Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



domingo, 14 de septiembre de 2014

TE CUENTO:


sábado, 13 de septiembre de 2014

LA NIÑA DISFRAZADA DE PRINCESA ELSA EN LA ALAMEDA DEL BARRIO

F.J. CALVENTE

       Cae una luz insólita sobre la alameda del Barrio, no es decidida, quizás precavida, no es luminosa, pero permite definir los detalles, las dimensiones lineales, con ciertos matices dudosos, con cierta aspiración a un desvanecimiento que no se decide a completar, a revelar, tal vez a adensar los visos de un medio día como se adensan normalmente las materias y los alientos, las prisas y los callejones sin salida, sellando las encrucijadas de los medios días habidos y por haber, una campanada horaria en el Espíritu Santo, y que ya debería de ser, sea por reminiscencias de los sofocos y aplastantes deslumbrores de un verano más impreciso a cualesquiera de los veranos, bastante absurdo, caprichoso; y en el que acaso todavía nos empeñamos, insumisos del pasado cercano, en eludir ese intermedio que establecerá pronto el otoño en la caída de un universo instintivo para dar paso a otro de retiros, de secretos, de recogidas, interiorizaciones, recolecciones de complicidades y sentidos. Esta indefinición del día, esta cautela del ambiente a cuanto pueda desarrollarse, la sorpresa rendida para no abrir emociones innecesarias, ni en el extremo de las aversiones ni por el otro de los apegos, es interpretada en el indescifrable pentagrama de un silencio inefable, escondido, pusilánime, que aun así obra su prodigio incluso de someter a los propios ruidos de lo cotidiano en un rumor no menos trascendente, no menos letárgico, al de la monotonía de la caída de los chorros del agua de la fuente, trenzas húmedas que asimismo incurren en escarcharse, a pararse. Sucede, o quizás sea comparable, a la avanzada inadvertida, a la emboscada que asume lo habitual, constante, arrogada en un cielo que no es azul, que no es blanco, tampoco gris, sino un dispendio de trazos consolidados en la liviandad de todos ellos y que se desploma, disculpándose, en los azogues esfumados del Barrio. Y sin embargo, la cal de las paredes esplende la opacidad de la luz, en los cantos rodados de la alameda, de las calles adyacentes, en la deslucida plata de las hojas verdes de los árboles, lágrimas de hojalata con melancolía de los llantos del otoño, secas por la orfandad de una sequía resignada. Y no dicen nada, callan, no expresan siquiera lo anodino del momento, gritan al vacío, a los vacíos, a la detención de todos los tiempos. En ello, además del deslustre en la línea del horizonte, murallas que van perdiendo el oreo del estío, el bronce antiguo de eternidades e imperios ahora mudos por una detención ociosa del presente, lo impasible del concreto momento, existe una secreta ironía, un insípido prodigio o un apocado milagro, cuyo significado era diferente para cada uno de los que nos sentamos en los poyetes que, en tajos irregulares, mas abiertos, centrífugos, cobijan los espléndidos límites de la alameda. Porque cada uno de nosotros, un músico fracasado componiendo otro crepúsculo de los dioses, un hombre que pintaba los sustos de la vida en las canas de su cabello, un matrimonio de artistas vocacionales, secundarios protagonistas de sueños imposibles, las puertas del coche abiertas a ilusiones que la circunstancia niega, yo y mis indagaciones, todos, incómodos al impávido lapso, arrojábamos no ya opiniones por la flojedad del instante, ensimismados en el solaz del medio y del tiempo concreto, sino sensaciones varadas a su situación y acomodo particular, pasivas, propias y asumibles por cada uno de nosotros, en cada uno de ellos y porque las mías, por ventura evidentes, suscitan aquí su repudio o descargo, y que junto a las demás, a las de los demás, pronto olvidadas, ya mismo despechadas por disposiciones sistémicas, aquellas del criterio y sujeción inevitable que envaran lo cotidiano: almuerzo, colmar la sobremesa de fantasmas, estirar la tarde para que no llegue la noche y un domingo que se evade veloz y angustioso; y que condicionan, relegan, a sensaciones, proyectos de emociones, simientes de sentimientos, veredictos o resoluciones deslavazadas de su juicio, en cada uno de esos afectos yermos, y que determinan en cierto modo las de los otros, las de todos. Todos en la justificación de un mediodía inexpresivo. El presagio de un tiempo roto. El frágil taconeo de una niña disfrazada de princesa, coloretes en la cara, ambición que desdice nuestra apatía y no la desmonta, a pesar de estar ellos, nosotros, juntos, bien que inconscientes, en el anhelo de su consumación. Se avecinan cambios. No huele a lluvia. Pasos de la niña que traspasan la piedra, el suelo, que se adentran en las raíces que pisamos sin miramientos, donde legendarios muertos, muertos épicos, los oyen y se remueven en la tierra, anónimos, aquellos que fraguaron la esencia de esta tierra, la substancia que ahora se excusa en un medio día raro, descansando del peso de su Historia, de la gravedad de su eternidad que se estrella en la insensibilidad de los momentos. La niña disfrazada de princesa Elsa, que a lo mejor encierra la salvación del mundo del hielo, Frozen, pero que tendría que contagiarnos, a todos y de hacerle caso, de la imaginación absoluta para salvarnos del aburrimiento y de nuestra destrucción.

3 comentarios:

  1. conmovedora descripcion de un "inexpresivo mediodia"...evidentemente tu no necesitas ninguna niña disfrazada de princesa,tu sientes lo que pocos logran,intensidad y profundidad en tu relato...sensibilidad exquisita,gracias

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    1. Gracias. Indudablemente quien no necesita de niňas disfrazadas de princesas para salvarnos del aburrimiento y la destrucción, ni de la urgencia para estirar las horas y demorar la muerte del día, eres tú, amiga. Gracias de nuevo.

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