Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



domingo, 19 de febrero de 2017

IMÁGENES CON LETRA: "Ventana de luces y sombras"



Hay lugares que se abren y cierran, se despliegan y contraen, se impulsan y demoran en favorecer al viajero con su mochila más o menos cargada de experiencias y emociones, al caminante romántico en pos de heroísmos jamás satisfechos, o al inquieto solitario, turista o autóctono, absorto o meramente dispuesto a asombrarse en aquello que siempre manifiesta un rostro inmutable, en las respuestas a preguntas que uno o todos éstos se cuestionan sobre su existencia o acerca del lugar y el sentido de su aventura vital en el universo. Uno de estos lugares es el enrevesado y coqueto callejero de La Ciudad, o cuanto antaño fue Ronda y hoy una de sus almas o uno de los esbozos que entrañan la voluntad de ser soñada. Un lugar edificado de silencios, de respetos cohibidos, de una atmósfera grave, enfatica, que envuelve con esa textura próxima a las caricias de un velo cuajado de tiempos y usos, de rígidos pliegues, con sus torpes ondulaciones por los golpes de un viento que en los desfiladeros de sus callejones susurra arcanos guiones y colofones francos en los espacios abiertos a la cornisa del Tajo. La pregunta, la duda, con la entonación del piar de los pájaros en los tejados elevados, o los que penetran por un cristal roto, por una puerta abierta del patio, tras un fantasma, y naufragan en los interiores de estas casonas de techos altos y rastros de humedad, en ecos espectrales, trágicos, como el zureo de las palomas en las eternidades de Santa María, presentes pero con esa ausencia de las cuestiones que disimulan su gravedad. La vida, o unos  instantes de la misma. La disquisicion última por encarnar el origen de todo. Luces y sombras. El hombre/mujer, el verbo y espíritu hecho de luces y sombras. El secreto de su reunión. En el gran misterio del hombre/mujer, en el punto intermedio de sus luces y sombras;  porque ni las sombras son tan oscuras ni las luces tan cegadoras, como la indefinición del alba, los claroscuros de madrugadas confusas, turbias, vacuas. Ayer, ahora, luego, en "El día que no tiene ocaso", para el Apocalipsis, avanzaba, avanzábamos, avanzaremos entre luces y sombras, sin apercibirnos de que cada uno de estos momentos son milagros, el milagro de estar vivos, de vivir. Andaba, andábamos, miraba, mirábamos, con esa incertidumbre por unos versos previos de Whitman, el propio reflejo en uno de los numerosos espejos que bien refulgen a la luz o bien traslucen su azogue desvaído porque la penumbra ciega su propia luz: en las cenizas curvas de los suelos, grandes portones hacia zaguanes umbríos, en patios interiores en los que las noches despiertan de su quietud y serpentean con una voluptuosidad trémula, herméticas celosías entre maderas barnizadas de calendarios sin días, de retorcidos hierros según la imaginería de fraguas míticas, en los fatuos blasones en enormes dinteles que no son generosos, que no invitan a los hechizos de adentro, tan altivos, desconfiados, ruedos gentiles, en las piedras épicas de la historia y la tradición, algún surtidor de agua en encantadores parterres, inesperados como sus fragancias y coloridos, y en los que brota quizás un bonito poema de Francisca Ben-Mizzián Palma, uno o muchos de su "Jardín de luces y sombras"...  La dimensión escurridiza como la nostalgia que no nos pertenece, y en la que las oscuridades no son fuertes porque no hay, contradiciendo a Goethe, mucha luz; solo la suficiente, la precisa para mantener el equilibrio, la armonía entre lo pasado y lo contemporáneo, los sueños y las ideas. "Todos esperan, -Sara de Ibáñez y nosotros- convocados por un silencio de campanas; todos esperan, sombra a sombra, que por sus ojos hable el alba". La pregunta, o el problema, con ese arquetipo de colores, metafísico o matemático, cuanto más contraste mayor su revelación, aunque allí se inferiría que la respuesta, o solución, prende de una única tiniebla de luz y oscuridad. Y de repente, porque quien busca en La Ciudad encuentra, aparece la ventana. La ventana que sobresale en la calle, vigilante, otro espejo en el que nos reflejamos sin prisas, con curiosidad. La ventana o nuestro símbolo, modelo del hombre/mujer, en un paradigma de la existencia, en icono para todas las preguntas y ya que la respuesta es solo una. Somos ventanas. Somos esa ventana cerrada con maderas y espejos. La ventana con esa precisa perspectiva intermedia, la línea vertical, rígida, a través de la que se desdoblan sus dos caras, el punto de fuga y el encuentro, unidos, el equilibrio, la piedra angular de las búsquedas o de las permanencias. Somos así, como un espectro vagando por las contraventanas, como un anhelo de la vista, de la esperanza, en la ecuanimidad de lo presente: felices, brillantes, bruñidos a la luz del sol; pero tambien oscuros, afligidos, tristes, velados; y solo bellos en la intuición, en la confiada espera de que el lado sea luminoso, de la luz que se encienda en nuestro interior e ilumine el día y a esta ventana con sus luces y sombras. 

© F.J.Calvente. 

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