Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



martes, 7 de agosto de 2018

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Un granuja en un país de pillos" de Antonio Mena Guerrero.


“A veces el pensamiento es un sufrimiento y la inteligencia una infelicidad.”



Esta reseña está vinculada a una circunstancia personal, subjetiva, familiar, la cual no distrae, disimula o maquilla la apreciación por la obra literaria. Del mismo modo, esta opinión está construida, primero, por el prólogo con el que fui honrado de escribir al libro y, segundo, con el mismo honor por unas palabras al realizar la presentación de “Un granuja en un país de pillos” (Ediciones Atlantis, 2018) y junto a su autor, mi tío, Antonio Mena Guerrero, en Pujerra, en mi pueblo, o en uno de los aguardos de mi identidad, una de mis raíces también y a las que íntegramente se refería aquel en su dedicatoria de mi ejemplar. Obviaré la presentación del autor en un lugar, en una reunión, donde todos le conocíamos, o le conocíamos según nuestro propio y superficial calado, “Allí no sería un conocido entre desconocidos, sino un conocido más”; y, lo avisé a los asistentes, no ya por mi habitual retórica y temiendo el sopor que provocara mi intervención, sino que tratándose de la presentación de un libro tenía que hablar de literatura, y de buena literatura tratábamos.

Aún con ello, casi reté a los asistentes en el acto de presentación a un juego literario en torno al conocimiento de un Antonio Mena Guerrero en su dimensión o realidad de escritor, de esa parte señalada de su ser, con sus cálculos y sangre derramados por sus letras, tan fiel a su compromiso con la palabra, en su voluntad aún de instruir el mundo, de la pizarra a la literatura, o de contribuir a entenderlo de un modo llano y penetrable. De conocerlo en su compromiso con la ética, con la moral, en su labor literaria que corresponde más a una decisión que a una necesidad; por su valor, por su coherencia y contenido, por su crítica y rehabilitación. Conocerlo por su novela costumbrista, urbana, realista, la que nos ocupaba, “Un granuja en un país de pillos”; por su mirada solitaria de un mundo uniforme y escaso de perspectivas, cada vez más idiotizado, cada vez más ignorante. Conocer al Antonio Mena escritor, incluso ahondando con curiosidad, con amabilidad, por esos matices que administran su identidad narrativa:
Cómo, cuándo o porqué brotó su inquietud por escribir, este placer por comunicar sus reflexiones y recreaciones de los tiempos; o por esos otros motivos, también superficiales, pero que encierran una carga emocional e indiscreta especial: por sus manías si las tiene al escribir, por sus preferencias literarias, de la influencia de éstas en su escritura, por sus musas o por sus modelos, quien le inspiró a Frasco, a Adolfo, o porqué el Borka o Jorge Luís Borja, su personaje principal, resuena al glorioso literato argentino Borges, tan distinto a él, por ejemplo… si es “barefilo” o de esos de ir de bar en bar, o cuánto tiene de pillo o de granuja y aun sabiendo que hay mucho de Frasco en él; o por sus ánimos en el garabateo de la pluma por el papel o el tac-tac de las teclas del ordenador, quitando los velos en afirmaciones como “El papel del asalariado es trabajar y pagar; el del político es hablar o dormitar, cobrar y mangar”. Esto propuse a la concurrencia, conocer la naturaleza escritora de Antonio, la que, sin duda, a tenor de sus libros era apasionante, buena prueba éste, su sexto libro, pero principalmente a conocerlo por cuánto tenía que contar a sus lectores, cuál el mensaje de sus páginas, de sus relatos, en sus reflexiones, el resorte que aspira a saltar en nuestras conciencias, en nuestra actitud ante la vida, en nuestro compromiso por cuanto nos rodea.

“La educación es una larga carrera difícil de estudiar y aún más difícil de ejercer. Los padres del Borka, el protagonista de la novela, ni la estudiaron ni la ejercieron, de ahí que germinara un engendro de granuja, de canalla, de mal bicho. Pero el abuelo Frasco le provoca un cambio radical de hábitos, de moral, de formas de vida y le hace olvidar el pasado, pero no su auténtico amor”

Un libro que hay que leer, indispensablemente, del que seguro no va a defraudar, sino a interesar y bastante. De una narrativa empapada de tristeza, solitaria, adusta, concisa, irónica, plástica, también humorística, tierna; la que desde fuera nos mira adentro, la que tiene un componente psicológico si no para justificar el trazo de unas conductas sociales, existenciales, en un signo alertador de la mediocridad de los tiempos. Aquí su palabra crítica se libera todavía más de retóricas, de ornatos, para expresar con claridad descripciones y diálogos, con sencillez reflexiones que el autor esboza quizás con mayor decepción, más contrariado, más indignado, mas con una intensidad, con una sinceridad, admirables; de una sociedad en clara quiebra y a través de unos personajes comunes, por una cartografía sentida y experimentada, por Málaga, por Pujerra;
donde observa la acción y la describe desde fuera, donde presenta los protagonistas en sus vicios y virtudes, simplificando los perfiles, asemejándolos en unos encajes reflexivos de pátina emocional, aforística e intelectual, con ese característico acento proverbial que hace explotar las melancolías y todo aquello que en la actualidad ha sido despojado de lo esencial, de la identidad, y de la decencia. Y con todo, siempre hay en su literatura un lugar para el sentido, o para los sentidos, para el amor, para la confianza, o la esperanza, para héroes anónimos como el abuelo Frasco y al que seguro se amará en estas páginas.

Hay que leer “Un granuja en un país de pillos”, hay que leerlo, pensarlo, comentarlo, disfrutarlo y recomendarlo; incluso jugar con él, tal vez a identificar a sus personajes, a confrontarlos en el catálogo de personas reales que nos rodean a diario, al amigo, al vecino, al familiar, tan similares a Manolito, Rita, Conchi, Eleuterio, Joaquín, el Rubio y Pacheco… Amparito, a Adolfo, a Paco Fernández, el padre de Borka, o a Dolores su madre, y a Lucía Sepúlveda, el amor; y por supuesto hacerlo en Málaga, y más en Pujerra. Pujerra, tan presente en la novela, donde su concurrencia resulta primordial en su trama, con su sino inevitable, con su sentido de redención y salvación de un mundo vacío, lleno de desesperanza, de apariencias y desconfianza.

“La idea de que el dinero fácil es el camino más certero y apresurado para conseguir la felicidad y la de que poco vale pasarse media vida de sacrificio en el estudio habían prosperado en la sociedad de tal manera, que ya no era factible educar en la diferencia entre el vicio y la virtud. Ha pasado el tiempo del respeto, de la decencia, de la vergüenza; ha desaparecido el interés por aprender; ha muerto el orgullo de saber y sólo queda el desenfreno enardecido en los altares del mundo moderno. Prevalecen la carne al espíritu, el pecado a la honradez, la holgazanería al trabajo, la mentira a la verdad, el egoísmo a la fraternidad… Ardua y poco gratificante es la tarea del profesorado, navegando en los piélagos de un tiempo en descomposición, en el que enseñar, educar y hacer el bien, no sólo no es reconocido, sino que restalla en sentimientos adversos. Casquivana sociedad, zarandeada entre el cutrerío y el pijoterío, que no hace más que agravarse día a día, entre los tics periódicos de un progreso desobediente de la moral y del más elemental sentido común.”

Pujerra, el pueblo, el lugar, el ambiente, el regreso, que mediatiza la generosidad existencial de sus protagonistas, a Borka por la influencia del abuelo Frasco, éste convertido en una de esas raíces que arraigan acaso en remedio para estos tiempos insulsos y difíciles. “En aquellas tierras de la Serranía de Ronda y en aquellos tiempos había hambre que no podía esperar, de antigua que era; y sin embargo, había pocos hurtos y robo casi ninguno. Allí la pobreza no repugnaba ni daba miedo. Había honestidad, respeto, y sobre todo había humanidad, ya que sin decencia ni dignidad se pierde aquélla y hasta el alma” Frasco Fernández, del que, deleitaban mis raíces, podía durante la lectura cerrar los ojos e imaginármelo sentado en el poyete de la fuente de la Alameda, disertando con su nieto sobre estas palabras y del sentido y el valor de la realidad. Frasco, del que oiría decir a Borka, a Antonio Mena, “Mi abuelo no fue, no es, una persona corriente; fue y es un gran héroe sin nombre en la historia, pero con una constante presencia en mi corazón.” Un personaje buscado, necesario, que acapara, como un alter ego, la reflexión proverbial de Antonio Mena, la del escritor moralista; personaje indispensable por su altruismo, esfuerzo, como el amor regenerador de Lucía y Borka, ese “… amor más fuerte, más grande que el miedo

Una novela asimismo hecha de recuerdos, y a los que Antonio, con habilidad, rotundiza, personaliza, enjuicia con o desde estos el devenir actual de los tiempos, tal como se dirían Frasco y Adolfo en sus diálogos cabales acerca de un “… mundo que se está resquebrajando con tantos cambios”, en el que “todo es morralla”. Y Antonio Mena con ellos, al escribir sus pensamientos, su mirada discreta pero rigurosa de la sociedad, en testimoniar una realidad con palabras que a todos nos pertenece y que no nos atrevemos a declamar o en la mayoría de las situaciones ni a oír, imbuidos en no querer entenderla, en darle la espalda mientras no nos toque o no desbarate nuestras cómodas rutinas. He ahí el verdadero y necesario realismo de este “Un granuja en un país de pillos”: la de revelar más que cosas sorprendentes como dijera Cocteau, cosas cotidianas para despojarlas de su doblez, de su cínica inconsistencia; de hábitos, miserias, de esperanzas relegadas en la indiferencia, en las apariencias, de la picaresca, de usos conformistas que no quieren verse o concienciarse, desde la educación o su ausencia a la corrupción política, la inmigración, los subsidios haraganes, incultura, la vejez, la juventud que no quiere ser joven, y sensata, narcisista,... de tantas fugas al sacrificio, la honestidad y el deber.

Una novela que nos habla de la importancia de la educación, o los efectos de la mala educación, del pillaje moral, la corrupción, a los que asumimos con apatía, con la atonía de no importarnos nada, y los que tan magistralmente Antonio idea, despierta, incitándonos a reflexionar, a asumir la crítica y a que cada cual quiera poner su granito de regeneración, de compostura en una sociedad que las reclama con urgencia.

Antonio Mena Guerrero es muy hábil en despejar el camino de la lectura, hacerlo ágil e interesante, por una capital, Málaga, por un pueblo, Pujerra, en una historia que muestra la confianza, la esperanza, en un mundo desvalorizado, por unos personajes, tan reales, a los que bastaría con ser un poco conscientes para identificarlos dentro o fuera, más a los que “inyectan todo el veneno que llevan dentro”, y a los que “hay que quitarle la careta para saber cómo son, porque esconden más que exponen, claro está, lo malo; lo bueno se tiende a la luz del sol para que brille y sea admirado.”.

Y, sin duda, este es un libro que brilla y tiene que ser admirado.

No hay espera, pues, para comenzar la lectura de esta novela, ya. Y si la hay, como él nos expresa, es “una espera ciega y sin fecha, que no necesita rodearse de tristeza, sino de esperanza, tal vez de júbilo”.

Indispensable leer y pensar y disfrutar esta novela, la de “Los vuelos de Borka y de otros muchos de su misma calaña (que) avalan grandes descontentos, pero también son testimonios vitales que se contagian y se imponen en sus aspectos más indecentes. Pero nada pasa, nada se ve, nada se oye, apenas el barrunto de una voz solitaria que grita desde la palabra escrita.

La voz solitaria que grita desde la palabra escrita, oigámosla.

Y este es el ruido, tan necesario, que tiene que provocar esta novela, en su obligada lectura: el ruido de una realidad que pesa sobre nuestras conciencias.

“La tierra recuerda a los hermanos, padres, abuelos, es como una gran fotografía donde todos aparecen acogidos en su seno.”


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