Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



miércoles, 12 de octubre de 2016

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Wakefield" de Nathaniel Hawthorne

“En medio de la aparente confusión de nuestro misterioso mundo, las personas están tan pulcramente adaptadas a un sistema, y los sistemas engarzados entre sí y a un todo, que si una persona se ausenta por un momento, se expone al aterrador riesgo de perder su puesto por siempre, pudiendo llegar a convertirse, como le sucedió a Wakefield, en el Desterrado del Universo”



En esta tarde gris, lluviosa, festiva, 12 de octubre, por un lado dejo a “tirios y troyanos” esto de la “hispanidad” para conmemorar esta entrada efectiva del otoño, que no entiende de patrias ni banderas, y del que espero se quede ya definitivamente; y por otro he hecho una pausa en la lectura de “Petirrojo” de Jo Nesbo para salir de dudas, o vencer la curiosidad, sobre un relato de Nathaniel Hawthorne y del que Jorge Luis Borges indicó como el más grande y perfecto artilugio narrativo de la historia, “Wakefield”. Para ello me he servido, y disfrutado, de una publicación de la Editorial Nordica con ilustraciones de Ana Juan, Premio Nacional de Ilustración 2010.

«Recuerdo haber leído en algún viejo periódico o en alguna revista antigua una crónica que, relatada como si fuera real, contaba la historia de un hombre, de nombre Wakefield, que decidió marcharse a vivir lejos de su mujer una temporada larga...»

Así comienza este relato, publicado en “Cuentos contados dos veces”, del que Borges, además, en su “Otras disquisiciones”, consideraba precursor de los cuentos de Melville y, en especial, de Franz Kafka, predecesores que terminan apareciendo gracias a la figura a la que anteceden. De hecho, para Hawthorne escribir, tal vez de oídas o leído el suceso en un periódico, acerca de un individuo casado, sosegado, vanidoso, corriente, que sale por la puerta de su hogar con la intención de regresar en dos días por un viaje de negocios, y no hacerlo hasta 20 años después, tras pasarlos escondido, vigilante, justo enfrente de su propia casa, según Borges: “Si Kafka hubiera escrito esa historia, Wakefield no hubiera conseguido, jamás, volver a su casa; Hawthorne le permite volver, pero su vuelta no es menos lamentable ni menos atroz que su larga ausencia.” 

La historia es interesante, la narrativa es magistral, ambas fascinantes. También es una narración que provoca incomodidad, mucha, quizás porque no terminamos por aceptar esa ausencia injustificada, precipitada, como si su colofón fuera el despertar de una pesadilla atroz. Personalmente me he sentido inmerso en una fenomenal, e inquieta, elipsis cinematográfica (un salto en el tiempo o en el espacio, en la que el espectador no pierde la continuidad de la secuencia, aunque se han eliminado los pasos intermedios); es decir, por tantos como son, y significativos, los numerosos detalles que se ocultan al lector, para hacer atractivo, singular e interactivo el cuento. De hecho, en favor y admiración del autor, los sentimientos y los juicios no constituyen un argumento cardinal en la historia, de acuerdo que a lo mejor se eche en falta la participación de la señora Wakefield, vale, pero de esta manera no hubiera surtido su efecto, extraordinario, de expresar tanto a través de no descubrir nada, o muy poco. Volver o no volver.

No sé, en definitiva, si he leído un sorprendente ejercicio de psicología, o un ejemplo de filosofía literaria en la línea del eterno retorno de Mircea Eliade o más bien de Nietzsche, o simplemente una fantástica fábula. Supongo que al igual que todos vosotros, en un momento de nuestras vidas hemos sentido o hemos querido ser o hacer como hizo Wakefield, desaparecer. De acuerdo, por contrario al personaje literario, con algún sentimiento, o apuesta, o curiosidad, o motivación… circunstancia que no preveía de ninguna de las maneras un no retorno, o un no volver concluyente. Y todo para ver cómo cambian las cosas en nuestra ausencia, cómo se ordenan o se desmoronan, si contribuyen en el comienzo de una nueva vida o un final principiado en la misma ausencia. En estos momentos me llega la sensación, el ejemplo, de lo que sería esa curiosidad de observar nuestro propio entierro: cómo actúan nuestros más allegados, cómo disponen todo luego a nuestra desaparición, en una situación de huir de los vivos pero sin alcanzar la otra orilla de los muertos.


Una lectura, por interesante y literaria, muy recomendable.

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