Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



lunes, 19 de diciembre de 2016

PARTITURA PARA ESTE FINAL DEL OTOÑO (IV)



Un juego. Cientos, un millar, incontables las hojas que ocupaban el parque infantil de manera anárquica, revoltosa, al igual que los niños invadían esos otros enseres lúdicos para sus recreos y entusiasmos, en la arquitectura de sus sueños y heroicidades. Hojas deslizándose por la lengua de acero del tobogán, hojas balanceándose en los dos columpios, hojas oscilando en los trasuntos de caballos o monstruosos muelles encantadores, hojas correteando aquí y allá por las raídas cuadrículas del entarimado de los juegos que una vez fue mullido. Y en sus estentóreas risas como encendidas bengalas en la noche, tan diferentes, modulaban notas musicales, en un orquestado desbarajuste como la afinación de los instrumentos instantes antes de un concierto, golpeando en ecos sordos contra el lienzo de la fachada de la derruida ermita Virgen de Gracia, las mismas sensaciones con las que agitaron las ramas de los árboles a las que pertenecieron y pertenecerían sus retoños.

Notas musicales a las que prestaba atención la presencia intangible de un director de orquesta sentado en el banco de piedra y fierro, y al que, a uno de sus mohines, acudían algunas hojas tenores en representación o diapasón de las que allí y allá despertaban su esencia de manera impulsiva y primaria. El compositor, aunque yo no lo veía, la oscilación de un etéreo vaho denunciaba su presencia bohemia, uno de los afligidos ángeles que pasan y dejan su melancolía para perderse para siempre, escuchaba la intensidad de las notas, de los registros, y de entre tanto jaleo, con sublime pericia escogía a una, a otra, esta sí y aquella no, de las hojas para que luego ocuparan el lugar idóneo en el pentagrama de la fronda ocre tendida en la Alameda.

El compositor, el director de orquesta, el ángel ausente, me hablaba o lo hacía para sí mismo: “Sol Si Reluce Fabuloso en Lago”, lo que resultaría una incongruencia por la climatología y topografía urbana si no supiera de las cinco notas encriptadas en la frase, de abajo a arriba, sol, si, re, fa, la, por las cinco líneas o hiladas de mármol que comenzaban a espejar la palpitación gris del cielo. O lo que era otra manera, sutil, inteligente, de aconsejarme a que me desentendiera de aquel caos inarmónico y al borde del ruido, aun con su pasión primitiva, y centrarme en la arquitectura de la obra musical que todavía no oía, no sentía, para este otoño. Y con la reclamación de volver mi atención, mi conmoción al pentagrama de la Alameda, a comprender las líneas de medida, no las horizontales que en mi perspectiva eran verticales, sino las verticales que veía horizontales, los compases, cortas e igual de delgadas en sus intervalos regulares. Líneas o medidas.

Delimitar el espacio, el espacio de la música.

De hecho, el espacio previo a la primera línea en la disposición de las ringleras de mármol, atañía a la primera medida, el espacio entre la primera y segunda línea a la segunda medida… 1-2-3-4…, golpeaba con mi zapato en el suelo, con ritmo impreciso, imposible por ahora encontrar e imitar su pulsar. Líneas de medida que, no iba a ser la excepción en la sinfonía de esta mañana de otoño lluviosa y alicaída, no afectaba a cómo oía o tenía que oír la música, no, sino que me ayudaba o ayudaría tanto a observar los pulsos como a mantener mi lugar en ella y para ser o convertirme precisamente en… música.

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