Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



martes, 5 de julio de 2016

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Un traje nuevo para el abuelo" de Pablo Aguayo de Hoyos

“- El tiempo no lo cura todo, Feliciano. Sólo lo tapa. Quizá tú eres un mensajero y tu destino está ligado a ése mensaje que debes entregar a alguien para sanarlo o para sanarte a ti mismo”



Agradezco al rondeño Pablo Aguayo de Hoyos su último libro y espero que esta reseña, para nada condicionada por el obsequio, haga mérito suficiente a su esfuerzo y dedicación en este “Un traje nuevo para el abuelo” (Uno Editorial, 2016) Y es que, por encima de estilismos, de gustos literarios, de extensiones más o menos acertadas o idóneas, hay que reconocer la valentía de este autor, de tantos otros, conscientes por hacer de la literatura un ejercicio de responsabilidad en todo caso, y en este concreto un reconocimiento a la dignidad por los vencidos de una guerra, de la Guerra Civil; tanto de los exiliados republicanos en México, tema principal de esta breve novela, como de los que quedaron en España durante la dictadura amordazados de silencio y miedo.

“Sobrevivir emboscados entre el miedo, el rencor y el disimulo: eso era lo que había. Una vida amarga, sin duda”

Pablo Aguayo de Hoyos se ha decantado por la fórmula empleada por Javier Cercas y Santos Juliá entre otros de “la mirada del nieto”. “Feliciano es un investigador privado, aburrido de la vida, que encuentra su sentido escudriñando en el pasado familiar. La “historia de vida” de su abuelo, republicano, masón y exiliado en Méjico, duerme olvidada en el cajón del silencio. Y él se siente llamado a despertarla” Una manera de incitar el interés, e inquietud, por el exilio de los republicanos y masones en quienes puedan tener una visión más objetiva y no tan pasional, o emocional, por conocer la verdad histórica; hacia aquellos que no están tan mediatizados, como los de generaciones anteriores que aguardan el resarcimiento, cierta demanda de la historia; hacia esos a los que Dulce Chacón calificaba como “los hijos del silencio de nuestros padres”. Una técnica ineludible para devolver la atención en ese período que abarca la Segunda República, la Guerra Civil y la posguerra; acentuado sin duda alguna por la exigencia de la “memoria histórica”. Una fórmula efectiva, necesaria, obligada, y agradecida a los escritores que la han hecho posible, y a Pablo Aguayo que la mantiene con este “Un traje nuevo para el abuelo”; en su contribución comprometida por romper ese silencio, por recuperar historias perdidas a conciencia como la de Fernando, el abuelo de Feliciano, olvidadas por el temor, en beneficio del presente y de los que construirán el futuro, nuestros hijos.

“Todo el mundo corría entonces como loco para ponerse a cubierto, todos con un lapicillo que llevábamos a mano, metido entre los dientes para que la reverberación de las explosiones no nos destrozara por dentro”

La necesidad moral, la vindicación de la memoria, que va más allá de cualquier revanchismo, para cerrar una herida que sigue abierta, que siempre se abre cuando surge el tema de las dos Españas, y la que se evadió o quiso cauterizarse durante la transición democrática con una amnistía pactada, consensuada entre las fuerzas políticas, una amnesia, al fin y al cabo, impuesta en la sociedad que amordazaba todas las responsabilidades, sobre todo las morales. Nuestra democracia no está completa, no es íntegra hasta que se resuelva esta tensión permanente, emboscada, llena de medias verdades y mentiras, ese poso ingrato tras pretender saldar las cuentas en la herencia de los perdedores y aceptar de los vencedores una situación democrática que acogiera a todos; despertar de esa amnesia y rescatar la memoria de la represión franquista, de los que murieron en la guerra y a lo largo de 38 aciagos años de dictadura, de los republicanos exiliados, de los que aquí quedaron también en un exilio interior marcado por el miedo y el silencio, por la marginación y el desprecio, de los masones que defendieron la libertad, igualdad y fraternidad; y hacerlo en libros como este, “El traje nuevo del abuelo”, es una buena e idónea forma.

“... había una frase por cada entrevista, que de alguna forma sintetizaba la historia personal de cada exiliado (...) Sí, el tono vital (...) Si tuvieras que elegir un tono vital para la entrevista de tu abuelo, ¿cuál sería? (...) En España dejé todo lo que daba sentido a mi vida: la familia y la fe en luchar por una vida más humana”


No es momento aún de que en la convivencia de los españoles siga pesando el olvido del pasado, de un pasado que sigue siendo muy reciente, es el momento de que nuestros hijos, de los que nacieron en esta democracia, conozcan qué pasó verdaderamente durante la Guerra Civil y la dictadura franquista. “… para mirar adelante con esperanza hay que asumir lo que se deja atrás –expone el autor en la introducción- España tiene aún pendiente un elemental ejercicio de reparación y justicia de lo ocurrido durante los 40 años del franquismo… Rechazo tal legado, y, aunque sea a través de esta novela, reivindico la memoria contra la impunidad del franquismo y la amnesia complaciente en la que vivimos”.

No es “Un traje nuevo para el abuelo” un libro de historia, vale. No es una novela al caso, quizás. No sé, ni importa, si este relato que nos presenta Pablo Aguayo tenga un origen personal, familiar. No importa, y tanto que lo critiqué en su anterior libro, “El crimen de Fani”, la excesiva brevedad de la novela, también en esta (141 págs.), pues siempre se espera mucho más dado el interés y complejidad del argumento. No importa si es una síntesis o no, si muestra un nuevo enfoque o no de un fenómeno histórico y moral, el exilio y la dictadura franquista; y porque asumiendo el propio estilo nada ambicioso del autor, ni falta que le hace serlo, se vale de su método, el mismo a lo largo de su obra, con el que combina, por una parte, un trabajo enorme de documentación (aunque se echen en falta notas bibliográficas) y, por otra parte, el empleo de una forma de escribir ágil y agradecida de leer, simple, concisa, sin alardes de ningún tipo, fácil, directa, distribuida en capítulos cortos. Más que una novela según un modelo preconcebido de la misma, considero la narrativa de Pablo Aguayo como un aviso, una señal de atención, un flash que haga luego, más allá de sus páginas, reflexionar en lo escrito, encender una llama responsable de iluminación y atención en su testimonio o en la evidencia de su trama o mensaje. Máxime cuando en estos momentos recuerdo unas palabras del profesor Said, y a colación: “El exilio es algo curiosamente cautivador sobre lo que pensar, pero terrible de experimentar. Es la grieta imposible de cicatrizar impuesta entre un ser humano y su lugar natal, entre el yo y su verdadero hogar: nunca se puede superar su esencial tristeza” Esta es mi sensación al leer el libro, mantener encendida la llama de la moral, de la dignidad, en torno a la memoria histórica, a la Masonería y, especialmente, de los exiliados políticos.

Sin duda alguna es esta la mayor fortaleza de “Un traje nuevo para el abuelo”, ahora e incluso por mi subjetivo a regañadientes, lo reconozco: su brevedad comunicativa. La concisión que haga pensar en la memoria individual de los exiliados, de aquellas personas cuyas biografías merecen ser rescatadas y homenajeadas, no solo por ser ellos testigos y víctimas de la historia, o de una parte funesta de la misma, sino por su papel de actores en la consecución de un mundo mejor y más justo; todavía en la actualidad y en el que, recuperando su memoria, el fantasma del fascismo, de la represión, puedan mantenerse lejanos y sin amenaza en nuestras vidas y porvenir. De igual modo incluyo el aspecto, interesante, atractivo, hermético, en torno a la Masonería que junto a los propios republicanos y en la mayoría de los casos particulares indivisos, tergiversaron y destruyeron la intolerancia y coerción del antiguo régimen.  

“-¿No te das cuenta? Esto es mucho más rico, es frágil porque es singular, pero debes tener en cuenta que la memoria es amplia y diversa. Yo he llegado a la conclusión de que no hay una única memoria del exilio: hay 500.000.
La singularidad de cada una ha dado lugar a una memoria colectiva, que aún sigue viva. Y ésa es la gran fortaleza del exilio. Franco se esforzó en invisibilizar a los vencidos y no podemos permitir que predominen las mentiras y los cuentitos con los que reescribieron la historia: hay que trasmitir esta memoria y dignificar a los exiliados. ¿No crees que tu abuelo se lo merece?”

Por otro lado, apuntando a un pormenor del relato, a ese y del mismo modo ligero esbozo de la problemática relación matrimonial del protagonista, Feliciano, con su mujer, Salma, inclusive en la forzosa separación del abuelo Fernando de su esposa, he visto la metáfora, ciertamente agridulce, del amor a la patria en el exilio y de cómo cambia la concepción de la misma durante el forzado abandono. Este detalle, al que el autor también alude en la narración, me ha hecho recordar a ese monstruo de las letras, precisamente hispano-mejicano, Max Aub, cuando a su vuelta del destierro dijo: “He venido, pero no he vuelto” El desarraigo del exiliado. Fernando o ese otro exiliado que decidió permanecer en Méjico, que a lo mejor hizo de la necesidad virtud, de proteger a los suyos que seguían viviendo con la amenaza cercana del franquismo, de protegerse así mismo allende los mares del propio Franco en su afán de no dejar títere con cabeza, y el que solo se permitía, con mucho riesgo, visitas esporádicas, clandestinas a España para… (mejor lo descubren en la lectura) y como hicieron Ferrater Mora, Francisco Ayala, Rosa Chacel, Luis Buñuel en el rodaje de Viridiana, o el propio Aub. Fernando, el abuelo de Feliciano, y al que dejo expresar esta impresión a través de uno de los personajes del libro:

“-Pues así vivieron ellos el exilio, como una gran pérdida… ¿Sabes?, hay algo que se les quedó adentro para siempre y que no pudieron resolver… Sin embargo, para las segundas generaciones, la cosa pintaba distinta. Nos sentíamos también de dos países pero no teníamos esa urgencia por ser reconocidos, ni añoranza porque nosotros no hemos vivido en España. Aunque todo lo español era muy familiar: nos educamos en colegios españoles, tuvimos durante mucho tiempo la valija preparada para una vuelta inminente, odiábamos a Franco como el primero de los refugiados… Y eso quizá nos marcó y nos provocó cierto exilio dentro de la realidad mexicana. En parte somos de aquí, de allá y de ningún lado. ¿Comprendes?”


Por último, solo añadir que, al margen de la mayor o menor calidad de la narrativa de Pablo Aguayo de Hoyos, del mayor o menor acierto en la brevedad del relato, hay que reconocer y elogiar el compromiso de éste, su aportación y su cuidado a revolver el olvido, su audacia y decisión por exponer su opinión y sentimiento, para que este tema fundamental en nuestra convivencia y en nuestro sistema democrático, la memoria histórica, mantenga su exigencia, interés y compromiso. Otra cosa quizás no, pero el esfuerzo, la iniciativa, el trabajo y la responsabilidad en este “Un traje nuevo para el abuelo”, que no es nada fácil, es algo que todos debemos agradecer y premiar. Así que lean el libro. 

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