Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 5 de noviembre de 2016

UN ANUNCIO "CASUAL" DE OTOÑO



Bien temprano salí a la calle a acompañar a mi mujer a su trabajo, a sus horas de labor, yo sigo terriblemente desocupado y precario. Salí a la calle, atesorando en un inesperado suspiro, en un centelleo que braceaba inexperto en mis retinas, en la sonrisa de un pellizco sensual que se hacía adentro, las imágenes del anuncio televisivo de Calzedonia, o preferible la nueva interpretación de Julia Roberts en un reclamo de medias, pantis, leotardos, calcetines y leggins de la marca italiana y que acababa de ver por reiterada vez. Otro espot promocional u otra aparición de la bella actriz en apenas treinta segundos que me dejaban prendado (curioso el juego de palabras a tenor del contexto publicitario) en la eternidad de esos amores imposibles o del ideal platónico o tras la exigencia sensible de un ensueño romántico. Pensé en la paradoja, en el sinsentido agridulce de la realidad, en cómo la publicidad, la que no me incomodaba para ingeniar y sentir, me convertía a mí, al potencial cliente, en el héroe de una fantástica historia junto a Julia Roberts y cuando la única intención de las imágenes era la compra de unos artículos, de Calzedonia, que no me iba a poner, que ni mucho menos compraría para mis mujeres por su coste, y a las que solo aceptaba por garantizarme un recuerdo de la intérprete, icono que plasmaba la belleza de lo etéreo a través de su sonrisa enorme y radiante. Al salir a la calle, y al hilo de esta iconografía o del interés publicitario, la promoción que usaba y salvaba a mi utopía, Julia Roberts, en la más perfecta imperfección de lo femenino, contradije a otro que no sabía de este gremio y mucho de la pedagogía de la esperanza, Paulo Freire. A ver: si bien esa publicidad no anulaba mi capacidad de decidir, (de hecho no me creía manejado por una propaganda organizada y llámese ideológica o no, consumista o no, controladora o no, y tampoco, ya lo he mencionado, no iba ciego o robotizado o a influir en otros o mejor en otras la compra de su género, y de acuerdo en que aquel llevaba razón con las grandes tragedias del hombre moderno, y de la mujer, dominado por los mitos y el señuelo teledirigido), me dije y me convencí en la idea de que hoy era un día magnífico para un bonito anuncio de la llegada del otoño o de la verdadera fisonomía del otoño escondida tras el disfraz de un estío porfiado. Un anuncio del otoño. De tal manera, en el camino hacia mi coche, un poco más extenso de lo habitual y por no acordarme dónde lo estacioné ayer, planeaba cómo concebir ese spot sobre el otoño. La inventiva, el argumento, no trascendió hasta que subimos al vehículo, en Ruedo Alameda, con las primeras hojas doradas caídas y adheridas a su cristal; y en lo que sería un rodaje artesano donde se armonizara, se moldeara como en el yunque de un herrero o en el torno de un ceramista o imaginero, el decorado para la estación usando los cuatro elementos de la naturaleza o los patrones que rigen el estado de la materia, en reunión a colores tenues y sensaciones quietas. No me importaría aprovechar la banda sonora del anuncio visto por enésima vez esa misma mañana, quizás porque así vincularía el sentido del otoño con la sonrisa luminosa y grande y optimista de Julia Roberts, “Lovely on my hand” de Dorotea Mele. Y con esta musiquilla como hilo conductor de mi anuncio sobre un encuentro con el otoño, el primer elemento, tan reclamado y tan ausente hasta ahora, mostró su huella húmeda durante la noche y el alba, el Agua, a esa hora temprana de ímpetu de una claridad serena, dejaba al descubierto prolijos veneros de diamantes, de gotas de lluvia como trémulas perlas y charcos de plata. No llovía, pero llovería más dentro de poco. Abrí la ventanilla de mi lado del coche para inspirar un aire fresco, renovado y aun así lleno de nostalgias y sosiegos. Con este nuevo elemento, el Aire, comencé a impacientarme con la llegada o con la demora de los dos restantes en la duración de nuestro recorrido. Porque la Tierra, cuyo olor se hacía más intenso por el agua, por el aire sin filtros, acogía cualquier alusión o reminiscencia a verdes prados o árboles surgidos de esta entre ocres y espejismos de cobre y hasta a arideces de muerte. Y en cuanto al Fuego, ni imaginar deseaba su manifestación ni menos su trascendencia o consecuencia. Dejé a mi mujer en la puerta del lugar de su trabajo y reanudé el trayecto en coche de vuelta al Barrio. No aparecían los otros dos elementos para terminar mi homenaje publicitario al otoño. No aparecían y quizás por esto mi inquietud rescataba de la memoria unos versos de Calderón de la Barca: “En quien un mapa se dibuja atento,/ pues el cuerpo es la tierra,/ el fuego, el alma que en el pecho encierra,/ la espuma el mar, y el aire es el suspiro,/ en cuya confusión un caos admiro;/ pues en el alma, espuma, cuerpo, aliento,/ monstruo es de fuego, tierra, mar y viento/” de “La Vida es sueño”. Casi al enfilar al edificio del asilo de las Hermanitas de los Pobres para tomar Avenida Poeta Rilke, asomó la reflexión que hablaba de la casualidad como un sueño de la imaginación codiciando su presencia. Y en aquel momento, inesperadamente, juntos encontré a los otros dos elementos, Tierra y Fuego. Extraordinaria la casualidad que declamaba la causalidad de mi deseo. El anuncio en una pequeña furgoneta de color verde botella estacionada bajo un árbol, en la acera de la residencia, la publicidad de una empresa de cerámica rondeña. Tenía que ser a través de otra publicidad. Otra. Y tenía que ser en la alusión a un trabajo artesano como aquel y este frente al torno en el que se moldearía el anuncio de la estación intermedia, y escondida. Y tenía que ser una sensación, una caricia, con la que nos adentráramos en la belleza del otoño: “Acariciando la Tierra y el Fuego”. Hermoso. Suficiente entonces. Siempre. Y con los cuatro elementos bosquejando la añorada estación, emergió el quinto elemento vadeando unas palabras, de unas letras como estas; no era el éter de la antigüedad, ni los vacíos de lo abstracto, solo el relato que transcurría por el agua meditativa, el aire despierto, la tierra melancólica y el fuego creativo de este Otoño que llegaba tarde para quedarse en los márgenes de mi anuncio vivificante.

F.J. Calvente


2 comentarios:

  1. He querido entresacar un frase, una cita, un párrafo para destacarlo y no me ha sido posible. Sencillamente, toda una página antológica. A los nuevos escritores tanto prosistas como poetas, en estos medios leídos, os he bautizado: "La generación de internet" Enhorabuena. J.G.C.

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    1. Gracias Jesús. "La generación de internet", incluso bien suena. Un saludo.

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