculo de San Francisco en la fuente de las aguas mágicas o espejo al otro lado; tronco y bifurcación, tridente, tres ramas, dos serpientes y vara, lo fijo y lo volátil, Hermes Trismegisto-Mercurio o el tres veces grande, alusión a la Gran Obra alquímica al unir los principios irreconciliables: la vara que disuelve lo fijo y fija lo volátil, uniéndolos. Tres, como la Estrella, la conjunción de los triángulos del Agua y del Fuego, o de la Tierra y el Cielo, o el “Arriba como Abajo” de Hermes Trismegisto, como el Sello de Salomón o Estrella de David o la Estrella de los Reyes Magos, recuerdo, que anunció y les condujo hasta el establo donde en un pesebre, de piedra, nació el Mensajero, Cristo, el de la Buena Nueva, el reino de Dios en la Tierra, el Hijo del Hombre; la estrella de seis puntas (el hombre exterior creado el sexto día para la tradición cabalística y cuyas puntas deben ser “limadas” o “pulidas”), el hexágono interior, símbolo de la abeja, en hebreo Dbrah, o Dabar para la Kábala, la Palabra, la Palabra Abandonada o Perdida, el Verbum Dimissum, aquel Verbo del cual el Evangelio de Juan afirma que se hizo carne y habita entre los hombres; Palabra que también es Piedra, el Lapis Philosophorum, la piedra del Caduceo o las tres columnas del árbol cabalístico, las dos columnas Jakin y Boaz de la ermita Virgen de Gracia que ascienden hacia el vano trilobulado, la Flor de Lis, columnas o serpientes, Rigor y Misericordia, Cielo y Tierra, Macho y Hembra, los Midrashim, franc-masonería, y la columna central, Justicia, es la vara del Caduceo, el báculo de San Francisco en la fuente de las aguas mágicas o el espejo de Alicia, la Libertad que, una vez trascendidos los opuestos, las dos serpientes, las dos sustancias mercuriales de la Obra, la fija y volátil, cálida y seca una y fría y húmeda la otra, cualidades contrarias armonizadas, separa y une (el alquímico solve et coagula). Por último, Sombrerero, sé que el nacimiento de Mercurio tiene lugar en una montaña, el horno o atanor alquímico, los metales, o en un pedestal hexagonal de piedra como en el que se asienta San Francisco en la fuente, porque el mercurio filosófico nace siempre en las alturas, aquellas a las que se dirige el Tridente de Poseidón, la Pata de Oca, y tiene lugar introduciendo la mano en las aguas primordiales, en el azogue mágico de su espejo lunar, al igual que Mercurio fue lavado con el agua recogida en tres fuentes (de nuevo Tres) para ser purgado y lavado tres veces en su propia agua: “Mira a esa mujer cómo lava la ropa... –enseñó Maier- Imítala, su arte no te traicionará”. Aquel “Yo hago” en la Montaña o Caverna, en el “pesebre” o pedestal, en una de estas aventuras subterráneas ideadas por Carroll y sumergido yo en ellas, introduciendo la mano en el agua que vela San Francisco con su caduceo, como el adepto cabalístico en la sublimación del Cielo y la Tierra que solo allí, en la montaña, en la caverna, en la Teofanía de la fuente de la Alameda del Barrio San Francisco, donde su triángulo de Agua junto con el del Tridente o Pata de Oca señalan arriba, al centro de la Montaña, al cielo, o a mi corazón.

“- Tan mojada como al principio –dijo Alicia en tono melancólico- Esta historia es muy seca, pero parece que a mí no me seca nada”

Todo concordaba, todo tenía sentido, pero no entendía nada, consecuencias de estar loco o de sentirme de tal manera, consecuencias de no querer entender, de no querer asumir el anuncio, la llamada para la integración con mi Yo trascendente, mágico, espiritual, metafísico o como aquel enigmático individuo quisiera denominarlo y entregarme sin concesiones a él. Que fuera o no el Sombrerero de Lewis Carroll me traía sin cuidado. Miento, estaba aterrorizado de que se tratara del personaje de fábula y que yo accediera a su insinuación, asumido el valor y poder del símbolo que me detuvo en esta noche, la Pata de Oca en el tronco del árbol, a tocar el agua, el espejo, y penetrar en… Sacudí con agresividad la cabeza de un lado a otro, con mayor violencia a la dulce brisa que despojaba de hojas a los árboles, para a mi vez arrancarme las ideas, manías, sentimientos, deseos o curiosidades al menos de entrar en ese lugar…

“Hay un lugar. Como ningún lugar en la Tierra. ¡Lleno de maravillas, misterio y peligro!”

-          Lo siento, señor… -dije, de nuevo con la cabeza humillada en el suelo- se me ha hecho tarde y en casa me esperan mi mujer e hijas para la cena.
-          “¡Con razón se te ha hecho tarde!¡Este reloj tiene dos días de atraso!” –respondió, maldito, con otra nueva frase del cuento de Carroll-
-          A usted le dará igual –repliqué con una ridícula entonación de orgullo ultrajado, cansado de no poner fin a aquel absurdo encuentro y contexto- porque siempre serán las seis de la tarde.
-          Me daría igual si a ti te diera igual –insistió, incrementado la absurdidad, su afinidad con el protagonista de Carroll, justificándose, para mí en un terrible dolor y miedo, desclavando una de mis reflexiones anteriores para lanzármela a la cara como una bofetada seca y fría, todo con un gorgoriteo bajo que atravesó siquiera más mi afectación y medida- Aunque sean más las horas, como el hexágono, la estrella de seis puntas, ese pedestal en la fuente de San Francisco, o tú mismo creado el sexto día de la tradición cabalística, siempre limo y pulo sus seis puntas como únicas referencias horarias, las seis de la tarde, u otra manera de aseverar que aquí no existe el tiempo. ¿Y sabes por qué?
-          No soy Alicia –comencé a decir bajo la expresión divertida, o me lo pareció por la curva de su boca, del oscuro interlocutor- para explicarme que estás, junto a la Liebre de Marzo y a la que no veo, atrapado en una fiesta eterna. Y todo por “lapidar el tiempo”, cuando cantaste o hiciste el intento de cantar en un concierto para la Reina de Corazones. Y ésta te condenó a muerte por ello: “¡Vaya forma estúpida de matar el tiempo! ¡Qué le corten la cabeza!” Es cierto que pudiste escapar al destino, pero no al del Tiempo, rabioso por tu intento de “asesinato”, deteniéndose él mismo para siempre a las seis de la tarde en castigo tuyo y de la Liebre de Marzo, a la que sigo sin ver y no sé si era el albo animal que abrigaba la hija de Patro y a la que tampoco veo al igual que su novio y presunto verdugo al servicio de la Reina de Corazones. ¡Basta ya! ¡Quiero irme!
-          No te vas porque no quieres –respondió, rotundo. Y prosiguió en un hilo siquiera más suave y creíble- A lo otro… ¿Estás o estamos en la Fiesta del Té del cuento de Lewis Carroll? ¿Dónde está la Liebre de Marzo si estamos los dos solos? ¿Hay mesa, o hemos cambiado de lugar en ella, aquí junto a esta farola de cuatro luces? ¿Y las tazas, y mi taza limpia cuando todos deberíamos estar cambiando de posición, en un momento de rotación como los planetas?...
-          Sin embargo me atosigas como si yo fuera Alicia y tú El Sombrerero –interrumpí, azorado, molesto por la incongruencia e incertidumbre del diálogo- con absurdas observaciones personales, con incómodos acertijos o poesías sin sentido… ¿Por qué?
-          Solo tu interpretas el símbolo, la imagen, para hacerlos más asumibles, más asequibles. Solo tu has querido ver la magia de Carroll, Wonderland aquí en esta Alameda del Barrio San Francisco en una noche gélida de otoño. Tú me has hecho ser El Sombrerero y no, por ejemplo, uno de los Vengadores de la Marvel que me hubiese gustado más… Y si ya no comprender el mensaje, abrir tu disposición. Para eso he venido o me has invocado en un inescrutable vericueto de tu alma. Pero la historia con su mensaje se está haciendo tan liosa, tan irritante incluso, que no concibo la manera de hacértelo entender y ni dónde terminará este revoltijo de cuentos fantásticos o tu resistencia a confiar… a confiar más que nada en ti…
-          Si no eres El Sombrerero –volví a interrumpirlo, con una grosería que dejó de ser superficial para ambicionar, como hizo con el mismo Tiempo de tratarse aquel un protagonista, destruirlo- ¿Quién eres tú?
-          “Me parece que es usted la que debería decirme primero quien es” –respondió él, sea quien sea; o tal vez creí tratarse de la oruga azul del cuento, sentada sobre una seta con los brazos cruzados, fumando tranquilamente una larga pipa. Y así, cuando esperaba, o deseaba, que yo y no ella recitara una estrofa de “He envejecido, padre Guillermo…” para quitármelo o desenmascararlo definitivamente, “Tres preguntas ya has posado,/ y a ninguna más contestaré./ Si no te vas ahora mismo,/ ¡Vaya golpe que te pegaré!”, se adelantó con otras letras y con una puntada sarcástica que me enervó más:
-          “¡Dios mío! ¡Qué cosas tan extrañas pasan hoy! Y ayer todo pasaba como de costumbre. Me pregunto si habré cambiado durante la noche. Veamos: ¿Era la misma persona cuando me levante esta mañana? Me parece que puedo recordar sentirme un poco diferente. Pero si no soy yo, la siguiente pregunta es ¿quién soy en el mundo? ¡Ah, este es el gran enigma!”
-          ¿Ves? ¡Una locura! –protesté con mayor impertinencia, con la mayor vehemencia de un sufrimiento que no tenía fin y ya que yo tampoco conseguía entender y, más que nada, confiar ni siquiera en mí, por mucho poder que se me atribuyera para extender o zanjar el mensaje, sufrimiento y disposición- Vuelves a responderme con frases de Alicia… ¡Cuánto me gustaría no haber tenido que salir a la calle para tirar la bolsa de basura!
-          “No tiene utilidad volver a ayer, porque entonces era una persona distinta”
-          “No tengo más remedio que irme a casa; el frío de la noche no le sienta bien a mi garganta” –tanto disparate me hacía a mí mismo responderle o responderme con frases de Alicia. ¡Por favor! Y rememoré otra línea que, en esta circunstancia, seguía siendo sobrecogedora, venía como anillo al dedo o, por su tragedia, como soga al cuello: -“¡Pero de nada me serviría ahora comportarme como si fuera dos personas!, pensó la pobre Alicia ¡Cuándo ya se me hace bastante difícil ser una sola persona como Dios manda!”-
-          En cierta ocasión, mi compañera de reparto, la Duquesa Roge, reflexionó sobre el alcance último de este enredo que se repite infinitamente a las seis de la tarde hasta que quien es convocado asuma su destino. Ella sintetizó en unas frases cuanto debió quedar para la posteridad en la gran pizarra del testero del mostrador, pero yo no tenía tizas y su marido, Bill la lagartija, se negaba a escribir con el dedo. Fin de la historia porque no había historia sino personas y con ellas sus sueños –indicó el hombre oscuro con un ligero gesto indicativo con la cabeza hacia “Ronda Sweet”, la panadería y pastelería en calle Torrejones o Ruedo Alameda, para luego continuar con un chasquido de su lengua en el paladar, como si pretendiera acentuar lo que prosigue a continuación:- “- Enteramente de acuerdo, y la moraleja de esto es: ´Sé lo que quieres parecer´, o si quieres que lo diga de un modo más simple: ´Nunca imagines ser diferente de lo que a los demás pudieras parecer o hubieses parecido ser si les hubiera parecido que no fueses lo que eres´”
-          Dudo que la Duquesa –contradije con un esbozo de perplejidad en mis ojos que registraron, en balde, la escalinata de la Alameda junto al parque infantil y donde había estado la hija de Patro o la ahora erudita Duquesa- elucubre de esta manera…
-          Me refiero a Roge, la verdadera Duquesa –respondió con socarronería- siempre y cuando que la pimienta y los posteriores estornudos no la transformen en aquella a quien ya conoces y que mantiene secuestrada a la Liebre de Marzo, y como antes hizo con el bebé antes que la pimienta y luego los estornudos lo convirtieran en cerdito. ¿Y bien?

No respondí. O no respondí en el momento. ¿Qué iba a decir? ¿Cómo contrariar a sentencia tan absoluta? Soy quien soy, en síntesis, y para corroborar la respuesta que no llegaba o que quise demorar para detenerme, precisamente, en la detención en la que pareció caer el entorno, en una pausa sorprendente, inquietante. Repentinamente, como Alicia en el País de las Maravillas, incluso en el mismo tenor que estas letras, experimenté una sensación extraña, que me desconcertó y temí hasta que comprendí lo que era: al igual que la niña Alicia cuando empezaba a crecer, sentí crecía en mi interior, ocupando la insondable latitud entre el corazón y el entrecejo, una emoción que reunía en sí distintas emociones, nostalgia-desasosiego-frenesí-expansión, para fundirlas en una sutil conmoción que a mí no me pertenecía o si me pertenecía era por mi propia certidumbre de que yo no era yo sino aquello, el contexto y la circunstancia, la realidad y la quimera, el mundo, el Universo. Y en esta euforia arbitraria y discontinua, trascendente sin duda alguna, como Alicia de nuevo, al principio pensé que debía levantarme, andar por el camino de la sensación, abandonar la Alameda, pero lo pensé mejor y decidí quedarme donde estaba mientras no ya mi tamaño me lo permitiera sino hasta qué punto de dilucidación y experimentación tuviese con la aguda impresión que iba inundando todos mis entresijos. Evoqué otras palabras, que guardé para mí, puestos los cinco sentidos en la insólita estampa en que había mudado la noche.

“- Así es –afirmó la Duquesa-, y la moraleja de esto es… “¡Oh, el amor, el amor. El amor hace girar el mundo!”

Silencio, como una imperceptible bruma que silenciaba la vida para hacerla memoria congelada, el aliento de un mítico grifo que abría las puertas de la irrealidad, del juicio, del sueño. Extraño silencio. Mudas las espitas del barboteo del agua hirviendo en la fuente de San Francisco, serpentinas de plata coaguladas en el aire. Ni el asustado ratón chapoteaba en sus aguas mercuriales. Ya cesaron las tiritonas de las hojas en el suelo, los crujidos de su entereza bajo mis pies, el lecho de liviandades sepultadas. Grotescas muecas de oscuros alaridos en las troncas de los árboles más antiguos. Nadie, o solo excepciones testimoniales. Espejeaba la noche en los cristales de las viviendas que cercaban la plaza, de paredes en las que se detuvieron las sombras negras de los árboles más altos, más altivos, encaladas en la opacidad del almagre derramado con avaricia por las farolas, deslucido, oculto a empeños, como sugerían las estelas diamantinas en el mármol de la alameda, en cuadrículas donde rielaban los guijarros de charol. Olía a chimeneas encendidas, a húmedos verdores, a las agujas del frío que se clavaban en mi piel para enrojecerla al igual que imprimía el calor en el estío, o en los esfuerzos, o en las timideces de cuanto nos empequeñece porque nos hace grandes en el Cosmos. Los poyetes que encuadran irregularmente la plaza, sobresalían en relieves alucinados, asentamientos para que el asombro, la visión portentosa, no derrumbara a almas transidas de trascendencia si aquellos horizontes de piedra, Murallas y puertas de Almocábar y Carlos V, no estuvieran apagadas hasta que una desquiciada ruindad las encendiera para hacer más vistosas unas navidades incómodas y estridentes. El cielo oscuro, uniforme, curvo, inmediato, como si se sostuviera por las copas de los árboles más espigados. Los ojos secos por el gélido relente, lágrimas envueltas en la tenue neblina.

Entretanto, el Sombrerero se había sacado el reloj del bolsillo, y lo miraba con ansiedad, propinándole violentas sacudidas y llevándoselo una y otra vez al oído… -Es día cuatro –dijo por fin. - ¡Dos días de error! –se lamentó y, dirigiéndose amargamente no a la Liebre de Marzo, que no estaba, que estaba con la hija de Patro, sino a mí, añadió: - ¡Ya te dije que la mantequilla no le sentaría bien a la maquinaria!... - ¡Qué reloj más raro! –exclamé- ¡Señala el día del mes, y no señala la hora que es! - ¿Y por qué habría de hacerlo? –rezongó el Sombrerero- ¿Señala tu reloj el año en que estamos?... - ¿Has encontrado la solución a la adivinanza? –preguntó dirigiéndose de nuevo a Alicia o a mí. - No. Me doy por vencido. ¿Cuál es la solución? –No tengo la menor idea… - Entonces, Sombrerero, seguiré buscando…

No existía el tiempo, o no transcurría. Dije que nadie, nadie era, salvo excepciones testimoniales. Y en esto alguien entró en la sucursal bancaria de Unicaja, bañada por una esterilizada fluorescencia que esquilmaba hasta la dignidad, ni los tonos rojos y verdes que tenían que arrojar confianza, utópica protección, clareó a aquella sombra negra que tecleaba en el cajero automático y que saldría de aquel remedo de cueva de Alí-Babá más sombra y más negra y más desesperada. Otras sombras, de los árboles, pintaban las fachadas con lúgubres especulaciones; entre ellas, la imponente Pata de Oca o Tridente de Poseidón irradiaba en la cal más rota su simbología sagrada. Al lado se oyó un cascote caer en la sostenida ruina del antaño y afamado Bar El Sucio; a ver ahora que “choriceo” urbanístico se sacaban de la manga, otro conejo blanco de la chistera política. Sopa boba. ¿Sopa? Teresa, o la Reina de Corazones, a la que vi en su acostumbrado apresuramiento tomar la calle San Acacio, no juzgué que para continuar la partida de croquet, o a lo mejor para ultimar los preparativos del juicio con que finalizará esta historia y seguro mi rebrote de trascendencia mágica, escalofríos, aludiría con efusiva energía que “hay otra sopa que parece de tortuga pero no es de auténtica tortuga. La Falsa Tortuga sirve para hacer esta sopa”, para señalarme, sentada en el escalón de su casa o palacio real, a la Falsa Tortuga, triste y solitaria, que suspiraba como si se le partiera el corazón, de voz grave y quejumbrosa, cansada del “puerta a puerta” o buzoneo de propaganda electoral de su partido que concurría a las Elecciones Generales del cercano 20 de Diciembre. Una mujer en bata, rosa y enguatada, salía del Supermercado o Autoservicio de Juanlu, llevaba hora y media cerrado al público, con la confianza que da pegar y que abra el susodicho el portalón de cochera negro, entrecerrarlo, una ráfaga de luz blanca, abierto pero cerrado, despachar a la cliente tal vez con el cuarto y mitad del jamón cocido para la cena y dedicarse él, Juanlu, a retomar el inventario de la oferta y la demanda para la jornada de mañana, a pergeñar en el reverso de un cartel publicitario la oferta de una mercancía en una cifra más inescrutable que la del sombrero del Sombrerero loco, y quien sabe si a encerrar en sacos de fieltro los conejillos de indias en su contribución a nuestro cuento extraordinario.

Como una exhalación salté con mi mirada de la calle San Acacio, el temor ante un visto y no visto, así de enérgica era, de Teresa o la Reina de Corazones y su manía retórica de cortar la cabeza a todo quisque que la importunara solo un poco, sin alivio ni consuelo por si verdaderamente la sentencia se resolviera o conmutara; o por el despliegue del último capítulo donde yo, en alter ego de Alicia, testificara en el juicio por el robo de sus tartas o por no querer atender a la numinosa señal del árbol con forma de “Pata de Oca”. Precipité mi búsqueda a la explanada donde taciturna, lacerada, se alza la fachada masónica de la deshecha ermita de la Virgen de Gracia, en su advocación contraria de desgracia; la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza… desperté casi con lágrimas ansiosas de rodar por mis ateridas mejillas. La entrada a una caverna de la calle Saúco. No entré y seguí por Ruedo Alameda, obvié otras señales de posición de dos farolillos cegadores como la del aeropuerto desolado del bar enfrente de mi casa, una tienda de pinturas, de las de brocha gorda, que también pueden ser artísticas, pero en nada irradiarían el color y la luz de la antigua librería. Unos metros más allá Manolín estaba de vacaciones, cerrado el Bar-Restaurante Almocábar, buen beber y mejor yantar, las langostas danzaban sin la amenaza del quehacer en la prestigiosa cocina. Maite, en cambio, edulcoraba los tiempos muertos del otoño en el Barrio, más entre niños y jóvenes, más ociosos, como antes hiciera su madre, Juaquina, en el mito perdido de su peculiar gravamen a las chucherías, en el modo campechano y sufrible de un sensual truco o trato. Si me acercara hacia la enrejada ventana del quiosco, vería en su interior a Maite departiendo con el jardinero que se llamaba Cinco y que tenía la virtud de pintar rosas blancas.

¡Asombroso! No sé si pasaban coches por las calles, tan numerosos y molestos a todas las horas del día; entonces no, de ahí lo pasmoso, no los vi, no los oí, solo Loli, la mujer de Cañestro, con indulgencia plenaria por el guión de la propia fábula, para seguir dando vueltas y vueltas y más vueltas a bordo del Ford rojo del que no se sabía por qué extraño sortilegio se mantenía en funcionamiento y en la exasperada y ambiciosa búsqueda del mejor aparcamiento, vueltas y vueltas a la plaza como los cubiertos en la mesa grande del té. Farmacia cerrada, José Javier había sufrido un accidente, ileso salvo la fractura del bigote y las gafas en paradero desconocido, la moto estampada contra una caja de ibuprofenos, dos erizos muertos y una simia con el esfínter anal reventado por el caduceo del farmacéutico. Las Murallas, torreones semicilíndricos, jardines al socaire de la sobria piedra, puerta hacia el cementerio, Almocábar, de triple arco, tras el último un iconoclasta bar de tapas, tocaba descanso y liturgia íntima y adicta; al lado, en esquina, el otro también, el recientemente remodelado Bar Sánchez o El Puntillas, en su puerta fumaba un enorme cachorro de perro, o fumaba su menguado dueño; puerta de Carlos V, franca; aledaño o incrustado un generoso pilar que cuchicheaba en su eterno chorro el santo y seña para enhebrar la esencia del Barrio San Francisco. Y arriba, muy esquinada a la derecha, imponente, mayestática, ensombrecida hasta que no llegara la Navidad y alguna Feria como la Real y fiestas de guardar civiles y religiosas, la Iglesia del Espíritu Santo, otra reunión de símbolos sagrados, manual de la ascesis trascendente. Al continuar con mi mirada en derredor, tropecé con la cercanía primero de la fuente de San Francisco y luego con mi misterioso “amigo” que esperaba paciente mi respuesta y entretanto tarareaba una letrilla:

“Por sobre el Universo vas volando, con una bandeja de teteras llevando. Brilla, brilla…”

“¡No cantes!”, me decía, instándole con gesto hosco que él no quiso ver. Deseaba que no cantara, que no canturreara esa maldita tonadilla, o que entonara otra y no fuera esta canción que él, El Sombrerero, interpretara en el concierto a la Reina de Corazones, siendo condenado a muerte por “cargarse el tiempo”. No podía tentar a la suerte una segunda vez, no conmigo junto a él. De ahí que le mirara con reproche y, de seguido, sondeé en un giro vertiginoso de mi visión la calle San Acacio donde, con alivio, Teresa no moldeaba a su antojo la aceleración del intervalo. Nueva mirada de reproche al personaje impropio que siguió canturreando, más bien musitando aquella letanía de “Por sobre el Universo vas volando… Brilla, brilla…”. No me cabía duda alguna que lo hacía para llamar mi atención, o para concentrarla en que, palpable, mi aliento o sentimiento comenzaba a bogar bastante alto, volando en el Universo, en esa unión que tenía que llegar entre lo de arriba con lo de abajo, mi naturaleza cotidiana con la propia macerada en la magia, en el milagro. Y hacia esa lejanía retomé la circunspección de mi arcana mirada, en la búsqueda de la señal definitiva o de mi compromiso inequívoco por aunar los opuestos, el Gran Sí de Cavafis sobrepuesto, esta vez, con consciencia, al Gran No.

Y en esto que me distrajo la aparición de un lacayo de librea, alto, cuadrado, inclinado de hombros, o era un concejal “popular” que apareció detrás de la fuente, con seguridad proveniente de calle San Sebastián y dirigiéndose a uno de los bares tras cruzar la travesía, atajando por la alameda, de cara redonda y saltones ojos de rana, haciéndose reverencias a sí mismo e intercambiándose de una mano a otra una carta donde había borrado el remite, todo los nombres, para subrayar el suyo, a lo mejor una invitación de la Reina para jugar al croquet o para desbrozar caminos antes abiertos. Pasó. Recuperé mi dignidad y la extraña sensatez al otro lado del espejo, en esta noche de otoño. Detuve mi observación allí donde el lacayo de librea desapareció y no supe si en el interior de la Bodega San Francisco o en el Bar Benito. Reflexioné unos instantes en el sacrificio del trabajo, en el dinero que no ayuda sino fortalece la obsesión, no la realización, y las carencias del ayer. Reflexioné que la trascendencia, la dimensión mágica en toda persona, no tiene precio, no la influye ni la menoscaba el dinero, la posesión o el egoísmo, salvo la avaricia que la desbarata. El bar de Paco el Farol o el Perdigón, la Bodega San Francisco, uno de los establecimientos de restauración que factura más dinero allende el término de Ronda, de la Comarca, de la Provincia… estaba, como siempre, y es mérito de la dedicación y rigor de aquel, lleno. Con retozo divertido recorrí la extensión de su pequeño imperio por toda la calle Amanecer, Bar-Cafetería, Restaurante, Pub, almacén… en una colonización que no concluiría hasta que le quedaran arrestos para mantener su obcecación y en un cómodo porvenir que nunca llegaría por su desmedido acaparamiento, y en la que incluiría, tarde o temprano, una OPA hostil contra el pausado Benito y su primigenio “Serranito”. La joya de la corona, pues, estaba hasta la bandera; pero no de gente normal. A través de las ventanas y en lo escaso que me permitía el vaho que chorreaba por los cristales, observé el alboroto al que se entregaban loro, ratón, pato, aguilucho, cangrejas, urraca, canario, erizos y flamencos, todos bebían en dedales y comían confites hasta saciarse. Sonreí.

¡Un momento! ¡Quieto! ¡Espera! ¿Qué? A ver: más que creer, sentía, intuía captar mi yo llamémosle fantástico, mágico, espiritual, iniciático… términos para todos los gustos, tan resbaladizo aún, tan inasible, como si el ratón sumergido en las aguas proverbiales de la Fuente San Francisco asomara su naricilla de largos bigotes y con sus ojillos cristalinos me dijera “cógeme si puedes”, para después zambullirse y emerger más acá o más allá resultaba aleatorio y sin trascendencia en su significado último. Y era esto lo que ocupaba mi registro, no, mi búsqueda, no, o sí, mi observación consciente del entorno para ver donde aparecía otra señal, otro matiz, otra cualidad de mi Yo fantástico, mágico…, como ese momento en que el ratoncito aflorara su cabeza del Otro Lado, para aprehenderlo, no soltarlo, e integrarlo en mi naturaleza absoluta, completa. Difícil de conceptuar, de entender, ¿verdad? De acuerdo que, por otro lado, no resolvía o no complementaba mi Yo fantástico, mágico… en el otro pasaje inspirado o recreado por un cuento de Carroll, aquel de donde emergía el ratoncillo para decirme “¡Eh! Estoy aquí, cógeme si puedes”, bajo el agua, al otro lado del espejo, en una de las ondulaciones del agua por el chapoteo del roedor, o en su azogue líquido. Suspicaz el contexto cuando reparé una vez más en el reservado individuo al que consideré, y que él mismo llegó casi a certificarme en momentos puntuales de nuestra rara conversación, tratarse del Sombrerero, omitiré la licencia de loco por ajustarme a cierta propiedad literaria. Me chocó el hecho de que, aunque machacase mi intuición con su rotunda fiabilidad, el escenario no se ajustaba para confirmar la afinidad indiscutible del sujeto vestido de negro, vale que con chaquetón crema y, efectivamente, cubierto con sombrero ancho de idéntico color, con el Sombrerero. De hecho, la situación de ambos, de pie en la Alameda, a unos metros de la fuente y de la farola de cuatro brazos, contradecía la estancia exterior de la casa del Conejo Blanco, donde saliera en el capítulo pertinente de la historia de Carroll y en cambio no aquí, tampoco el lirón dormido junto al Sombrerero y la Liebre de Marzo que entonces ya conocía que secuestrada por la hija de Patro o la Duquesa en plan Mr. Hyde tras unas rayas de pimienta y sonoros estornudos secundarios. Solo los dos, él y yo, de pie, hablando, sin tomar el té bajo el árbol, ni el lirón sirviendo de almohada, ni apretujados en un extremo de una mesa muy espaciosa.

¿Y a qué venía esto? Pues porque veía al lirón en esos instantes, en la entrada del Bar o Bristo Casa María, (tamaña errata en el cartel del establecimiento, ¿bristo?, ¡y esto qué es! Será bistró, adaptación gráfica de la voz francesa bistrot, restaurante francés) un lujo para comer y nirvana de vinos o ambrosías divinas. Lirón que mantenía un combate de sumo con Elías, el propietario del establecimiento; con taparrabos inclusivos e inclusive, orondos, desnudos, con mecánicos movimientos de cálculo recíproco de fuerzas. El humano ganaba la pugna. Todo porque el lirón, en su afán pedagógico con tres hermanitas que vivían en el fondo de un pozo de melaza, Elsie, Lacie y Tilie, las enseñaba a dibujar todo lo que empezara por la letra M, y como el sustantivo propio de la taberna o bar de tapa´s o bistró o erróneo bristo era María, pintaron las nenas todas las paredes con esquemáticos muñequitos y margaritas del campo. Elías, indignado, las puso a reparar el desaguisado en las tareas propias de cocina, en horario completo. El lirón, igualmente encrespado por lo que consideraba una explotación laboral en toda regla de las menores, en su increpación al dueño, y como no podía denunciar el caso por problemas anteriores con la justicia, entre ellos quedarse dormido durante tareas de seguridad nacional, derribó con su larga extremidad una botella de vino tinto de valor incalculable, un AurumRed Serie Oro de cepas centenarias. Y ahí estaban ambos, Elías y lirón, enzarzados en una menesterosa lucha de sumo, uno para resarcirse del daño por el vino derramado y el otro para no terminar introducido dentro de la tetera.

Unos metros más allá, en la esquina con Pasaje de las Franciscanas, mi ojeada se paró en otro establecimiento, “Ronda Sweet”, sospechoso a aquellas horas que estuviera abierto, dedicado a pastelería, panadería y cafetería y, en esta historia, albergando a una cocinera sin cocina que no se dejó ver en ningún momento y cuya presencia, impulsiva, quedaba advertida por el vuelo de una sartén que lanzó a la propietaria de la empresa, la Duquesa Roge, la noble con la sonrisa más luminosa, que si bien ésta mecía a un niño, a un bebé tan rollizo como un cerdito, ¿o era al revés?, un cerdito tan rollizo como un bebé, luego confirmé, en los escalones de acceso a la plaza, tratarse de la Liebre de Marzo. La otra Duquesa, su alter ego más chabacano encarnado en la hija “choni” de Patro, de novillos con su novio el verdugo, tan montaraz, para no ir a jugar al croquet con la Reina, para que encarcelaran a la verdadera Duquesa y cuando se le pasara la sobredosis de pimienta. Oí unos gritos de la enmascarada cocinera que escaparon al exterior por la puerta abierta, junto con los efluvios dulces que hacían la boca agua, como si se fugaran en la bicicleta que decoraba el comercio: “…no tendré ni una pizca de pimienta en mi cocina. La sopa está muy bien sin pimienta… A lo mejor es la pimienta lo que pone a la gente de mal humor” Bill, la lagartija, con dura barba de tres días, desarrollaba la fórmula de la relatividad en el panel encerado que ocupaba buena parte del testero del mostrador; tanto y tan rápido escribía que pronto se acabó la tiza blanca, consternado porque le daba dentera continuar con el dedo mojado. El Valet de Corazones, algo así como un camarlengo servicial a todos los poderes de la naturaleza que fueran, en la mesilla de la entrada, junto a las escaleras de acceso a la planta de arriba, tras apurar de un sorbo el Cola-Cao, el café lo ponía más nervioso de lo que era, sustituía de un cojín de terciopelo carmesí la corona del Rey por los primeros rizos de oro de la Reina de… Corazones. Vio que yo le observaba y me indicó con un ademán de su mano, de rompe y rasga, que volviera mi atención en el Sombrerero.

No lo hice, de momento, alertado por un resplandor que se encendió en una de las ventanas altas del Convento de las Franciscanas. Una sombra oscura, tan negra como si el hábito se extendiera por la piel en una plaga de las bíblicas, o solo una esposa de Dios de color, de color negro, leía de pie y de vez en vez pegaba su frente en los esmerilados cristales. Imposible conocer el título de la lectura, imposible calibrar su rabia o satisfacción, la liberación o mortificación por sus páginas, en lo recóndito del hecho, leer en la noche, en una de las ventanas más altas, a la luz trémula de una vela que magnificaba su fuliginosa figura en dimensiones y mímicas espectrales, fantasmagóricas. Me hubiera gustado saber qué leía, me hubiera gustado algo en la línea de “El Pájaro Espino” de McCullough u otras pasiones contrariadas, entre lo mundano y lo elevado, o en un malévolo deseo que rayaba el satanismo, algo a la altura o en consonancia con “Justine o los infortunios de la virtud” del Marqués de Sade y en el paroxismo de la rebelión; o sin orillar en una reprimida sensualidad despertada con la oscuridad, en la voluptuosidad esclava, algún apócrifo, y maldito, como el “Apocalipsis de Pablo” o el “Evangelio de María Magdalena”. El cabo de la vela se apagó. Regresó el espejeo del opaco albor de los fanales a los cristales. Un rezo de Completas: “Cuando la luz del sol es ya poniente”, Salmos, Dt 6, 4-7, Cántico de Simeón, Lc 2 29-32, Antifona Final… Dogma. Decepción.

-          ¿Has terminado? –me preguntó el supuesto Sombrerero cuando, tras atravesar con mi vistazo calle Torrejones, abandonando mi morbosa curiosidad en la morada de las religiosas Franciscanas, los atractivos de la tentación en su altura máxima, para reiterar mi intención de que mañana mismo Curro, de Mapfre, remirara con empeño el mejor seguro, y el más módico, para la integridad de mi sombra o esa cola de ratón con la que arrastro tras de mí una realidad muy larga y muy triste, tan larga y sincera como la calle San Francisco de Asís que exhibía su estela de plata con tornasoles naranjas derramados por los fríos faroles-
-          ¿Y esta impaciencia ahora? –respondí con otra pregunta, ésta más comprometida, pero a la que el reservado personaje no prestó atención; solo extrajo el reloj del bolsillo, de nuevo mirándolo con ansiedad, propinándole violentas sacudidas y llevándoselo una y otra vez al oído. Insistí con otra carga de sólidos fundamentos, si en estas singulares circunstancias fuese apropiado llamarlo así, ensartados en un tono taimado, con seguridad resentido, claramente despectivo-: ¡Deja ya de mirar ese reloj que no marca la hora y porque para ti siempre serán las seis de la tarde, por favor!
-          Tengo que irme –indicó, lacónico, raro en él, con inquietos aspavientos hacia la izquierda de la plaza, o a mi derecha, raro en él, incrementando su nerviosismo, raro en él, a medida que pasaban los segundos, ¿corría el tiempo?, que lo acercaban o circunscribían, irremediable y reiteradamente, a las seis de la tarde. La línea de su boca acogió una forma convexa, inusitada hasta estos instantes o segundos o si era tan relativo el tiempo como suponía, todavía más cárdena por el frío o por la tensión que no lograba sostener-
-          ¿Ya te has rendido? –presioné- ¿Te has cansado de mi empecinamiento en no querer asumir mi destino?
-          “Por sobre el Universo vas volando, con una bandeja de teteras llevando. Brilla, brilla…” –recitó quedamente por respuesta, sin abandonar su agitación en lo que sucedía, nada estaba sucediendo para mí, en un extremo de la plaza- ¿Estás seguro?
-          ¡Totalmente! –esta vez, empero a la exclamación, me faltó convencimiento en las palabras. El efecto de mi recorrido visual en derredor de la Alameda significó, por mucho que me empeñara en no aceptar, otro discurrir consciente por mis adentros, por mis intrínsecos recovecos a los que tenía desde hacía bastante tiempo poco o nada hollados. Y como no quería reconocer esta aserción, o esta reveladora impresión, a ese engreído desconocido, por muy nervioso que a la sazón se mostrara, reincidí en lanzar de nuevo el balón de lo inexplicable a su tejado- ¿Dónde vas?
-          Soy el primer testigo en el juicio…
-          ¡Venga ya! –interrumpí, irritado, cansado de tanta locura, de la inserción en un absurdo cuento infantil, de tanta fagocitación subconsciente y en la me aterraba verme, definitivamente, como una niña con faldas, mojigata, ingenua, y que respondía al nombre de Alicia- No te olvides de comparecer con la taza de té en una mano y el pedazo de pan con mantequilla en la otra –mi sarcasmo daba pena, hasta me lo parecía a mí- ¡Ya está bien!... Al juicio de la Reina de Corazones por el robo de sus tartas…
-          No es el juicio a la Sota de Corazones, acusado del robo de las tartas que preparó la Reina en un día de verano –respondió el otro sin inmutarse, despreocupado de mi colérico e incrédulo arranque-
-          ¿Y de quién entonces?
-          Tuyo
-          ¿Mío?
-          Por supuesto, qué creías…
-          ¿Por qué?
-          Ya lo sabes, se juzga si has asumido o no el símbolo de la “Pata de Oca” … El camino…
-          ¿Qué temes?
-          No haber cumplido con mi encargo… No quiero ser decapitado. Y tener que estar interminablemente volcado en ti hasta que… ¡Estoy cansado de que siempre sean las seis de la tarde!
-          No, no entiendo… no lo entiendo –el pánico aferraba mi pecho, mi garganta, mi aliento-
-          Tú lo has querido… Tú lo hiciste así.
-          ¿Yo?
-          Por olvidar tu esencia mágica, la esencia que te une al Universo,… por olvidarme…
-          ¿Olvidarte?

El hombre desconocido, el hombre misterioso, el hombre oscuro, el hombre que me recordó a Luís Sícifer, un recóndito personaje de mi manuscrito “A la sombra de la Aurora”, el hombre al que creía el Sombrerero de la imaginación de Lewis Carroll, en ese instante, al quitarse el sombrero de ala ancha que ensombrecía hasta la nariz de su semblante, dirimió no ser el Sombrerero y de serlo significaba que yo no era yo, sino él. Porque yo era el enigmático individuo, o de otro modo éste tenía mi misma cara. ¡Imposible! Como si me mirara en un espejo, como si me mirara, apoyado en el pretil húmedo de la Fuente San Francisco, en sus aguas mercuriales, en sus aguas mágicas, que devolvía mi misma imagen, aunque al otro lado del azogue hermético. Un gemelo, cierto, de acuerdo con mis rasgos más estilizados, más acusados, quizás más… evanescentes, más de otra realidad. Sentí el frío de la noche, del miedo, concentrarse encima de mí y caer de golpe, con violencia, para inundarme, para ahogarme, estremeciéndome con escalofríos que recorrían mi cuerpo, de la cabeza a los pies, de los pies a la cabeza. El corazón se me salía del pecho, atronador, agresivo, resonante. No podía hablar, ni emitir el más nimio gemido de sorpresa, de pánico, de irrealidad. Nada importaba, solo el dolor. Mis ojos desorbitados, espantados, hipnotizados en aquel rostro que era el mío. No soportaba su imagen, no soportaba verme a mí mismo, no, no aguantaba la desolación que no terminaba por quebrar ese maldito espejo en cien mil pedazos o licuarlo en sus aguas primordiales, las que en un desaforado torrente arrastrara esta terrible ficción que me zahería de forma muy real.

De ahí que, en defensa de mi trasunto emocional, cada vez más tenue y quebradizo, arrojara mi cabeza y mi despavorida mirada a un lado, a la derecha, hacia aquel confín de la Alameda donde el Sombrero o yo mismo en un orden imaginado de las circunstancias, de la fábula, convocaba su nerviosidad en los preparativos de un juicio que tenía que condenar o absolver, la culpabilidad o inocencia, el compromiso u olvido, no ya de la Sota de Corazones por sustraer las tartas de la Reina de Corazones, sino a mí y a mi responsabilidad, la obligación de reconocer mi naturaleza mágica o trascendente, aquella que, a través del símbolo sagrado de la Pata de Oca, en su inesperada y sorprendente aparición en el tronco de un árbol de la Alameda del Barrio San Francisco, activaba el código del conocimiento, el de mi ser consciente, arriba, en el canal que unía las fuerzas cósmicas, las del cielo, con las telúricas, las de la tierra, conmigo. Y todo en unos momentos, en un punto álgido de desorientación de mi existencia, cuando la desolación, la grisura, la falta de perspectivas, la tristeza, y la apenada nostalgia de quien una vez fui y al que ya no retornaría, me arrastraba al más negro y profundo de los agujeros, del pozo, del vacío negro, del abismo. A lo mejor, sentía, deseaba, una vez instalado en esta inexorable devastación sin capacidad de escalada, sin mecanismos de retroceso, solo mi Yo fantástico, mágico, espiritual, iniciático… se erigía en tabla de salvación ante la perdición y desesperanza de las que no era solo responsable, pero a las que me resignaba. “El hombre es mortal por sus temores, e inmortal por sus deseos”, dijo en cierta ocasión Pitágoras. Y sin embargo me encontraba (me encuentro) tan cansado, tan desencantado, en ese punto precario en el que nada me importa, tirar la toalla, irme donde fuera, lejos, lo más lejos hasta de mí mismo. Odiando este año, el fin de uno de los ciclos, que tan retorcido se había mostrado conmigo y con los míos, deseando corrieran sus días hasta que terminara con la última de sus vomitivas campanadas, y también temiendo al nuevo año por cómo se presentara. La señal. El símbolo. La Pata de Oca. O quizás el caduceo, el báculo, el bastón, una nueva ilusión en la que sostener la existencia, un empuje de vivir y no sobrevivir en las mordidas asechanzas de la perdición y la hostilidad. Y ahora estaba él allí, aquel misterioso individuo, el Sombrerero loco, sí, loco, al que, por ser yo, lo había echado tanto de menos. Una cosa extraordinaria, probablemente.

-          No tengo miedo por el juicio –dije, pero el otro, o yo mismo, ya se había ido-

Revolví mi mirada, por si veía o me veía en mi papel de Sombrerero, en el espacio de Ruedo Alameda con la derruida ermita de Virgen de Gracia de parapeto. Antes no, pero en ese momento, paradójico porque no era consciente si rodaba o no el tiempo, observé un trasiego intenso. El juicio sin duda, me dije. Y al contrario de Alicia, yo no iba a asistir. No era necesario. Un jurado de animales ocupaba el poyete y graderío de la Alameda, frente a los tronos del Rey y la Reina de Corazones, elevados sobre dos de las pilastras del enrejado atrio del abandonado colegio y templo. Teresa hablaba por el móvil y revelaba a unas cornejas reporteras, de Radio Ronda y Coca, a otras de dedos aplastados, de las gacetas “Ronda Semanal” y “La Voz de Ronda”, a Ignacio Garrido que lo grababa en Beta para Charry TV desde el techo del carricoche de los churros, escáner en mano, Twitter o Facebook, siempre radiografiando el espécimen más atractivo, junto con otro simio que retransmitía el juicio como si jugara el C.D. Ronda contra el Arriate, un derbi de infarto, revelaba la regente el ingrediente oculto de los confites de Panadería Alba. En la gradilla de acceso al atrio estaba el mazo de naipes, vigilante de los regios solios. A un lado, el Conejo Blanco que a la sazón respondía por Blas y en su papel de heraldo de la Corte, leía un pliego envejecido y enrollado pegado literalmente a sus gafas, un poema en el que acusaba a la Sota de Corazones no de haber robado las tartas que la Reina, más malhumorada y ceñuda durante la recitación, preparó “en un día de verano”, sino de traición por su complicidad conmigo. ¡Yo no conocía de nada a la Sota de Corazones! Cortando Ruedo Alameda por Calle Saúco y San Acacio, se congregaba una multitud de animales espectadores. Un bullicio intenso de decepción, de irritación, se levantaba entre ellos. Todo porque después de las tres llamadas reglamentarias, no se presentó el primer testigo, El Sombrerero. Sí observé, en cambio, al Lirón, derrotado por Elías, exhausto y magullado, junto a la Liebre de Marzo, con el pelo revuelto y electrizado de tantas apretadas caricias de la otra Duquesa “choni”, la hija de Patro, más cerdita que nunca iba sujeta de una soga por la Duquesa Roge, temerosa, con la vista frenética de un lado a otro. La incomparecencia del Sombrerero, normal, provocó aquel rumor que se expandía como las longitudinales columnas del humo de las chimeneas, corridas por la helada, la rabia del Rey de Corazones que continuaría intrigado por la etiqueta del preclaro sombrero de ala ancha y de la que yo tampoco tenía constancia. “¡Orden!, ¡Orden!” gritaba el Conejo Blanco.

El intenso rumor de los asistentes se transformó de improviso en un concierto de gritos, de interjecciones de dolor, acompañado de una dispersión de la muchedumbre congregada en el tramo de Ruedo Alameda con San Acacio; unos se empujaban, otros caían, otros corrían, a otros el pánico los paralizó como estatuas, cuando el Ford Fiesta rojo de Loli, la mujer de Cañestro, en una de sus muchas vueltas en la búsqueda de aparcamiento, irrumpió sin frenos en el espacio habilitado para el juicio. Tras unos instantes de revuelo donde no se apercibía qué pasaba, resonó un brusco frenazo, un crujido continuo de mecano derrumbado, y una humareda blanca emergió del capó del coche, vigilado ya por unos soldados con sus armas en ristre. El alboroto fue aminorando poco a poco, y aquellos que sobrevivieron al accidente ocuparon sus puestos previos, atentos a lo próximo, afilando sus instintos de venganza, en la reparación por la catástrofe. A un aspaviento autoritario del Rey de Corazones respondieron dos soldados que abrieron la puerta correspondiente al conductor del automóvil. Un clamor de sorpresa emergió y acompañó a los guardias cuando franquearon la puerta y escoltaron al conductor bajo los tronos de los monarcas. Las manos en la espalda, atado, la cabeza agachada por imperativo oficial, un pantalón oscuro, una camisa de cuadros, canosa cabellera. ¡No era Loli, la mujer de Cañestro! ¿Quién? “¡Qué le corten la cabeza!, vociferó la Reina de Corazones. Los guardias dieron la vuelta por ambos hombros al reo, con la festiva algarabía de los congregados, para conducirlo al cadalso habilitado dentro del atrio, en la esquina a calle Saúco, donde esperaba el verdugo a rostro descubierto, el novio de la Duquesa “choni”, sombrío, huraño, tácito, lo habitual en el chico, con un hacha cuya hoja refulgía en la alborada de un cercano fanal y de tales dimensiones que recrudecía mis dudas sobre si aquel esmirriado sayón pudiese siquiera levantarla del suelo. Al dar la guardia la vuelta al condenado observé, primero con estupor, tratarse de un hombre, o, más bien, de un hombre uncido a un bigote, luego, sin disimular mi satisfacción, inusual en mis aciagos trasiegos por este 2015, cuál su identidad. Si no fuera por estar obligado de ir al peculiar tribunal de las Maravillas, no podía de otra forma, me hubiera gustado sacar una foto con el móvil del momento en que el hacha cercenaba su cabeza y rodaba por el suelo, para luego difundirla por guasap y entre los parroquianos del Bar de Alonso o Alfonso. ¿Crueldad morbosa? El condenado a muerte a quien el verdugo quitaba las gafas de concha, introducía un calcetín sudado en su boca para que no rechistara, acomodaba la testa en la tronca de un olivo centenario y con un simulacro de persignarse por la santa cruz que quedó ridículo por lo lego, y que dirimió con brusquedad, era… “Digamos que me ofrecieron una cerveza en pleno desfile procesional y alguien, ni orate ni bromista ni con bonhomía y muy dechado de…, quiso inmortalizar toda su “gracia” con la foto de marras y no su redención por esta y otras piedras al paso del Cristo consecuente” Silencio. Cerré los ojos. Un golpe seco. ¡Zasca! Algo rodó por el pavimento como una pelota de madera. Los vítores del gentío, o del “animalío”. Hasta luego.

“¡Orden!, ¡Orden!”, clamaba el Conejo Blanco. Bastonazos sobre el suelo de lajas grises y azuladas. El rumor se fue extinguiendo como las olas que besan la playa tras ser bofeteada por la borrasca, durando en un resuello expectante. Se reanudaba el juicio tras el incidente y accidente automovilístico. Oí cómo el Conejo Blanco me llamaba una, sin respuesta, dos, sin respuesta, y tres, sin definitiva respuesta. “¡Que le corten la cabeza!”, ordenó la Reina de Corazones. “¡Prendedle!”, remachó el Rey de Corazones. “Tonto el último”, advirtió el gato de Cheshire que emergió como un resorte de la fuente de San Francisco, agazapado a la caza de algún ratón que chapoteara en sus aguas mercuriales, en sus aguas mágicas, vertiginoso hacia el balcón de Rafi, mi vecina. “¡Y Feliz Navidad y próspero Año Nuevo por si no nos vemos!, me deseó en su apresurada huida. “Eso espero”, respondí con afligido susurro. Gritos marciales invadieron la Alameda, esta fantástica historia, en la carga de una tropa de soldados blandiendo tréboles, de forma oblonga y plana, con las manos y los pies en las esquinas. Miré el árbol, la curiosa disposición de su tronco y ramas en el símbolo sagrado de la Pata de Oca, respiré con profundidad, sonreí, cerré los ojos, y grité en el momento en que iba a ser prendido:

-          “¡No sois todos más que una baraja de cartas!”

Los ojos cerrados. Sosiego. Oía de la televisión el carrusel de preguntas y respuestas del “rosco” de “Pasapalabra”, en Tele 5. En un primer momento sentí embarazo por haberme quedado dormido en el regazo de mi hermano. El cojín, reposaba sobre un mullido cojín en el sofá del salón de mi casa. Abrí los ojos ante el cosquilleo en mi cara de una cuartilla en la que mi hija Ángela había escrito e ilustrado su Carta para los Reyes Magos, sordos estarían este año, me parecieron las caricias de las hojas de un árbol que caían sobre mí. No conté el sueño a nadie, ni a mi hija Inés que con verla se me partía el alma. Mi mujer me insistía, a la voz de “¡Paso ligero, ar!, a tirar la basura. Dos bolsas. No podía con las dos, por su peso y por la dolencia de mi brazo derecho. Salí a la calle con la bolsa negra inflada de basura y de la que sobresalía una botella de plástico de agua, sin ninguna etiqueta con “Bébeme”, sin tapón porque los guardábamos para la causa solidaria que fuese. Salí a la calle con temor. Y allí estaba, el gatazo de Rafi en el frágil balcón volado sobre el Bar El Pino. Saludé con titubeo, no era a consecuencia del frío, al arrendatario de la cantina, al hermano de obsesión rubia. Agaché la cabeza y respiré con alivio, no eran doradas las baldosas y al camarero no le habían brotado orejas de conejo.

“Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo”, me dije al llegar a la Alameda y detenerme ante el árbol donde ya no me sorprendió encontrar, en la simetría de su tronco y ramas, la “Pata de Oca”. Solté la bolsa de basura un momento. Cogí el móvil y efectué la fotografía que ilustra este relato. De lo que luego sucedió, hablan sus páginas.

F.J. CALVENTE


POSDATA QUE TIENE QUE SER IMPORTANTE:

Este relato que hoy os entrego, nació o lo escribí de un tirón (así soy yo y no pienso cambiar) hace unas semanas, en concreto un día de luna en cuarto creciente como creo haber apuntado en alguna de estas páginas, el viernes 20 de noviembre para ser exactos, con la generosa intención de ofrecéroslo, quizás su extensión y contenido necesitara de un margen de atención mayor y relajada, para el puente de la Constitución y la Inmaculada. Y no lo hice, o no lo he hecho hasta el día presente, por circunstancias íntimas que han minado esta o cualquier otra predisposición de las que me hacen sobrevivir o sostener mi equilibrio; un centímetro más, o un kilómetro, en esa metáfora que hago en el relato con el ratón del cuento de Lewis Carroll y entre su cola y mi vida en estos momentos, “Arrastro tras de mí una realidad muy larga y muy triste” Un conflicto serio al que aludo de manera impensada en un rincón de estas páginas, y el que decidió, no sé por qué, exigió que guardase esta historia en el congelador para no avivar el pavoroso incendio en el que ya me escaldo y con lo que más me importa del mundo. No sé si, durante su redacción o por algún tabú del contenido hermético que insinúo en torno a la Pata de Oca y otra simbología sagrada, haya accionado determinado resorte que amenace con recrudecer este problema personal o familiar y asegurar el hecho, por esa cobardía del “por si acaso”, de no divulgar este cuento. Dejo a los que sepan ver y entender la explicación o consuelo. Sea como sea, he aquí, consideré hace unos minutos que cualquiera que sea ese punto de inflexión, muy gafe por cierto, ese tensor recóndito que no debería de haber hecho saltar, los recelos ante la infausta particularidad o algún frívolo remedo de exorcizar con el silencio, o el olvido, esta experiencia que narro, que en ello reside todo su poder y su tenaza sobre mí, la resignación y el miedo que me impide no solo avanzar, decidir, sino enterrar mi esencia. He decidido, entonces, rebelarme, saltar la verja de hierro, meter las manos en las aguas mercuriales y publicar este relato para los pocos o muchos que quieran leerlo. Tal vez como una reivindicación, porque se lo debo, a ese otro individuo que me pertenece, que soy yo, o ese Yo fantástico, mágico, espiritual, iniciático… que merece vivir y declamar su ánimo.


Hoy, aparte de lo anterior y delicado, al final de un otoño fraudulento que se cree primavera y reniega de cualquier invierno, cuando las hojas de los árboles se hicieron de cartón y cayeron con disimulo, cuando las Murallas están iluminadas hasta que pasen las fiestas, el día de resaca de las Elecciones Generales donde todos han ganado y ninguno reconoce su pérdida, ingobernabilidad o catarsis para el buen gobierno, he recordado cómo este relato, perteneciente a una serie que he titulado, o lo hizo previamente el propio Carroll, Aventuras Subterráneas, tuvo su precedente hace casi un año, el 25 de Diciembre (¡Fun, fun, fun!), con Un cuento de Navidad en otra abducción literaria en la propia Alameda de San Francisco de Ronda y en aquella ocasión, pues, con Dickens. Por tanto, aprovechando la cercanía de la celebración del Solsticio de invierno, me permito con esta narración, poner bolas cromáticas, serpentinas, nieve artificial, algún muñequito alusivo y la estrella-OVNI de Belén rematando el alarde, a la Pata de Oca o a este árbol de la Alameda y felicitarles la Navidad y desearles un Próspero Año Nuevo. Gracias, gente.


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