Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



domingo, 2 de julio de 2017

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "El otro, el mismo" de Jorge Luis Borges

“De los muchos libros de versos que mi resignación, mi descuido y a veces mi pasión fueron borroneando, El otro, el mismo es el que prefiero…”



Esto escribe Jorge Luis Borges en el prólogo de su libro de poemas “El otro, el mismo”. Hablo de una lectura, mía por supuesto, entremetida, o entretejida, o complementaria, o solo necesaria, a otras lecturas que no son de poesía, y entre las novelas de las que os voy dejando mi opinión a través de sinceras reseñas y algunas acaso pretenciosas, justo, no voy a escurrir cierta vanidad intelectual. A ver si me explico: Siempre tengo unos cuantos libros, pocos, o migajas de seleccionados géneros, a los que tengo siempre a mano y en los que suelo sumergirme, escabullirme, en momentos determinados o en circunstancias aleatorias pero que exigen del repaso, del examen, de resucitar una sensación o a una reflexión o un recuerdo con su correspondiente nostalgia o aprendizaje. Estos libros, o estas lecturas llamémosles recurrentes, entre los que cuento con “Historias de Cronopios y de Famas” de Julio Cortázar, relatos de Galeano, de Benedetti, párrafos de Laforet, de Terenci, suelen ser más de poesía, Baudelaire, Bukowski, Neruda… y sobre todo poemas de Borges. Estos momentos, instantes fugaces cuya intensidad y despliegue no pueden ser medidos por el tiempo, en su mayoría pertenecen a Borges, favorito y maestro, o a sus poemas y como lo son sus relatos y ensayos. De hecho, en el salón de mi casa, esa encrucijada de caminos domésticos, de intestinos solaces, en uno de los museísticos muebles de madera y alardes y al que solo mi imposición llenó de libros entre fatuos elementos de decoro, destaca, en una balda alcanzable, en un lugar privilegiado, el grueso primer tomo de las obras completas de Jorge Luis Borges, de la editorial RBA, 2005. Este que suelo coger para, de camino al baño, de refugio en el ventanal que da a la calle, o sentado a la otra ventana donde tengo las esquivas musas y mi ordenador portátil, o en uno de los sofás en los que me impongo una lectura privada por un tiempo muy determinado, y al que atrapo, con su peso evidente, físico y espiritual, para leer en ese lapso y no en otro, uno o dos poemas como mucho; poemas que releo, paladeo, los desentraño, y cierro los ojos para entender el color de sus imágenes, de sus expresiones, de sus sentidos complejos y virtuosos. Y este es el último poemario que he acabado, o quizás finalicé uno de sus cien mil y uno finales, “El otro, el mismo”. De este, de sintetizar su alcance, solo diría que ahí me encontré, y disfruté, con el más puro Borges.

“Ahí están el Otro poema de los dones, el Poema conjetural, Una Rosa y Milton, y Junín, que si la parcialidad no me engaña, no me deshonran. Ahí están asimismo mis hábitos: Buenos Aires, el culto a los mayores, la germanística, la contradicción del tiempo que pasa y de la identidad que perdura, mi estupor de que el tiempo, nuestra substancia, pueda ser compartido.”

Del mismo prólogo de Jorge Luis Borges, y a lo que poco o nada se puede añadir, ya que supondría un sacrilegio, una temeridad, no hay más en el vasto universo que encierran sus palabras, su comentario. Además, no soy poeta, o solo un poco, o solo a mi manera, y de ninguna de las maneras soy crítico de nada ni menos de poeta, o de poesía, con sus métricas, consonancias y sublimidades. No tengo la suerte, o la magia, de ser un hacedor para estos bellos menesteres. Sin embargo, si no sensible, muy consciente del valor de la poesía de mi predilecto Borges, de esa poesía intelectual inabarcable, de arquitectura prodigiosa en “… la cadencia mágica, la curiosa metáfora, la interjección …, la obra sabiamente gobernada o de largo aliento”, más en esta donde se hace valedor de su propia coherencia. Coherencia o firmeza en sus inquietudes, en su naturaleza, en su sabiduría, en sus hábitos, los que antes de este párrafo transcribí con sus propias palabras; e incluso, en ese rasgo de desnudez tan complicada pero honesta, con admitir sus “previsibles monotonías, la repetición de palabras y tal vez de líneas enteras”, en un concepto del que seguramente confina la metáfora de su poema “1964”:

“Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado”

Borges y su íntima, y no por ello habitual, y entiéndase por esto al sentido disciplinado de su mundo poético, de las abstracciones o imágenes, culturales o filosóficas, de la visión de un mundo repetitivo esbozado con mayor e inusual sentimentalismo, no romántico o no desde tan ampuloso enunciado. De hecho, siempre me ha resultado curioso, y original, su fuga… no, perdón, tal vez su exigencia de no contar con el espectro anímico, en todos sus desórdenes, en el que sostener una parte de su entramado poético. El amor no entra en su poesía, o no entra del modo que podamos entenderlo; y aun cuando, de creer a otro monstruo de las letras y amigo de aquel, Bioy Casares, “Borges se pasó la vida enamorado, pero enamorado de verdad”. No sería descabellada la posibilidad de que estas ausencias, dentro de la tenacidad y disciplina impuesta en su universo literario, en su creación, tenga que ver con su omnímodo desarraigo, a cualquier ideología, dogma o discurso absoluto, en la religión, la mitología, la filosofía, la historia… pues ninguno podría acoger el significado de la realidad. De ahí a que Borges reivindique la emancipación individual, la búsqueda y concreción de cada hombre y mujer en su único, personal e intransferible destino, a despecho de su concepción universal y absoluta.

“por el hecho de que el poema es inagotable
y se confunde con la suma de las criaturas
y no llegará jamás al último verso”.

La lectura de estos poemas, de cualquier poemario de Borges, nos lleva a la sugestión y admiración de un mundo épico de personajes, de personas, de geografías e historias, de mitos y cosmogonías, pero del mismo modo, en un espíritu didáctico, cognitivo, a investigar en el sustrato de la belleza de sus versos. Un ejemplo, el único que voy a poner y del que me gustaría se leyera, es el poema “Una rosa y Milton”, que nos conduce por ese rico sendero de conciencia acopiada en hermosas palabras, en consonancias perfectas de perfectos adjetivos, tan precisos, tan magistrales, sin salida o con una salida abierta a otros fértiles campos del conocimiento, de la búsqueda de la porción de verdad que nos es permitida, la abordable. Para Octavio Paz:


“Borges fue siempre el otro Borges desdoblado en otro Borges, hasta el infinito… A través de variaciones prodigiosas y de repeticiones obsesivas, exploró sin cesar ese tema único: el hombre perdido en el laberinto de un tiempo hecho de cambios que son repeticiones, el hombre que se desvanece al contemplarse ante el espejo de la eternidad sin facciones...las obras del hombre y el hombre mismo no son sino configuraciones del tiempo evanescente... Era necesario que un gran poeta nos recordase que somos, juntamente, el arquero, la flecha y el blanco".

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.”

Para terminar, un poema, este “Límites”:

“De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido
a Quién prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.
Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?
Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.
Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.
Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano.
Hay, entre todas tus memorias, una
que se ha perdido irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.
No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.
¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino.
Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son lo que me ha querido y olvidado;
espacio y tiempo y Borges ya me dejan.”


Enorme Borges.

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