Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche los atardeceres, los arrabales, algunos espejos de azogue interior, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor, acaso de lo mío que encuentro en mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



domingo, 16 de noviembre de 2025

"MONSTRUOS"

Los monstruos no eligen a la lluvia que cala sus hierros, sus huesos, a sus oscuros e imprecisos brazos abiertos; ni a su manera de asear, una vez, una, o cuando llora, tan escasas, tan testimoniales, con sentimiento el cielo, a los deterioros de su cara, churretes biliosos, estragos en su esencia, de cemento, agua y arena, a las costras desprendidas en su grito de dejación y orgullo, de cal o infusa pintura o como un fallido sortilegio que se vuelve en contra o en su contra y quién sabe a consecuencia de qué o por nada; ni limpiar a sus muchos ojos de turbia mirada, distorsionada, de formas sinuosas, cimbreantes, espectrales, por el derrame de unas lágrimas que no son suyas y las que, por su épica o quimera, lloran por ellos, por los monstruos. Es una vista interna o de dentro afuera, la suya, casi idéntica a la mía con que los veo, a los monstruos, a través de otros cristales, que no son opacos como aquellos e innúmeros por la desidia de un tiempo ciego, aquí desde mi cobijo, aquí sin miedo, aquí seguro, de momento. Cómodo, y cómoda una curiosidad casi morbosa, casi fascinadora, impresionada o susceptible, a distancia pasadera y quizás incluso misericordiosa, de su odio o de su violencia o desprecio; de un mal, latente, pulsante, indiferente, inconsciente, apenas disimulado por el preámbulo abierto de unas barandas de hierros negros, de otros huesos, de unos escalones inadvertidos invitando a entrar,  a penetrar en sus vísceras, a interiores desconocidos, agujeros o lacerados huecos: a pisos, a grados, hogares, a otros peldaños y otras barandas y otros tendones y nervios, a contextos, vivos y muertos, refugios, diversos y conforme a la habitabilidad de la resignación y de un presente sin mañana, continuo, repetido, a un laberinto sin centro de ilusiones rotas o solo desconfiadas por temor a que les sean sustraídos, esos sueños o promesas tan borrosos como la realidad que acontece y al mismo tiempo son solo recuerdos; y al igual como ellos tratan de hacerlo con aquellos que los miran, y tal vez padecen, con otros ojos, con otra posibilidad de mirar atrás, adelante, de selección de la perspectiva o de un universo paralelo, y con ello huir o solidarizarse de su macabro magnetismo, en el de los monstruos; de renunciar o conocer porqué poderoso capricho o maldición o sombra se les despojó de una leyenda limpia, lisa, legítima, abocándolos a ser considerados eso, monstruos. Monstruos que no son verdaderos, sino reales. Y acaso feos, acaso malos, acaso de un rencor que ni la lluvia, ni mi pena, ni menos atisbo alguno de purificación por unos pecados, por un ajuste de cuentas intangible, etéreo, estos que con probabilidad jamás cometieron y que a todos o a mí, ahora, aterroriza o resigna por su apariencia y por detestables apariencias, de ahí asimismo el embeleso, tras un velo de lluvia donde se descubren, donde los descubro, indefensos, a los monstruos.

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