Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



domingo, 18 de diciembre de 2016

PARTITURA PARA ESTE FINAL DEL OTOÑO (II)



“El otoño”, respondió ahora la hoja lobulada, la clave con vestido dorado de fiesta, sedienta, agostada por la tristeza del verano huido, con húmedas refulgencias, las lágrimas estancadas por el llanto del cielo. “Llegamos muy tarde a su inauguración, y desabrido llama ya el invierno desde la desnudez de estas ramas, en las sombras movedizas y negras, sustraídas de estas heladas visibles, resentidas, corpóreas” “Y si tanta prisa tienes, ¿qué haces ahí parada?”, cuestioné todavía con la disposición del humor grave que la pausa de la tormenta me permitía, en cuclillas, casi a ras de suelo de este fondo material sojuzgado por el peso mustio de las alturas. “Este es mi lugar”, respondió con el mismo dejo triste del rocío o un vestigio de la borrasca, para añadir: “Este es el registro de mi voz, del color de la misma, de la música escrita para esta ocasión y para ninguna otra, aunque oigas disonancias reiterativas y cercanas”

Poco a poco levanté la cabeza, con ánimo de deleitarme de la beldad declamada por la inspiración, la de la insólita poética del día, por la estación, por lo inusual de los otoños más demorados y relapsos, quizás porque quieren ser tibios estíos o quedan solo para ensayar sus fuegos, los incendios en sus palios enarbolados y en los postrados. Mi mirada marchó en la dirección de las guías de mármol del suelo, las que relucían como vetas de plata mojadas, diáfanas, las líneas paralelas, rectas geométricas, la escritura de la pauta musical que acogían con sujeción y orden los signos musicales, el caos de las hojas caídas de los árboles en una notación arbitraria, apocalíptica, pero con una armonía integrada que era asimismo bella y abstraída. Apunté la mirada a las hojas, como si recordara haberlas colocado a modo de notas musicales en el pentagrama de la plaza, guiándome por la primera, la que era clave de sol por su fuego crepuscular y melodía. Notas y hojas, hojas y notas, de abajo a arriba de las cinco líneas de mármol. Mi, sol, si, re, fa. Nombre o armonía. De abajo a arriba de los espacios, cuatro, las cuadrículas de cantos grisáceos. Fa, la, do, mi. Y en un airecillo de agua que corría, empeñado en modificar la composición, advertía su aspiración o vocación pedagógica, en la manera mnemotécnica de eternizar la regla, la guía armoniosa: “Mi Sol Si Reluce Fastuoso”, sonreí al memorizar el compás para las líneas blancas y marmóreas; “Fabrica La Dorada Miel”, para las casillas del piso de cenizas solidificadas.

Dorada miel de la textura, la de la hojarasca, la de las piedras en la fuente de San Francisco y en las Murallas con sus Puertas de Carlos V y Almocábar. Continué la trama en otra hoja que antecedía a la originaria, ésta más precisa, más cabal, más afinada, la clave de fa, la exigida para interpretar la sintonía de este otoño con un instrumento bajo, no otro, acaso como un tañido de las teclas de un piano en mis entrañas. La hoja, ligeramente plegada en su envés, en la parte baja, imitaba una “f” de hechuras góticas, con dos hojas pequeñas y verdes un poco más arriba, también un poco más abajo, como unas diéresis en la acentuación de una consonancia extenuada.

“La apertura de este otoño, que de igual forma podía interpretarse de su despedida, o el réquiem por cuanto se esperaba y no acontecía”, reflexioné para mí mismo; y cuando la obstinada brisa proseguía en deshacer la composición de las hojas, en construir otras partituras sobre este pentagrama frágil y pálido, otro diagrama o estructura musical, y como una resonancia alegre arrastraba mis palabras por las dimensiones del Barrio. “Porque levantamos la nueva pieza musical para este otoño, disperso en las querencias de otras estaciones o en sus huidas circulares”, murmuraban las otras hojas dispuestas en lógica desbandada por las cuadrículas del enguijarro.


“¿Oyes la sinfonía?”

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