Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 30 de enero de 2016

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "El invierno en Lisboa" de Antonio Muñoz Molina


Acaso no la conmovía la ternura, sino la sensación de una mutua orfandad. Dos años más tarde, en Lisboa, durante una noche y un amanecer de invierno, Biralbo iba a aprender que eso era lo único que los vincularía siempre, no el deseo ni la memoria, sino el abandono, sino la seguridad de estar solos y de no tener ni la disculpa del amor fracasado”

 


Decidí releer este libro no porque hubiese olvidado su historia, sus impresiones, no; acaso por el interés, o curiosidad, ambos inauditos, hacia una persona que olvidó y se empeñó en olvidar su historia escrita, a quien sus páginas no le deparó ninguna impresión, y de la que, por mucho que yo no entendiera su olvido, hace poco, después de que ésta volviera a la novela, no solo se mantenía en relegarla sino en desmerecerla y contraponerla con la última obra del autor, “Como la sombra que se va”, donde, además de la historia del asesino de Martin Luther King, también rememora la escritura de este libro. Cierto que en la literatura, como en cualquier ámbito subjetivo de las artes y la cultura, no hay una norma fija, no existen los gustos rígidos y, por ello, si bien en la percepción de esa persona que a su vez me trató como otra de muchas inapreciables personas, este “El invierno en Lisboa” de Antonio Muñoz Molina, precisamente una novela de amor, no fue, no es nada, literal y literariamente, y tanto que procuré ponerme en su lugar y excusar o justificar en todo y el ancho tiempo transcurrido entre una y otra lectura esta observación frustrada, para mí, por el contrario, sigue mereciendo todo mi respeto, admiración y deleite; por lo demás esta reflexión personal, tal vez íntima, sin duda alguna elegíaca, me ha permitido, como hace la propia historia, arrastrar mi sugestión, mi nostalgia en la recreación de un tiempo perdido, de un pasado quizás irrecuperable.

 

Pero yo no sé imaginar cómo era el rostro que Biralbo vio entonces ni el modo en que sucedió entre ellos el reconocimiento o la ternura, nunca los vi ni supe imaginarlos juntos

 

“Esta historia es un homenaje al cine «negro» americano y a los tugurios en donde los grandes músicos inventaron el jazz, una evocación de las pasiones amorosas que discurren en el torbellino del mundo y el resultado de la fascinación por la intriga que enmascara los motivos del crimen. Entre Lisboa, Madrid y San Sebastián, la inspiración musical del jazz envuelve una historia de amor. El pianista Santiago Biralbo se enamora de Lucrecia y son perseguidos por su marido, Bruce Malcolm. Mientras, un cuadro de Cézanne también desaparece y Toussaints Morton, procedente de Angola y patrocinador de una organización ultraderechista, traficante de cuadros y libros antiguos, participa en la persecución. La intriga criminal se enreda siguiendo un ritmo meticuloso e infalible. El Invierno en Lisboa confirmó plenamente las cualidades de un autor que se cuenta ya por derecho propio entre los valores más firmes de la actual novela española. El invierno en Lisboa fue galardonada con el premio de la Crítica y el premio Nacional de Literatura en 1988 y fue llevada al cine, con la participación del trompetista Dizzy Gillespie.”

 

Estamos ante una novela narrada en primera persona por alguien que, sin nombre propio, un anónimo actor, “Yo tenía la doble y molesta sensación de haber sido estafado y de estar actuando en una película para la que me hubieran dado insuficientes instrucciones”, o un impersonal periodista, a su vez es personaje de la historia o el destinatario de la abierta confesión que le hace Santiago Biralbo, pianista de Jazz, acerca de su vida y de su amor por Lucrecia. Narrador que sublima su envidia sana por su amigo Biralbo, “Imaginé colillas manchadas de ese color en un cenicero, sobre una mesa de noche; pensé con melancolía y rencor que a mí nunca me había sido concedida una mujer como aquella”, y sumergido, como todo su relato, en la soledad, “En tardes así no hay compañía que mitigue el desconsuelo (…), pero yo prefería que hubiera alguien conmigo y que esa presencia me excusara de la obligación de elegir el regreso, de volver a mi casa caminando solo por las vastas aceras de Madrid” Un enorme “flashback” que principia, admirablemente, por su final. De hecho, los capítulos posteriores reconstruirán la trama ubicada en Madrid, presente, San Sebastián, pasado de matiz legendario, y Lisboa, inmediato pretérito.

 

“No importan las cosas que posean o guarden, pensó, los verdaderos solitarios establecen el vacío en los lugares que habitan y en las calles que cruzan”

 

Una novela de amplios registros artísticos: la pintura, el cuadro de Cézanne, “La Montagne Sainte-Victoire”, que será el “leit motiv” por el que transcurre el argumento, (motivo que el escritor repetirá con el grabado de Rembrandt en “El jinete polaco”), y especialmente por sus notables diálogos y el ritmo de un guión dosificado por la música y el cine. “Constantemente la música me acuciaba hacia la revelación de un recuerdo, calles abandonadas en la noche, un resplandor de focos al otro lado de las esquinas (…), hombres que huían y se perseguían alargados por sus sombras, con revólveres y sombreros calados y grandes abrigos como el de Biralbo” Cuando hice la reseña del mencionado título de Muñoz Molina, “Como la sombra que se va”, (http://fjcalv.blogspot.com.es/2015/02/libros-que-voy-leyendo-como-la-sombra.html), ya indicaba la importancia de su lectura siguiendo la pauta impuesta por una música determinada, por el Jazz.
Los protagonistas aquí, Santiago Biralbo y Lucrecia, son amantes del cine, incluso acompasan su devenir por las páginas como si formaran parte de las tomas cinematográficas de un film negro, “había visto, desde arriba, como se ve en las películas, una calle vulgar de San Sebastián”, disolviéndose en esas otras secuencias ficticias, “decía que aspiraba a ser como esos héroes de las películas cuya biografía comienza al mismo tiempo que la acción y no tienen pasado, sino imperiosos atributos” Y entre estos planos cinéfilos, el Jazz, la música, la sintonía de la historia, de una irrealidad, la búsqueda hacia un misterio en el que desdoblan su personalidad,  Pero no tenía inteligencia ni voluntad sino para seguir la línea recta de la calle, buscando (…), pero ya no estaba seguro de haber visto a Lucrecia (…), sumido en ese estado hipnótico de quien camina solo por una ciudad desconocida” Extraordinario, entonces y ahora y mañana.

 

“Entonces yo sólo existía si alguien pensaba en mí”

 

Una de las sensaciones, mía y muy sugerente, deparada por la lectura de esta novela, ayer, ahora y seguro que dentro de veinte años si la volviera a leer, es esa singular atmósfera de irrealidad y a la que me refería en el anterior párrafo; esa evanescencia, esa insustancialidad, de la que, en estos momentos, me lleva a acordarme de una escena del Halcón Maltés: “¿De qué está hecho? –preguntan a Bogart sobre el halcón-. – Del material con el que se construyen los sueños” (No es, por supuesto, casual que otra obra cinematográfica cumbre, Casablanca, provoque tantos guiños de complicidad entre los amantes de esta novela, al igual que el amor imposible entre Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, con toda la escenografía en blanco y negro, la noche, el bar, el humo, la música…). Ambiente evanescente y ritmo musical cadencioso y enérgico, posible, logrado por el estilo minucioso, poético, vivo, de la prosa del escritor. Como escribí antes y antes lo hice en la reseña de su última novela, su descomunal narrativa se abandona, se postra a la creatividad de la propia música, reiterativa, enfatizada, “Los nombres como la música, me dijo una vez Biralbo, arrancan del tiempo a los seres y a los lugares que aluden, instituyen el presente sin otras armas que el misterio de su sonoridad” Y en esta irrealidad, asimismo, en la descripción que Muñoz Molina realiza de Lucrecia: “Lucrecia era una muchacha alta y muy delgada, que se inclinaba muy ligeramente al andar”, el recuerdo de mi admirado Jorge Luís Borges con la Beatriz Viterbo de  El Aleph: “Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada” La mujer que quizás jamás existió, solo una quimera, la necesidad vital del propio Biralbo para seguir creando, haciendo música, viviendo; la mujer inaccesible, de la que incluso otros personajes, Floro Bloom y Billy Swann, se refieren como “la mujer fantasma

 

Reconocí su manera de andar, ya convertida en una lejana mancha blanca entre la multitud, perdida en ella, invisible (...) como si nunca hubiera existido

 

Detalles que hacen de esta novela un portentoso homenaje al cine negro norteamericano: por los sombríos escenarios urbanos, noches, habitaciones de hotel y antros oscuros, lúgubres, la intriga, persecuciones, huidas hacia ninguna parte, encuentros y desencuentros, violencia, muerte… Escenarios definidos a la perfección, espectacularmente vívidos, reales, tanto da si son verdaderos, imaginados, o fruto de la percepción traumatizada del personaje principal y dentro de los cánones del género. Ciudades, San Sebastián, Madrid y, sobre todo, Lisboa, partícipe en la trama laberíntica, obscura, espectral, densa, de la historia y en la que el Biralbo se pierde siempre y como se pierden los que van detrás de una quimera, de un fantasma. Voy a destacar, por su incidencia actual, la semblanza de España: “esa tierra de ingratitud y de envidia que condenaba al destierro a quienes se rebelaban contra la mediocridad”.

 

“El invierno en Lisboa” es una historia de amor, sí, de fatalidad y deseo; y es música, Jazz, es noche, el homenaje al cine negro… es bella y es sucia, es una construcción melancólica de la vida de quien es un extraño hasta en ella, es intrigante, es sugerente, es… maravillosa. Y, por tanto, continuo sin entender cómo esta novela de un gran escritor, Muñoz Molina, inteligente, cuidadoso, que mima hasta en su última expresión el detalle, el recuerdo, y a quien se le perdona su retórica, su complacencia creadora, por la enorme capacidad de atraparnos con las emociones que destilan sus letras, no puedo entender, insisto, en cómo puede dejar este libro indiferente, cómo puede ser considerada una narración para olvidar. Y termino con estas palabras que aquella persona sabrá entender o al menos eso espero:

 

- Ésa era la única verdad: lo que yo te contaba. Mi vida real era mentira. Me salvaba escribiéndote. – Era a mí a quien salvabas. Yo sólo vivía para esperar tus cartas. Dejé de existir cuando ya no vinieron. – Mira qué vida hemos tenido. -Lucrecia cruzó los brazos sobre el pecho, como si tuviera frío o se abrazara a sí misma- Escribiendo cartas o esperándolas, viviendo de palabras, tanto tiempo, tan lejos”

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