Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



sábado, 4 de febrero de 2017

IMÁGENES CON LETRA: "Invierno 15"

“¿Cuál era la música de esta nevada de invierno? ¿De dónde vendría?” ... “Yo...diría más bien que la poesía es una música que se hace con ideas y por eso con palabras”, apuntaba Pessoa en el ademán de echar mi cuerpo hacia delante para atravesar la calle, Las Imágenes, en una etapa de la investigación que ya ni sabía cuándo la había iniciado: si en un instante de este errar por la nevada o la eternidad trascurrida desde que supe que tarde o temprano buscaría a aquel niño que atesoraba el aliento virgen de un mundo por descubrir y vivirlo de frente, sin cálculos ni conformismos. En este día, en este invierno elegante por su sorprendente toga blanca, en esta estación señalada por una fresca intuición, por supuesto que mía, de codiciar la música de un ayer, de un sentido para el reencuentro necesario con mis circunstancias, las de mi ser, las de mi yo íntimo y el social, por estas suertes no debí detenerme en el centro de la calzada, osado ante el tránsito rodado, poco, y por los peligros del hielo y de los hallazgos.

Un hombre tuvo la culpa, parado en la acera, enfrente, de espaldas a mí y volcado en el abierto panorama de una acuarela sorprendente e imaginaria, quien captó mi atención y espera. Un hombre fornido, quizás más por el volumen del abrigo que por propia constitución física; mediana altura, gorro negro de lana, chaquetón prieto y hermético, pantalones impermeabilizados y de bajos embutidos en unas botas verdes de agua. El hombre que alzaba los brazos a la altura de su cabeza, flexionados hacia dentro, como si con las manos en la frente a modo de visera aminorara el resplandor incómodo de la nieve y al que, asimismo, su fascinación le impidiera dejar la aplicación en un abrir y cerrar de ojos; o a través de unos prismáticos que yo no veía y le ayudaban a precisar un detalle en el paisaje nevado o a reunir un innúmero de pormenores posibles, acercarlos como si con ello consiguiera explicarlos, desentrañarlos, desvestirlos para solventar el vértigo de lo inexplicable: de un prodigio, de un resplandor en la escarcha, en los lamidos brotes de vid o en la capacidad resignada de los olivos de soportar la carga de los copos o de frías cuentas de nácar, de unas pisadas en la nieve, de las sombras recortadas de unos caballos en la blancura de lo que fue campo de fútbol de los Salesianos, de advertir en los grandes ojos líquidos de las bestias un reflejo de tristeza, de desánimo por las brazadas de las mieses congeladas o la añoranza de libertad en un escenario que emplazaba a ella, de algún “pájaro abatido” que “hiere la tarde y se desploma” en letra de José Luis Hidalgo, de la creativa sinuosidad de un retal de niebla, del rigor en el pronóstico de unas nubes en lontananza, de la materialización de un espectro desperezándose tras un vano oscuro y abierto en la ermita rupestre de la Virgen de la Cabeza, zurcida de misterios en el horizonte medio y desvaído; o… buscaba a alguien o a algo, corpóreo o espiritual, humano o presencia, en su aventurada incursión por la nevisca, camino de la hondura de Los Molinos y el sobrecogedor abismo del Tajo, por las otras barbacanas y el parapeto formidable del Puente Nuevo despuntando en el albo cortinón del día; o… escrutaba los vestigios del niño que una vez abandonó y que aspiraba reencontrar en este caprichoso entorno de un nevar extraordinario, y al que nunca vio y con seguridad jamás volvería a ver, en la metáfora de ese niño al que desesperadamente buscaba porque a lo mejor, contagiándome de su desesperanza, nunca existiría más allá de una inocente evocación. No, no podía creerlo. No podía entender que no hubiera lugar para la confianza.

Y sin embargo, tampoco explicaba la sensación de desasosiego que me infundía aquel hombre y que nada tenía que ver con su simple instancia o interés del que fuese. Un augurio tenebroso.

“Van por el cielo nubes grandes
celestes rocas misteriosas…”

Además del mencionado Hidalgo, y del propósito de mi requerimiento, de cruces con la niñez y por ende con la belleza, era muy difícil obviar lo que mis ojos contemplaban entre rápidos parpadeos por el frío que resecaban mis pupilas dilatadas de admiraciones, y lo primero compareció de la mano de Marcel Proust al considerar el espacio triangular abierto en el muro mediano de piedras y argamasa, ajustado al serpenteo de la calle, en la vertiente izquierda según se sube del Barrio, en otro ícono de cuanto “allí donde la vida levanta muros, la inteligencia abre una salida”, y porque el coto cerrado a una hilera de pinos abría un espacio hasta ahora solo reservado a los sueños. Al mismo tiempo, otra sensación u otra equivalencia, siquiera más definida, más tangible, expresada por el alto y viejo chopo que callaba sus ramas, el temblor de sus trozos de corteza, germinado como un curtido centinela, con más experiencia que profesión, del murete o el eco exiguo de la venerable muralla en la otra orilla de la travesía, y de la que hoy mismo, casi a la par de mi confección de estas líneas apresuradas, mi amiga Francisca Ben-mizzián Palma poetizaba en un “Dije Adiós” a medio día, con la soltura, plasticidad y beldad que distinguen la desnudez de sus versos:
  
Aprendí que a veces el silencio
es muralla, cobijo, salvaguarda,
lugar donde enigmas y misterios
se quedan sin sus trucos y añagazas

Silencio. Muralla. Cobijo. Misterios. No había truco, tal vez magia, en el derroche franco desde el hueco que trasladaba no solo a calle Prado, Camino de Los Molinos, sino a un valle del Guadalevín que, como la ciudad en esta insólita circunstancia, era otro o relucía con distinta y sugerente fisonomía. La nieve seguía siendo blanca, conforme, pero por la voluntad de un aliento prodigioso, evanescente, rociaba de azul celestial su mundo níveo y romántico. No existía añagaza en este simpar cromatismo en un lugar tan especial y donde las montañas, en la lejanía, adoptaban frecuentemente el color del cielo, abundando en los cárdenos, en los añiles, e incluso, en su ambición acaso de ser firmamento, trascendían los abrumadores resoles de los crepúsculos más fantásticos. La azulenca nevada tendida en la hoya, pulsada por los trazos grises, descubiertos en su inmaculado lecho, de las vides, los olivos, las inequívocas rocas, cristalizados en apariciones de una irrealidad abrupta, de pliegues serranos como las sábanas revueltas en un amanecer de primavera.
  
Y en este empeño de reuniones en cualesquiera de sus sentidos, íntimas y extrínsecas, de la búsqueda que dirimiera su elevada expresión, yo, el niño que quiso ser hombre atento o el hombre que ahora aguarda al niño curioso para aprehender y saciarse en el solaz y en la naturaleza profunda de esta portentosa nevisca, reanudé mis pasos para, a pesar del extraño escalofrío que aquel avizor individuo me provocaba, asomarme al primero de los vacíos blancos y al que, paradójicamente, perseguía colmar de recuerdos o de regresos vírgenes al ayer, sin duda en lo que fue un presente invariable antes de que la necesidad y el reloj vinieran a fastidiarlo todo, o en lo que transcurrió entre la imaginación y fantasía de un cuento pasado, con la firme voluntad por no revelarlo, terminarlo, sino ser otra vez su protagonista, ser en él. INVIERNO 15. Cuesta de Las Imágenes. Barrio San Francisco. Ronda.


No hay comentarios:

Publicar un comentario