Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



lunes, 5 de septiembre de 2016

IMÁGENES CON LETRA: "Aquel farolillo de feria negro"



¿Quién habla de triunfar? Sobrevivir es todo” No sé por qué estas palabras de Rilke se acomodan, como el superviviente a un tronco a la deriva en el océano, en el desasosiego incómodo que me provocan los farolillos de feria en calle la Bola. Me siento como un farolillo negro entre tantos de colores y sostenidos en la esperanza del alambre que los hace ingrávidos y a mí frágil, más desteñido por una lluvia de fortuna que en absoluto ha caído o a mí no ha empapado. Un océano de náufragos sin horizonte, pabellones de sonrojos, me digo mirando arriba, abstraído, incómodo, con esa náusea retorciéndose en la boca del estómago. Y con el estallido de colores, engalanando de fiesta el cielo tan azul de septiembre, de guirnaldas mecidas en insoportable vaivén por una brisa propia del infierno, las expectaciones o algún reclamo ansioso por la necesidad de feria se convierten en exigencia: de una moda festiva local, aunque sea con un tópico modelo importado de afuera, de un costumbrismo que hay que atravesar, de una rutina a la que afrontar como si fuera un mal necesario o porque otros, sin preguntarles, ellos tan cercanos, los niños o las evasiones o lo correcto, ciertamente dictaminan, obligan; o pretenden convencerme con lo meritorio del esfuerzo, hacerme tragar mi fastidio; renunciar a las nostalgias de la soledad del otoño, por ejemplo, o todas en las que puedo sincerarme con mi malestar, con mi preocupación, con mi sino ingrato, o cuanto al autor de “Elegías de Duino” le hizo detenerse aquí, sin pensarlo, y encontrarse a sí mismo. Suerte la suya, yo sigo intentándolo.

¿Cómo hacer si no se tiene con qué hacerlo? ¿Cómo aparentar, a continuar con lo acostumbrado, si son tan visibles y deterioradas mis grietas, las cicatrices abiertas o las que jamás se cerraron? Ir de farol, la sonrisa impostada, el bolsillo zurcido, tiene estas gravedades, o estos alardes del náufrago para no hundirse. La ingrata resistencia a unas fiestas que, desgraciadamente, llegan pronto y se marchan tarde; con la codicia, los anzuelos de su afectación, implorando huir de estas, de cualquiera, y hasta de mí mismo; o buscándome sin encontrarme, y porque para encontrarme necesito tener cubiertas otras necesidades.

Ya solo me atrae lo épico, poco, la propia esencia sugestionable en el coso maestrante, ensortijadas madroñeras al paso de rumbosos carruajes, y un lance quedo hacia el tendido que solo es capaz de recoger el abismo vacío del Tajo. No soporto el ruido de la muchedumbre por el mero hecho de armar ruido, por hacerse oír cuando asimismo percibe que jamás logrará oírse; o al menos interpretar unas cuantas gestualidades igual de ambiguas, de engañosas, sin importarle el acallo alborotador, ni la figuración. Ruido. Las calles pobladas, más pobladas de gente anónima, desengañadas por el famoseo decadente; en cuya doblez, el de la contrariedad, se empeñan en alcanzar una gloria efímera, suya, entre rebujitos y pelotazos, farlopas y canutazos, “La gozadera” o algún flamenquito electrónico… q.d.e.p. la “Saca las madroñeras, rondeña mía” … Los mismos y casposos guiones escritos y reescritos, tan agobiantes, tan lastimosos, en los que se diluye aquella trascendencia épica. Una historia cada vez más nebulosa aferrada a los recuerdos de los grandes eventos. Una pérdida de tiempo y en el tiempo, curiosamente no hay nada poético en esto, en una Ronda perdida de tiempos y en el tiempo, en una historia sin futuro que ya de lo único que nos sirve es para reivindicarnos en rondeños sin muleta, los de los orgullos cuarteados.

No distingo o miro erráticamente sin vislumbrar la leyenda, la luz mágica, la antigua fe que no era necesario creer en ella, estaba. Me gusta esa portada en carrera Espinel, calle de la Bola, inspirada en la obra del pintor japonés Miki Haruta. Echo de menos el silencio resonante, ese que suena, una atormentada locura en estas fechas, de acuerdo, pero mía y ojalá que prescindible si se dieran las circunstancias para ello. El silencio con el que escribió aquí, o inspiró a Rilke en “La asunción de María” (tremendo cuadro de El Greco): “Tú recibes tu gloria de todo lo sublime;/ nosotros nos tratamos con lo ínfimo…”. Con todo me gustaría que los días, estos días, pasaran como mis deseos, mis ilusiones, tan rápidos que me es imposible sostenerlos, o al menos escribirlos y sin importarme que los demás entiendan o condesciendan a lo hecho; sin remordimientos, sin dudas, sin dolor, ni por ellos ni por mí, tal vez por la misma tierra. Quizás como ese espíritu de Ariel, la cadencia de la sexta elegía, el encanto perdido, el futuro compuesto por el poeta, la “Resurrección de Lázaro”, dichoso por comprobar que ni la muerte lo ha apartado de la poesía, del arte, de su naturaleza. No me gusta la feria. No soy Rilke.

Yo sí concibo cómo la esperanza o las trizas de mis ensueños puedan pronto abandonarme, no al igual que Rilke, quien aquí no solo sintió que la inspiración, la musa del arte, no lo había abandonado, sino regresó para desplegarla con grandeza, con sentimiento. Entretanto vago, ando, paso a paso, con pasos arrastrados por las calles de sombras anónimas, de versos ahogados en el ruido del gentío; pasos que no piensan; algunos se detienen al sentir la familiaridad de un atisbo del ayer, el compás o el eco de un sortilegio antiguo, ahora extraño, y entonces piensan, como las letras de amor de Rilke a su amiga Sidonie Nádherný, escritas en su habitación del Hotel Reina Victoria: “… si tú no vienes, / serpentea mi camino hacia el fin. / Sólo te anhelo a ti…”, en la bella geometría de una goyesca, en su hermosura honda, en un contraluz nervioso o en la rima de una caña, de una liviana, de un fandango seguido con embrujo y taconeo. No soy Rilke. Y tampoco pretendo armar versos paso a paso, en el camino sin senda por esta feria de farolillos de colores donde yo soy la metáfora de aquel que es negro. Solo soy un sobreviviente.


Con todo, ojalá la animación me llegue, pero que me encuentre trabajando. 

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