Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



domingo, 7 de febrero de 2016

IMÁGENES CON LETRA: "ERA UN TROZO DE TELA ANUDADO A LA REJA DE UNA VENTANA"


Era un trozo de tela anudado a la reja de una ventana. Anudado porque daba la sensación, tanto en la lejanía como en esta cercanía certera y entonces penosa, de ser una corbata olvidada, como si amarrara unos versos de Cernuda: “Allá, allá lejos; donde habite el olvido”. Una tela sucia, un trozo de tela de color roto, blanco como la cal de las reventadas paredes; a lo mejor por eso era roto su color, por los lienzos destrozados, desconchones que dejaban patente la piel antigua de la casa, marrón, terrosa, la de la sangre coagulada, las cicatrices próximas… El trapo estampado de geométrico relieve, la burda imitación de un estético encaje, vacuo, desvaído. El desgarro de un visillo, cierto, pues en una visión detallada del marco, la ventana, no esta sino en la otra, la que estaba cerrada, la gemela tras la puerta, la simétrica en la que duraban reconocibles los otros visillos y con los que reconocer a este triste jirón, dolientes en un sentimiento de ingenuo orgullo, o apreciado en el que era visible, corrugado y sucio, milagrosamente íntegro, el otro estaría implícito tras la lámina de madera; colganteras, las de adentro y el pedazo de afuera, como el velo de un fantasma que perdió su temor y solo daba pena.

Como el pañuelo que se saca por la entreabierta ventanilla de un coche, ondeando en el exterior por la inercia de la carrera, quieto en una parada o si la mano, cansada, no ejerce su acción o meneo en señal de permisividad, de aviso, de la inmunidad hecha solidaria por el acontecimiento: un peligro, una situación de emergencia, que puede ser dichosa, un alumbramiento o un triunfo deportivo; como desdichada, un accidente, un suicidio o un exceso de experiencia vital, una víctima más o menos grave, viva o tal vez muerta. Difícil no ver en aquel tiempo el trapo anudado al barrote al pasar por la calle, tanto si se hacía para arriba como hacia abajo, no percibir la desolación que lo envolvía, la implacable indicación del nudo, la fragilidad de su respuesta como la oxidada cadena con candado que condenaba las dos hojas de la puerta de entrada, con ese barniz ocre de la permanencia de los tiempos que no mueren, la que no se abriría jamás para nada. Distinto que al pasar y ver en la reja de la ventana el trozo de tela, caído sobre un zócalo de piedra de resaltes irregulares, sorprendentemente sin mengua, despertase la parada, sugiriera un alto o una pausa en el camino a ninguna parte o a todas ellas; y en el que, de mediar la reflexión, o la frugal o poderosa conmoción, o las dos, por su significado, o ignorándolo, indagara en el propio edificio, en la casa, o en lo que hubo de hogar, en la devastación más flagrante arriba, en el incoherente tejado de dos cuerpos, huella de la sinuosidad urbana árabe, grisáceo, amenazante en sus mil crujidos, muchos inaudibles, solo sentidos, vivas entre las tejas techadas de líquenes las verdes matas que se nutrían de la inminencia del derrumbe, hay vida hasta en el abandono, en el desdentado alero que descargaba los chorreos de bilis por la fachada, meandros agónicos, grietas que vaciaban su desesperanza en los espeluznantes vacíos tras los vanos de arriba, dos ventanucos de distinta hechura, de tablas podridas, y un balcón astroso de cristales nebulosos, ciegos de desidia, difuminado por la penumbra del desmorone, los que trágicos enseñoreaban las caries de la destrucción, las vigas cuarteadas, vencidas, la atmósfera estanca, volátil de las impregnaciones de una legión de vivencias que polvo fueron y en polvo permanecían, y el hedor de la tierra viciada, saturada, el acre olor de la agonía. Y luego, en la directriz de esta reflexión del observador, de su conmoción, o ambas si tocaran posibles, este paseante despierto maldeciría el trapo anudado, por insuflarle de otra tristeza punzante, por incrementar el estado de sus problemas y preocupaciones habituales. De todas maneras, hoy en día nadie se detiene, pregunta o se estremece por todo cuanto quiere ignorar. Terrible. Una señal, una indicación, de la ruina de la casa, del abandono, y que resucitaba, o enfadaba, a los demonios personales. Conforme.

Fue la parte de un visillo que cubría la intimidad de todos o a alguno de los que moraron ahí dentro; ya era imposible hacerlo, no era humano, civilizado, no era posible vivir entre escombros o entre las hojas secas de un cementerio, las secas agujas de los pinos que crujen bajo los pies. El andrajo expuesto al trasiego del exterior, afuera en la calle, descubierto, sucio y desnudo, enterrados todos sus escrúpulos, los antiguos celos ante lo que, de manera sutil, resguardaba, la cocina visible y destrozada; revelado a la opinión o al juicio de los transeúntes, de los vecinos, los que pasaban y paseaban por la callejuela, a cuantos, muchos o pocos, detuvieron su paso al verlo y leyeron la letra de la emoción o reflexión yaciente, su mensaje de muerte o una última voluntad no desentrañada. Cuántas veces, muchos o pocos de los tantos que pasaron por la calle, alguna vez fueron conscientes de cómo ese visillo se apartaba, diáfano a los postigos abiertos que todavía conservaban el relumbre de su encerado como los crepúsculos turbios del estío, de cristales rotos o empañados por las legañas de la ancianidad, del desánimo. El paño entreabierto con parsimonia, un pliegue discreto, musical, abriendo un opaco fulgor en los blancos azulejos del alfeizar de la ventana, por alguien de adentro, mujer o hombre, mayor o joven, sabedor que los pasos no resonaban como antes por los guijarros de una calle que ayer lloraban permanentemente, los que avisaban de la excepción sin confiar en la suerte, y hoy los parches de cemento, como un tumor inexorable, reprimen los llantos y desfiguran los secretos del silencio. Alguien que con la tela entre los dedos, con la visión curva de la calleja ilustrada en sus retinas, con el estribillo de una canción en sus labios, o una lírica pongamos de Neruda, “Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido”, escrutaba en el exterior la excepcionalidad, en la calle, en noches donde la derramada iridiscencia pálida de las farolas vibraba en la rociada blancura de las paredes, donde las mañanas son iguales que las tardes, siempre con la misma luz grisácea y cenital, la misma luz húmeda del invierno, las mismas sombras que pintaban las casas en tajos incisivos y tenebrosos, la atmósfera cerrada, de desfiladero, de gargantas míticas, las altas casas, las viejas casas, que constreñían el pasaje con una amenaza irremediable, por la que no se dejaba caer ningún voluntarioso ramillete de sol, absorbido por los milenaria cantería de la iglesia y los restos romanos bajo yugo salesiano. Morador, si era hombre, y ama, de ser mujer, que con la cortinilla entre los dedos auscultaba la alteración en la monotonía arcaica de la vía, el paso de alguien, de un conocido o de un misterioso individuo, de algún despistado turista o incluso la materialización de los muertos que exhalaban el silencio por la arteria empedrada, sórdidamente cada vez más adulterada, parcheada de cementos y de expectaciones aquietadas. Ya no, solo el recuerdo, o la agonía del presente, la invalidez del trozo de visillo, como si entonara la resignada negación a lo que era ese camino, la angosta calzada, por la que todos pasaban, y a la que en seguida olvidaban.

Otro misterio trascendental también sería conocer quién y porqué anudó el trozo de tela, de visillo, en el centro de la reja que resistía la firmeza de un edificio que se desplomaba con todas sus maldiciones y solo ante la ruina se atrevían estas a ajustar sus cuentas: un vecino, un familiar de la casa compungido por un roto en su conciencia, un barrendero, un criminal o un loco. No importaba. A cualquiera correspondió y encomiable fue su acción, sea inconsciente o premeditada.

¿Qué era ese trozo de tela, ese cacho de un visillo, anudado al gélido fierro de una ventana agonizante? ¿Qué era?... Un momento… a ver… sí… ahí está… quizá… ¿no?... sí… es posible… plausible que sea un recuerdo. Un recuerdo, no un indicio de melancolía, un fragmento de nostalgia que suspira en el ayer un acomodo para una situación, para una emoción presente y aún no dilucidada, ni siquiera expresada, no, aunque asimismo sea la esencia, o la cualidad básica del recuerdo. De hecho, redundancias aparte, el reconocimiento y el recuerdo son las dos maneras para recordar y distintas en sus causas y evidentes en sus efectos. En el reconocimiento hay una experiencia presente que evoca cierta familiaridad: ese aroma imprevisto que trae a una persona determinada, o esas notas de música que recuerdan la ternura en unos ojos, o incluso un sesgo de las sombras que abre otro lugar identificado por esta visión sombría… Por otro lado, el recuerdo no exige de elementos que lo traigan, que lo evoquen, la acción de recordar al momento, de pronto, de improviso: comprar aquello, un aniversario, una cita para el médico o la ITV del coche… Indudablemente, por el elemento que permite la recordación, el reconocimiento es más fácil que el recuerdo, por la inducción del primero o a que éste es inducido, y la espontaneidad del segundo. El control de la reacción, por lo tanto, diferencia a ambos. Dicho esto, el harapo de un visillo se convierte en un elemento de reminiscencia o desprecio. Un recuerdo, de recordar, de rememorar para no olvidar, obvio, cierta información o aspecto que por las propias circunstancias del momento concreto, del devenir por otras circunstancias que se imponen a aquellas, se solapan de manera inconsciente, indiferente, arbitraria, ajena, a esta y que luego, aún teniéndolo en la punta de la lengua, así se dice, se expresa, en un cosquilleo intuitivo, no aflora su concreción, su significado que del mismo modo puede ser su sentido, no resurge de no ser por algo palpable, corpóreo, cercano, conclusivo, que lo traiga sin más, sin mayores ni menores artificios, así, de sopetón, con el que poder recordar a voluntad, de modo franco: traer a la memoria la retirada de la olla exprés del fuego, cuarenta los minutos transcurridos en la cadencia de la espita humosa y vertiginosa, o la llamada telefónica en esa hora, en ese instante de sus minutos y segundos, decir aquello a la vecina, al jefe, al empleado, al niño, atentos a la medicina o al condimento, la adecuada dosificación,… Ahora, no después, porque después, con seguridad, ya no tenga importancia, o necesidad, al segundo; y al alcance del elemento que puede ser un objeto, una grafía o dibujo pintado en la mano, en su reverso, que con solo mirarlo despliega su dehiscencia, que es término precisamente de revelar, de eclosión o abertura del conocimiento, y a lo mejor los siguientes ejemplos resuelvan cualquier duda o aprieto: puede ser ese anillo de compromiso cambiado de un dedo a otro, del dedo anular al dedo índice por ejemplo, el reloj que pasa de una mano a la otra, o ese pañuelo o cordel anudado a ésta, a la muñeca, al antebrazo, más rudo, más sostén para evadir el olvido o acaso más trascendente por cuanto no debe ser olvidado. Ni tampoco factible su interpretación como un signo del hermético e iniciático alfabeto de los delincuentes, de los ladrones. Algo similar a la tendencia o moda o chifladura de dejar colgadas del cableado aéreo, de alta tensión o del teléfono o de Canal Charry, unas zapatillas de deporte por los cordones, motivo extravagante que identificaría la marca de una banda de criminales que delimita su territorio, un lugar donde se vende droga, el homenaje a un malhechor sucumbido en sus farras delictuosas, o hasta el orgullo juvenil por la pérdida de la virginidad o una proeza sexual que siempre suele ser de un alarde magnificado, no, de ninguna manera aunarían la expresión de este triste jirón de visillo. No, como si en vez de ladrones fueran okupas (así con K), puesto que, si nada había para robar, nada encontrarían de sosiego, la comodidad mínima, para el descanso. Y de suceder, en todo caso no dejaría de ser una bizarra ironía del destino que hacía de la necesidad de vivir donde solo vagaba la muerte.

La muerte llegó a la casa y a sus habitantes mucho antes que la vejez, que el deterioro, o el descuido, llegó con el olvido. Pero ahí, en un barrote de la ventana, apareció el trozo de tela de un visillo de adentro, como si anunciase a todos los que lo interrogaran, a todos los que detuvieran su paso o curiosidad, que su historia, la de la casa, la de sus desaparecidos inquilinos, no había muerto del todo, con su rúbrica impedía aún la fuga, el reniego, el olvido. El olvido, la forma de libertad ponderada por Jalil Gibran, aquí significó el fin, la muerte, la condena eterna; y el visillo, raído y sucio, puesto en los enmohecidos fierros como una corbata anudada a uno de los invisibles espectros que erraban por la casa, por la calle, impedía olvidar los testimonios y leyendas del espacio y de sus tiempos, como esa nota de Poe para acordarse no de querer olvidar, sino de perpetuar volver la vista atrás.

Un día, por la mañana, una de esas mañanas que eran como las tardes, umbrías, frías y silenciosas, desapareció el trozo de tela anudado a la reja de una ventana. Seguía sin importar quién y por qué lo hizo, un vecino, un familiar de la casa compungido por un roto en su conciencia, un barrendero, un criminal o un loco, arrancándolo del hierro de la ventana, llevándose el cacho de visillo como para recordar siempre su fugacidad, la de él o ella, el elemento para recordar, de inducir el reconocimiento, cuando el desplome de la casa se llevara cualquier suvenir de su alma, la de alguna memoria incierta; o tras desanudarlo lo tirara dentro, en la cocina todavía visible, a su origen, al principio de todo, aunque desapareciera, olvidado, entre la manigua de penumbras densas y desolación, de ruinas. Sin rastro del visillo, o en un remedo de Borges, de aquella vieja mano que dejó de trazar versos para el olvido. No estaba, y solamente entonces, la memoria de la casa, de sus ocupantes, su nombre o su verdadero lugar en el universo, cayó insensiblemente en el olvido, en el vacío blanco de la muerte.


Y con la muerte sobran todas estas palabras, ya que tras ella no se es nada.

F.J.CALVENTE


Era un trozo de tela anudado a la reja de una ventana... En un espacio ya olvidado de la Calle Espíritu Santo del Barrio San Francisco de Ronda.

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