Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



lunes, 19 de diciembre de 2016

PARTITURA PARA ESTE FINAL DEL OTOÑO (VI)



San Francisco de Asís, al igual que el otoño, abandonaba a regañadientes el óleo de cal ardiente de las casas del Barrio para enfrentarse a la sobriedad del invierno exhalada por entre las piedras de la Muralla. Con su báculo de cruz asentado con firmeza en el podio de la fuente, el santo echaba un paso adelante, con expresión seria, mientras sujetaba con la otra mano, con ademán receloso, quien sabe si no los secretos de la estación o la métrica de su arcana música. En la pila de quietas aguas, del color apacible del océano en estas fechas, esmeraldas, como un espejo donde no me veía y tampoco tenía miedo ni de verme ni de no verme reflejado, un soplo removía su superficie con ondas que deshacían su azogue, y con las que me convencí del paso del tiempo, el mío, en una metáfora de las líneas cimbreantes de mi vida vivida, circulares, sobre todo las que recorren mi cara, las arrugas o asombros fruncidos como notas redondas en las comisuras de mis ojos o en el termómetro delicado según la curva de mi boca. En las plantas, tiesas y verdeantes, todavía de una frescura intemperante, quise ver y no pude los renacimientos de la vida, como todas esas hojas que han caído de los árboles y de las que se creen estaban muertas, no, brotarán nuevas en primavera. Asimismo éstas, ayer, componían, escribían, entre las sordinas de la melancolía, en los efluvios de los grifos abiertos, la música de este otoño que ha llegado tarde y se va muy pronto. Tras el Franciscano, como un aura descosida, un abigarrado telón de fronda pajiza, caqui y glauca, la de los árboles de fibrosos armazones, escombreras de los rayos de sol que quedaron atrapados en la tierra.

“¿Qué dices patrón?” “No, no puedo acelerar el paso puesto que estoy parado, con las manos inertes por la frialdad de los hierros de tu balaustrada” “Sí, ya sé, a medida que reduzca la velocidad de las notas, van quedando atrás pequeños elementos… la solidez… la plica…” “Pues claro… Si voy más deprisa añadiré partes a la nota…” “¿Es eso?”

San Francisco me invitó a acompañarlo, sonó un desgarro en el pedestal y tras el empuje que separó sus sandalias de la piedra, para juntos recrearnos con la música que nos llegaba como el silbido imperceptible de una de las notas musicales u hojas desprendidas de los árboles. Acompañarlo con un caminar normal, expectante, dispuesto a que cuando él y yo paráramos fuera en el milagro de iniciar otros pasos etéreos por las vibraciones de la música. No era andar por andar, sino andar con ritmo, con un compás parecido al que poco antes me guiaba a través de un rítmico golpeteo, más fuerte, menos fuerte, más veloz, menos rápido, de mis pies en el empedrado. Tanto que no hizo falta que echara mi vista a un lado para comprobar la agitación de las notas musicales o las hojas en su colocación en el pentagrama diseñado con las líneas de mármol de la Alameda; y esta vez no era por acción de la vivaracha corriente, no, como si las notas quisiesen ir o en verdad fuesen más rápido en la dimensión o autonomía que la música les concedía, la magia en movimiento del gancho o corchete que reducía el valor de aquellas a la mitad. Un vaivén de una hoja aquí, envés de corchea con plica y con la mitad del valor de una negra, un pequeño deslizamiento en la de allí, haz de semicorchea con dos plicas, con la mitad del valor de una corchea, una octava…

Ininteligibles estas apreciaciones, o reminiscencias, que mi mente, o mi instinto, o mi aliento, sin ninguna educación musical quizás hasta entonces, me infundían en el modo o de cómo tenía que reanudar mi caminar junto a San Francisco de Asís, el cual tenía que seguir siendo normal, vale que al principio ni muy alocado ni muy apocado, (nota negra o paso), para oír o deleitarnos de la composición musical en homenaje al final de este otoño, y en la que nos fundiríamos, (corchea), corriendo como almas que lleva el diablo y con perdón por la irreverencia ante mi ilustre y seráfica compañía, (semicorchea). De acuerdo. Apasionante.

Acompañé al santo o me dejé llevar por la dirección a la que su soltura o bendición indicaban, donde la explosión de color, la definición musical, era por fin una quimera resuelta.

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