Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



martes, 30 de agosto de 2016

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "El invierno en tu rostro" de Carla Montero

“Para ti, que has sentido en tu rostro el invierno, y que has visto las nubes de nieve entre la niebla…”


Que no os asusten las 800 páginas de este “El invierno en tu rostro” (Plaza & Janés Editores, 2016) de Carla Montero, y espero que su adecuado y documentado argumentario histórico constituya un aliciente para, llevado por un estilo ágil y sencillo con el que no se hace pesada la lectura sino constante y con un ritmo despierto, interesaros por una historia de amor entre guerras. Más de sesenta años de historia europea en los que asistimos a la vida de unos hermanastros enamorados, de la Guerra Civil española a, detalladamente, la Segunda Guerra Mundial y Postguerra. Una historia en la que los sentimientos se anteponen a los hechos.

“No hay libertad, ni dignidad, ni futuro sin educación”

“En un pueblo de montaña los hermanastros Lena y Guillén viven una vida pobre pero tranquila, hasta que algo inesperado sucede: un accidente de avión en la montaña alterará sus vidas para siempre. Dos aviadores franceses han perdido la vida y Guillén es el único que consigue encontrar
el lugar donde descansan sus restos. La viuda del piloto, la condesa Úrsula Zalesca, aparece a las pocas semanas con una propuesta inaudita: llevarse a Guillén a Francia y educarlo como un hijo. Así que Guillén viaja a Lyon, estudia, aprende, se rodea de riquezas y se convierte en ingeniero. Pero no olvida a Lena, y mantienen una relación epistolar durante esos años.
Mientras, Lena se muda a Oviedo, donde vivirá el estallido de la guerra civil. Este hecho trastocará su vida. La ciudad no reconoce el gobierno de la República y se alía con los sublevados. Lena tiene que hacer algo para ayudar, así que comienza a trabajar en un hospital como enfermera voluntaria. Su adolescencia ha quedado atrás...
Guillén hace todo lo posible por llegar a Oviedo, pero atravesar un país en guerra no es fácil: consigue volar desde Lyon con un piloto francés que viaja a Barcelona: Antoine de Saint-Exupéry. Para atravesar el país debe reconocerse de un partido en el que todavía no cree, el comunista, porque su causa, como él mismo se repite, es Lena.
A lo largo de sus vidas, Lena y Guillén, Guillén y Lena, cruzarán sus caminos: en la guerra civil española, en la Europa de la Segunda Guerra Mundial, en el inhóspito Frente ruso, en la Varsovia asolada por los nazis, en el cálido y exuberante Tánger de los años cuarenta...”

“El invierno en tu rostro” está estructurado en tres partes, cada una ajustada a una etapa de la historia bélica y suponiendo su segunda la más extensa y correspondiente a la Segunda Guerra Mundial. No es que se subdivida en capítulos, pero, a través de un narrador omnisciente, salta entre el devenir de uno y otro personaje, de Guillén y Lena, con dos líneas argumentales y simultáneas y convergentes cuando éstos, en su azarosa separación o en sus destinos por separado, se reúnen.

“No es que no hubiera guerra, sino que la guerra se había hecho rutina, la rutina de esquivar escombros e ignorar los cañones de las armas, la rutina de sobrevivir”

Además de Guillén y Lena, protagonistas principales, la extensión de la historia supone que sean muchos, no tantos, los personajes afinadamente caracterizados que pululan por sus páginas. Personajes determinados por la relación con los principales, con Lena y Guillén, y de ahí, según su importancia, retocados con mayor o menor detalle. Jaime Aranzadi, Kurt Ardstein… e incluso protagonistas históricos, reales, como el soldado español de la División Azul Antonio Ponte Anido o el almirante Wilhelm Canaris. Me ha gustado bastante la pericia de la autora a la hora de hacer crecer, de manera progresiva y muy realista, a sus protagonistas y de acuerdo a las duras e intensas vicisitudes a las que se enfrentan. En especial con Guillén, el joven tímido, oscuro, pobre y callado, quien de pastor de cabras en la soledad de las montañas, se convierte en Francia en un hombre culto, elegante, rico, magnánimo, desinhibido. Cambios muy bien trazados, mas manteniendo en ellos la esencia, pura, de su personalidad.

“-¿Mi hogar? –soltó una risa amarga- Una vez escuché que el hogar está allí donde están las personas a las que amas y que te aman”

Vidas particulares marcadas por los intensos y cruentos acontecimientos históricos. Y es aquí, pues, donde Carla Montero del mismo modo exhibe su habilidad con una documentación rigurosa y en la que edifica la novela, a través de unos hechos que sellaron el destino del mundo. Guerra Civil, Segunda Guerra Mundial y Postguerra (la batalla en Asturias de la Guerra Civil, la resistencia, el espionaje, la División Azul, el drama judío, los convoyes a los campos de concentración, la batalla en Krasny Bor, Tánger...) Sin embargo, no es el elemento histórico lo fundamental del argumento, sino en cómo esos hechos afectaron a la humanidad, a las personas, y en concreto a los personajes de esta historia; con sus sacrificios, miedos, valentía, pérdidas, dolor, esperanzas, fidelidades y valores. De hecho, tal como la autora cierra el libro: “El invierno en tu rostro es un homenaje a todos que aquellos que (...) permanecieron fieles a sus valores y convicciones”.

“-¡Esta maldita guerra es absurda! Y me parecen tan absurdos los que quieren hacer de ella una revolución como los que quieren hacer de ella una cruzada”

Personajes marcados por el destino, por la guerra. Una familia separada por estos absurdos antagonismos, por afiliarse en bandos contrapuestos, los extremos, el anverso y el reverso de la moneda, de la existencia; y, no obstante, pese a ello, no desprecian, no destruyen la afectividad, su unión. Y es que, he ahí la grandeza de esta historia, a pesar de las ideologías, de los odios, de la política, de la dificultad, de la separación, convicciones que hacen ser de una forma y por circunstancias de la otra, prevalece el amor. El amor de unos hermanastros, con todas sus vicisitudes y distancias, y de los que no voy a decir, tranquilos, si al final, por fin, se reúnen definitivamente o se alejan para siempre. “Te diré lo que a mí me aterra: perderte definitivamente porque tú sólo deseas encontrarme en un punto al que yo no estoy segura de poder llegar”. Y es, una vez más, en la descripción de esta dicotomía (nacionales/republicanos, nazis/aliados, fascistas/demócratas, ricos/pobres…), con la neutralidad espectadora de las dos vertientes de la vida, donde Carla Montero también sobresale.
Que no importa cuáles sean nuestras ideologías cuando nos enfrentamos a algo universal: la jodida ética. Y mi ética, que me dice que nadie debe poseer un arma capaz de exterminar a la humanidad, no es muy diferente a la tuya, estoy seguro. ¡Y aquí, ni fascismo, ni comunismo ni la madre que los parió tienen nada que ver! ¡Se trata de ser simplemente buenas personas, coño!

“A veces la magia se conjura con silencio, y hasta la palabra más bella le resultaba entonces vulgar e inoportuna pues le obligaba a separar sus labios de los de Lena”

Un libro muy bien construido, aunando un cuadro histórico preciso con la voluntad y sentimientos de unos personajes magistralmente perfilados, en una trama interesante, constante, y entretenida.

“Hay cicatrices que se lucen como medallas una vez superado el dolor de la herida”


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