Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



martes, 20 de diciembre de 2016

PARTITURA PARA ESTE FINAL DEL OTOÑO (VIII)



Y de improviso cayó la noche. Quebrados los últimos albores, ahora se escondían en la alameda dorada, no perdían el deslumbre de su historia o de su huella, no había noche que apagara el otoño de las hojas ni día que compitiera en viveza, ni siquiera en los turbadores ocasos o en las esperanzadoras madrugadas. Unas luces en derredor de la plaza, un pie de cuatro fanales a unos pasos de la fuente, recuerdos de luces frías, en prólogos de auroras y puestas de epílogos; pero manteniendo el tinte desteñido que parecía envolverlo todo en un aura de irrealidad más acentuada, reflejadas en las líneas de mármol, en las líneas del pentagrama, en la cal rociada en la esquina de unas casas. Solo las murallas parecían haber claudicado su fortaleza a las sombras de la noche, de una textura azur y honda, abriendo sus portones, sus linternas, las impregnaciones de gestas gloriosas que las acercaban a nuestros alejamientos, o nos acercaban a lejanías que una vez fueron íntimas y ahora memorias.

Las calles silenciosas.

La partitura seguía dinámica, viva. El pentagrama, sin embargo, irradiaba en la noche el valor de los silencios, y las hojas, aún auríferas y lúcidas, en registros o signos musicales, en notas con sus armaduras de clave, de tonalidad, con sus alteraciones de bemoles, sostenidos y becuadros, con las ligaduras menos intensas, conforme, y de articulaciones… es decir, con todos los rasgos de una interpretación que seguía siendo música, pero ya no El Otoño de Vivaldi. Nada tenía que ver el que no oyera o no supiera, desde allí, de la continuación o no de la algarabía sin sentido en el parque infantil, de su desorden adicional, de la iconoclastia sonora al tempo y a la dinámica. No. Concebí en mi alma, o en mi propio manual de instrucciones con el que la música me daba vida, que no se trataba de un Adagio en forma de su expresión; quizás por el color de las notas, por la lumbre de la hojarasca, por un viso de la escarcha más presente y que traía el calor no solo de un retumbo heroico sino de una intimidad bizarra. El pentagrama, las notas, la partitura, acentuaba una sugerente cadencia de Jazz.

Respiré con intensidad el frío de la noche, como si con su pureza buscara la identidad de un sonido que tenía que ver con la expresividad, quizás con la identificación de su instrumento, y no por la estética del escenario. La disposición de las hojas, de las notas, en las cuadrículas y en el mármol, en el pentagrama, empezaba a mis pies con un “si” bemol mayor y terminaba en un “si” bemol menor. Homónimos, entonces, podía encontrar muchos, más allá del sonido y fraseo. Incluso en la improvisación, por supuesto, en la estructura de los acordes, en los solos de unos árboles fantasmagóricos, negros y demacrados, en las hojas con destellos de acordes, los que tildaban la armonía o sus escalas, en unas guías a las que veía y me invitaban a seguir, las líneas de mármol como centelleantes rieles de un pentagrama de swing, bebop, hard bop o cualquier innovación rítmica y armónica o ajustada al jazz tradicional, a un blues de doce compases o a una estructura AABA, “rhythm changes”. Jazz.

“Autumn in New York”, cantada por Billie Holiday. 

Volví a respirar con hondura, con la misma de la noche, paladeando la música que sacudía mi interior, mi sueño, su “verso”, su “puente” como personificación de cada uno de sus arreglos e improvisaciones, como sostenes creativos en los que mi alma se expresaba y participaba de la esencia universal, o la propia de este otoño; con sus armonías, soplos, teorías y rendiciones, con sus acordes y escalas, mayor, melódica menor, disminuida y de tonos enteros. Y me dejé conducir por la melodía, por su ritmo, por ambos, arriba y abajo, a un lado y a otro, tarareando, armonizando con mis pies, con mis manos, con mi imaginación, y como si sostuviera y tocara un saxofón, o una trompeta, mientras otras hojas, como un colchón armónico, componían un compás de percusión de batería, o de guitarra, o bajo, o piano. Fascinado.

They're making me feel,/ I'm home” Cantaba y me estremecía con Billie Holiday. Ellos me están haciendo sentir/ Como si estuviera en casa” Letras que oía y también leía como garabatos, como un desfile de hormigas en las líneas del pentagrama, embozadas entre las hojas, entre las notas o los registros musicales. “Dreamers with empty hands/ May sigh for exotic lands/ It's autumn in New York/ It's good to live it again” Música y letras que me trasportaban a un lugar, a ese punto en las encrucijadas de mi vida en el que solo era yo o yo como el Todo, como mi Barrio. “Soñadores con manos vacías/ Pueden suspirar por tierras exóticas/ Es otoño en Nueva York/ Está bien vivirlo de nuevo”. Quería y podía en esos instantes vivir, amar de nuevo mi realidad, atemperar mis circunstancias y trascenderlas, fundirme en la esencia de la noche, de la Alameda, convertirme en música y despedir al otoño de la única manera en que podía sentirlo, a creerlo, siendo otoño, siendo nostalgia, siendo improvisación, siendo conciliador, siendo mediador, siendo un elocuente silencio…

Silencio.

El momento se presentó idóneo, irrenunciable por comprender cómo la música que oía con embeleso no solo estaba construida con unas notas o con esa legión de hojas esparcidas por la plaza. Los huecos entre las hojas en el piso de guijarros, los espacios entre las notas, abarcaban silencios que no eran mudos, silentes, sino que traían vida, movimiento a la música.

Miré la partitura de la Alameda, y al igual que las hojas, que las notas, los silencios se aferraban a espejeos que se escribían con determinados símbolos que definían su duración concreta. Geometrías moldeadas por una luz pajiza que mantenía alejado el desconocimiento de los velos negros de la noche, de la entelequia, en la complicidad de las ramas de los árboles como afilados dedos que sostenían los útiles para trazar, para dibujar las formas, simetrías y planas: Aquel rectángulo inmediato, colgado de la cuarta línea, un silencio de redonda; o aquel otro y próximo, en la tercera línea, al monumento del diestro Pedro Romero, un silencio de blanca; más al centro, más lejanos, en líneas curvas más o menos zigzagueantes, silencios de negra; y allí o allá las barras inclinadas con sus ganchos y corchetes de la nota contigua.

Silencios musicales.
  
Los silencios, en lo que durante el día fue un ambiente lleno de caricias, la noche los convertía en aprecios con la fisonomía de pálidos escalofríos de fascinación y estremecimiento.

Las notas de blues duraban empapándome, implantando tensión en cada uno de los choques de sus acordes, en cada oscilar suave, como caricias, como roces de las hojas en el suelo, en el aire, de unas con otras, en armonía, el blues, para acompañar la melodía. Una elasticidad sorprendente que no amenazaba con romperse, la que jamás se fragmentaría, condescendiendo a la tensión armónica de la música; exaltando una sonoridad dramática que me permitía ser un “soñador con las manos vacías”, con toda la emoción de vivir de nuevo este Otoño recién llegado y que ya se marchaba con sus expectaciones en absoluto satisfechas.

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