Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



martes, 26 de enero de 2016

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Algo más inesperado que la muerte" de Elvira Lindo


Hay personas que tienen la habilidad de determinar el futuro de los demás y el suyo propio y hay otras, como Eulalia, para las que ese futuro siempre está en la cuerda floja”

 


Novela que se lee fácil, sí, que es entretenida, sí, ágil, sí. Salvo matices, en este libro de Elvira Lindo, “Algo más inesperado que la muerte” (Alfaguara, 2007), no vamos a encontrar su registro crítico e irónico al que nos tiene acostumbrado en su columna semanal en El País, o por el mal llamado género menor de la serie “Manolito Gafotas”. Tal vez sea este, el registro, dramático en estas páginas, por el propio argumento y por la enorme solvencia y atractivo de una de sus subtramas. La sinopsis editorial hace justicia a los inicios de la novela, por supuesto, no al resto o a sus extensas semblanzas entreveradas: “¿Y si lo supiese todo el mundo, menos tú? Eulalia tiene muy claro lo que quiere. Está casada con un escritor consagrado que tiene treinta años más que ella. Ambos forman parte de ese hilo de personas del que, si uno tirara, sacaría una por una a todas las celebridades de este mundo. A través de la protagonista, y a partir de una llamada telefónica de consecuencias imprevisibles, conoceremos la galaxia, no siempre nítida, que rodea a la gloria literaria: de las ambiciones y frustraciones de quienes necesitan ser admirados a las peripecias de los que buscan compartir su fama. Un mundo en el que, como en todos, lo más importante es sobrevivir. Y el sexo no es la peor arma para conseguirlo. Los años en que este país cambió su aspecto de manera radical son el contexto en el que todos, tanto los personajes principales como aquellos con los que se entrelazan sus vidas, van a encontrar alguna inquietante sorpresa. Narrada con una ironía y una lucidez capaces de deshacer cualquier lugar común, esta novela abre nuevos y asombrosos caminos en la brillante trayectoria creativa de Elvira Lindo”.

 

Sea como fuere, a excepción de cuanto denomino de despuntes en los hilos de su trama, es un relato sólido, sincero, estimable, ciertamente interesante, nada más. Considero esta novela, no obstante, como una historia que contiene muchas otras historias en sí y que merecerían éstas otras historias, otros libros, en especial el asunto de Gaspar y al que luego me refiera con mayor detenimiento.
El tejido trenzado entre los distintos personajes, que salta de forma autónoma de aquí a allá, que crea confusión, hasta converger en un final aunque predecible, sorprendente, no me ha reportado otras emociones a las de la propia y mecánica lectura, otras sensaciones en el perfil y actitud de sus protagonistas, ni entre el matrimonio del escritor célebre y su mujer, periodista, treinta años más joven, ni por los otros protagonistas que gravitan en torno a ellos: la madre de Eulalia tan extravagante para los tiempos, exagerada, o la ambigua “chacha” que resulta ser muy precisa en romper, para sí misma, todo este cuadro del mundo de las apariencias que tilda el libro.

 

En algo más de 300 páginas, todo este nudo y revuelo biográfico de sus personajes, aun reserva un importante hueco para el contexto, los escenarios del ayer concretados en dos épocas: la primera, correspondiente al gobierno socialista en España de los años 80, y con el que la autora se muestra beligerantemente crítica; y la otra, destacable, de las peripecias del padrastro de Eulalia, Gaspar, durante la Guerra Civil y postguerra. Esta parte, para mí, lo mejor de la novela, por la propia historia en sí, por rescatar mimbres de nuestra memoria histórica, nuestras raíces colectivas, por su palabra sencilla, firme, poética incluso, lúcida… Un relato interpolado que por sí mismo merecería otra novela y no ser eso, una anécdota, una parte esencial en esa intención de la escritora de llenar páginas con material de relleno a la trama principal que, a pesar de su recurso de folletín, resulta interesante, engancha con ese misterio que surge tras la inaplazable llamada de la asistente a Eulalia y que se resuelve, inesperadamente, también de manera satisfactoria, con una escena de diálogo vivo, violento, teatral casi, entre señora y asistente. Un libro entretenido, bien escrito.

 

Los adalides de la sinceridad nunca han recibido ninguna crítica porque su espíritu incisivo les sirve de escudo protector contra cualquier ataque”

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