Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



viernes, 17 de marzo de 2017

IMÁGENES CON LETRA: "Invierno 33"

“La puerta. Y el fin de mi búsqueda. Mi infancia, acaso allí detrás, recuperada.” ¿Qué encontraría tras la puerta? ¿Otra puerta? La niña no responde, ni alude a mis preguntas con gesto elocuente ni indiferente, continúa modelando entre las manos su pequeño muñeco de nieve. Tengo que reconocer que no era una puerta de arco apuntado, ojival, no, si bien la ingeniara así, de medio punto, con dovelas desgastadas; tampoco importaba la diferencia entre una u otra, no entonces, sino la tiniebla gótica que aguardaba con un misterio de milenios, aunque en la espera de lo cotidiano, o de un toque de realismo mágico habitual y del mismo modo desamparado. Sabía lo que me decía. Y la niña callaba. La puerta estaba abierta como para aguardar la sorpresa, pues de hacerlo y al entrar me hallaría con las cien puertas cerradas de Antonio Porchia. Una posibilidad. Un quebranto. Un sigilo para mi voz, para sus “Voces”. Una demora, como las dudas intrínsecas y perdidas en las circunvoluciones del cerebro, oído a la metáfora de Mary Carmen Ben-Mizzián, amiga. La dilación alentada por el miedo de la decisión, de traspasar el vano y no en vano recuperar a mi yo niño. Tal vez. Algo pasaría, indudablemente, ya que la puerta permanecía abierta, caída la madera apolillada, indolente y ebria sobre el marco de piedra. Maeterlinck, puede. La obviedad disimulaba un trazo grosero, descuidado.

“¿Llamar a la puerta serviría de algo? –siguió la niña o suplantó al lacayo del cuento de Carroll, sin escucharme o sin escucharla si yo fuera Alicia-, si tuviéramos la puerta entre nosotros dos. Por ejemplo, si tu estuvieras dentro, podrías llamar, y yo podría abrir para que salieras, sabes” Pero la niña no dijo nada, ni me miraba, un resoplido impaciente ponía constancia a la circunstancia, solo, un estertor de vaho prorrumpía por las comisuras de sus sonrosados labios, me pareció que el prototipo de muñeco de nieve se estremecía de pánico con aquellas ráfagas de calor inesperadas. Y yo no estaba dentro para tener que llamarla y así me abriera una puerta que no podía estar abierta y menos cerrada; saltados sus goznes, su seguridad, su función esperada, desportillada en la pared, vertical por un piadoso sortilegio de un pasado de esplendor o de una interesante leyenda. “A la muerte pelada no hay puerta cerrada”. Invierno. El sentido.

Pensaba, no acerca de qué iba a encontrarme al trasponer por la puerta, por el arco de la muralla, sino en estos momentos por armarme de valor, decidirme y penetrar aquella vagina telúrica, poner mi semilla madura para que germinara el sueño, mi deseo actual, el niño. Yo. No era esta cavilación ninguna impertinencia, ni mucho menos; pero sí lo eran las que acopiaban estos versos de Luis García Montero que no sé por qué recordé y aludí, a lo mejor como un amuleto contra la maldición de mi infierno:

Cierto tipo de gente
sufre de los inviernos en los ojos,
conoce las heladas
que pasan por debajo de una puerta,
una puerta de alcoba,
allí donde la noche siempre tiene
olor de espera inútil,
y después de la espera se aceptan las mentiras,
y después el silencio

Y pensaba, ahora de manera más sosegada, razonable, experimentada: El sentido de la vida, su dimensión práctica; la capacidad de vivirla, saborearla, curiosearla por todos sus lados, por sus sombras y claridades, de un confín a otro, de la mañana a la noche, de los albores a los crepúsculos, la noche, ilusionarse con ella, descubrirla, innovarla, … Todo lo que se lograba siendo niño, en la niñez, donde no existía, ni por asomo, conceptos, normas o argumentarios para entender el mundo, no, solo la vida se vivía, nada más. Suficiente. Y no era poco. Disfrutar del presente, no había pretérito ni un mañana preocupado. El momento. Nada más. El momento coloreado, apasionado, imaginado, vivificante. El momento o el universo de la infancia, de la primera adolescencia. Nadie nace con esto aprendido, ni nadie lo aprende, ni las muchas morriñas convalidan pedagogías de las que fuesen; sino que sale, o se deja salir de adentro, sin trabas, sin ofuscaciones, libre. A vivir que son dos días y luego que pase lo que tenga que pasar. Nada más.

En esto, la niña alzó la mirada del esbozo de muñeco de nieve a mi abstracción, insuflándome con su tierno retozo un ánimo lleno de confianza, como ese vientecillo que sacudía las ramas cuajadas de escarcha, como unas palabras de Stefan Zweig que se ajustaban a la sensibilidad del contexto: “En algunas ocasiones no es nada más que una puerta muy delgada lo que separa a los niños de lo que nosotros llamamos mundo real, y un poco de viento puede abrirla”. Entretanto, proseguí en entornar la puerta, para que me fuera más fácil, más amable franquearla.

Al crecer, imperceptiblemente, todo se fue desaprendiendo, desentendiendo de los impulsos reflejos, pasionales, que urdían la existencia; desembarazándose, poco a poco, en ocasiones de manera vertiginosa, de la antigua y sincera capacidad de vivir sin puntales, sin tramoyas ni hilos gobernantes, sustituyéndola por la falsa, y cómoda, creencia de que aquello y cuanto a los demás satisfacía, una entelequia eso de ser feliz, estaba bien para uno y para todos. Y ahí nos perdimos. Entramos, sin posibilidad de cambiar, de salir, en la realidad de lo previsible, de lo convenido y conveniente, en una adaptación sin pretensiones, sin exigirla, sin cuestionarla, con una creencia o ruego incuestionable, ecuménico, dogmático, religioso en suma, de comulgar a diario con el espíritu colectivo, el credo de las rutinas y de ciertas necesidades básicas e irrenunciables. Perdimos la esencia. La vida.

Heme aquí, frente a este vano de arco de medio punto que endemonia la muralla, cogido de la mano de una niña que afirmaba su poder, con su sonrisa, con su mirada bella y profunda, su madurez en la inocencia de las contingencias increíbles, de las posibilidades imposibles. “Sí, ya sé que el paso lo tengo que tomar yo… -me dije y le dije sin voz a ella- Solo yo puedo y debo traspasar la puerta” Sin embargo aquí estoy, ahí me encontraba, ¿indeciso?, no, ¿timorato?, sí. No era fácil, no era agradable, no era indoloro, estar cuestionándome a mí mismo, cuestionando mi vida. “¿Qué era necesario?”, acaso… No, todavía no había llegado el momento de replantear mi futuro inmediato, solo el motivo, determinado, de trasponer la puerta: si de verdad lo quería, no adonde debería ir o marchar o soñar o imaginar en definitiva. El aliento para emprender el trayecto, de inmiscuirme en sus sombras, avanzar, desentrañar, penetrar, adentrarme o verme en un espejo de azogue desvaído por el vaho opaco, sucio, del paso residual de los tiempos, impregnada su bruñida superficie por tantos alientos de voces ajenas a mí, o a mi querencia.

¿Soy feliz? ¿Fui feliz de niño? Por supuesto, era la respuesta inmediata a la segunda interrogación; infelizmente bien, a la primera, o… Sea como fuere, acababa de dar el primer paso para serlo, ser feliz en este universo blanco y extraordinario. Antes, ciertamente, tenía que traspasar la puerta, morir en el hueco, en la cavidad ancestral y materna, para renacer en el niño que disfrutaría de estos mágicos momentos. El símbolo de este excepcional invierno, su taumaturgia inapelable, los versos anteriores de José Hierro, en “Invierno 31”, o algunos de estos:

Sé que el invierno está aquí,
detrás de esa puerta. Sé
que si ahora saliese fuera
lo hallaría todo muerto,
luchando por renacer.
Sé que si busco una rama
no la encontraré.
Sé que si busco una mano
que me salve del olvido
no la encontraré
Sé que si busco al que fui
no lo encontraré.
Pero estoy aquí. Me muevo,
vivo.

“Vamos, niña” y agarré con mayor fuerza su mano. Un momento. La miré con expectación, necesitaba saber de un argumento forzoso, perentorio: “¿Dónde está tu hermana?” “Cierra los ojos”, me respondió.

INVIERNO 33. Tercera puerta de Las Murallas. Calle Polvero. Barrio San Francisco. Ronda.


© F.J. Calvente.



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