Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche los atardeceres, los arrabales, algunos espejos de azogue interior, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor, acaso de lo mío que encuentro en mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



miércoles, 11 de enero de 2017

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "El Prisionero del Cielo" de Carlos Ruiz Zafón

“Siempre he sabido que algún día volvería a estas calles para contar la historia del hombre que perdió el alma y el nombre entre las sombras de aquella Barcelona sumergida en el turbio sueño de un tiempo de cenizas y silencio”



Barcelona, 1957. La librería de viejo o de lance en la calle de Santa Ana y propiedad de los Sempere se abre a una Navidad que “en aquellos años todavía conservaba cierto aire de magia y misterio”, tiempos aún difíciles bajo el yugo franquista tras la Guerra Civil. Daniel Sempere, casado con Beatriz Aguilar y ya con un hijo, Julián, pasa apacible su existencia arrimado a su padre y con los propios altibajos según las ventas de la librería, escuchando jazz o las noticias en Radio Barcelona y a la zaga de las extravagantes conversaciones con su fiel amigo y compañero Fermín Romero de Torres, quien entretanto prepara su boda con la Bernarda… En este ambiente melancólico y hogareño hace su presencia un extraño personaje con un tema por dilucidar o un ajuste de cuentas que saldar con Fermín, atajando una historia maldita que rezuman los muros de la prisión del castillo de Montjuic, donde junto a éstos también estuvo preso el escritor David Martín, protagonista de “El Juego del Ángel”, todos sufriendo las iniquidades del director, Mauricio Valls; el pasado o un dilatado y vivo flash back…

“La única buena costumbre que él defendía era la de leer. El resto era asunto de cada uno”

Prosigo la relectura de la saga “El Cementerio de los Libros Olvidados” de Carlos Ruiz Zafón, con “El Prisionero del Cielo” (Planeta, 2011). Zafón en estado puro, inmenso, sin desviarse ni una pizca de su peculiar estilo; y es que reconocería a Zafón allí o allá donde escribiera, por su compleja fantasía, los tonos oscuros de la atmósfera de sus tramas, el costumbrismo y el humor, por su manera de describir, de visualizar, por la construcción e identificación de sus personajes, sus diálogos, más ante el regreso sensacional de Fermín Romero de Torres. Ni siquiera llegó a decepcionarme en su primera lectura, hace seis años (ni mucho menos en estos instantes que ya he empezado la cuarta y última parte del serial con “El Laberinto de los Espíritus), una salvedad en relación a los dos libros anteriores, el de dejar un final abierto. Esta relectura, como ya dije con “La Sombra del Viento”, me está gustando más y dado que no es lo mismo leerse ahora los libros así de corrido y no esperar al paso de tantos años entre uno y otro, y por lo que muchos detalles se perdían, u olvidaban, extrayendo en estos momentos toda la esencia a la historia y su construcción. De este “El Prisionero del Cielo” estoy de acuerdo con su autor acerca de ser la más luminosa de las tres novelas, eso sí, sin abandonar la ambientación gótica, oscura, sepia; relato que desvela la clave de los anteriores. De hecho, si la segunda de las novelas, “El Juego del Ángel”, era una precuela de “La Sombra del Viento”, esta es la secuela de la primera, y en la que converge todo el entramado de secretos y misterios, los hilos sueltos, y personajes de las obras previas como los Sempere, Fermín Romero de Torres, David Martín, Fumero… con nuevos villanos y trenzadas otras pasiones o desasosiegos del amor.

“Un buen mentiroso sabe que la mentira más efectiva es siempre una verdad a la que se le ha sustraído una pieza clave.”

 “Barcelona, 1957. Daniel Sempere y su amigo Fermín, los héroes de La Sombra del Viento, regresan de nuevo a la aventura para afrontar el mayor desafío de sus vidas. Justo cuando todo empezaba a sonreírles, un inquietante personaje visita la librería de Sempere y amenaza con desvelar un terrible secreto que lleva enterrado dos décadas en la oscura memoria de la ciudad. Al conocer la verdad, Daniel comprenderá que su destino le arrastra inexorablemente a enfrentarse con la mayor de las sombras: la que está creciendo en su interior. Rebosante de intriga y emoción, El Prisionero del Cielo es una novela magistral donde los hilos de La Sombra del Viento y El Juego del Ángel convergen a través del embrujo de la literatura y nos conduce hacia el enigma que se oculta en el corazón del Cementerio de los Libros Olvidados.”

De la novela gótica con pinceladas humorísticas en “La Sombra del Viento”, y absolutamente gótica y oscura en “El Juego del Ángel”, a “El Prisionero del Cielo” con su costumbrismo, humor y trazos góticos en la narración correspondiente a la prisión, e incluso con la intervención de Fumero y Valls como personificaciones de una España de postguerra en blanco y negro, amordazada y resignada. No obstante, el relato destaca por su viveza, por acentuar la simplicidad en beneficio de la agilidad y el entretenimiento. El humor viene a refrescar, a pespuntear con su ingenio los negros y tenebrosos pasajes (alguna carcajada, por ejemplo, con la cacatúa a la que se le hizo cantar aquello de “Franco, cabrito, no se te levanta el pito”, o los “caganers” de doña Carmen Polo). Esta comedia neorrealista con vocación gótica, llamémosle así, el homenaje de Ruiz Zafón a la literatura popular del folletín, se lee de manera ágil y rápida, absorbe la atención desde la primera página a la última, sin respiro, a lo que contribuye su impecable estilo narrativo, sus cortos capítulos, la menor extensión en comparación con las novelas precedentes, el manejo de la acción y de los giros en una alternancia hábil entre la época actual, años cincuenta del siglo pasado, con el pasado dos décadas antes.

“En esta vida se perdona todo menos decir la verdad”

La reiteración, necesaria, de lugares (la librería Sempere e hijos y en especial el Cementerio de los Libros Olvidados) y de sus personajes afinadamente determinados (Daniel Sempere, Bea, Isaac, Bernarda, Fumero… o los David Martín e Isabella más de “El Juego del Ángel”… junto con los de nuevo cuño como el villano cuya “vida parecía encaminada a esa existencia gris y amarga de los mediocres a quienes Dios, en su infinita crueldad, ha bendecido con los delirios de grandeza y la soberbia de los titanes. Sin embargo, la guerra había reescrito su destino al igual que el de tantos y su suerte había cambiado cuando, en un trance a medio camino entre la casualidad y el braguetazo, Mauricio Valls…”, Salgado, o los simpáticos Oswaldo Darío de Motenssen o el profesor Alburquerque, o la entrañable Rociíto) y a destacar siempre a Fermín Romero de Torres en su vuelta espectacular con todo su repertorio de secretos, de anacrónicos caramelos Sugus, de experiencias y mucha picaresca, de su lenguaje alambicado, incisivo, irónico, de galán de arrabal… “Un hombre que podía mear de pie y sin ayuda era un hombre en condiciones de afrontar sus responsabilidades.” Un personaje inolvidable al que se le da todo el protagonismo en esta novela al reivindicado en “La Sombra del Viento” y de su ausencia en el ejemplar posterior.

“Las gentes con el alma pequeña siempre tratan de empequeñecer a los demás”

Personajes en torno a la gran protagonista de la saga, Barcelona. Una ciudad en su versión más oscura, memorativa, misteriosa, envuelta en los más tenebrosos ambientes, “Un cielo escarlata cubría una Barcelona negra y tramada de siluetas oscuras y afiladas (…) A lo lejos, en lo alto de la montaña de Montjuic, el castillo se alzaba oscuro como un ave espectral, escrutando la ciudad a sus pies, expectante”. Una geografía, asimismo, sencilla, humilde, el Raval, el puerto, con su tipismo del bar Almirall, Casa Leopoldo,… entretejida al fausto de las grandes mansiones, de las zonas residenciales, aparte del itinerario clásico y obligado por las Ramblas, el barrio gótico… Carlos Ruiz Zafón no la recrea, sino hace de Barcelona un escenario singular y fascinante. En cierta ocasión leí en una entrevista decir que su pretensión no era retratar a Barcelona, que para eso ya lo habían hecho bastante bien Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza o Marsé, sino presentar un lugar estilizado por el que se mueven sus personajes con unas ropas concretas y con destinos propios.

“El destino no hace visitas a domicilio, que hay que ir a por él”

En esta tercera entrega, siquiera se hace más acentuada la actitud insumisa, libertaria o desconfiada del autor contra cualquier sistema político o institucional, incluso religioso, “Yo en principio soy ateo. Aunque en realidad tengo mucha fe”, manteniendo su apego por la mayoría humilde de la sociedad, “Hay épocas y lugares en los que no ser nadie es más honorable que ser alguien”, más en aquella realidad de la postguerra, hipócrita, malévola, clasista y despótica.

“Nunca hemos sido el de antes, sólo recordamos lo que nunca sucedió”

Un tanto de lo mismo, o una extensión mayor, en cuanto a la exigida referencia al conflicto bélico y fratricida de nuestra Guerra Civil. En sus páginas no existe ninguna decantación o apoyo o afecto por ninguno de los bandos en litigio o guerra, por encontrarse en ambos lo mejor y lo peor de su expresión. Fumero es un claro paradigma de este sentimiento, un desalmado que militó en todos las banderías y haciendo del sadismo su única patria, naturaleza e inclinación. “-Yo no soy de ningún bando –repuso Fermín-. Es más, las banderas me parecen trapos de colores que huelen a rancio y me basta ver a cualquiera que se envuelva en ellas y se le llene la boca de himnos, escudos y discursos para que me entren cagarrinas. Siempre he pensado que el que siente mucho apego a un rebaño es que tiene algo de borrego”.

“En el fondo nadie es malo, sino que sólo tiene miedo”

“El Prisionero del Cielo”, al igual que las obras anteriores, es un homenaje al libro, a la Literatura, la única capaz de remediar o hacer soñar en color en un mundo en blanco y negro; desde el mismo momento en el que se traspasan sus tapas y como si se franqueara la puerta del mítico Cementerio de los Libros Olvidados, “el entramado de engranajes, poleas y palancas que controlaban la cerradura del portón”, para perderse en las fábulas de las páginas, de las letras. Y es también una deferencia a Dumas y a “El conde de Montecristo” … y no cuento más.

“Loco es el que se tiene por cuerdo y cree que los necios no son de su condición”

Otro libro imprescindible, de acuerdo en que no de la calidad de las entregas anteriores, pero bastante entretenido, fiel al estilo de Zafón y que nos trasporta, a través de su impecable prosa, a sugerentes misterios y oscuras tramas, afectivas, con humor, y encantadoras. A Barcelona y a una Literatura con mayúsculas.

“Descanse ahora, amigo mío. Que el cielo puede esperar. Y el infierno le viene pequeño”


martes, 10 de enero de 2017

MISTERIOSO AMANECER RONDEÑO



Naves de procedencia desconocida surcaban la madrugada de Ronda. O eso insinuaba el cielo de esta invernal mañana de martes. La sutileza de unas formas nubosas e insólitas en un desfile procedente del horizonte herido, donde la alborada saludaba o suplicaba los buenos días tras un incendio conmovedor. Con una cadencia traspuesta, etérea, las aeronaves disfrazadas de nubes o nubes camufladas de deletéreos platillos volantes, de violáceos fuselajes rotos en su diámetro por una línea refulgente del mismo alba, la esencia carmesí, o acaso esos ovnis se nutrían del sangrado de las primeras luces en la energía indispensable para desplazarse por un fondo acerado y frío, parecían atraídos por las viejas farolas del Puente Nuevo, iguales los arabescos de sus hierros a los pajizos vapores desgajados por la escarcha, como si actuasen de luminosas balizas en su silencioso y misterioso sobrevuelo del abismo, el Tajo, todavía oscuro y tramado de hechicerías. Será por la delicadeza, por la liviandad de los ingenios espaciales que no provocaba en el observador consciente de su prodigio temor o al menos preocupación, únicamente el hermoso espectáculo de una acuarela futurista en un escenario legendario y añoso, jamás lejano. Quizás otra de las mágicas sorpresas desveladas o arrancadas del sueño de esta ciudad soñada y antes de que el fuego de la aurora se extinguiera tras un prolongado bostezo del vacío, de la garganta que exhalaba las cenizas del invierno y su imperio indiscutible y bárbaro. No. No era otra versión que escribiera H.G. Wells de su “Guerra de los Mundos”, o que interpretara un personaje famoso y reconocido por nuestra historia local, Orson Welles, en la adaptación radiofónica de la obra y del que llegaban algunas palabras desde su monumento en Blas Infante, sonriente Hemingway al lado: “Señoras y señores, esto es lo más terrorífico que nunca he presenciado... ¡Espera un minuto! Alguien está avanzando desde el fondo del hoyo. Alguien... o algo. Puedo ver escudriñando desde ese hoyo negro dos discos luminosos... ¿Son ojos? Puede que sean una cara. Puede que sea...” Solo un amanecer de Ronda, uno de tantos y sobrecogedores por su fascinante belleza. ¿O tal vez naves de otros mundos que están en este, aquí en la ciudad, con nosotros?.

F.J. CALVENTE

domingo, 8 de enero de 2017

EL SUEÑO DE LOS DÍAS



Tarde se fueron las Fiestas, y la noche trae el eco de los primeros e impostados bostezos de quienes despiertan ahora, o al menos eso creen o pretenden que se les crea; despiertan de su ingenua hibernacion, o de las fugas de desprecio y miedo, de su deseo de dormir, en un letargo rápido, amnésico, en la inconsciencia de que pasen estas fechas en un sueño plano y blanco como la cal de las casas. Este indemostrable desagrado, el supuesto de no gustar, de odiar la navidad, el fin de año, el nuevo, reyes magos, de estas Fiestas que dicen aquellos y excusados en las ausencias dolorosas, insustituibles, aunque igual de indemostrable la magnitud de su dolor, de los que no están y a los que se les echa en falta por la parte intrínseca, la propia, la que se llevaron con ellos; o por los vacíos interiores que, por comodidad o renuncia, llenaban solo quienes no están salvo si se les recuerda, los que colmaban con luz o esperanza sus fondos e incluso la arquitectura de determinados sueños; o porque cada vez son más inmunes a la sorpresa, al milagro, a la magia de las pequeñas cosas, a las cosquillas en el estómago, o a colorear esa morriña trémula, sobrevenida y dirigida a barrer las melancolías y dejar paso expedito a lo limpio, a lo inmediato y quizás inédito. Tarde se marcharon los reyes magos, anoche, o acaso jamás lo hicieran de no transformarse en esos pulidos hitos de piedra de la fotografía, cilíndricos bolardos en fila, tallados con las curvas imperecederas de las sonrisas y dichas que los merecen y los dejan vivir a través del recuerdo, de las efemérides recurrentes o de las tradiciones con las que se disfraza la añoranza del tiempo. Tiempo con sus lapsos convertidos en metáforas de los gruesos eslabones de una cadena perdida; o del vestigio, aún ajeno a la herrumbre, de la vigorosa argolla que la sostuvo, y la que en este momento suscribe una alianza, o una tregua, los esponsales de los sillares y los hierros, de lo arcaico y lo contemporáneo. Ya se fueron las Fiestas, y su memoria queda convertida en piedra, más o menos nostálgica, más o menos afligida, poco o muy oscura como el vano siempre abierto de la puerta renacentista de las Murallas, la de Carlos V, regia y dorada, por la que asoma la rutina triste con una postración de sus cien mil días desteñidos e insignificantes, entre sombras que reptan por la piedra como hiedras prendidas a la eternidad de un heroísmo oculto, disimulado. Tarde se fueron las Fiestas y ya queda menos para que vuelvan. Y con éstas el sueño de los días.

© F.J. Calvente