Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



miércoles, 29 de junio de 2016

¿QUIÉN DISPARÓ CON EL RETRATO DE DORIAN GRAY?

¿QUIÉN DISPARÓ CON EL RETRATO DE DORIAN GRAY?

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-          ¡Con este mismo libro le pego desde aquí en la frente y verá cómo se da más prisa! –exclamó el hombre ante la sorpresa de todos, con mayor espanto por mi parte porque tras coger mi libro, sin arrebatármelo, amenazó con este a la enfermera que cerró pronto la puerta.

Entonces fue cuando recordé esa foto de arriba. El día en que mi hija Inés descubrió a Oscar Wilde.

Viernes 13 de mayo.

Un día de “iluminadas” resonancias marianas. No me encontraba, sin embargo, en templo cristiano para, según se precie, conmemorar tal vez el milagro de Fátima en Portugal, cuando la presunta virgen se apareció en 1917 a tres pastorcillos en Cova de Iria, ni en otro lugar que acogiera celebrar, Lourdes, Medjugorje, Garabandal…, estas apariciones religioso-inexplicables o, más apropiado, anomalías a lo Encuentros en la Tercera Fase con o sin Spielberg o a los Expedientes X con o sin la pareja de marras. No. 9:30 horas y estaba en el hospital, o en el exterior, en un casetón habilitado para extracciones de sangre en el recinto externo del Hospital Comarcal de Ronda. Un control rutinario para ver cómo estaban mis niveles de anemia, triglicéridos, colesterol… instado por la “médico de cabecera”, entrañable apelativo sustituido por el insípido “médico de familia”, y para sopesar la intensidad de la declinación física en los que andamos próximos a la cincuentena o apuntalando ya los andamios.

Un número, fijo, rojo, enfático, 00, en el visor digital como un ojo mefistofélico clavado en la pared, avizor de las existencias de los allí presentes y los que vendrían para resignarse a su criterio. Miré el papelito que acababa de coger, -18, como el que hubiera cogido en la pescadería, en la carnicería, en Correos. Dieciocho los que me precedían. ¡Ojú! A esperar. Abrí el libro que me había traído ex profeso, “Fahrenheit 451” de Ray  Bradbury. Un solo párrafo, no más de diez líneas, que releí una y varias las veces sin entender qué había leído. No me concentraba. Nadie leía. No podía leer, apoyado a una de las dos columnitas de acero que sostenían el frágil techadillo de entrada a la caseta vampírica, la de “sacar sangre”, afuera, dentro estaba lleno, y hacía frío.

Una mañana gris que apagaba hasta el fresco verdor de los campos que se abrían al frente, las montañas lívidas, congestionadas, ribeteadas por una niebla como espuma de afeitar, dramatizaba la tormenta en las alturas, habitual en los últimos días, una atmósfera de hinchada carencia, como si la mañana congelara el sueño de la noche, amortiguada al igual que el paso de gatos de variado pelaje, de todos los tamaños y edades y sigilos que pululaban por aquí y allá, de cónclaves en los contenedores de basura y en las terrazas de las habitaciones bajas. Nada, imposible, no podía leer, distraído por la parsimonia de los números y la paciencia de los pacientes, hipnotizados en su cadencia, resignados a la enfermedad o a su aparición. También me parecía ser una “rara avis” con mi libro, solo yo, y al que miraban y me miraban sin al menos disimular el gesto de aburrida sorpresa, de rareza, inclusive de rechazo por lo inusitado de leer o intentarlo allí y con ellos que no lo hacían y maldita la gana que tenían aún de interesarles. Sacudí mi pensamiento, o mi sensación, con la cabeza, para repartir rápidos vistazos en el trasiego de personas que acudían a las “Consultas Externas”, la calmada actividad de la lavandería en el edificio de enfrente, columnas de vapor o algodón que se desmoronaban o deshilachaban en el empuje de la húmeda atmósfera, cálculos y repasos y retranqueos del personal de mantenimiento en sus singulares tentaderos, furgones, coches sanitarios, errantes presagios de unas nubes grises, la salmodia sibilina en los altos árboles, esporádicos médicos o enfermeros con ondulantes batas como grajos blancos que diagnosticaban tenebrosos anuncios. Distraído para que no fuese tan cargante el tiempo, la espera. “Lee”, me decía y con la misma prontitud me inhibía.

Lentitud. Personas mayores, ellos. Eran cuatro, con gorras, con paraguas que sostenían en el regazo, abrigados, sentados, rígidos en los duros asientos de plástico, ¿no será aquella demora ambiental un paralelismo con el hecho de tener que despojarse de tanta ropa para que pudieran ser penetrados, dejarse perforar con agujas sus duras venas en los desnudos brazos? Sus ojos subrayaban la caligrafía del cielo: grises, brumosos, nostálgicos. “Hombres de rostros quemados por mil fuegos reales, y diez mil fuegos imaginarios” Una mujer, más joven, cincuentona, de pelo corto, alta, decidida, simpática, que sale a fumar y dice: “a echar una cigarrá, que me da tiempo a morirme y a resucitar dos veces”. Ojeada socarrona a mi libro que buscaba con ahínco el cobijo de la axila. Personas mayores, ellas, con repasos de escáner o radiográficos, meticulosos, descarados, alguna sonrisa en el mentón fruncido, una mezcolanza de colonias destiladas hace cientos de años. Toses. El 3 que equivale al 113, “me cachis en diez” “¡Ay Dios, llévame pronto!”. Un muchacho impaciente, tenía que estar en El Ferrol, pero necesitaba conocer su grupo sanguíneo con tal urgencia como trascendente calcular un nuevo algoritmo matemático. El acento era de militar, de no estar curtido en ninguna batalla, de extraño aire, retraído, flequillo recto como un tajo en la palidez de su rostro. “Nos vemos, espero”, saludaba a otro, conocido o compañero, alejándose con premura. “No creo”, respondió de espaldas, casi a la carrera. El tímido encogió los hombros, inocuo, y miraba sin mirar su teléfono. Yo miré de nuevo a las mujeres, a las ancianas. Sus manos entrelazadas, activas en dos de ellas como si enumeraran las 59 cuentas de un imaginario rosario y rumiaran los veinte “misterios”, con sus padrenuestros, glorias al padre y avemarías. Los bolsos voluminosos colgaban de antebrazos de piel parcheada, enharinada y cuarteada, árida y con manchas geométricas marrones en una señal, similar a los anillos en los troncos de los árboles, del vuelo de los tiempos. ¿Qué otros “misterios” celosas guardaban  en los bolsones? Sorprendería en esos un libro, no del tenor del mío, cualquiera que les permitiera ejercitar la mente y mantener a raya a ese espectro terrible que les hurtaba hasta el paraíso de sus propios recuerdos. Desprecio. Miré de nuevo a todos y a ninguno, recordando una frase, bastante oportuna, de Oscar Wilde: “El mundo llama inmorales a los libros que le explican su propia vergüenza”. A lo que luego no pude entender, ni someter, fueron los estremecimientos de un temor aunque cercano, indefinido.

Dos muchachitas, de cuarto de la ESO, suponía, dos adolescentes alteradas, de miradas sufridas, de rastros huidizos, de recelo, de sentimientos desarraigados, no era aquel un lugar para ellas, para nadie. Una, de grandes ojos oscuros magnificados por un ingenuo rímel, con el pelo largo, negro, suelto, alisado con plancha; en la otra recogido hacia atrás en un moño sujeto por pinzas que rebotaban la tristeza de unos fluorescentes muy cercanos, nariz como un botón, salerosa, ojos oblicuos, verdes, muy juntos. Estrechos “leggins” negros de Decathlon, deportivas de marca, sudaderas grises, “GAP” y “OBEY Worldwide” respectivamente. Sujetaban ora contra sus torsos, ora contra sus caderas, unas carpetas que adolecían, los tiempos, las modas, los desusados recortables de estrellas de la canción o de agraciados actores de los que no visionaron película alguna. No tenían libros de texto, al menos. Solo aquel destierro desdeñoso.

Una mujer salió de la caseta para apoyarse en la pared metálica junto a la entrada, a escasa distancia de mí, intranquila, ansiaba como el aire fresco de la mañana y no necesitarlo para nada, pasados los treinta, atractiva, como de estatua clásica, pero, creo, del Partenón de los Testigos de Jehová. Su rostro albergaba una bella ausencia, como una de esas profecías fallidas del fin de su culto o religión o cuento, inexpresiva, nerviosa acaso en su búsqueda obsesiva de un dios presente, presente en cualquier lado, y sin embargo siempre escondido, o en la metáfora de otra parusía inmediata, a lo mejor en la enfermera que la llamaba y así era anunciada por el número, el -13, precisamente en día tan señalado y eso que sus cófrades ni adoran ni veneran a la madre de dios. No llevaba ella, ni para entretener la espera, alguno de esos ingenuos panfletos intitulados “La Atalaya” o  “¡Despertad!”, con los que pretendían alejar sus miedos, la fe en fuga, y administrar la curiosidad acólita de los que pretendían captar; en disposición o formación de dos como la castiza Benemérita; y asegurar que Jehová, su demiurgo por la “gracia” de un iluminado o estrellado, un tal Taze Russell, estaba presente hasta en la bendición de las lentejas con chorizo, sangre eres y en sangre te convertirás, permisible en extraer la sangre de sus fieles, pero inflexible con las transfusiones y aunque se resignasen a ser llamados a su lado, en otra de tantas estupideces sectarias. Ni “Atalayas”, ni biblias, ni juntos los 66 libros hermenéuticos del “opio del pueblo”, reducidos en un tenor de sus descontroladas neuronas… “¡Despertad!, cojones”. Hasta estos, con sus pintas de empollones de los años setenta, daban la sensación de anatematizar la lectura, al libro, como un engendro del maligno o como estaba escrito en una de las páginas del mío: “Si escondes tu ignorancia, nadie te herirá y nunca aprenderás”

“Angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la vida, y pocos son los que la hallan” No fueran estas las palabras sino otras: “Si la puerta no se cierra, es imposible que se caliente la habitación”, dijo con irritación no Mateo el Evangelista, ni menos Bradbury al que acaricié y señalara a todos, y acertado, que nadie oyó, de “Calidad, textura de información... tiene poros, tiene facciones... Cuantos más poros, más detalles de la vida verídicamente registrados puede obtener de cada hoja de papel... Los libros... Muestran los poros del rostro de la vida”, sino la enfermera que asomó su gesto avinagrado por el vano del otro módulo prefabricado en el que se nos hurtaría un poco de nuestro fluido vital. Mirábamos la puerta, los de dentro y los de fuera. Tenía razón la enfermera, por supuesto. De hecho, hacía más frío dentro del armatoste de estructura de acero auto portable que en la calle, a pesar de estar protegido con una imprimación antioxidante y pintura mineral, de cerramientos fabricados en panel sándwich y ejecutados con dos chapas de acero con alma de espuma de poliuretano que garantizaría su aislamiento térmico y acústico. Runruneaba un aparato de aire acondicionado, no era Fujitsu, no concurría el silencio. Nada, ni un calorcillo, ninguna sensación de tibieza como la de pies que rozan a otros pies bajo las mantas, a lo mejor por estar la puerta abierta. Pero muchos son, éramos, los de la espera; y la otra sala de espera estaba lejos, algunas muletas disuasorias a consejos, a la distancia, y al mismo frío. Esperar. Entrecerramos la puerta, dejamos libre una rendija por la que los de afuera nos asomábamos al oráculo de los turnos. “Ya se nota el calorcito”, atestiguaban unas voces de adentro.

Con indulgente envidia reparaba en los que me precedieron y ya salían, marchaban, hombres y mujeres, mayores y jóvenes, niños, … sujetándose el antebrazo, a la derecha o a la izquierda, presionando en la incisión, la venopunción, por la que penetrara la aguja y extrajera la sangre de una de las venas situadas en la fosa cubital del brazo. “Era como una de esas afables figuras de un espectáculo o representación cuyas alegrías parecen remotas, mientras que sus penas conmueven nuestro sentido de la belleza con las rosas rojas de sus heridas” Palabras que no leí entonces, sino que recordé no sé por qué y, con temblor, ni a quién pertenecían. Otra auxiliar de enfermería, de blanco, con rebeca azul raída, destacaban las bolas, las pelusas plomizas aferradas al tejido, entraba en el funcional y destartalado módulo sanitario. Mujer no muy agraciada… fea; ni atemperada por el “eau de parfum” Euphoria de Calvin Klein que desprendía y dejó como una estela de ensueño si cerrabas los ojos e imaginabas cualquier señuelo placentero y lejano a lo lóbrego del momento presente; una fragancia más a madera que floral, exótica, la que no sé por qué rezumaba orientalismo, a caramelo, pachuli rebajado, la que dejaba una sensación cálida, vibrante, y a pesar de ser una imitación con seguridad comprada en un supermercado de barrio o en los “chinos”. Hay salarios que no estiman estos insinuantes dispendios. Y si se permitieran un mínimo capricho, con seguridad no se trataría de un libro, ni siquiera alguno de los románticos escritos por su compañera Fifi López; y sin atender que en estos, en sus historias, o en particular la de Valentina en “Los Canchos”, experimentaría sensaciones igual de gratificantes que el perfume, el fulgor de una joya, el incendio de un crepúsculo en el Caribe, o un espejismo en las arenas del desierto. “Vivimos en una época en la que ciertas cosas innecesarias son nuestras únicas necesidades”, volvió la cita literaria de autoría incógnita, de acuerdo que por poco tiempo. Al momento salió la enfermera… fea, con una bandeja o batea con los tubos etiquetados de las muestras de sangre, supongo que camino del laboratorio u algún otro lugar secreto en el que se estudia la vida alienígena o el control de las plagas bíblicas, y por cierto servicio de “inteligencia” de los que acostumbran a controlar y experimentar con las rutinas de nuestras existencias.

Trepidaba el musiqueo del paso de un número a otro en el ojo cuadriculado en la esquina derecha de la puerta, indicando el turno en cifras rojas. Las voces aumentaban su timbre y cedían, subían y bajaban. Una risa disimulada. Una tos de compromiso, para iniciar o cambiar el tercio de algo. Una viuda, sea de negro, enfatizaba entre sus prominentes pechos un medallón con la foto de un joven; quizás no fuera viuda, o tal vez sí, enlutada por un hijo, por un hermano, muerto y recordado en una medalla que estaría contraindicada para las cervicales, y ya excesivo peso soportaba con la gravidez de sus tetas colosales. De improviso pensé en el retrato, o en otro retrato con la impresión de haberlo visto o vivido con anterioridad, y ahora, con desazón, no recordarlo; pero no por el objeto, en la metáfora o un extraño recordatorio de que en aquel veíanse, con consciencia, los efectos en un alma afectada por vicios y pecados, excesos y despilfarros, como si… envejeciera y desfigurara el retrato de alguien que no era otro que tú, yo, cada uno de nosotros o cada uno de los que leéis en estos momentos mi relato; y en el cual miras, miran, miramos la degradación que no nos afecta sin reflejo de por medio. Lo cual, unido a la alegoría del luto de la viuda, madre o hermana, la pérdida de un afecto, de un amor que entroncaría con el resultado por esa vida dilapidada y en una condena de infelicidad para siempre. ¿Qué? ¿Dónde antes? ¿Fausto…? ¿Dorian Gray…?

De negro, no creo también viudo, un muchacho, con gorra de las de New York xerografiado, barba rala, de cubista peinado con los laterales de la cabeza rasurados y un reguero profuso de pelos elevados con gomina en un flequillo como una ola impetuosa, cazadora de cuero negro, pantalones de pitillo negros, mocasines negros, mirada negra. Se incorporó del asiento colectivo una mujer de silueta resonante, de campana, falda oscura, blusa rosa, caderas rotundas, nerviosidad en los dedos, oculto el rostro. Indecisiones desesperantes. Atisbos consensuados de los sedentes en un punto indefinido del suelo de chapa, para luego, fugaz, dirigirlo en cualquier movimiento, o sonido inesperado, con atención en el visor electrónico de la vez, tal si les hurtaran un momento mítico. Yo estaba ya dentro, junto a la puerta, al lado de otra cerrada y, según su rotulo arriba, conducente al aseo. Leía, o lo intentaba. Y al momento sentí ser observado con fijeza, con juicio, por alguien que acababa de entrever su apariencia y al que me volví con extrañez. Un hombre de cuello hundido, con gafas, boca entreabierta por la que se abría paso un resuello arrastrado, pantalones veis de pana, pliegues duros, quemados, en la cara, fornido, un reloj aparatoso, antiguo, que sobresalía en su muñeca peluda, simiesca, las mangas de una camisa de algodón, la pelliza de un color azul, casi negro, ... Vi su perfil cuando asomó la cabeza dentro, mecían quebradizas algunas canas en el flujo del aire acondicionado. Alguien muy familiar, o provocador de una emoción intensa. Un escalofrío recorrió mi espalda. Miedo. Esa mirada satisfecha con haber vaciado el cielo de sus adentros y reflejar las llamas de su infierno absoluto. El retrato que se resquebrajaba porque era arrojado contra algo, contra alguien. ¿Quién era él? ¿Porqué?

“Hay otros que están peores”, “Eso no es nada”, “Mejor coincidir en calle la Bola”, “Ya me toca”, “Qué lento”, “A ver si sale el sol, estoy helaita”, “¿Quién tiene el 15?”, “¿Y el 20?”, “Pues yo oí en el Charry no sé qué de la contribución”, “Mañana es la misa del mes”, “La pobre va a quedar para vestir santos”, “Yo voy detrás de aquella mujer”, “Tiene que coger el número”, “¿Quién es el último?” “Usted que acaba de llegar” … Diálogos de las esperas, para no sentirse desamparados, desconfiados de las atenciones, recelosos del turno, espacios en los que la soledad era contagiosa, e hiriente. Miré la ventana con barrotes de aluminio, de blanco desteñido, sucias salpicaduras en el cristal, ¡tuum! del aparato de aire. Después leí un cartel: “Aviso a los usuarios. Para garantizar la intimidad y la comodidad de los pacientes, solo se permitirá la entrada del paciente…” Fuera nos masificábamos, como ovejas en el matadero, como a las puertas de unas rebajas; probablemente para que, en estas estrecheces, en ocasiones asfixiantes, dejáramos atrás los nervios, la aprensión por las pruebas médicas, viciarnos de cierto valor humano. No dejaba de ser una excusa, un consuelo.

Refugié mi percepción en Bradbury, en una página del libro, y aun así me llegaron unas frases de Oscar Wilde que comenzaban a preparar el terreno, a plegar un recuerdo de ayer en el momento actual, el pasado presentado de improviso como un hijo pródigo que aparece a la hora de la comida, o esa sensación de ser mirados y comprobar la certeza directa entre un montón de posibilidades, a cruzar de una memoria a otra bajo un criterio insondable, o quizás yo no me encontraba, suele ser la pauta general, en la vibración necesaria para vislumbrar y entender su significado: “… la gente tiene miedo de sí misma. Han olvidado … el deber que uno tiene consigo mismo … privan de alimento a su propia alma y están desnudos”. La Plaza del Socorro. Mi hija Inés… Levanté la mirada de la novela a la salida de la enfermera tras una paciente que se sostenía un algodoncito donde la punción en el antebrazo. Era mi turno, pero el marcador no pasó del -17 al -18. Y con todo continuaba recordando: Dos euros que volaron de mi bolsillo. “El retrato de Dorian Gray” … “Si no cierran la puerta, la habitación no se caldea”, amonestó la enfermera de gesto avinagrado. “Podían darse un poco más de prisa…”, increpó una señora de peluca más azul que gris, sin cejas, con la poca convicción de un susurro que resultó inaudible para casi todos, en particular para la sanitaria que no la oyó, y que guardaba el recelo de esa Juana de Arco de los impacientes ante cualquier sibilina venganza o agravio como que la aguja de las extracciones atravesara su vena o la desangrara complacidamente. La Feria del Libro… ¡Como unas casetas de tiro! Y para cuando el recuerdo se materializó, o presentó su completa fisonomía, en un “déjà vú” tan real, en una insistencia del tiempo que se gustaba y a mí me esclavizaba, regresó el hombre con su sensación familiar y temerosa, para, reiterando cuanto ya sucedió, coger un ángulo de mi libro y decir aquellas palabras que terminaron por abrir el recuerdo y mi pavor por lo que acaeciera:

-          ¡Con este mismo libro le pego desde aquí en la frente y verá cómo se da más prisa! –exclamó el hombre ante la sorpresa de todos, con mayor espanto por mi parte porque tras coger mi libro, sin arrebatármelo, amenazó con este a la enfermera que cerró pronto la puerta.

Ni así viniese Fausto, ni Dorian Gray, ni otro prototipo de la eterna juventud para imbricar, continuar con el antecedente de este relato que para nada tiene de temática faustiana y tal vez mucho de literaria, o de reivindicación de la lectura. No, y aun no siendo una historia de terror gótica, o según y cómo se mire y por la tensión que rezuma en determinados tiempos de este cuento real, hay un después contextualmente deportivo para confluir, ahora sí, en un retrato romántico. Fausto no, pero el demoníaco hombre de impulsos agresivos por cierto manejo demencial de la literatura, de su concreción en los volúmenes de hojas escritas como armas arrojadizas, de concretarlas, o al menos eso intuía, en “El retrato de Dorian Gray”, en una singularidad inexplicable, ni mucho menos aleatoria, para cambiar el rumbo de lo que en ningún caso tuvo invocación y vocación literaria y bastante de ira personal; si bien en sus salidas ofensivas de hecho se observara la corrupción de su alma como el personaje de Oscar Wilde. Y del mismo modo eran factibles los paralelismos entre la decadencia de la sociedad inglesa en la novela bajo el reinado de Victoria I con esta Ronda apática con nuevo gobierno municipal de la socialista Teresa Valdenebro, tripartito de un PSOE del trébol más que de la rosa y ex andalucistas o lo que ahora sean y comunistas de la izquierda unida mojados por el atractivo “sorpasso” del otro Pablo Iglesias, que desbancó del “Sunset Boulevard” de Plaza Duquesa Parcent a la Norman Desmond (Gloria Swanson) del populismo tópico y afectado, la “PoPular” Maripaz Fernández en el “crepúsculo” ya no de Wilder o tal vez de Bendodo; y, justamente, con toda la carga adjetiva de vanidad, arrogancia, moral perversa y retorcida, despechada y taimada, como uno o todos los vicios de los que se contagia y contemporiza Dorian Gray. Y en este “quiero y no puedo”, o en este “Si no quieres que un hombre sea políticamente desgraciado, no lo preocupes mostrándole dos aspectos de una misma cuestión. Muéstrale uno.”, remataría Bradbury, la decadencia de una sociedad donde la lectura, o su incentivo, fenece junto con su aspiración. Un hombre, al caso, que se dejó ver no por un pacto con el diablo para conseguir la eterna juventud, tampoco ante un espejo o en el retrato que Basil Hallward pintó del joven y bello Dorian Gray, convencido éste de querer la eterna juventud, y ya que la belleza era lo único emérito del mundo, de ver cumplido su deseo de no él, sino el dibujo del lienzo el que envejeciera, por sus excesos incontrolables, dañinos, y los que, en otro orden de las cosas, o lo que nos tendría que importar acerca del malvado personaje del casetón del hospital, hubiese sido hasta menesteroso, bienvenido, para que en lo instintivo, en lo catártico de sus acciones, devolviera la atención que merece, y exige, la literatura, el libro. Un libro, dicho sea de paso, que aprovechara la exaltación de los sentidos, de la belleza reclamada por Lord Henry, y escanciarla con dispendio en las historias de sus páginas, ajenas, eso sí, al hedonismo del protagonista y del placer por el libertinaje y perversión del otro, de Dorian.

El mismo hombre mayor al que vi, libro en mano, al día siguiente, 14 de Mayo, al paso de una de las pruebas deportivas más importantes de Andalucía. La competición organizada en Ronda, la que para la televisión de los andaluces, Canal Sur, como si se tratara de un apacible rebaño de cabras que cruzara indolente la autopista de la Costa del Sol; es decir, indiferente para Juan y Medio y para el otro medio de un folclorismo casposo y ridículo, sin importancia mediática o informativa o meritoria de una copla ensalzada en sublimidad de su esencia comunicativa. Ominoso el silencio a los 8.000 hombres y mujeres llegados a Ronda de todo el mundo y a la búsqueda de sus encuentros consigo mismos, con su leyenda personal, en el desafío deportivo.

Allí estaba él, en la acera de enfrente a la mía. Presté atención al individuo, como lo hizo Oscar Wilde en uno de sus personajes presentes, me estaba ya obsesionando con estas alusiones; es decir, lo observé “con el extraño interés por lo trivial que desarrollamos cuando lo verdaderamente importante nos atemoriza, o cuando nos conmueve una emoción por primera vez y no logramos exteriorizarla, o cuando un pensamiento que nos aterroriza pone cerco de súbito a nuestra mente y nos apremia a ceder”. Sábado de una tarde azul, fogosa, luminosa, ahíta de energías y asombros, de sacrificios y glorias; inhabitual a los últimos días. Calle Imágenes, en el Barrio San Francisco, en esa intersección de espacios y tiempos que aúnan lo mítico con lo cotidiano. Yo tenía la espalda apoyada en el muro de mampostería que abre más que cierra la subida, o bajada en otra perspectiva muy distinta, de calle Imágenes con Prado, la curva tímida, decidida, que si desde allí parece vaciarse como un afluente en la alameda de San Francisco, esquiva el solaz plano de árboles, piedras y mármol con el telón de la cal de las casas, para aventurarse hacia la ciudad en la rigurosidad, y sinuosidad, de las murallas, al socaire del baluarte del Castillo y en el respiro de una pantalla de pinos y eucaliptos, de rincones ajardinados en los que se solazan la sobriedad de la arquitectura antigua, iglesia del Espíritu Santo, murallón, y la luz, la distintiva luz de esta ciudad soñada. Lugar idóneo para disfrutar, y animar a los atletas, en aquella hora solo a ciclistas que culminaban el último kilómetro de los “101 Km. en 24 horas” organizado por La Legión, en el postrimero y titánico esfuerzo por la empinada subida de los Molinos. Músculos tensos, salpicados de barro, de sudor, el dolor en sus facciones, el brillo de la heroicidad en sus ojos, pedaladas, cambio de piñón, pedaladas, aplausos, ánimos... El espectáculo era hermoso, siquiera más intenso al estar alentado por el fervor de quienes, junto a mí al pie de asfalto, vitoreaban a los deportistas. Una sonrisa de satisfacción, y admiración, al extenderla en la hilera de los otros espectadores y animadores de la prueba, en la otra orilla de la travesía; hasta que decayó mi mueca feliz cuando advertí en él, con un pie apoyado en la torre semicircular de la muralla que refulgía en el dorado de la vecindad del ocaso. El hombre de ayer que quiso arrojar mi libro contra la parsimonia de una enfermera. Y en ese momento era él quien tenía un libro en la mano. Un libro de color verde aceituna. Y una sonrisa artera en sus labios, concentrada en el paso de los ciclistas, quizás esperando al que pudiera ser el “blanco”, ¡No, por favor!, de su “arrojo” literario.

No hace falta recalcar en que la exhibición deportiva dejó de tener mi atención y diversión por el miedo a lo que aquel desequilibrado pudiera hacer empleando su libro como arma para derribar a alguno de los ciclistas o lesionarlos o cuanto menos desconcentrarlos. El mismo miedo que me impedía plantear la causa para su chifladura, muy peligrosa por cierto. De ahí que, por esa cobardía pareja al temor, decidiera poner espacio y olvido de por medio, al igual que hice o tal vez soñé o pensé en un contexto similar y con su mismo factor exponencial y adverso. Subí por Imágenes, alejándome del desasosiego provocado por ese inicuo hombre o a lo mejor merecería serlo, deseoso de recuperar mi entusiasmo e interés por el desarrollo de la competición. Me senté en el murito al pie de Imágenes que colinda con la parte escalonada de Espíritu Santo, en el último requiebro acusado antes de tomar la calle su subida algo más diagonal y encajonada entre la pared de El Castillo asfixiada por un matorral infame, y el lienzo de lanzas de yerros y enredos del talud hacia unas montañas redondeadas y de mieses de verdor claro, desvistiéndose de primavera para enfundarse en el pajizo del estío, y en un extremo la parábola armoniosa de las murallas del Carmen y el asentamiento urbano de la ciudad. No sé si fueron horas las que permanecí en ese lugar observando y animando a los ciclistas y a los primeros marchadores tras nueve horas de batalla. Tampoco recuerdo el motivo para hacer una pausa en mi seguimiento de los “101 km en 24 horas”, fútbol televisado o algún otro quehacer doméstico, y desandar los metros que antes tomé provocado por el miedo concitado por un hombre al que no vi, ya no estaba, junto a la torre de la muralla y entretanto insistía, con sonrisa artera, en la presión del libro en su mano.

Él no estaba, pero sí un libro, tal vez su libro, en la otra acera, enfrente donde el personaje ido acechaba, acosaba y yo temía y rogaba con que no hubiese ejecutado nada. El libro, no obstante, abierto en el suelo, con algunas de sus sepias hojas arrugadas, pisoteadas, como el cadáver de una paloma con las alas abiertas, mostraba la evidencia de haber sido arrojado con ruido, con furia, con rabia, y siquiera más doloroso de no tener a nadie que mostrara y postrara su compasión, su ayuda por cogerlo, quitarle el polvo, humedecer los desgarros del cartón por su empellón contra la piedra y antes… rogaba porque así no fuera, antes contra nada. Por eso quise acariciarlo para devolver el calor de su historia en unas letras que parecían desleírse como el día en el crepúsculo, rescatarlo de su abandono entre colillas de cigarrillos, cáscaras de pipas y gusanitos, envoltorios y chicles; humillada la dedicación, esfuerzo y sueños depositados por un escritor y por los lectores cuyo hálitos mantenía una ligera brisa que estremecía la voluntad de sus páginas, para morir como se tiran los sueños por el sumidero de la resignación, las ansías por la apatía, y el consuelo por el mismo desconsuelo. Me agaché y cogí el libro, con mimo, con ternura, desprendiendo la suciedad aferrada en sus tapas, las que dificultaban que lo consolara y lo llamara por su nombre. Seguro que era el libro que llevaba el desalmado hombre, el libro de color verde aceituna, y al que odié por arrojarlo, con ruido y furia, y deseaba que sin daño alguno, salvo el ocasionado a aquel, a deportista o espectador. Adopté al libro, ya mío, y me lo llevé para que compartiera espacio y curiosidad junto a otros de los suyos, en las estanterías de mi casa, en los vasares de mi intelecto y corazón. Antes pregunté, con el alma en vilo, a un policía local primero y a un soldado legionario después, si se había producido algún incidente o accidente justamente allí y en el que se hubiese visto infligido algún deportista u observador. No les constaba. No fue suficiente para calmar mi incertidumbre, mi desaliento. Busqué el desahogo, y lo obtuve, en el tacto, en el olor, en el sentido de las letras del libro que como un bálsamo me correspondió con generosidad, a manos llenas o con sentidos plenos. Sentí “que el libro escondido latía como un corazón en mi pecho”, y al que llamé por su nombre, “El ruido y la furia” de William Faulkner, de una colección de Premios Nobel de la Editorial Planeta de 1973; y al que oí en tanto atravesaba la alameda hacia mi casa: “Antes se reconocía a un caballero por sus libros; ahora se le reconoce por los que no ha devuelto”. Nunca nos separaríamos.

“Salí hacia la luz del sol, reencontrándome con mi sombra”. Pasaron los días y con estos el olvido de los sucesos acuñados por una persona inestable que todavía, en mis estremecimientos, la ansiedad por una intuición escurridiza y notable de lo que ya ocurrió y de lo que, en su circunstancia, sucedería las veces que fuesen necesarias en la enferma e inmoral voluntad de quien fue la sombra faulkneriana en el pasado y en el futuro de unos extraordinarios contextos que eclipsaron la luz del sol de mi existencia, y que se mantenía presente y acechante. Seis las jornadas transcurridas hasta llegar a un viernes 20 mayo con toda Ronda, y en especial el Barrio San Francisco, arropada en color, tradición y romanticismo. Prolegómenos del pasacalle que daba pistoletazo durante el fin de semana a la recreación de ese costumbrismo en Ronda idealizado por los viajeros del XIX, europeos y norteamericanos, de la “Ciudad soñada”. Ronda Romántica. Tradición, historia viva.

No me disfracé de majo o bandolero, de soldado francés o arriero, de “época” y como lo habían hecho mis hijas, mi mujer, familiares y amigos, agrupados en torno a la pancarta del “Arrabal bajo”. El día se mostraba resuelto con facilitar el solaz festivo, soleado, diáfano, corría incluso una brisa fresca, agradable, que suavizaba el rigor voluntarioso del sol y las posibilidades puestas en la diversión. Me sumergí en la algarabía de gentes, animales, colores, estruendos, exotismos y reclamos dispersos en la rebujina que secuestró el sosiego de la alameda del Barrio San Francisco. En mente, en el espejo de sus palabras, a William Jacob en su descripción de estas parafernalias de hoy que ayer, por 1810, fueron locales, corrientes: “Las mujeres suelen llevar vestidos amplios, de tal manera que es difícil precisar sus figuras. No usan sombreros, sino velos confeccionados con una franela azul pálido o rosa. Todos sus movimientos desprenden una gracia especial. Característico de los varones es el gorro de montera, de terciopelo negro o seda y adornado con borlas y flecos. La chaqueta es corta con botones de oro y plata y otras veces con bordados. Están muy bien proporcionados. Son robustos y activos, con una flexibilidad admirable en sus miembros, lo que sin duda contribuye a dotarlos de una agilidad sorprendente para saltar y escalar, por lo que son famosos. De alabar es la amabilidad con que tratan a los forasteros y sus modales, en general, son muy distintos de los palurdos campesinos alemanes e ingleses”. Me sentía uno de aquellos escritores románticos fascinados por un mundo distinto y lleno de atractivos, inquiriendo aquí y allá la musa de la inspiración, la sorpresa, para hacer de notario de una esencia imposible de inventariar: “…he contemplado el carácter de las personas que he conocido y, más que nada, las deslumbrantes peculiaridades de la región más pintoresca de Europa, que me han proporcionado miles de agradables sensaciones y de recuerdos en los que, con inusitado placer, me sumergiré el resto de mis días”.

Disponían, no sin esfuerzos, los de la organización municipal el orden de salida en el pasacalles o desfile insistiré en llamarlo romántico (y como es preceptivo en la conformidad de su nomenclatura, consensuada, y démosle su idea o factor embrionario a “maese” Peralta en detrimento de los que fueron andalucistas y ahora no sabemos, beneméritos por entregar la propiedad y protagonismo del evento al rondeño, al serrano, y no a tanta presunción de un intelectualismo mercantil y no por ello miserable, al contrario, ensalzable) primero los cuerpos de seguridad con el uniforme de gala del momento histórico, y la sucesión de los distintos pueblos de la serranía con sus peculiares representaciones, las bandas de música, diversos cuadros… el pueblo deseoso de ser otros o los mismos en un viaje en el tiempo. No quise perderme el orden normal de la cabalgata, así que abandoné la plaza de San Francisco y el barullo protocolario, para sentarme en el mismo murito bajo entre calle Imágenes y Espíritu Santo; donde no pude obviar cierto escalofrío, el cual me hizo registrar los espacios visibles e invisibles, con la memoria emplazada en la prueba deportiva de los “101 km” y en un malévolo personaje que, aun sin autenticar, usó a Faulkner, precisamente con “Ruido y furia”, ¿Antes a Wilde?, como ingenio agresor contra algún presumible ciclista. Me sacudí de pretéritos ingratos, en especial uno que significó mi temor por ese autor de literatura arrojadiza y que todavía, foto alusiva y arriba, no clarifican las otras historias de este relato el origen de su mal o acción consumada y punible. Al tiempo.

Me senté en el poyete que retenía el calor húmedo del día, entre conocidos y una pareja rubia, agraciada, masculina, de ingleses o norteamericanos al borde del síncope fascinador por el espectáculo que se desplegaba destrozando su amaneramiento abúlico. Y me entregué ocioso a todos los pormenores del desfile, sublimándolos, recreando en mi imaginación el siglo XIX; sintiéndome, como hizo el actor Marcos Marcell en el magnífico pregón de esta edición de Ronda Romántica, un viajante, un escritor romántico como Washington Irving, Anatole Demidoff, Boissier…; sabedor que, al igual que Antoine de Latour, “Ronda posee todo cuanto puede atraer la curiosidad del temerario viajero.” ; y puesto que al ir de la mano de Benjamin Disraeli, “El aire de la montaña, el creciente sol, el apetito, la variedad de cosas y personas pintorescas que encontrábamos y el inminente peligro, trocaban mi vida en una delicia”. Saludé a Belén, antigua presidenta de las Damas Goyescas de Ronda, acicalada como no podía ser de otra manera con esos trajes de cuando el torero Pedro Romero templaba la leyenda y Goya la inmortalizaba en sus lienzos, acompañando a la delegación de un pueblo vecino, cortesía o reivindicación, igual daba.

No hacía falta cerrar los ojos para sentirme dentro de un sueño. El paso de una reata de mulos y asnos, bestias por lo autóctono, con los serones de esparto repletos de vino y viandas para los partícipes, alusivas de las mercancías en su mayoría de estraperlo y con la que recorrían caminos polvorientos, intricados, por pueblos y lugares, cañadas y desfiladeros, me hizo recordar la importancia de los arrieros en la Real Feria de Mayo de Ronda y de la buena idea tomada este año de hacer coincidir este tradicional y devaluado evento, Feria, con los fastos generosos y solícitos de Ronda Romántica. Una coplilla entonada por lozanas mujeres con un optimismo desenfadado en sus rostros, de Benaoján creo, trajo el recuerdo de esas cuadrillas de recorridos extenuantes y arriesgados a lo largo y ancho de la geografía andaluza, y en particular por lo agreste y sugestivo de la serranía de Ronda, cuando la ocupación del francés, en la Guerra de la Independencia; y para ello me servían las imágenes rescatadas de la escenificación del pregonero de estas fiestas con esas canciones, chascarrillos, glosas, en la posada que era el escenario de todas las posadas, de los ventorrillos, de grutas o al socaire de sombríos peñascos a la lumbre de un fuego. Compartiendo historias reales e imaginadas, talabarteros, herradores, seroneros, corcheros de Cortes de la Frontera, carboneros de Parauta, aguadores del Genal, caleros del Oreganal y hasta neveros de la Sierra de las Nieves, acechando los ruidos de la noche, los aullidos de los lobos, el ulular de las lechuzas, crujidos de los insectos, el sonido seco de los cascos de caballos de una patrulla francesa, el mullido de unos ladrones, o el mítico de los bandoleros… Dichoso, seducido por la magia intemporal que desprendía este pasacalles suspendido en el ayer, de una trascendencia con la que jamás, la organización, podía mostrarse satisfecha, redoblar los denuedos por hacerla mejor, por aprender de los errores, a solucionarlos, y enalteciendo una fiesta que tiene que ser un hito fundamental del atractivo de esta ciudad, de nuestra identidad, y allende nuestras fronteras. Días de mayo asomados al balcón de la historia, de la leyenda, asomados a las calles convertidas en arterias por las que fluye la sangre de un recuerdo vivo. La nostalgia, ahora, no sustituirá a lo hecho, siempre poco, no tiene porqué cerrar los postigos hasta el año que viene… imaginar y crear un escenario aún más épico, palpitante y atractivo. Algo así escribí en mi perfil de Facebook, en una reivindicación de que la distorsión fuera por la propia recreación de un tiempo antaño, no por el perjuicio de la negligencia corporativa de hogaño.

Iban mulos, asnos y otras bestias de arrieros, viajantes o soldados, goyescas o majas, nobles y plebeyos, entre cánticos, ovaciones y expresiones de júbilo, entre fragosos truenos de trabucos bandoleros y mosquetones y cañones del francés. Una diversidad de colores y tejidos, de hábitos y usos. Hombres que iban con calzón hasta la rodilla, chalecos de cuello de tirilla marsellés, chaquetón de coderas heredados de aquellos soldados franceses, de ahí el nombre, de paño marrón o negro, de mangas abiertas, con costuras o sin costuras en la espalda y a los costados, medias claras, zapatos con refulgentes hebillas. Polainas en algunos caballistas. Pañuelos al cuello. Majos rondeños que exhibían fajas de color en la cintura, luciendo grandes patillas que habían cuidado con escrupulosidad durante meses, al igual que las barbas y otros decoros al caso. No eran muchos los que llevaban recogidos sus cabellos con una redecilla, con montera o sombrero de tres picos, más profusos los de catite calañés dejando ver un pañuelo a la izquierda. Por el tiempo, y la temperatura, salvo algunos clérigos, no observé capas. Muy logrado ese distinguido notario. Jubones de terciopelo negro, de “pastira” jienense, escotados y con haldetas, cierres con presillas y corchetes, encajes de bolillos… Difícil sustraerse a la beldad de las majas, cortesanas y populares; atraían más las de cuerpos inflados, resaltados por el negro, por los abalorios, los encajes, pasamanería, rosetones de mostacillas. Mangas largas o cortas, con bocamangas de bordados o no, con volantes de encaje o con el mismo adorno de rosetones. El negro como la hondura de las noches de Ronda, de sus misterios. Majas y goyescas, bellas y encantadoras. Medias lisas o con dibujos, con zapatos cerrados con hebilla o abiertos. Escotes infinitos de voluptuosidad abrumadora. El pelo recogido con cofia, catite en un sinfín de modelos, sencillos o profusos. Delantales domésticos y más sofisticados en las linajudas que lo llevaban exclusivamente de adorno, también más largos y estrechos, con basquiña y mantilla o sin estos. Geometrías imposibles y preciosas en madroñeras y flecos. Refulgían terciopelos y sedas, incluso el raso y la sarga, ondeaban las cintas blondas, los flecos, como una explosión de sinuosidad, de belleza femenina. La actitud desenfadada, de un cinismo provocador, libidinoso, de las majas y que ahora como entonces rompían con su seducción a tapujos y requiebros.

Sin duda alguna, para mí lo más atractivo del pasacalles, por su épica y precisamente romanticismo, eran los bandoleros, esos centauros decimonónicos a los que la propia mitificación de los viajeros románticos les despojó de cualquier matiz sucio, de iniquidad y ordinariez, y los ensalzó en héroes legendarios. Aparecían con ímpetu, con arrestos, de los que se contagiaban sus cabalgaduras, entre pólvora, fulgores en el acero y contraluces afilados que cortaban sus semblantes rudos, enfáticos. Con sombrero calañés, de fieltro sin forma rígida, o con catite rondeño, todos con un pañuelo anudado en la cabeza, cerca de la oreja izquierda, y pendiendo el sobrante en la otra. Raídas camisas de algodón basto, holgadas, en lazadas o agujetas, abiertas en el cuello. Algunos con chaleco de paño y una chaquetilla simple de solapa cerrada a la cintura con lazada; los botones eran un signo de distinción de sus dueños, pocos al caso. Fajas negras, oscuras, enrolladas sobre un pantalón de paño que calzaban muy arriba, unos cerrados por debajo a la altura de las rodillas con un cordón que fijaba las medias blancas, u otros de mil rayas hasta abajo. Polainas en los primeros y zapatos de botín con espuela en los segundos. Caballos sin excesivos adornos, sillas estilo vaqueras o galápagos, cubriéndolas con zaleas o cualquier manta de visto colorido. Estribos de hierro sin cromar. Con ataharres o conocido por retrancas y petrales adornados, alforjas o bolsillos de paño que se colocaban al hombro del caballista al apearse, y manta estribera. Faca o navaja en la faja, o blandiéndolas abiertas en una mano, recogiendo los últimos estertores del atardecer en su hoja. Trabucos estruendosos que dañaban el tímpano y embotaban de humor acre las pituitarias. Extraordinario.

Y desperté del sueño tras el paso de un batallón de soldados imperiales franceses, compañía de un Regimiento de Voltigeurs napoleónico, creo que de Montejaque, de Algodonales no era, en formación de línea, rígidos, de chaco o morrión cilíndrico con visera y placa delantera en forma de rombo, no sé si con un águila estampada y el número del regimiento; casaca azul con cuello y vueltas rojas, solapas abiertas y forros blancos con vivos rojos y botones dorados, calzón blanco y polainas negras; números de metal en el centro y tampoco recuerdo si en los botones. El sargento a voz en mando del capitán los hizo parar, disponerse en posición de disparo, cargar los fusiles Charleville y disparar, decibelios que eran más o menos soportados por los oídos de todos. Otra cosa era cuando los artilleros que cerraban la brigada, curiosa mezcla de fusileros y armeros, acomodaban el cañón de 6 libras, se colocaba una nueva carga con el atacador, se introducía el saquete de pólvora, se cebaba, se verificaba la puntería, se acercaba el botafuego al oído del cañón y se disparaba, descerrajando un trueno tan atronador que apenas apagaba las manos taponando los oídos. De esta guisa también estaba, en mitigar el fragor del disparo, en la acera de enfrente, a ese hombre recortado por el gris pardo de las piedras pespunteadas de hierba de un lienzo del Castillo, el pérfido personaje incitador de un uso belicoso de la literatura o con hacer de los volúmenes cargas, balas, armas.

El malicioso individuo no vestía de “época”, ni igual o similar a las veces que con anterioridad habíamos coincidido o yo solo lo había visto, y temiéndolo; llevaba una camiseta deportiva de un ignominioso verde fluorescente, el pelo blanco más corto, más despejada la rotunda frente, las gafas, pantalones de chándal negro de algodón fino y con los cordones blancos pendiendo de la cintura, zapatillas de nylon grises. Advertí la tensión concentrada en el mentón, la crispación en sus mejillas, la mirada de odio hacia el batallón francés, el dolor en sus oídos por la detonación de la artillería. Al bajar las manos que tupían sus oídos, las entrelazó con violencia, como si estrujara el cuello uno por uno de los ataviados artilleros napoleónicos en venganza y respuesta a su acción bélica. Entonces temí a lo que pudiera volver a suceder. Aunque no tuviera libro en las manos, “El retrato de Dorian Gray” o algún Faulkner o Bradbury, y nadie de los espectadores tampoco, ni guía turística usaba la pareja de turistas a mi lado, solo las hojas entregadas por participantes de determinados pueblos y en las que publicitaban sus recreaciones históricas, papeles inofensivos, luego enrollados, inservibles en el alcance de la perversidad del tipo.

El destino, sin embargo, con una disposición insólita, socarrona, se suponía que arbitraria, dispuso un elemento en escena que vino a socorrer la exigencia maliciosa del hombre y a mi arrojaba a los yermos de una desesperación acuciante. A continuación de una fila de bulliciosas lavanderas con pañuelos blancos anudados a la cabeza, exactamente junto a la acera donde aquel demonio destacaba con su impúdico fosforito, observó la casualidad del prodigio con una sonrisa artera y grata, ya que desfilaba un arriero de extraño catite color crema con flor en alto, barba descuidada de semanas, bigote negro, esmerado, y mirada interesada, pantalones de tergal negros y alpargatas de esparto y algodón negras sobre medias claras; quien con unas riendas de soga de cáñamo engrasado de color verde guiaba a un mulo romo, chato y dormido, de barriga blanquecina, de tiesas y victoriosas orejas, limpio, de postizas crines castañas adornadas con flecos, la cola suelta y peinada. No es que los arreos de la bestia, habida cuenta de lo ya visto en la cabalgata y a la que insistiré en llamarla romántica, nos sorprendiera, y en mi caso además temiera: su jáquima de talabartería unida a anillas con soga, con anteojeras, de vistoso colorido en rojos, verdes y amarillos, albarda, sin estribos, de esparto forrada con una rozada tela de algodón, zufra y retranca de cuero, con unas alforjas vacías de paño y una manta estribera también de paño con cien mil usos o desgastada por los cien mil años sin uso, de olvido. No, la originalidad que a ambos, a mí y al malévolo personaje de enfrente, nos fascinaba, aunque en mi caso la satisfacción adolecía de la agresividad de la suya, la mía intelectual y en la de él suponía destructiva, rudimentaria, estaba en que el mulo no llevaba serones ni silla, sustituidos por dos estanterías marrones, pulidas, que caían a ambos lados del lomo del animal, con sus baldas repletas de libros. Una biblioteca llamémosle de “época”, decimonónica y ambulante, la que me recordó, no sé por qué, a aquel viejo y entrañable bibliobús de la Diputación Provincial que llegaba los miércoles por la tarde a la alameda del Barrio San Francisco para dispensarme de muchos ratos de aventuras y lecturas; y aquella probablemente en servicio de posadas, de cortijos, de ventas y municipios aislados e ínfimos, y cuando el analfabetismo era mayor que una plaga bíblica. Una maravilla.

La sonrisa perversa que atirantó las cuencas duras de sus mejillas, se hizo más espantosa en el hombre cuando, unos metros más arriba, la compañía de soldados, al unísono y a las órdenes en francés, hacían una parada y disponían de nuevo el cañón para otra carga con seguridad atronadora. Supe, con alarma, que aquel no iba a permitir otro sobresalto a la integridad de sus pabellones auditivos; y la visión de los libros, oscilando a lomos del animal, provocó la electrocución sináptica en las neuronas de su cerebro. Miré a un lado y a otro, nadie advertía o al menos presagiaba lo terrible que estaba a punto de suceder, todos pendientes de la jerga salerosa, con gestos de no importarles nada y en los que estaba escrito aquello de “En los días que corren la gente sabe el precio de todo y el valor de nada.” Y es que, así de taimado era el destino, en el gesto amenazante de la mano simiesca del individuo extendida hacia el mulo y arriero-bibliotecario, detenidos a su lado, radicaba el firme deseo de coger uno o varios de esos libros entre los que podría estar “El retrato de Dorian Gray”…

Al final me dije, o asentí a la aserción de Oscar Wilde de que “Las cosas de las que uno está completamente seguro nunca son verdad. Ésa es la fatalidad de la fe y la lección del romanticismo.” Y ahí lo dejé, lo olvido; porque no era este su antecedente, ni romántico, tal vez solo uno de tantos corolarios para la manifestación de cierta locura que tenía en el libro, paradójicamente, a uno de los muchos usos destructivos que en la actualidad convierten la lectura, la literatura, en opción minoritaria y devaluada. ¡Qué importa el morbo de lo sucedido o lo que pudo suceder! ¡Qué importa esa fijación obsesiva por esa obra maestra de Oscar Wilde! ¡Qué importa ese protervo hombre o contumaz Fausto afrontando al propio universo de la literatura con la ofensa de la propia letra de “El retrato de Dorian Gray”! ¡Qué importa el efecto cuando no entendemos la causa! ¡Qué importa lo que a él importaba y enervaba! A la gente que participaba y observaba el desfile de Ronda Romántica, a espectadores y deportistas de los “101 kms”, a los usuarios del calamitoso casetón de extracciones de sangre, o a los otros de la siguiente, y en orden primera, y por tanto definitiva historia, o a los que en estos momentos mientras escribo lo que no he querido escribir antes, les digo, me digo, con palabras que no son mías y que de algún modo siempre lo serán, tan presentes en esta parrafada de Ray Bradbury: “-Nadie escucha ya. No puedo hablar a las paredes, porque éstas están chillándome a mí. No puedo hablar con mi esposa, porque ella escucha a las paredes. Sólo quiero alguien que oiga lo que tengo que decir. Y quizá, si hablo lo suficiente diga algo con sentido. Y quiero que me enseñe usted a comprender lo que leo” Será este relato una dramatización, una denuncia, de acuerdo, una crítica de acontecimientos reales con lo absurdo de la propia realidad hecha literatura o al menos como yo la entiendo o la siento y así la escribo o me expreso. Una historia cotidiana, o la reunión de algunas historias, normales y quizás ensalzadas por acontecimientos excepcionales, Ronda Romantica, “101 km. en 24 horas”, que guardan o exteriorizan la crítica hacia la indiferencia por el demérito de la literatura, de la lectura, los libros; y reivindican la lucha, el esfuerzo, para revertir estas tendencias colectivas y personales, públicas y privadas. A ver, decidme, si el efecto hace a la causa, no es necesario justificar o emplear un uso de los libros para el que no está concebido, llámese respuesta agresiva con estos y ante lo que a ese malicioso hombre indigna o desprecia, o comúnmente el descrédito de la indiferencia; “No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe”. Y aun estando al tanto, y a regañadientes aceptando lo conveniente del suceso o accidente, de este empleo fraudulento y trágico de arrojo y furor de los libros que están para leer, imaginar y soñar, a manera, exclusivamente, de catarsis, de convulsivo o bronco incentivo para recuperar la dignidad y rutina de la lectura. Bienvenido si así fuera y laudatorios los libros mártires sacrificados en manejos primarios o instintivos para los que no fueron concebidos. Al fin y al cabo, del mismo modo me resulta igual de siniestro e imposible despojarme de esta realidad, que no es una moda pasajera, donde el poder de trasmisión y ensoñación de los libros, de la lectura de sus contenidos, se está sustituyendo por la comodidad estimulante de los artificios electrónicos en su mayoría juegos, y de una chabacana comunicación a través de las redes sociales que ilustra la frivolidad del momento y en las que cualquier hondura se obvia con repulsa inmediata; uno de los tentáculos poderosos de los poderes fácticos convencidos de que destruyendo la cultura se hace más fácil la dominación del pueblo, fundamentalmente a través de la estupidez arrojada por la televisión y otros medios de control y manipulación.

Entretanto, aquí estoy yo, aquí está mi contribución, mi pobre exclamación, “perdido en medio del páramo, en una gran ciénaga de sustantivos, verbos y adjetivos”, para intentar que vean y en requerir la importancia de recuperar el hábito de la lectura. De esto, y tal vez de algunos otros matices poco claros o irresueltos de los anteriores episodios, morbo inclusive, puedo responder en este último o parte, que fue la primera donde hizo su aparición el pérfido personaje y su obsesión de lanzar los libros contra aquello que lo irritaba. Un mes antes a este miércoles 29 de Junio en el que acabo de recoger, con excelentes resultados, las calificaciones escolares de mis hijas, tras la eliminación de España por Italia de la Eurocopa de fútbol, un ciclo acabado, tras la decepción de las últimas, y esperemos que definitivas, Elecciones Generales con los mismos despropósitos y absurdidad, sentado junto a la ventana, recordando a mi banco de la Alameda de San Francisco, al pie del parque infantil donde juega mi hija Ángela, exigiéndome y cumpliendo con el saludo a mi prima Nony, el sonido del violín en la terraza de “Casa María”, repaso la galería de imágenes en mi móvil en un momento de espera del almuerzo y para descubrir la foto que ilustra este relato; dejándome llevar por una resuelta e inexplicable disposición de escribir lo que quizás debí de hacer antes y que ahora, nunca es tarde, les entrego.

30 de Abril

“La gente ordinaria esperaba a que la vida les desvelase sus secretos, pero para unos pocos, para los elegidos, la vida revelaba sus misterios antes de apartar el velo. Esto era a veces consecuencia del arte, y sobre todo del arte de la literatura, que se ocupa de manera inmediata de las pasiones y de la inteligencia.”

Y fueron esas las palabras que recordé cuando mi hija Inés descubría a Oscar Wilde. Y entonces sucedió, inesperadamente, que amainaba mi indignación ante el simulacro de Feria del Libro que recorría una y otra vez, una y otra vez por las páginas amarillas de un tiempo cíclico y resignado; y que parecían un facsímil de historias detenidas, de narraciones que quedaban sin final porque jamás veían el principio por dónde el lector, o el curioso, o el buscador, o yo contigo, o tú con todos, adentrándose por aquel mundo detenido, sin color, exiguo, de mercadería sin alma, como patitos movientes o estáticos palillos en las casetas de tiro, de un retórico “tiro pichón”. Irritado por la desgana y la ineptitud de los que tienen la responsabilidad de hacer algo por las letras y se dicen al ombligo y a los otros ombligos que para qué estimular la lectura si a la mayoría les trae sin cuidado el leer salvo que no fueran whasapps y en ningún caso extensos, de no comprometerse con los que leen y de abandonarse en el solaz y la soledad, irreconocibles, admitidos, irreconciliables con los que no lo hacen, o de culturizar cierta cultura más allá de una nomenclatura oficial y oficiosa, o de un requisito estético, inaudito, en los organigramas de los gobiernos que desgobiernan, según ellos, lo superfluo.

Una y otra vez recorría las dos y únicas y solitarias barracas de feria, insolente el apellido de Libro, donde se exponían las pocas esperanzas de devolver la magia y el ensueño a quienes solo con coger un libro, este, u este otro, ese o aquel, cuento, novela, ensayo o teatro, infantil, juvenil, o para todos los públicos, y al acariciar su lomo, auscultara si la textura dejaba entrever las palpitaciones, exánimes por la ausencia de roces, de adentro; y al azar lo abriera por una de sus páginas, y de terciar su lectura, con o sin ilustraciones, en ocasiones solo es necesaria una frase, como aquella de Ray Bradbury en su futura pesadilla pirómana, “El tiempo se ha dormido a la luz del sol del atardecer”, para sentir a nuestro yo emboscado, oculto, de hecho el aventurero, romántico, fantástico y siempre consciente, reflejarse, y gustarse, y necesitarse más y más, en ese espejo de azogue lucido. Cuántas cosas podían hacerse y no se hacen y porque hacerlas exigiría imaginar y luego esbozar y trabajar y desplegar el objetivo de hacer de este escaparate de cristales opacos de desidia que es la Feria del Libro, de la literatura en definitiva, un lugar donde buscar y encontrar la pasión por la lectura. Pasión. Incentivar es imaginar. La imaginación que cae como las “h”, y las “q”, las normas básicas de la ortografía en los whasapps, messengers, facebooks (hoy he visto escrito “boi a kojer la bez”) y cuando, por las prisas, por la novedad de la comunicación escrita, la del “sostenella y no enmendalla”, arman de la relajación, de la ignorancia, de la vaguedad, una excusa que a la vez para justificar, convierten en un arma de doble filo para el ataque y el menosprecio contra los que corrigen o insinúan lo correcto, dentro de la honestidad de la atención y la intención. Certámenes de cuentos por ejemplo, convenientes, a ser posibles con premios, siempre con premios, con importantes premios, de poesía, de relatos cortos, de micro relatos, … o de hacer la “O” con un canuto; innovando maridajes de las palabras con la fotografía, con la pintura, con los grafitis, con la música, con el vino o las chuches, la repostería, las redes sociales… en colegios, en la calle, llenar de letras las plazas, las paredes abandonadas, o paneles que no sean con las inservibles jetas de los candidatos electorales y de las que he pegado muchas, muchas…; ilustrar lo cotidiano, con talleres, lecturas grupales o públicas, programas en radio y televisión local… Imaginar. Y luego hacer. Y no cejar en el empeño.

Y aconteció que mi hija Inés descubrió a Oscar Wilde. Y mi indignación por lo fraudulento del espacio, se desvaneció ante la pasión, personal, por la Belleza. “La búsqueda de la belleza es el auténtico secreto de la vida”, sentí en aquellos momentos que el propio Wilde escribió esta frase para mí y para aquel instante. Mi hija Inés no esperó a que la vida le desvelase su secreto, sino que ella misma ya tenía decidido, con aquellos tristes bártulos, iniciar su aventura, la búsqueda de otra manera de encontrar la belleza y cuando ella misma lo era; más en aquella hora del medio día, sentada en uno de los escalones del estrado tantas veces destruido, remodelado, destruido, remodelado… y todo porque no tienen claro, aquellos de escucharse el ombligo, para qué se quiere, con qué llenarlo de contenido. La funcionalidad que antes tenía que ser imaginada, a espaldas de los bares que tenían más usuarios en verbosidad y embriaguez, hincando los olvidos, que los de las librerías o de aquel infame embrión de la Feria del Libro y a la que Inés daba la cara; aunque en la imagen, en ese intervalo, hojeaba la edición bilingüe de “El retrato de Dorian Gray”, recién comprado, a un módico precio. Una ventaja y ojalá extensible a todos los libros, novedades primero, que siguen siendo carísimos por tantos usureros del arte y la creación, vampiros aferrados a la yugular creativa de los escritores, de los artistas; éstos que, al fin y a la postre, no deberían ser los últimos en el reparto de beneficios o reconocimientos si los hubieran.

Allí estaba sentada mi hija, mientras la arrebujaba un sol vertical con ansías de desquitarse poco a poco de una luz fría, blanca, de los últimos coletazos de invierno, y sentirse presente, incandescente, a pesar de las vagabundas nubes como algodones en la feria del cielo inmediato de mayo; con una mano firme en la que apoyaba su mejilla, o tal vez unas letras a las que pretendía retener, las mismas que se reflejaban en sus gafas entre curvadas apariciones que erraban por la plaza del Socorro; con la otra mano pasaba las páginas como un pintor que con una espátula en extensión de sus dedos dispone los colores en la paleta para crear o perpetuar un trozo del mundo. La pasión de la lectura parecía encarnarse en sus labios pintados con el color que le era propio. O del mismo modo desplegaba y estiraba las grafías, los sinuosos trazos de las letras, para conformar una sucesión de sujetas líneas paralelas, como puntos de sutura con los que coser los terribles rotos de su alma; un desarreglo peligroso entre el cerebro y el corazón que terminó con la imposición del primero en un criterio confundido, ilógico y dañino. Trágica alegoría que parecía apuntarse en los otros rotos de una moda extraña en los pantalones vaqueros. Y sea cómo las metáforas destilan la esencia de las cosas, sangre, savia o lágrimas, alguna mitificación por “¡Curar el alma por medio de los sentidos y los sentidos por medio del alma!”, que no quise entregarme a esta y porque ya tenía mis heridas cauterizadas con tantas lecturas y algunas escrituras que a lo mejor solo yo las entendía y demasiado necesitaba para subsistir. De ahí a materializar las corvas presencias móviles reflejadas en los cristales de sus gafas en su verdadera dimensión, en sus pasos contados por la plaza. “Degeneramos en horribles títeres perseguidos por el recuerdo de las pasiones que nos dieron demasiado miedo, de las exquisitas tentaciones ante las que nos faltó valor para ceder” De nuevo Wilde para echarme en cara que seguía teniendo miedo, un miedo pavoroso con lo que más quiero.

Y aquel miedo que tuviera que ser físico, o directo, con la excepción que acababa de manifestarse en las mudanzas de la plaza, acogió la curiosidad por algo que pasaría y de consecuencias inciertas con alguien o con todos. No me preocupó, en serio, ver a un hombre levantarse con brío de uno de los veladores del Bar “La Taberna”, la silla amenazó con caerse, dirimir en su vaivén un equilibrio inexplicable, no cayó; entretanto el individuo apuraba de un trago una cerveza que hasta mí llegó el dolor refrescante de su esencia y por la ausencia. Resignado palpé el bolsillo de mi pantalón, donde hacía pocos minutos guardaba un par de euros para unas cervecitas que me tomaría por la tarde viendo el partido de fútbol Betis-BarÇa (0-2), y que volaron porque Inés, que tenía tres euros para el libro, se encaprichó de la edición bilingüe que constaba 2 euros más y que contribuí, con sacrificio, pero satisfecho, a sufragarlo. El hombre, complacidamente hidratado, dejó el vaso tubo de cristal con un sonoro golpe sobre la mesa, y al que de no ser por el campaneo de la iglesia del Socorro, uno solo, ¡Tolón!, hubiese responsabilizado a esto del vuelo anárquico, confuso, de las palomas, como si se lanzaran al aire algunos de esos malos libros que se exponían en los casetones. El personaje, entonces, se ajustó con autoridad el cinturón con ambas manos, zamarreando los pantalones veis de pana, como si pretendiera amarrárselos a los sobacos y a base de tirones hacia arriba, ocultando en su totalidad la camisa marrón, holgada como la americana de un azul casi negro como esas noches del final del invierno. Luego avanzó unos pasos para detenerse justo a la salida de la pérgola del bar, junto a uno de los bancos de hierro negro que acogía el descanso, o la instantánea, de una pareja de japoneses, o de chinos, por supuesto orientales y que rondaría la cincuentena una y otro o eso creía, indeterminable, ambos registrando todos los rincones habidos y por haber con su poderosa máquina fotográfica o acaso sus semblantes habían evolucionado, definitivamente, en unas Nikon automáticas, el primer eslabón de los ciborgs, mitad humanos mitad tecnología. El hombre miró distraído a la pareja turista, con socarrona altivez, para pasar a restregarse con energía las perneras del pantalón, como si unas irreverentes y arbitrarias migajas de no sé qué estuviesen prendidas tales garrapatas a su cuidado presumido.

Ignoraba a cuento de qué mi atención encontraba en aquel hombre una latosa curiosidad por lo asombroso que auguraba ocurriría de inmediato; no sabía a ciencia cierta qué, pero era tan inconsciente como irrefrenable. Y éste, tras sacudirse lo que creyera que pendía entre las gruesas rayas de pana del pantalón, se llevó las dos manos para entrelazarlas a la espalda y fijar su mirada, extrañamente calmada en ese momento, en las dos casetas donde se exponían los libros con un criterio, o con una intención, y tampoco puedo responder a aquel pensamiento que a mi vez pendí de una reflexión que porfié en adjudicar al individuo, ni de adjetivar la de destructora, en un juego de abatirlos como, reiteré la fragosa comparación, disparos a las dispares dianas en las puestos de tiro de ferias y verbenas. Sacudí la cabeza. Miré a mi hija, continuaba enfrascada en las páginas de “El retrato de Dorian Gray”. Rehusé detenerme en los barracones con libros. Confié en distraerme, aislarme del interés en aquellos y de la persona que había hechizado mi sugestión, con los protagonistas del fluir por aquel mediodía en la Plaza del Socorro. En vano.

Y eso que la animación era mareante, vertiginosa. Al propio nudo de comunicación de la plaza del Socorro con Espinel y aledaños, zona de señera concurrencia en esta Ronda de expectativas detenidas, añadíase, o incrementábase, con la tibieza azul del día, veneros de turistas que como las setas proliferaban tras la tormenta, el derroche generoso del sábado, las compras desenvueltas con ese ímpetu de los deseos aparcados por la rutina del diario, el gusto del tapeo, de la cervecita antes del almuerzo, las primeras comuniones que exhibían su fausto, doblez y postín en la iglesia del Socorro. Ojalá que del aliciente por el fin de semana, por el buen tiempo, por los ánimos, se contagiara la clientela a la Feria del Libro (sic) que más parecía, por el destierro, un funeral antes de la incineración del libro, a esa temperatura en la que ardían, 451 en la escala de Fahrenheit (ºF), equivalente a esos 232.8 ºC  en los que el papel se inflama y arde. A nadie importaba la desaparición del libro, solo de tratarse de la Play Station o Wii, la tablet o el Iphone, Canal + o hasta la deposición mañanera ilustrada y reseñada en el Facebook (200 “me gusta”, 52 comentarios y 12 veces compartido), whasapps o snapchats o periscopes. También el mismo Wilde, quizás en las líneas que leía mi hija, imponía la reflexión, el reproche, en este panorama desolador: “Hoy en día, la gente tiene miedo de sí misma. Han olvidado su principal deber, el deber que uno tiene consigo mismo. Naturalmente, son caritativos. Dan de comer al hambriento y de vestir al mendigo. Pero privan de alimento a su propia alma y están desnudos”

Aunque decidí, para no ampliar mi disgusto, sortear la atención en las casetas-escaparates de libros, unas voces altisonantes dirimieron mi empeño. Una señora reprochaba a la tendera, a voz en cuello, metálica y chirriante, de haberla engañado. Y ésta, de la librería Herfer, que magnificaba su natural despiste, bastante temeroso en el baile de las gafas sobre el puente de la nariz, los nervios, los ojos más agudos, profundos como el culo de una botella de cristal verde, de turbio fondo marino, respondía con una calma que exasperaba más a la otra y de armas tomar con que había sido ella la que eligió, tras rechazar la novela “El crucigrama de Jacob”, no recuerdo su autor, el libro de William Gaddis, “Su pasatiempo favorito”. Contra replicaba la mujer o cliente frustrada, hinchadas las venas en su cuello corto y enquistado en apenas metro y cincuenta centímetros de un genio que en un momento determinado la naturaleza decidió expandirlo en anchura exigente y en menoscabo de una altura flexible; y para lo que disimulaba con un entallado vestido negro, zancos altos y arriesgada permanente que incrementaba su cabeza redonda, de gruesos labios y ojillos reventones, dos palmos más y sin exageraciones por mi parte. Replicaba ésta, en lo que podía haber sido un alegato educado, de la confusión  con el título “pasatiempo” del volumen, con su deseo, y afición, el asesinato de los minutos de una soledad ociosa, por una sopa de letras en otro de los pasatiempos inventados por Pedro Ocón de Oro, no una historia novelada, sino de esas páginas con cuadrículas u otras formas geométricas colmadas de letras para formar palabras y enmarcarlas, una vez dilucidadas, con el boli que sustrajo por la mañana en Unicaja, tras la firma de un reintegro para el niño que lo estaba pasando mal, en paro y con dos hijos; pero que verdaderamente, todavía lo recuerdo, respondió de la siguiente y taxativa manera: “Mira guapa, que de guapa tienes poco, un timo… Has intentado aprovecharte de una mujer, con muchas reglas derramadas por su chumino, ya no, para endiñarle un libraco lleno de letras, encima sin ningún dibujo, cuando yo lo que quiero son unas sopas de letras para hacerlas por la tarde sentadita en mi sofá, viendo Sálvame o Juan y Medio, con un carajillo si apetece, que apetecerá, y por el precio que me has cobrado, cinco euros, me compro doscientas en los chinos… Así que, guapa… un decir… afloja la guita si no quieres que te monte el mingo”. La escena acontecía, con toda su vehemencia ilustrada, en la caseta más próxima a la iglesia, al establecimiento de “Las Campanas” donde hervían sus veladores de parroquianos echando el tiempo y las preocupaciones atrás. No atrajo el suceso a curiosos ni morbosos atentos a la dilucidación de la batalla entre novela y crucigrama, quizás solo yo y a quien me costaba esbozar una ligera sonrisa por lo frívolo, y penoso, de la situación. El billete morado volvió de las trémulas manos de la tendera a las firmes de la señora que lo guardó con vigor en un bolsito coqueto de Gussi en bordado dorado, ¿Guzzi?. El libro ocupó su lugar y virginidad.

Continué con contravenir mi empeño al observar a otro señor mayor en el segundo casetón, alto, fibroso, de piel aceitunada y de fisonomía angular, como esculpido con ferocidad, que cogía un libro, lo dejaba, miraba en derredor, en los otros libros más próximos, y volvía a coger el primero, y lo dejaba, y miraba alrededor, en los demás volúmenes… Hasta que la vendedora, una de las simpáticas y amables hermanas de la librería Dumas, morena, con gafas, mohín atento, como uno de esos secretos que se exhiben a la vista de todos, solícita le preguntó al “Príncipe Encantador” en qué podía ayudarle. Y en un murmullo gutural aquel respondió en portugués, o entendí que era portugués, ayudándose para ser comprendido con el libro que sostenía en alto, “El laberinto azul” de Preston & Child, y preguntaba por el anterior libro de la serie del inspector Pendergast. No lo tenían, ni allí ni en la librería en calle Jerez. Yo me apunté el título, no había leído nada de la saga, ni de los autores, y sentí curiosidad. Un mohín contrariado sustituyó al atento del señor que me recordó, por su manera de comportarse y la tranquilidad de su voz, a Lord Henry de Wilde, lejano del narcisismo de Dorian Gray y ni siquiera cercano a un prototipo de dandismo ocurrente que pintó de color las facciones de la afable tendera. No, no veía en el extranjero, o quizás me equivocase, la búsqueda o la concreción de la satisfacción de los deseos, mientras más inmediatos mejor, en el sentido absoluto de la existencia de Lord Henry. Por lo demás, e infelizmente, porque la lectura no formaba parte ya de esos deseos inmediatos, ni de cierta reivindicación literaria, idéntica a un sibaritismo cirenaico por el que suspiran y concitan el sentido de estas letras.

Una nube huraña desplazó su sombra por la plaza. No me valía con atender la excusa de que bastaba leer, leer lo que fuera, por malo que fuese, con tal de mitigar mi indignación y levantar esperanzas del interés de la humanidad por la literatura. Una veda en la extinción. “Los libros están para recordarnos lo tontos y estúpidos que somos” ¿Bradbury otra vez? Supongo que sí. Y es que, sentía morirme, cuando los pocos que curioseaban y preguntaban en aquella caseta de donde marchó el luso, lo hacían por el libro de la pachanguera Belén Esteban que no había escrito ella, sino por cierto quehacer mercenario de Boris Izaguirre, las recetas de Arguiñano o los mismos pastiches reiterados, flatulentos y ardorosos, o los infumables del engreído Jorge Javier Vázquez, mediocre onanista, o por si había alguna edición ilustrada de las Sombras de Grey o si estaba “buena” la Megan Maxwell. Miré a mi hija Inés que seguía absorbida con lo que una vez escribió Oscar Wilde. Respiré más calmado, más esperanzado. Si bien el suspiro de alivio, o de confianza, quedó inacabado, ahogado, cuando tras ella, tras mi hija, observé al hombre que había desenlazado sus manos de la espalda, brillaba un aparatoso reloj dorado, antiguo, en la muñeca derecha, ancha y peluda, simiesca. Un hombre fornido. Espejeaba el sol, asimismo, en alguna de sus canas nacaradas. ¿Por qué aquellos nervios? ¿Por qué sentía la inminencia del accidente, del desastre? Los niños de comunión, sus familias, los guiris y los paseantes, compradores o no…

El hombre reinició sus pasos, lucían los pliegues duros, curtidos, de su rostro en la pesada luz del medio día, el after shave o una crema hidratante que facilitaba el tallado brutal con la gubia diamantina de un tiempo riguroso, largas orejas de lóbulos enormes y colgantes, como si en ellos hubiese llevado los aros o ruedas del carro de la locura. Locura era la que arrojaba sin medida su mirada, aunque no veía sus ojos por los cristales de las gafas que reflejaban el fulgor de la mañana, detenida en las dos casetas donde se exponían un ramillete de libros en horizontal y otros, más incitantes, en un orden vertical. Intuí, en ese instante, el pensamiento que cruzaba feroz la mente del personaje, en un cortocircuito sináptico descomunal, alarmante y neurálgico. La dura sonrisa colgada en su boca lineal, fría, reseca, ratificaba el propósito, el prolegómeno para un desafortunado lance. Porque en esta infeliz conexión telepática, o en aquella certidumbre inequívoca, advertí que el hombre veía las casetas, la disposición de los libros, más provocadores los que estaban de pie, como una rara caseta de tiro de sus tiempos mozos y no tan mozos por el calendario solaz de fiestas y verbenas. Bajó la cabeza nívea y se observó las ásperas manos, limpias, vacías, que había extendido hacia delante con un mohín de cínica decepción. Aumentó mi ritmo cardíaco. La presunción, como una solitaria que devoraba mis entrañas, explotó cuando apercibí el sentido de la ojeada que el individuo enfocaba en mi hija, en el libro que ella leía. Advertí cuál iba a ser su arma arrojadiza, la escopeta de aire comprimido, las bolas, para tirar o derribar los palillos, los patitos, las latas… los libros de la caseta, tentadores lo que estaban erguidos, abatirlos con el libro que leía mi hija.

“El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde con el cual el extraño y sombrío hombre se incitaba con demoler, derribar, a otros textos hermanos y en un contexto absurdo. “Puedo creer cualquier cosa siempre que resulte absolutamente increíble”, declamaba el libro entre las manos de Inés, totalmente ajena a lo que un caprichoso destino, o una paranoia del mismo, escenificaba a unos metros a su espalda. Y yo creía en lo increíble cuando, en el impulso de la sonrisa del hombre que revalidaba su pretensión en una cetrería literaria, como el bombero Montag que en vez de lanzallamas futurista cogiese, estimaba aun con pavor, el libro de mi hija en un arma de destrucción retórica. “Un libro, en manos de un vecino, es un arma cargada. Quémalo. Saca la bala del arma”. ¿Por qué? No deseaba saberlo, ahora no. Solo poner tierra de por medio y frustrar la demente intención de aquel individuo ya mayor, pero de un aire y unas hechuras si no intimidantes ciertamente recelosas. Inició unos rotundos pasos que confundí con el zureo de algunas palomas, el rastreo de unos pies como costaleros de rigurosa pasión silenciosa, sobre imponiéndose, y resultaba raro, a la intensa y frenética cantinela del medio día en la plaza, de los traslados la mayoría por el convencimiento de no ir a ninguna parte. De improviso paró. Por el rabillo del ojo atendí a qué captó su atención como para postergar su intención de disparar libro contra libros. No, no deseaba saber por qué, ahora no.

Un matrimonio joven con dos hijos, niño y niña, que pasaban junto a la primera caseta, procedentes de la iglesia, de una comunión, tan limpios y maqueados como reestrenos en un domingo de Pascua o con la afectación de recorrer por un día una pasarela donde creían que todos estaban mirándolos, admirándolos, envidiándolos; y con todo vaciaban la miseria, parafraseando a Wilde en el libro susodicho, de que el único atractivo que se les podía achacar, o absolver, era el de convertir una vida de engaños en algo indispensable para ambas partes. Delante iba el niño, nueve años, embutido en unos pantalones azul marino por encima de las rodillas, zapatos marrones de ante, camisa que mezclaba el azul del pantalón con el marrón de los zapatos, confusión de líneas y cuadros, una rebeca añil, del cielo antes del alba, al igual que los calcetines; ojos de acero, con un brillo húmedo si no travieso sentidamente malicioso; la mano derecha extendida sobre la plataforma de los libros, alterando a su paso el orden y lisura de unas revistas de historia, sonriendo a la estatua de Blas Infante o de un Harry Potter licenciado en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. La madre, que iba detrás, no decía nada, ni regañaba al niño, ni dedicó un mínimo gesto de indulgencia a la tendera que fruncía el mentón y sin alterar la impasibilidad de sus ojos de turbios fondos marinos, suplicantes a la mamá que solo atendía el vaticinio del móvil, del wasap o de lo que fuese, algo de connotaciones universales y con cuya dedicación salvaba el mundo y se hacía inmune a la frivolidad del resto de los mortales. Caía muy bien a la mujer un vestido beige de exquisito corte, de “Ene de Nati”, tenía unas piernas muy bonitas que flexionaba un poco por las rodillas, creando un movimiento forzado, casi ridículo, como si caminase entre altos terrones de un terreno arado, por el vértigo de unos zapatos de tacón de aguja, de aguja de las del punto. Detrás una niña que rondaría los tres o cuatro años, pequeña, salerosa, rubia, pizpireta, con diadema de flores entre los blondos cabellos de bucles forzados, con un vestido blanco ostentoso, recargado, barroco, con lazos, encajes, vuelos, si no fuera por su rostro simpático y tierno, parecería una de esas muñecas de porcelana capaces de acojonar al legionario más ejercitado y fiel novio de la muerte; mantenía una acelerada retahíla con un envoltorio colorido entre las manos que, en un santiamén, en un movimiento brusco por abrirlo, esparció por el suelo una legión de pequeños fragmentos de un juguete de los montables. La niña quedó hipnotizada, paralizada, intentando reunir con la vista todas las piezas esparcidas por el enlosado. El padre, presumible, que venía a la zaga, bajo, fuerte, de rostro de duras aristas y cabellos castaños rapados, incrementó la parábola de fastidio de su expresión, estallando en un “me cago en tu puta madre”, aludida que se mostró impasible, a lo mejor era sorda o su salvación del universo no estaba para hueras distracciones. Papá supuesto tuvo una ligera convulsión, una mueca rota, una tensión en el brazo, una contracción más intensa en las mejillas, un conato de agresión a la niña que, aunque contenido en un instante, nos sacudió a todos y alarmó con gravedad el humor del contexto, de la Plaza del Socorro, del tiempo. Se subió las perneras del pantalón crema, como la chaqueta, la camisa era de un color blanco roto, sin corbata, y se acuclilló para recoger, con dificultad por las estrechuras del terno, las partes del juguete desperdigadas junto a la caseta, en el pavimento. Ojalá, deseé, que la presión en el pantalón rompiera en una sutura irrefrenable, y ruidosa, un descosido colosal en el trasero. Desafortunadamente el tejido era de buena calidad. Aquel exabrupto resonante, no obstante, aquel amago reprimido de abofetear a su pequeña hija, observé alteraba al hombre que evadió su intención de derribar el orden de los libros en la caseta para centrarse en ese padre irascible; pero que, desgraciadamente, no varió el arma de ataque, fiel al libro de mi hija que tendría que concretar su instinto. Fue solo un momento.

Momento transcurrido entre el alejamiento de la desestructurada familia hacia el Casino, con la llantina de la niña, la abstraída madre en cualquier drama cósmico, el ladino niño y el padre, conjetural, perdonando la vida a todos y hasta a sí mismo, pavor, la atención del hombre réprobo que dejó a éste último para enfocar, en una atracción hipnótica, a la librera siquiera más compungida ordenando las revistas alteradas por el travieso chiquillo y algún que otro volumen vertical que había caído, regresó con mayor fuerza la obsesión de su primera intención, Inés leyendo, la cogí del brazo, ella me miró, extrañada, el individuo que subía los tres escalones al otro lado del escenario, la mirada ida concentrada en el 20x12x5 del ejemplar “El retrato de Dorian Gray”, así como un ladrillo en una comparación más bizarra, en nosotros, en la caseta de la Feria del Libro o en la caseta de tiro a los libros, refulgía su enorme reloj en el brazo, otro campaneo de cuartos en la iglesia del Socorro, un vuelo alterado de palomas o el presagio de cómo sonarían los libros derribados, risas, tintineos de cristal, pasos, conversaciones atrapadas en la atmósfera, parecían huir junto a la estatua de Blas Infante o Harry Potter de mayor, libro en mano, de conjuros o política y si en ocasiones no son lo mismo, veía en las curvas de las gafas de mi hija mi misma expresión terrorífica que ella veía con una mueca irritante y a su vez curiosa, “He aprendido a amar los secretos. Parecen ser lo único capaz de prestarle cierto misterio o fantasía a la vida moderna. Lo más banal resulta delicioso con sólo esconderlo” ¿Qué ocurría?, el perturbado ya estaba en el centro del escenario, con su propósito confirmado en su brazo desplegado como si quisiera coger un hilo del destino, el próximo libro, el que sostenía mi hija Inés en su regazo…
© F.J. CALVENTE

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