Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 16 de enero de 2016

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Todo ese fuego" de Ángeles Caso

“Míranos en cambio a nosotras, pobres mujeres, obligadas a escribir a escondidas, a publicar bajo seudónimos, a ocultar todo este fuego dentro de nosotras, disimulando como si fuéramos ladrones el anhelo y la furia”


Una vez más Ángeles Caso me ha atrapado con su bella y poderosa prosa, con la pasión y entretenimiento de su narrativa, volviendo a dejarme el problema, o la insatisfacción mejor, de que sus obras, tengan el número de páginas que tengan, siempre me resultan cortas. En “Todo ese fuego” (Planeta, 2015), una novela biográfica o una biografía novelada, o ni una ni otra, la escritora investiga de manera rigurosa, arma todo un rompecabezas de piezas sueltas, conocidas, desconocidas y sugeridas, para recrear la vida real de las hermanas Brontë, en un ambiente rural frío, gris y rudo del XIX inglés. A pesar de una educación y cultura muy superiores a la media de la época y promovidas por el padre de ellas, el reverendo Patrick Brontë, inaudito en una época donde a la mujer se la mortificaba en un papel muy secundario de la sociedad y uncida al hombre, y de los escritos de las jóvenes basados en experiencias amorosas no correspondidas, tuvieron una existencia desdichada en las que la lectura y la escritura se convirtieron en el fuego que las mantuvo vivas, en el fuego de la salvación. ¿Quiénes eran estas hermanas Brontë? No eran unas mujeres pueblerinas, de resignado espíritu victoriano, ignorantes, y como una de ellas, Charlotte, dio la impresión en el prólogo de su novela más universal, no. Las hermanas Brontë fueron, ni más ni menos, que Anne Brontë, autora de “Agnes Grey”, la aludida Charlotte Brontë, creadora de “Jane Eyre”, y Emily Brontë que escribió “Cumbres borrascosas”.

“16 de julio de 1846. En la casa parroquial del pueblecito inglés de Haworth, las tres hijas del pastor comienzan la jornada ocupándose de las tareas domésticas mientras esperan que llegue la tarde, cuando puedan sentarse juntas para dedicarse a escribir a escondidas las novelas que ansían publicar. Son las hermanas Brontë, tres mujeres solteras de alrededor de treinta años que, desde la infancia, gracias a la literatura, han sobrevivido a las tragedias familiares, la falta de recursos económicos y el aislamiento.

Durante ese verano, Charlotte escribe Jane Eyre. Emily se dedica a Cumbres borrascosas. Y Anne se concentra en Agnes Grey. Ignorando el extraordinario destino que espera a sus obras literarias, las tres vierten en ellas sus sueños, sus frustraciones y sus pasiones ocultas, convirtiendo aquella casa oscura y vulgar, atravesada por las muertes tempranas de muchos de sus habitantes, en un espacio lleno de luz.

Todo ese fuego es una novela exquisita que bucea en la vida de tres asombrosas mujeres llenas de talento, que consiguieron rebelarse contra las crueles normas de la sociedad victoriana y convertirse en grandes escritoras en un mundo reservado a los hombres”

Las Brontë y las adversidades concurrieron en una. Hijas de un reverendo pobre y de madre que murió joven dejando seis hijos, el mayor de 6 y el menor de 1, todas mujeres, salvo el cuarto, Branwell, al que, de acuerdo a las normas y costumbres impuestas en la obtusa sociedad victoriana, se plegaron, sacrificando sus propios sueños para hacer del varón un escritor de renombre.
Pronto las dos hermanas mayores murieron de tuberculosis. Mi primera sorpresa al leer este libro fue, en un mundo que arrinconaba a la mujer, el padre, recordemos que reverendo, inculcara a sus hijas a la lectura, a la reflexión sobre política y otros temas solo permitidos a los hombres, y a escribir. Las jóvenes, aunque llevaban todo el peso de las labores domésticas, al final de las mismas encontraban su tiempo necesario para, en la apartada rectoría donde vivían, al calor de la chimenea, acomodadas a la mesa, leyeran y, sobre todo, escribieran. Las desdichas, sin embargo, tiraban: En sus ocasionales trabajos como institutrices, trabajos humillantes que las alejaban de sus encuentros e ilusiones, o cómo su hermano fracasaba en todas las expectativas, borracho y drogadicto, hasta que murió. Charlotte, de las tres hermanas, era la más entusiasta, la que pergeñaba un destino que les garantizara estar juntas y continuar en ese universo paralelo de escritura y lectura. “La mala suerte suele ser una gran excusa para muchas de las frustraciones comunes de la vida. Charlotte Brontë sabía muy bien que la vida parece estar dotada de una especial perseverancia para la crueldad”. Tras unas iniciativas que no llegaron a buen puerto, tras descubrir unos sublimes poemas de Emily, Charlotte propone a sus hermanas publicar un poemario conjunto, luego esta propuesta se incrementó con que cada una escribiera una novela. Y entonces, en 1846, bajo pseudónimos masculinos, Currer, Ellis y Acton Bell, (no estaba bien visto que las mujeres escribieran) dilataron la historia de la literatura con:

“Jane Eyre”, el espejo del amor no correspondido que Charlotte vive en Bruselas con su profesor de francés, un hombre casado.

En “Cumbres borrascosas” Emily relata la historia desesperada de Heathcliff y Cathy, reflejo de su probable amor adolescente con Robert Clayton, un muchacho pobre y asilvestrado con quien jugaba en los páramos de Haworth.

“Agnes Grey”, o la recreación de las vivencias de Anne en diferentes trabajos, junto con su factible relación con William Weightman, coadjutor de su padre, fallecido pronto.

Insisto en este detalle, porque es notorio en Ángeles Caso que subraye la importancia de estas experiencias amorosas, tal vez no correspondidas, ya que influyeron en la creación de sus notables obras. El éxito, en 1847, de “Jane Eyre” fue extraordinario, no tanto o ínfimo con las novelas de sus dos hermanas. Emily, de hecho, no quiso publicar más y Anne, junto con Charlotte, insistieron. En 1849, con 30 y 29 años, Emily y Anne mueren. Charlotte revela la verdad de quién está tras las obras reseñadas.

“Somos indiferentes a la sonoridad vulgar del mundo. Al cabo de una vida, nuestros oídos escuchan millones de ruidos distintos. Hemos evolucionado de tal manera que el cerebro apenas los distingue ni los registra. Si prestáramos atención a cada uno de los sonidos que nos rodean, nos volveríamos locos…”

“Todo ese fuego”. Las hermanas Brontë. Tres vidas sublimadas del anonimato, el fuego del deseo para que todo fuera diferente, y que dejaron la incongruencia, el absurdo, de la desigualdad social y de género. Ángeles Caso, en una narración viva y precisa, deleita magistralmente este universo de las tres hermanas Brontë, permite con sus letras que conozcamos a las mujeres o geniales escritoras de una manera muy cercana, de ver incluso en la profundidad de sus ojos, de verlas correr por los páramos, de compartir su emoción en la cascada del río, la desolación del cementerio, el crudo paisaje, de recogernos con ella en la cocina de la rectoral, frente al hogar, escuchando incluso el garrapateo de la pluma en el papel que aprovechaban al máximo, el palpitar de sus corazones por la pasión, el color de sus sueños, incrementando estas sensaciones, enalteciéndolas, con poemas, con textos de sus propias historias clásicas. “La vida es furia y hielo” Emociona y atrapa lo que vamos leyendo, como si estuviéramos asistiendo a una historia que nos compete, muy personal, muy próxima, junto con las tres hermanas. Una novela, o una biografía novelada, inmensa, extraordinaria.


“Escribir era sin duda un acto egoísta, un ansia que llegaba a convertirse en una obsesión, emponzoñando el resto del tiempo, esparciendo el veneno de su totalitario anhelo sobre todas las horas que las obligaciones de la casa, las necesidades comunes o la responsabilidad hacia los demás les robaban a los momentos de la creación, tan intensos para cada una de ellas, tan aislados del mundo y llenos de placer y dolor, como el éxtasis de una mística”

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