Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



martes, 7 de febrero de 2017

IMÁGENES CON LETRA: "Invierno 18"

“Abrí los ojos al amor blanco”. A la física de la nevada frente a mis ojos dispersada, en la Hoya del Tajo. Inspeccioné la niebla por si veía en los contornos de su voluptuosidad algún detalle o rasgo que recordara al hombre en su noche trasmutado en ella, o absorbido por sus claros olvidos. Nada. Este paisaje de ensueño llevaba incluso a convencer de ensayadas, probadas las fantasías inmediatas, y por muy surrealistas o inverosímiles o próximas que estas fueran y puesto que apuntar aquí la palabra imposible incomodaba, como la escamada blasfemia a un dios en el que no se cree, desgarraba la intimidad de sus alteraciones, y las que, al fin y al cabo, formaban parte de nuestra naturaleza, de nuestra entidad viviente o sobreviviente en contextos de falta y de lo poco, o personal, que eso implicaba: vivir y estar vivos.

La neblina se hacía cargo de la demora ambiental, detenida en una severidad admirable por lo tenue de su soltura, la de una constricción escrupulosa a los herméticos perfiles del valle, como si imitara o ambicionara la corporeidad, fría ya lo era, de la nieve, y ganar fusionarse con tanta y blanca quimera, vistiendo de romanticismo un lugar donde la imaginación estableció uno de sus bellos descansos. Y de entre los visillos de bruma en fase de acartonamiento, arriba de las casas, de cultivos y campos nevados, indiscretos se asomaban los cerros con su azur secuestrado o robado de un cielo entristecido por su pérdida o suplantación, rendido a la gama de unos grises según los humores y urgencias de las precipitaciones, hoy inesperadamente en forma de nieve. La perspectiva, a pesar del intestino trastorno causado por la aparición del hombre o vigilante demoníaco en lo que fuera, mayor tras su desaparición por ensalmo, dejándome solo, y porque a lo mejor yo lo había imaginado, creado con el remusgo de un algo aciago y desconocido que tendría que suceder, con esa incertidumbre del accidente que incrementaba mi temor, escandaloso, por no saber cuándo, pronto o lejano, ni cómo, ni con quién, o tal vez la confrontación a solas con ese individuo real o conjeturado. Un individuo que sin ser niebla, y de convenir con un ramalazo de realidad o de pragmatismo suscitado por unas voces cercanas que me sacudieron del ensimismamiento, del arrobo en el panorama enlucido con cal, me devolvía el recelo, muy tangible, de su amenaza, supuesta, entre ficciones y corazonadas, la suya, la del personaje abrigado de oscuridad y quien por tanto se escondía no lejos, no tuvo tiempo para esto; y al que del mismo modo quise identificarlo o responsabilizarlo, suspiraba, con uno de esos jolgorios que permanecían con el color y convicción a cuanto debería ser la pauta, los matices, para, en su singularidad, disfrutar del día y de la nevasca.

De hecho, con tanto miedo casi había olvidado, o casi me había desembarazado del otro impulso o reivindicación o remembranza que exigía su experiencia, su retorno, y del que ya no tomaba en cuenta si en verdad mereciera la vivencia o el empeño porque posible fuera. No importaba. Recuperar, y rápido, la búsqueda del niño que fui para reintegrarme a la circunstancia, a la emoción y esperanza aportados y alentados por este día inmaculado. Sea como fuere, esto último no invalidaba la mera averiguación, o el enorme alivio, de clarificar la sorprendente desaparición del hombre y, máxime, por despojarlo de todo lo que quién sabe si solo yo le investía con un aura perversa, adversa, dotarlo o emplazarlo en la propiedad de uno de aquellos alegres retazos de humanidad que procedían de entre los árboles, justo al lado, en otro de los jardines de estas parábolas de Las Imágenes.

Era el momento de continuar por la siguiente escena de este relato invernal. De querer vivir y estar vivos en una estación que ordinariamente abraza su contradicción y por mucha ilusión en la nieve o en su excepción que se ponga. Seguro que por esto toqué el chopo a mi lado, impregnándome de su gélido sudor, o de la delicuescente sustancia compartida con el vaho de la nevisca, con la atmósfera, con la memoria de todas las frescas y húmedas épocas. No me atreví a abrazar su tronco, ni aún por mucho que me apetecía, pero susurré los versos que Dámaso Alonso dedicó a otro “Chopo de invierno”:


Huso de la hiladora,
a la mañana blanca y nueva,
chopo desnudo y fino:
entre la niebla,
hilas ropas de boda
para la Primavera.
Un arroyito claro
te lame el pie: se lleva
el hilillo que hilas
de tus copos de niebla;
el hilillo que hilas
y que se va cantando
entre la hierba
fresca.


Luego de acariciar el árbol y antes de reiniciar la precaución de otros pasos, uno tras otro, la vista en ellos, con cuidado, por la acera de hielo azul y hasta alcanzar la tramposa seguridad de un jardín cerrado, en una suave ondulación por la inclinación de la calle y la mirada alta de respeto a los viejos paramentos del Castillo, de alguno caído y como una travesura imprudente oculto por un cúmulo de nieve, a ennevarme (me tomo la licencia del término, enterrarme no aludía al caso concreto ni retórico) con dos cuartas de mis pies hundidos en su enzarzada dilación de escarchas, tramposa pues la protección de mis pasos no tenía en cuenta la capacidad de resistencia, de aislamiento, a la helada y a su dolor por la congelación o quema del fuego blanco, la última mirada. Una última mirada, antes y comenzando ahí, desde la ventana abierta al valle del Guadalevín, a las calderas con la uniforme admiración de su primor. Y en la mirada cabalgó, con esa particularidad de las sorpresas delicadas, el relincho de un caballo. Un aire caprichoso o igual de encantado por la dispersión del mágico polvillo blanco, que confundía la procedencia, contigua o distante, del animal, seguro proveniente de la covacha condicionada bajo mis pies en un retal de la antigua muralla, o del espacio rectangular abierto que una vez fue campo de fútbol más abajo en el remate de calle Prado. Esto hizo recuperar mi curiosidad, o figuración, en las húmedas y negras pupilas del equino, en qué traslucían, si admiradas o intimidadas por la nevada, más por la primera y en la impresión, consideraba, de por estar contenida en unos ojos grandes, almendrados y en especial soñadores; y de los vastos universos líquidos que braceaban en su interior me llegó la evocación de una poesía, otra de tantas que dibujan estas letras, de un “Poema de invierno” de Jorge Tellier:


El invierno trae caballos blancos que resbalan en la helada.
han encendido fuego para defender los huertos
de la bruja blanca de la helada


Sensaciones diluidas en el piélago blanco. Silencio. El silencio escrito que de igual manera callaba el paradero, irreal o certero, del hombre con su insinuación, y sigo insistiendo en que mía e inferida, de un oscuro presagio. O de la primera nota de una música, y a la que seguiría el decurso armónico por el pentagrama inmaculado de las otras, en el encuentro del niño o de una veleidad de mi pasado, de un núbil pasado, en estos tiempos dominados por las rutinas levantadas de entre los escombros de nuestros íntimos fracasos y de no perder comba en el discurrir general o colectivo o de esta convivencia cada vez más en soledad. O la reunión convocada a partir de una subjetividad poética, épica sin duda, de un comportamiento sincero y sentimental que ya se revestía, según decía, de un componente ancestral y del cual, y con idéntica resignación, no alcanzaba, no reproducía, no moldeaba, la ilusión, los espíritus de lo inventado, la leyenda borroneada de sueños. Sea una u otra, u ambas búsquedas, la tierna y la proterva, penetré en el jardín, con esa agradable dificultad de andar por la profunda nieve.

Un mestizaje de árboles (pinos, cipreses, palmeras y algunos arbustos bajos), contradicho por la unificación del manto níveo, asemejaba un conjunto de disímiles columnas que sujetaron la hundida bóveda de un templo del que quedaba, además, una de sus paredes con los estragos de la desolación. La misma desolación que arriba reflejaba los pocos e íntegros cristales de unas destartaladas ventanas que ya ni se merecían el impetuoso batir del viento o de alguno de los fantasmas que allí moraban, en el Castillo o en el antiguo colegio salesiano, indolentes al espanto ajeno. Pensé si aquella cortedad, o desgana, o rendición sumisa, no tenía que ver con la metáfora que vislumbraba la iglesia del Espíritu Santo, entrevista por las ramas nevadas, de sojuzgar con su solemne sobriedad y gloria, con su inmunidad castaña al preeminente blanco, a estos otros y degradados escaparates del pasado.

Las risas, voces y exclamaciones procedían de la parte baja del jardín, rayana a la acera y a la carretera. Me situé más al centro de la umbría para, en lo que me permitían los árboles y arbustos, observar con mejor detalle a quienes jugaban lanzándose bolas de nieve, empujándose, arrojándose y revolcándose en el mullido y frío colchón blanco; entre júbilos y risotadas de los que, curiosamente, no se hacía deudor el eco del edificio ni de la muralla, este silencio que lo engullía todo, hasta lo convencional y estereotipado de la realidad. Con solicitud, escondido para que mi presencia no las alertara ni cohibiera en su diversión, indagué en el grupo de personas y no advertí al hombre entre estas. Él no estaba con los demás, con ellos, o más bien entre ellas, ya que eran todas mujeres las que disfrutaban de la nieve con sus juegos e ilusiones; una docena, entre niñas, jóvenes y maduras, en ese intervalo de la edad a salvo de lo vivido y de la rendición a lo que venga, es decir, entre los ocho y cincuenta y algunos años. Aunque el hecho de no ver al ennegrecido personaje entre ellas, ni de verlo en un rápido barrido por el jardín, soporté de buena manera el temblor de una decepción y el hedor de su inclinación afectada por el pavor. Sin duda alguna, este alivio por la debilidad de un miedo del que sólo deberían ser acreedores los pusilánimes espectros del Castillo, tenía que ver con la alegría y vida desplegada, sin filtros, sin coacciones, sin recatos, por aquellas mujeres.

Arrojé mi ojeada recelosa, tampoco debía dejarme llevar únicamente de la inocencia del contexto, hacia el fondo del vergel, hacia aquellas sombras donde la blancura luminosa no llegaba, a la torreta eléctrica como un engendro de ciencia ficción, al murete de confidencias que delimitaba la terraza ajardinada de la ladera o el tobogán helado a calle Prado, de una cabeza, o un brazo, o un retal del hombre que en un fugaz gesto saliera y desapareciera de detrás del tronco de un árbol, a los recónditos huecos colmados de aprensiones en la pared de la edificación y que admitían, con cinismo, la posibilidad cierta de albergar en uno de ellos, o en todos, la presencia furtiva y vigilante del hombre al que solo quería encontrar para desmontar o sacudirme de su malevolencia y de la que, reitero, por entonces ni yo mismo suponía que podía estar imaginándola.

La sensación, o la amenaza del hombre, si bien bajo mínimos por la explosión de alegría de las mujeres metros más abajo, persistía en un hormigueo continuo, en un ruido sordo e incesante, al que no podía obviar y al que me obligaba a registrar, con cautela, esos lugares donde quizás solo mi imaginación veía al individuo emboscado. Todavía no era una obsesión, y no quería lo fuera. Otra sacudida, sin embargo, entreverada al espanto de la anterior, continuada y creciente, aportaba a partes iguales la fascinación y objeción por su sutilidad amable, por su cándida bondad, por su frenesí desinhibido, por su atisbo, la pista en torno a la veleidad pasada, la reintegración a la circunstancia como el niño ilusionado y curioso que una vez fui. La música de la infancia escrita de silencios. Cierto que solo eran unas notas, dispersas, disonantes, suspendidas, que brotaban, con la fuerza de los descubrimientos largamente anhelados, de las risas de las mujeres, de las más jóvenes, de las niñas, de una niña en concreto; moduladas en esos tonos e inflexiones de las carcajadas, del exultante grito por una bola de nieve que impactaba en su objetivo o del dolor blando por la bola de nieve que pegaba en su torso, en su espalda o en un paroxismo excitado si le alcanzaba el rostro.

Y así, a la exploración del presunto escondrijo para el perverso hombre enguatado de negrura, seguía con mi sospecha, y con mi atención cada vez más progresiva en el desahogo, en la fiesta de las mujeres, cada vez más focalizada en las risas, en las risotadas de la niña, la niña, ante la seguridad, hecha poco a poco, de que en su calor, como los crepúsculos que incendiaban la imposibilidad de la nieve, encontraría el perdido sentido en mi corazón para los jóvenes latidos de un amor blanco. INVIERNO 18. Jardines de la Cuesta de Las Imágenes. Barrio San Francisco. Ronda.


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